El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 30 — El otro lado
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CAPÍTULO 30 — El otro lado

El tren ya estaba en movimiento cuando Pietro entendió que Berlín no se quedaba atrás de una vez.

Primero fueron los andenes.

Luego las columnas.

Luego los tejados negros, las fachadas abiertas, los patios interiores llenos de escombros, los muros que aún despedían humo como si la ciudad siguiera tratando de decir algo aunque nadie quisiera escucharla ya.

Después vino la periferia.

Fábricas oscuras. Vías laterales. Vagones inmóviles. Depósitos de carbón. Barracones. Chimeneas recortadas contra un cielo bajo de noviembre. Alemania extendiéndose fuera de Berlín no como un país, sino como una sombra organizada.

Pietro permaneció junto a la ventana hasta que ya no hubo ciudad.

Solo campo.

Solo lluvia.

Solo vía.

Entonces bajó la mirada al maletín.

Lo tenía entre los pies, sujeto por ambas piernas, como si el cuero pudiera moverse por voluntad propia y desaparecer si él dejaba de sentirlo.

Dentro estaban los documentos de Hans Brenner.

El dinero. La pistola. La daga. El reloj de Conti.

El sobre de Katz. Lo que quedaba de una vida y lo que tal vez podía comprar otra.

En algún lugar del tren, Ana viajaba con Alexander.

No sabía en qué vagón exactamente. Eso era parte del plan.

Lo habían acordado en Berlín, aunque la palabra acordar le parecía demasiado limpia para lo que había ocurrido en aquella habitación con Otto en el suelo y la máscara del Cuervo junto a su mano abierta.

Ana había subido por otra puerta. Pietro por otra.

No debían verse. No debían buscarse. No debían ayudarse.

No reaccionar si me detienen.

No reaccionar si te detienen.

Lo había dicho él.

Y ahora la frase le parecía inhumana.

El tren avanzaba hacia el sur con una seguridad que a Pietro le resultaba casi ofensiva.

Después de Berlín, cualquier cosa que funcionara parecía una provocación.

Las ruedas marcaban un ritmo constante sobre los rieles.

Los pasajeros hablaban poco. Algunos dormían con la boca abierta.

Una mujer mayor tejía algo gris que podía ser una bufanda o una venda.

Dos soldados jóvenes, sentados frente a frente, sostenían los fusiles entre las rodillas y cabeceaban sin llegar a dormirse del todo.

Un hombre con gafas leía un periódico atrasado con la concentración absurda de quien aún cree que la tinta puede ordenar el mundo.

Pietro no leía.

Contaba.

No los minutos. Los kilómetros.

Cada estación era una posibilidad de control. Cada frenada, una amenaza. Cada paso en el pasillo, una pregunta antes de la pregunta.

El inspector llegó a la segunda hora.

No era Gestapo. No llevaba la mirada de los hombres que buscan algo antes de saber qué es. Era un funcionario ferroviario con abrigo oscuro, gorra, cartera de cuero y el cansancio administrativo de quien ha repetido el mismo gesto demasiadas veces en un país que se cae pero aún exige formularios.

—Papeles.

Pietro levantó la vista con la lentitud correcta.

Ni demasiado rápido, como un culpable.

Ni demasiado tarde, como un hombre que finge no haber oído.

Sacó la documentación de Hans Brenner del bolsillo interior del abrigo y la entregó.

El inspector la revisó.

Nombre. Lugar de origen. Motivo del viaje. Sellos. Firma. La historia inventada por Oster respiró bajo la luz débil del vagón con la tranquilidad de una cosa bien hecha.

Hans Brenner, comerciante de Stuttgart, evacuando hacia el sur por razones de salud de la esposa.

El inspector no miró a Pietro dos veces.

Eso era lo que debían hacer los buenos papeles: no impresionar. No llamar la atención. Ser apenas una superficie sobre la que la mirada resbalaba.

—¿Viaja solo?

—Mi esposa va en otro vagón con el niño —dijo Pietro—. No había asientos juntos.

El inspector gruñó algo que podía ser comprensión o simple aburrimiento. Devolvió los documentos.

—Guárdelos a mano. Puede haber otro control antes de Múnich.

—Por supuesto.

El hombre siguió por el pasillo.

Pietro no respiró hondo. Había aprendido a no hacerlo después de un control. Respirar hondo delata el alivio. Y el alivio, en ciertos lugares, es una forma de confesión.

Guardó los papeles.

Pero la tensión no se fue.

Ese control no era el verdadero. El verdadero estaba en otro vagón, con Ana, con Alexander, con una mujer que llevaba documentos legítimos y una mentira más peligrosa que cualquier falsificación.

Si alguien le preguntaba por Otto, ella tenía respuesta.

Si alguien preguntaba por qué viajaba sin marido, también.

Si Alexander lloraba, también. Si un oficial veía el apellido Weiss y decidía respetarlo, estaban vivos.

Si veía el apellido Weiss y decidía verificarlo, todo podía romperse.

Pietro no podía hacer nada.

Esa era la parte insoportable.

Había pasado años entrando en lugares donde no debía entrar, abriendo puertas, cambiando papeles, sacando nombres de listas, dejando mensajes en portales, moviéndose de noche con la máscara del médico de la peste. Había sido eficaz porque podía actuar.

Ahora el amor consistía en no actuar.

Miró por la ventana.

Afuera, Alemania era una sucesión de campos oscuros, árboles desnudos, estaciones pequeñas donde nadie parecía esperar nada bueno.

A veces el tren reducía la velocidad y Pietro veía rostros detrás de cristales empañados: soldados, mujeres con pañuelos, niños con maletas, ancianos sentados sobre bultos.

Un país entero desplazándose sin reconocer todavía que el desplazamiento era una forma de derrota.

La noche cayó antes de que llegaran a Múnich.

El vagón se volvió más silencioso. La luz interior dejó a los pasajeros suspendidos en una penumbra amarilla, como figuras dentro de una lámpara vieja. Pietro metió la mano en el bolsillo y sacó el reloj de Conti.

No para ver la hora.

Lo sostuvo en la palma.

El metal tenía un peso pequeño. Ese peso era lo que buscaba. Algo que no mintiera. Algo que hubiera pertenecido a un hombre concreto, en una vida concreta, antes de que Alemania lo convirtiera en un triángulo rosa, en un número, en un cuerpo detrás de una alambrada.

Conti había muerto en Sachsenhausen.

Otto había muerto en Charlottenburg.

Greta había muerto en una calle de Berlín.

El Cuervo había quedado junto al cadáver de un Kriminalrat.

Pietro cerró la mano sobre el reloj.

El tren siguió.

Durante horas, Alemania pasó al otro lado del cristal como una cosa que aún no sabía que estaba perdida.

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Múnich los recibió con frío y uniformes.

No fue lo primero que Pietro vio, pero sí lo primero que sintió.

La estación era grande, dura, más iluminada de lo que esperaba, aunque la luz parecía vigilada.

Había soldados en los accesos, funcionarios en los pasillos, hombres con brazaletes, mujeres con maletas, niños dormidos sobre bancos, carteles, órdenes, horarios tachados y reemplazados por otros.

Múnich no tenía el mismo cansancio cínico de Berlín.

Berlín, incluso en ruinas, había aprendido cierta ambigüedad, cierta forma de sobrevivir fingiendo no ver. Múnich respiraba otra cosa.

Fervor cansado.

Disciplina resentida.

Orgullo herido.

La ciudad donde el partido había nacido no parecía dudar de sí misma del mismo modo que Berlín. Tal vez dudaba por dentro. Tal vez todos dudaban ya por dentro. Pero aquí las paredes todavía hablaban en voz alta.

Pietro bajó del tren con el maletín en la mano.

No buscó a Ana.

No la buscó con la mirada ni con el cuerpo. Caminó hacia la salida por el lado opuesto al que había previsto. Se detuvo junto a un tablero de horarios, leyó durante unos segundos un destino que no le importaba, luego salió a la calle.

La noche de Múnich era húmeda y fría.

La Schillerstraße quedaba cerca de la estación, lo bastante cerca para caminar sin llamar la atención y lo bastante llena de pensiones, hoteles pequeños, viajeros, soldados de paso y empleados cansados como para que una mujer con un niño no pareciera excepcional.

Pietro había elegido aquel hotel antes de salir de Berlín.

Le había dado el nombre a Ana en el apartamento, en voz baja, mientras ella envolvía a Alexander y el cuerpo de Otto todavía estaba al otro lado de una puerta cerrada.

Ana debía llegar primero.

Él debía esperar diez minutos.

Los diez minutos duraron más que el viaje.

Pietro caminó una calle de más, volvió sobre sus pasos, se detuvo frente a un escaparate oscuro donde se reflejaba un hombre que no era Pietro Berardi y que tampoco parecía del todo Hans Brenner. La barba, el abrigo, el sombrero bajo, el maletín. Un hombre cualquiera. Eso era lo que debía ser.

Un hombre cualquiera no espera a una mujer en mitad de la noche frente a un hotel.

Así que siguió caminando.

Cuando regresó, entró sin mirar demasiado el letrero.

El vestíbulo olía a cera vieja, carbón y sopa.

Detrás del mostrador había un hombre delgado con gafas pequeñas y la expresión de quien llevaba años distinguiendo entre los huéspedes que traen problemas y los que solo traen equipaje.

Pietro no fue al mostrador. Subió directamente por las escaleras, como si supiera exactamente a dónde iba.

Segundo piso.

Pasillo estrecho.

Alfombra gastada.

Una bombilla en una tulipa amarillenta.

Habitación doce.

Llamó una vez.

La puerta se abrió casi de inmediato.

Ana estaba allí.

Alexander en brazos.

Durante un segundo ninguno habló.

La habitación era pequeña. Una cama doble, una silla, una mesa estrecha, una palangana, una ventana cubierta por cortinas gruesas, un crucifijo torcido sobre la pared. Olía a jabón barato, humedad y ropa ajena. Pero no olía a humo. No olía a Berlín. No olía a sangre.

Pietro entró.

Ana cerró la puerta.

Solo entonces los tres quedaron en el mismo cuarto.

Sin escaleras de servicio.

Sin Otto.

Sin una puerta detrás de la cual alguien pudiera entrar con llave.

Sin Berlín.

No fue alivio.

No todavía.