6 . ESPEJO DE DICIEMBRE #2
La piel de Sophia se desprende como si hubiera pasado una eternidad sobre las brasas.
Y el aire… algo le hace a su cabeza, porque adentro tiene un avispero.
—Mierda… ¡NO! —grita, Julián, y todo se disuelve frente a sus ojos, incluida Sophia.
Cierra los ojos con fuerza. Ve mándalas de sangre girando en la oscuridad. Y el tic, tic, tic de alguien escribiendo le taladra los oídos.
¿Será él? Tiene que serlo, porque si no…
Despierta.
Está reducido, maniatado. ¿Por quién?
Mira a los costados. No hay rastro de Sophia. Solo un cráneo en una roca. Y ellos —el Culto— mirándolo.
¿Todo fue un engaño? Sí, todo fue un engaño. Tic, tic, tic.
Melvin avanza. A su lado, el discípulo celoso se arrodilla ante el cráneo, lo besa en la frente y se lo entrega a su maestro.
Julián intenta moverse. Nada. Los músculos no le responden.
Las manos atadas chorrean sangre. La piedra del altar le muerde la espalda, helada.
La luz es mínima. El aire pesa: ya no huele solo a muerte, sino a aceite quemado, a incienso rancio, a fluidos antiguos que se le pegan en la garganta.
—No te esfuerces —advierte Melvin, de pie junto a él.
—¿Dónde está…?
—¿Sophia? No queda de ella más que esto —responde, señalando el cráneo.
—Un canal… ¿para quién? —pregunta Julián, torciendo la cabeza, buscando a la presencia que se oculta en la oscuridad.
—Lamento que los años te hayan dejado ciego, Julián —dice Melvin.
Una sombra se adelanta. Es Ana
—No… no puede ser —alcanza a decir, pero la voz le sale hueca, ajena—. ¿Vos? ¿Cómo…?
—Sé que es un shock para vos… —dice la joven, hablando en argentino, y el acento le provoca a Julián una nostalgia amarga, casi física.
—Es nuestro idioma —ordena Melvin, y Ana asiente.
—No todo es como crees… yo me enteré recién cuando llegamos. Al principio fue como si reconociera el suelo, una sensación de familiaridad. Después, en el hotel, el maestro se me reveló… me hizo recordar quien soy en realidad.
—¿El maestro? —pregunta Julián, sin poder ocultar el asco.
—Julián… —Ana mira a Melvin. Él asiente, como si le diera permiso para hablar.
—Hace más de veinte años, en esta misma cueva, todos murieron. Pero no fue en vano. No solo vos conseguiste lo que buscabas: el Culto también.
—Yo… no entiendo —balbucea Julián. El sudor le nubla la vista. Busca el cráneo de Sophia desesperado, pero ya no está. Alguien se lo llevó.
Tic, tic, tic.
—¡Ya dejen de escribir! —grita de repente. Todos se miran sin entender.
El discípulo celoso aprieta las cuerdas en sus muñecas porque el escritor se retuerce con violencia.
—Sophia quedó embarazada… —continúa diciendo Ana, y Julián ya no quiere escuchar. No quiere escuchar. Sabe lo que viene—yo… soy tu hija —revela, y la locura de Julián ya no tiene vuelta atrás.
Las palabras le estallan en la cabeza. Grita.
Se retuerce sobre el altar. No puede ser…
Ana es la secretaria de Pablo. La que le sirve café ruborizada, la misma que le dio consuelo, y la imagen de ellos dos en el sofá se abre paso en su mente como una hemorragia, imposible de contener, imposible de negar.
—No te preocupes, aquí no juzgamos quien se acuesta con quien. Todo es un medio, Julián —consuela Melvin, casi con ternura.
—N-no… puede ser. Yo la vi morir… a todos ustedes…
—Sí, lo hiciste. Pero Ana se engendró en el otro plano. Escapó a través de un pequeño agujero en la realidad.
—¿Quién la invocó? —pregunta Julián, sorprendido de encontrar un instante de lucidez entre la demencia que lo devora.
—Creo que sabés la respuesta, pero no te conviene decir su nombre…
Julián ladea la mirada en todas direcciones, quiere hacerle caso a su antiguo maestro, evitar la respuesta; el nombre, pero le resulta imposible.
—Wuke… —dice, y los labios se le quiebran —¿Por qué?
Porque sus ancestros caminaron por este desierto, y nosotros somos el desierto, Julián. Él le dio una familia a Ana y una nueva identidad. Con su ayuda, fueron regresando uno por uno. Y cuando encontraron el recipiente adecuado… me trajeron a mí.
Su realidad se quiebra en mil pedazos con cada palabra. Cada cimiento de su vida se desploma y golpea contra el suelo dejándolo sordo, hasta hacerle sangrar los oídos.
Tic, tic, tic. ¿Quién escribe? ¿Quién?
Se acercan con un recipiente, y se colocan junto al escritor. Dentro, un líquido púrpura hierve como si estuviera vivo. Se lo acercan a Julián. Se resiste. Una mano lo sujeta por la nuca, otra le aprieta la mandíbula hasta que los dientes crujen.
El líquido desciende por su garganta. Le quema las encías, le traza caminos invisibles en la lengua, le susurra.
Se retuerce, escupe, pero ya está dentro.
Un fuego helado lo atraviesa: un torrente de visiones que le revuelven el cuerpo.
La piedra del altar vibra, su espalda se parte bajo su peso, y la oscuridad palpita como ojos vivos.
Ve Los Ángeles. Ve a Sophia en el café, riendo, nerviosa, y todo regresa con una nitidez insoportable. Huye otra vez, abandona el altar, mientras algo desciende del techo y su vientre se inflama, llenándose de Ana. Cada fibra de su cuerpo grita y, a la vez, se vacía.
—Tienes que pagar, Julián. Solo así Ana podrá gobernar, y nosotros con ella —dice Melvin, mientras le acaricia la cabeza con cariño paternal.
Ana se desviste, guiada por el discípulo celoso. Julián quiere gritar, detenerlo, arrancar las manos que la tocan… pero su voz se quiebra, su cuerpo no es suyo. No es nadie.
El líquido lo consume desde dentro. Las paredes parpadean con ojos que miran, la cueva respira, y cada segundo es un pulso de dolor y conocimiento que no pidió. La ciudad, la mujer, el altar, el Culto… todo se entrelaza en su carne y en su mente.
Cierra los ojos. Aprieta los párpados hasta que duelen, y ahí están otra vez los mándalas de sangre, y el escritor que escribe. Tic, tic, tic…
—Vamos, Julián… siempre supiste que este momento llegaría —dice Melvin, parado a los pies del escritor. Se los besa con tanto amor que le parte el corazón al escritor.
Ana se acerca; su cuerpo desnudo brilla y palpita a la luz temblorosa de las velas. Julián le clava la mirada. La encuentra hermosa, mucho más que Sophia, su madre. Siente asco y pena de sí mismo. Siente tantas cosas a la vez que no puede nombrarlas.
Melvin sonríe porque puede leerle los pensamientos.
Julián quiere gritarle que salga de su cabeza, pero no es necesario.
—Siempre estuve dentro, Julián. Siempre —confiesa.
—Esto no puede estas sucediendo… tiene que ser un sueño.
—O quizás es tu próximo bestseller… —se burla. Pero… ¿en verdad lo hace?
Tic, tic, tic.
Ana trepa despacio hasta el altar. Con toda la sensualidad que la situación le permite. El movimiento de sus caderas es hipnótico.
—Estoy cansado… tan cansado —confiesa Julián.
—No te preocupes —responde Ana—, pronto vas a descansar. En la quietud. En el corazón del Cubo —promete, y todo el Culto se arrodilla.
La chica lo besa. No como antes. Esta vez no hay ternura ni recuerdo. Es un beso ritual, funcional, ancestral. Con la boca abierta, húmeda, como un sello, y recuerda a las piedras con olor a copal. Una luz negra surge desde sus entrañas. El útero palpita.
El Culto comienzan a invocar a la Guardiana. Gritan y susurran al mismo tiempo. La cúpula se abre, y lo que surge es un embrión de geometría imposible, hecho de líneas purpúreas y sonido líquido. El néctar de Saturno.
Las paredes se agrietan en finas líneas, como la mente del escritor que no deja de escribir. Tic. Tic, tic.
La cabeza de Julián se arquea y comienza a abrirse como una flor al revés.
Y entonces, se descubre riendo con un sonido que no sale de la garganta, sino del vientre, de la médula, de un lugar donde ya no existe el lenguaje.
Una risa febril, animal, espasmódica. Una risa que le sacude los hombros, que le corta el aire, que le llena la boca de espanto.
Ya no hay pensamientos: hay símbolos. Cada palabra que alguna vez escuchó se convierte en otra, y otra, y otra, hasta formar párrafos, capítulos, biblias enteras que flotan frente a sus ojos.
Puede verlas. Puede leerlas. Páginas y páginas y páginas en caída libre desde el cielo abierto.
Manuscritos imposibles. Lenguas extintas.
El Libro del Hombre Muerto, escrito con su carne y su sangre.
Ana se mueve arriba suyo, convulsionando, llorando, riendo, hablando en una lengua que le arranca la voz. No es ella. Ya no. Es un canal. Un cauce por donde fluye algo más grande, más terrible, más hermoso. Algo que brilla y huele a hierro. Algo que gime.
El techo se abre por completo.
Y lo que hay más allá no es el cielo.
Es un ojo. Un ojo inmenso, negro, sin pupila ni párpado. Un ojo que mira sin mirar, que observa sin juicio, pero que sabe. Julián se siente desnudo, vuelto vapor. Y lo ama. Ama al ojo. Ama al Cubo. Ama al fuego y al puto Saturno.
El altar se consume en llamas púrpuras, sin humo. El fuego alcanza las túnicas, y las caras estáticas del Culto. Nadie corre. Nadie grita. Se entregan. Se funden. Velas humanas derritiéndose al pie de su dios. Melvin contempla cómo la carne le burbujea y se desprende del cuerpo.
—¡ES UN MILAGRO! —grita, exultante, al cielo, porque sabe que el Cubo está revelando su verdadero rostro sobre ellos.
Y Ana se mueve con más fuerza sobre Julián porque ya puede ver su reino erguirse sobre la sangre de los cuerpos. Y Julián sigue riendo porque él también ve los dientes del mundo; la nueva Babilonia, la carne volverse migajas…
—Que así sea —susurra. Acepta pagar la deuda.
Tic, tic, tic… punto final.