CAPÍTULO 30 — El otro lado #2
Múnich seguía siendo Alemania. El Reich seguía alrededor, bajo ellos, sobre ellos, en la calle, en la recepción, en los documentos que tendrían que mostrar de nuevo al día siguiente.
Cualquier paso en el pasillo podía ser un empleado.
O un policía. O un hombre que preguntara por qué Hans Brenner no se había registrado personalmente junto a su esposa.
Cualquier golpe en la puerta podía ser el final de una huida que todavía no había empezado del todo.
Pero había una cama.
Y Alexander respiraba.
Ana se sentó en el borde del colchón como si acabaran de quitarle una estructura invisible del cuerpo y no supiera qué hacer sin ella. Sostenía al niño con ambos brazos, demasiado fuerte. Pietro lo notó, pero no se lo dijo.
Se quitó el sombrero.
Luego el abrigo.
Dejó el maletín junto a la cama.
—¿Te pidieron algo? —preguntó en voz baja.
Ana negó.
—Firmé como Anna Brenner. El hombre apenas miró al niño.
Pietro asintió.
—Bien.
—No sé si está bien.
—Por esta noche, sí.
Ana bajó la mirada hacia Alexander.
—Se durmió en el tren. Se despertó al bajar. No lloró en el control.
La palabra control quedó entre ellos.
—¿Te preguntaron?
—Por Otto.
Pietro se quedó inmóvil.
Ana no levantó la vista.
—Dije que estaba destinado en Berlín. Que yo viajaba al sur por el niño. Que los bombardeos…
No terminó.
No hacía falta.
—¿Te creyeron?
Ana soltó una risa mínima, sin alegría.
—No lo sé. Me devolvieron los papeles. Supongo que eso significa que sí.
Alexander abrió los ojos.
No lloró.
Solo miró hacia arriba con esa concentración extraña de los recién nacidos, como si el techo de una habitación barata en Múnich contuviera algún secreto fundamental del mundo.
Pietro se acercó despacio.
Ana lo dejó.
No dijo toma. No hizo gesto solemne. Simplemente aflojó un poco los brazos y permitió que Pietro se sentara junto a ella.
Por primera vez, Pietro pudo mirar a su hijo sin estar de paso.
No en una ventana.
No desde una acera.
No con una puerta entre ellos.
No con el tiempo respirándole en la nuca.
Alexander tenía la piel caliente, los párpados finos, la boca pequeña, un puño cerrado junto al pecho. No se parecía a nadie todavía y por eso Pietro vio en él a todos: a Ana, a sí mismo, a la vida que no habían podido tener, a la vida que quizá aún no estaba perdida.
—Es muy pequeño —dijo.
Ana lo miró.
—Sí.
Pietro no supo qué hacer con esa evidencia.
Había imaginado sostener una espada, una pistola, un documento falso, una llave, un cuerpo herido, una máscara. No había imaginado la desproporción de un bebé. La absoluta falta de defensa. La manera en que un ser humano puede caber entero en los brazos de otro y, aun así, pesar más que una ciudad.
Alexander movió una mano.
Pietro le ofreció un dedo.
El niño no lo tomó. Solo rozó la piel con los nudillos.
Eso bastó.
Ana observaba la escena con una expresión que Pietro no pudo descifrar. Había cansancio. Había ternura. Había culpa. Había algo parecido al duelo, pero todavía sin permiso para salir.
No hablaron de Otto.
No esa noche.
No hablaron de la máscara. No hablaron de la sangre.
No hablaron de los padres de Ana ni de la casa bombardeada el dieciocho.
No hablaron de Berlín, aunque Berlín estuviera en todo: en el abrigo de Pietro, en las manos de Ana, en la forma en que ambos miraban la puerta cada vez que un huésped pasaba por el pasillo.
La habitación permaneció en silencio.
Pero no era el silencio del bunker.
No era el silencio de esperar la próxima bomba.
Era otro silencio.
Frágil. Culpable. Provisional.
El silencio de tres personas que todavía no están a salvo, pero que por primera vez ocupan el mismo espacio sin una mentira inmediata entre ellas.
Más tarde, Ana se recostó con Alexander contra el pecho.
Pietro se sentó en la silla junto a la puerta.
—Ven a la cama —dijo ella, sin abrir los ojos.
—Estoy bien.
—No estás bien.
No era reproche.
Pietro miró el maletín.
Luego la puerta.
Luego a ella.
—Alguien tiene que oír si vienen.
Ana no respondió.
Afuera, Múnich seguía siendo Múnich. Pasos en la calle. Una voz de hombre. El motor de un coche. En algún lugar cercano, una radio sonaba muy baja.
Pietro no durmió al principio.
Luego, sin darse cuenta, cerró los ojos.
Y durante una hora, quizá menos, no fue el Cuervo, ni Hans Brenner, ni Pietro Berardi.
Fue solo un hombre sentado junto a una puerta, escuchando respirar a una mujer y a un niño.
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La mañana llegó demasiado pronto.
No hubo amanecer hermoso. Solo una claridad gris filtrándose por las cortinas gruesas, el ruido de la calle subiendo desde abajo y el golpe de una puerta en algún punto del pasillo. Pietro abrió los ojos con la mano ya dentro del abrigo.
Nada.
Un huésped. Una criada. Alguien que salía temprano.
Ana estaba despierta.
Alexander dormía.
Durante unos segundos se miraron sin hablar, y Pietro entendió que ambos habían llegado a la misma conclusión antes de decirla: Múnich no era descanso. Era apenas un escalón.
Se lavaron por turnos. Ana cambió al niño. Pietro revisó los boletos, los documentos, el dinero. El desayuno quedó intacto en una bandeja junto a la puerta: pan oscuro, mantequilla escasa, un café aguado que olía más a achicoria que a café. Ninguno tenía hambre.
Antes de salir, Ana tomó el documento falso de Anna Brenner.
Lo sostuvo un instante.
Luego lo dejó sobre la mesa.
—Hoy vuelvo a ser Ana Weiss —dijo.
Pietro asintió.
—Sí.
El apellido quedó en la habitación como algo sucio y útil.
Para el hotel, Ana había sido Anna Brenner, esposa de Hans. Una noche. Una firma. Un nombre prestado para que dos cuerpos pudieran dormir bajo el mismo techo sin despertar preguntas.
Para el control fronterizo, esa mentira era más peligrosa que la verdad.
Allí necesitaba ser Ana Hartmann, esposa de Otto Weiss. Alemana. Respetable. Madre. Evacuada. Protegida por el apellido de un hombre que quizá ya había sido encontrado muerto en Berlín y quizá no.
Esa era la parte que no podían calcular.
Otto había muerto la mañana anterior. El caos de los bombardeos podía ocultar un cadáver durante horas, incluso días.
La cocinera tal vez no había ido. Los vecinos podían seguir ocupados con sus propios muertos, sus ventanas rotas, sus parientes desaparecidos.
O quizá alguien ya había llamado. Quizá la Gestapo ya estaba en la casa.
Quizá la máscara del Cuervo ya estaba sobre una mesa de evidencias.
Quizá el nombre de Ana Weiss ya había empezado a moverse por cables, teléfonos, oficinas.
Quizá el apellido que debía protegerla era ya una trampa.
No podían saberlo.
Por eso salieron.
Ana primero.
Pietro después.
En la calle se separaron sin mirarse. La estación estaba cerca.
Múnich parecía más despierta que la noche anterior: más botas, más voces, más brazaletes, más carteles, más Alemania.
Un grupo de muchachos con uniforme de las Juventudes Hitlerianas pasó riendo junto a una mujer que intentaba cargar dos maletas. Nadie la ayudó.
Pietro entró por otra puerta.
Otra vez.
Otro andén.
Otro tren.
Otra separación convertida en método.
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El tren hacia Schaffhausen salió con retraso.
Eso tranquilizó a Pietro de un modo absurdo. Los trenes demasiado puntuales le parecían peligrosos. La puntualidad era una forma de confianza, y él no confiaba ya en ningún sistema que siguiera creyéndose intacto.
El vagón estaba más lleno que el de la noche anterior.
Había comerciantes, militares, dos monjas, una pareja con tres niños, un hombre que olía a tabaco frío y llevaba un maletín parecido al suyo.
Pietro se sentó lejos de la ventana esta vez.
No quería parecer un hombre que observa demasiado.
No quería parecer un hombre que cuenta distancias.
Pero las contó de todos modos.
Múnich.
Campos.
Pueblos.
Estaciones pequeñas.
El sur.
Cada kilómetro acercaba la frontera y al mismo tiempo hacía más insoportable la posibilidad de no cruzarla.
Los controles llegaron antes de lo esperado.
Un primer funcionario revisó boletos.
Luego otro, documentos.
El de Pietro fue rápido.
—Hans Brenner.
—Sí.
—Destino.
—Schaffhausen.
—Motivo.
—Familia. Negocios pendientes. Mi esposa viaja con el niño en otro vagón.
El oficial miró los papeles, miró a Pietro, volvió a mirar los papeles.
Oster había hecho bien su trabajo.
Los sellos tenían el cansancio exacto de los sellos reales. Las firmas no parecían demasiado perfectas. La historia no ofrecía heroísmo ni rareza. Un comerciante, una esposa enferma, un niño, el sur. La guerra había llenado Alemania de historias semejantes.
El oficial devolvió los documentos.
—Permanezca en su asiento hasta nuevo aviso.
—Por supuesto.
Pietro obedeció.
Eso también era parte de la fuga: parecer alguien acostumbrado a obedecer.
El tren siguió.
Pero el verdadero control no estaba allí.
Estaba donde Ana sostenía a Alexander.
Pietro no podía verla. No podía saber si el niño dormía, si lloraba, si Ana tenía el rostro correcto, si había recordado no apretar demasiado los documentos, si su respiración seguía tranquila, si el apellido Weiss producía respeto o sospecha.
Cerró los ojos.
Escuchó.
El tren tenía su propio cuerpo: metal, madera, vapor, respiraciones, tos, ruedas. Si algo pasaba, pensó, el ritmo cambiaría. Habría voces. Pasos apresurados. Un frenazo. Un nombre gritado. La interrupción de la normalidad.
Nada.
Solo el tren.
Y eso, por primera vez, empezó a parecer una forma de misericordia.
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Ana vio al oficial antes de que llegara.
Venía por el pasillo con otro hombre detrás. El primero revisaba documentos. El segundo miraba personas. Ana entendió de inmediato que el segundo era el peligro.
Alexander dormía contra su pecho, envuelto en la manta. Tenía una mejilla caliente pegada al vestido. Ana notaba su respiración pequeña, regular, ofensivamente inocente.
Cuando el oficial se detuvo frente a ella, Ana ya tenía los documentos en la mano.
—Papeles.
Los entregó.
No demasiado rápido.
No demasiado lento.
El hombre los abrió.
Ana Hartmann Weiss.
Esposa de Otto Weiss.
Residencia: Berlín-Charlottenburg.