El Culto
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1. BAILANDO EN LA OSCURIDAD
La actriz corre a través del bosque sabiendo que, si flaquea, no tendrá oportunidad de escapar. Corre jadeante, crispando las hojas muertas del suelo. La garganta le arde como si expulsara humo negro, igual al que sale del tubo de un automóvil al que le exprimen la poca gasolina que le queda.
Sin embargo, la chica no detiene su paso. A pesar de que el corazón parece salírsele del pecho y de haberse lacerado los pies con el vidrio de la ventana al escapar, corre porque sabe que, más allá de todo eso, está la salvación, o al menos algo mejor que todo lo que la rodea en este momento.
Gira sin precisión, aparta ramas con las manos; el vapor entrecortado de su boca la distrae por momentos, y que su vejiga esté a punto de explotar no ayuda en lo absoluto.
Si tan solo pudiera detenerse para orinar, o al menos descansar...
pero las voces en la distancia se hacen más fuertes, cobran vida entre los arbustos.
«Tengo que parar», piensa. «Si no…». El olor a palo santo le invade las fosas nasales, y el horizonte le parece demasiado plano desde las alturas de Hollywood Hills.
—Las luces —dice, mientras las lágrimas le quiebran la mirada— son mágicas, son… —intenta alcanzarlas con las manos.
Una rama se quiebra a sus espaldas. Un brazo se extiende y la sujeta del hombro. Puede ver el cuchillo levantarse y brillar, brillar como las luces de
El cursor parpadea en la pantalla como un mal chiste que espera aplausos o carcajadas: Bip, bip, bip.
—Dame al menos una puta palabra… —exclama Julián frente a la pantalla en blanco de su computadora, como si hablarle a la máquina fuera a cambiar algo.
Pero lo único que recibe a cambio es más vacío, más burlas del aparato.
Frustrado, deja caer la cabeza entre las manos y suelta un suspiro áspero, asumiendo su derrota mientras el aire, cargado y denso, lo aplasta como si la habitación misma le hubiera dado la espalda.
Siente el peso de las horas, el peso de la pantalla vacía, y todo se vuelve insoportable. Bip, bip, bip. No cree en el bloqueo de escritor ni en esas cosas de autores aburguesados en sus mansiones, pero adiviná qué: sos uno de ellos. Bip, bip, bip.
Desde que su novela El asesino del hacha se publicó hace veinte años, Julián Amaya no ha tenido un solo libro fuera de la lista de los más vendidos, y sus bolsillos engordaron como los de una prostituta en el Día de los Enamorados.
Clava la mirada en el cajón del mueble apoyado contra la pared. En su interior está Tiempo de lectores, la publicación donde apareció una de sus primeras entrevistas. Cada vez que se siente perdido o estancado, vuelve a buscarla, como un hombre que regresa al último lugar donde fue feliz.
Se levanta del escritorio, cruza el cuarto y abre el cajón. Está encima de todo, casi esperándolo.
Ignora el sobre con estampilla internacional porque algunas cosas es mejor no leerlas, solo dejarlas quietas hasta que...
Pasa las páginas apurado, con los dedos torpes, hasta encontrarla. Su entrevista. Su cara, la de hace veinte años.
“Julián Amaya, el escritor argentino que conquistó el mundo”, reza el pie de foto. Se detiene en la imagen llena de luz y en el decorado floral que el fotógrafo había sugerido para las fotos, algo que Julián nunca entendió del todo.
—No te hagás malasangre, macho, son cosas de esta época —le dijo entonces Pablo Durán, su amigo y representante. Logró convencerlo, pero al día de hoy Julián sigue renegando de la foto.
“Hijo de la clase media, Julián hoy se codea con el jet set”, continúa la nota.
Leerla sigue dándole el mismo pudor que la primera vez, pero está bien: busca esa sensación de frescura que sintió entonces.
No como ahora, que todo es automático y repetitivo, como sus apariciones en esos shows nocturnos de televisión.
Bueno, salvo en aquel programa donde la conductora lo endulzó tanto que terminaron en el departamento de Belgrano donde vivía por aquellos años. Modesto y acogedor, no como el enorme caserón donde vive ahora, en Adrogué, lejos de la gente, como si se refugiara de algo.
Esa noche, con la conductora hubo fuego, y cocaína, hasta que el sol asomó —el impostor— y opacó el calor de los amantes acurrucados debajo de las sábanas.
Años después, la conductora saltó por la ventana del séptimo piso del departamento donde vivía. La prensa la vinculó a una secta satánica; otros comenzaron a circular historias de que había hecho un pacto con el diablo en la Salamanca.
Recordar aquello hace que casi tuerza la mirada hacia el sobre con estampilla internacional que lo observa desde el cajón, casi pidiéndole —rozando la obscenidad— que lo abra.
La muerte de la conductora sacudió al país, excepto a Julián, que por esos años solo veía una línea blanca frente a su nariz. Pero gracias a eso, las mejores historias se escribieron.
Por consejo de su representante, se metió en rehabilitación y cambió la cocaína por botella de vidrio grueso.
La chispa en sus historias se apagó, pero no importó: el público seguía comprando como si nada, y Julián permaneció en la lista de los más vendidos, sonriendo para las fotos con la resaca colgándole de los ojos.
Julián Amaya es una puta estrella, una puta estrella seca y sin luz. ¿Es eso posible? Rechaza la idea y vuelve la mirada hacia la pantalla en blanco, al bip, bip, bip que exclama algo que él no puede darle.
Abandona la revista —parece que no logró el efecto revitalizador que buscaba— y cierra el cajón de un golpe.
Va por un trago, a pesar de que ya había sobrepasado la cantidad de whisky por día; necesita calmar la presión en el pecho y ocultar la mirada de resentimiento, la misma que su padre llevó toda su vida.
—¿En qué año murió el viejo? —apenas lo recuerda. A decir verdad, poco recuerda de sus progenitores; solo esa sensación de ahogo y auxilio contenido en el aire, envenenándolo todo. Si no fuera por su madre y… sacude la cabeza por instinto de autoconservación.
Parece que los malos recuerdos hacen fila hoy para golpearlo.
Llena el vaso de whisky casi hasta desbordarlo. Hubo un tiempo en que lavó esos mismos vasos para ganarse la vida, hasta que un día se fue a probar suerte a Estados Unidos, porque estaba de moda irse del país.
¿Cuánto pasó desde aquello? Mucho tiempo, demasiado.
¿Qué vino después? Aprender el idioma de las calles, dormir en algún lugar sucio, hasta que encontró a su primera mentora: Madame Fontaine.
La mujer le dio trabajo en Mystic Soul, una tienda de ocultismo en Reno Street, y le rentó el piso de arriba del local, donde escribió el primer borrador de El asesino del hacha.
Fontaine también le enseñó a leer el tarot y algún que otro ritual de velomancia con fines terapéuticos, con la intención de sostenerlo en el camino de la mano derecha: disciplina, humildad, luz.
Pero no es fácil dejar atrás la propia oscuridad y hurgar en las noches satánicas de L.A.; no ayudó en lo absoluto.
El sexo desmedido con tantas actrices de clase B, y las fiestas alocadas en clubes de mala muerte, eran un flujo de energía densa que, de a poco, lo fue llevando a lugares que no debió frecuentar. Entonces apareció Sophia… y el Culto.
Arruga el rostro, como si hubiera probado el sabor agrio del recuerdo.
Lo que siguió fue un intento frustrado de mantener el equilibrio entre su vida en Mystic Soul y las noches en la Madriguera, donde el Culto enseñaba a abandonar la realidad física y lo llevaba de paseo a mansiones en Hollywood Hills,
donde los millonarios se bañaban con la sangre de los recién nacidos y clamaban al cielo, más allá de las estrellas negras.
Se apoya contra la barra de tragos porque el recuerdo le hace perder el equilibrio, o tal vez sea el whisky.
Julián no está seguro; solo sabe que las imágenes llegan para quedarse y las ve todas juntas, como flashes de luces cegadoras: el Cadillac a velocidades imposibles con Sophia cantando y haciendo gala de toda su sensualidad, empapada en sudor febril, brillando bajo la luna en el desierto de Sonora;
las noches vampíricas de verano en Los Ángeles, viendo directo a los ojos del anticristo; las grietas en la cúpula y los miembros del Culto convirtiéndose en un amasijo de carne y sangre; la criatura que comienza a salir del vientre, y…
El teléfono suena de golpe y Julián deja caer el vaso, sobresaltado. Qué irónico: un escritor de terror que se asusta por el timbre del teléfono. Sí, señor… toda una estrella del género.
Ofuscado, no atiende el móvil y, en lugar de eso, vuelve al escritorio donde lo espera el cursor parpadeante en la pantalla.
El teléfono vibra sobre el escritorio; esta vez no es un llamado, sino un mensaje de texto de Pablo:
“Atendé, boludo”
Seguro es por el prólogo de la edición aniversario de El asesino del hacha. La editorial está insoportable con ese asunto; claro, que Julián no atienda el teléfono ni conteste los mails no mejora las cosas.
‹‹Pablo debe estar incendiado››, piensa, y una pequeña sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios, como si el caos de su mundo de cursores palpitantes y bloqueos le diera un respiro. Saber que no es el único al que lo están presionando le causa cierto placer.
Julián cruza Avenida de Mayo con dirección a la oficina de su representante.
Alza la vista hacia el Palacio Barolo, como siempre hace antes de ingresar al edificio.
Según los cuentos de guías turísticos, el edificio está inspirado en La Divina Comedia, de Dante Alighieri, pero Julián solo ve maniobras masónicas para esconder las cenizas del poeta florentino.
A veces siente que debe caminar a ciegas por el centro porteño, porque mire por donde mire, ve la mano de la masonería detrás.
Ni bien pone un pie en el edificio, la recepcionista lo saluda con una sonrisa cordial y el gesto automático del dedo apuntando al séptimo piso: Pablo lo espera. Julián devuelve la sonrisa y presiona el botón del ascensor.
Cuenta los números piso por piso, en voz baja, como un mantra. Así evita la incomodidad de girar y hablar con la mujer sobre el clima, la inflación o cualquier otra mierda.