El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 29 — Conmigo #3
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CAPÍTULO 29 — Conmigo #3

Pietro volvió al salón. Limpió lo que había que limpiar.

No todo. No había tiempo ni sentido en borrar la escena por completo.

Solo lo necesario: aquello que pudiera señalar la ruta inmediata, aquello que pudiera adelantar la persecución por minutos que necesitaban.

Revisó la mesa. Los boletos. Tomó los de Ana y los puso en el bolsillo interior de su abrigo. Dejó los de Hans Brenner separados.

Pensó en el reloj.

No lo miró.

Si lo miraba, el tiempo se volvería real.

Ana salió con Alexander en brazos y una maleta pequeña.

Pietro la observó.

No eran muchas cosas.

Eso también era una forma de muerte: descubrir que una vida entera, cuando se huye, no puede permitirse más de lo que una mano puede cargar.

—¿Lista? —dijo.

Ana miró hacia la puerta cerrada del salón.

Solo un instante.

Luego miró a Pietro.

—Sí.

Bajaron por las escaleras de servicio.

Pietro primero. Ana detrás, con Alexander contra el pecho y la maleta pequeña golpeándole apenas la pierna.

La casa estaba silenciosa. Sin cocinera.

Sin doncella. Sin voces. Los bombardeos habían desorganizado incluso la vida doméstica de las familias que antes parecían inmunes a la desorganización.

En el segundo rellano, Alexander dejó de llorar.

Eso los asustó más que el llanto.

Ana bajó la mirada.

El niño dormía.

O hacía algo parecido a dormir.

Pietro abrió la puerta trasera.

Charlottenburg los recibió con frío.

La mañana estaba gris, con humo lejano sobre los tejados y gente moviéndose despacio por las aceras, como si Berlín entera caminara después de una enfermedad larga.

Un hombre empujaba una carretilla con carbón.

Una mujer llevaba dos cubos vacíos. Un soldado con el brazo vendado fumaba junto a una pared ennegrecida.

Nadie miró demasiado a Ana.

Una mujer con un bebé y una maleta pequeña no era sospechosa en Berlín del 43.

Era una consecuencia.

Pietro caminó a tres pasos de distancia.

No demasiado cerca. No demasiado lejos.

Dos personas y un bebé saliendo a la calle.

Completamente normales.

Completamente invisibles.

---

En la estación se separaron antes de entrar al andén.

No hubo despedida. No hubo instrucción final. No hubo promesa.

Ya habían dicho todo lo que podía decirse en una casa con un muerto detrás de una puerta cerrada con llave.

Ana entró primero, con Alexander en brazos y la maleta pequeña. Pietro esperó junto a un puesto cerrado de periódicos, contó veinte respiraciones y luego entró por otra puerta.

La estación no funcionaba con normalidad.

Nada en Berlín funcionaba ya con normalidad.

Había retrasos, andenes cambiados a último momento, destinos parciales, funcionarios gritando indicaciones contradictorias y viajeros que miraban los tableros como si todavía creyeran que una ciudad en ruinas podía obedecer horarios.

No era el tren que Pietro habría tomado en otra vida. Pero seguía yendo al sur.

Eso bastaba.

El andén estaba lleno de gente que se iba de Berlín o fingía que solo viajaba por un tiempo.

Madres con niños. Ancianos con maletas demasiado pesadas. Soldados de permiso. Funcionarios. Mujeres con abrigos gastados y sombreros buenos. Hombres que miraban los relojes como si la puntualidad todavía fuera una garantía de civilización.

Pietro se colocó en un extremo del andén.

Ana estaba lejos, casi al otro lado.

No se miraron.

Eso era lo más difícil.

No mirarse.

Pietro podía ver el perfil de ella entre dos personas. El abrigo oscuro. La manta de Alexander. La mano sosteniendo el borde de la maleta. Una mujer alemana con su hijo esperando un tren hacia el sur.

Nada más.

Hans Brenner esperaba en otro punto, con el maletín entre los pies y el sombrero bajo sobre la frente.

Nada más.

El tren llegó con un gemido de metal cansado.

La gente se movió.

Ana subió por una puerta.

Pietro por otra.

Vagones distintos.

Mundos distintos dentro del mismo tren.

Pietro encontró asiento junto a la ventana. Colocó el maletín entre los pies y apoyó una mano sobre él sin razón práctica. Solo para sentir que seguía ahí.

El tren tardó en moverse.

Demasiado.

Cada segundo en el andén era una posibilidad de que alguien entrara corriendo, de que una voz gritara un nombre, de que un uniforme apareciera en la puerta del vagón y empezara a revisar documentos con la calma asesina de los hombres que saben que el tren no se irá hasta que ellos quieran.

Pero nadie llegó.

El silbato sonó.

El tren se sacudió.

Avanzó.

Primero despacio. Luego con una seguridad que a Pietro le pareció casi indecente.

Berlín empezó a moverse al otro lado de la ventana.

Los andenes.

Las columnas.

Los tejados.

Las fachadas ennegrecidas.

Una pared abierta donde una cocina seguía teniendo una mesa.

Un patio interior lleno de escombros.

El humo saliendo todavía de algunos puntos de la ciudad como si Berlín siguiera tratando de decir algo que ya nadie quería escuchar.

Pietro no apartó la vista.

No cuando dejaron atrás las primeras calles.

No cuando los edificios empezaron a separarse.

No cuando la ciudad se convirtió en una línea gris bajo el cielo de noviembre.

En algún lugar del mismo tren, Ana lloraba sola con Alexander dormido en los brazos.

El duelo que no había tenido espacio en el apartamento encontraba por fin un lugar donde existir: no junto al cuerpo de Otto, no junto a la maleta, no frente a Pietro, sino en la penumbra de un vagón de tren que avanzaba hacia el sur, con el niño caliente contra el pecho y la vida anterior quedándose atrás sin ceremonia.

Pietro no podía saberlo.

Miró hasta que Berlín dejó de ser Berlín.

Hasta que ya no hubo torres, ni humo, ni tejados, ni ruinas.

Solo campo.

Solo lluvia.

Solo vía.

Entonces soltó el aire que llevaba reteniendo desde Charlottenburg.

Bajó la mirada al maletín.

Luego miró hacia adelante.

Múnich.