El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 29 — Conmigo
87%

CAPÍTULO 29 — Conmigo

Pietro no durmió.

Durante el resto de la noche, Berlín siguió haciendo ruido, aunque las bombas ya no cayeran.

Camiones. Voces. Cristales bajo las botas.

Sirenas lejanas. Algún derrumbe tardío que sonaba distinto a una explosión porque no venía del cielo, sino de algo que arriba había aguantado demasiado y finalmente decidía rendirse.

Sentado en la silla de la cocina, con el abrigo todavía puesto y el maletín a sus pies, miró el reloj de Conti.

Luego la ventana.

Luego el maletín.

Luego otra vez la ventana.

A ratos se levantaba y caminaba hasta la puerta. A ratos apoyaba la frente contra la pared junto a la ventana. A ratos abría el maletín y comprobaba los documentos aunque no hubiera nada nuevo que comprobar.

Ana seguía en Charlottenburg.

Alexander seguía en Charlottenburg.

O no.

Esa era la parte que volvía insoportable la espera: que cada minuto podía pertenecer todavía a la vida o haber llegado ya demasiado tarde.

La noche anterior, en Hermannplatz, había entendido algo que ya no podía desentender.

Berlín no tenía refugios. Solo lugares donde aplazar la muerte.

Y si eso era verdad para él, también era verdad para Ana.

Para Alexander. Para un niño de apenas unas semanas encerrado en una ciudad que había empezado a arder por barrios enteros.

Pietro había pasado años aprendiendo a esperar.

Esperar el momento correcto. Esperar el cambio de guardia. Esperar a que una puerta quedara sin vigilancia. Esperar a que un nombre pudiera salir de un expediente y convertirse en una oportunidad. Esperar, durante años, había sido una forma de inteligencia.

Esa madrugada, por primera vez, esperar le pareció otra cosa.

Una forma de traición.

No fue una revelación. No fue valor. No fue desesperación pura. Fue más sencillo y terrible: Pietro entendió que seguir esperando no los estaba protegiendo. Solo le estaba permitiendo a la muerte elegir mejor el momento.

Cuando el cielo empezó a aclarar detrás de la cortina, se levantó.

No se cambió. Ya estaba vestido.

Revisó una vez más los documentos. El dinero. La pistola. La daga. La llave. El reloj de Conti. El sobre de Katz. Los boletos.

Todo estaba ahí.

Todo lo que podía salvarlos cabía en un maletín.

Y todo lo que podía perder estaba al otro lado de Berlín.

Pietro tomó el maletín.

Abrió la puerta.

Y salió hacia Charlottenburg.

---

Berlín antes del amanecer tenía un color que no pertenecía del todo a la noche ni al día. La humedad de noviembre se pegaba a las piedras y convertía la ceniza en una pasta gris junto a las aceras.

El aire cortaba la cara y olía a carbón húmedo, a piedra quemada, a algo metálico que Pietro ya asociaba con los incendios apagados demasiado tarde.Salió de Neukölln con el maletín en la mano y la postura de un hombre que tenía razón para estar en la calle.

Eso era lo importante.

No parecer prudente. No parecer nervioso.

No parecer invisible por exceso de esfuerzo.

Caminar como caminan los hombres que van a un sitio y no dudan de su derecho a hacerlo.

Hans Brenner, comerciante de Stuttgart, evacuando hacia el sur a una familia que todavía no estaba con él.

Un hombre cualquiera en una ciudad donde todos tenían algún motivo para moverse entre ruinas.

No tomó el camino más corto.

Eso ya no existía en Berlín.

Las calles eran una teoría que cada mañana había que verificar.

Una avenida podía aparecer bloqueada por un montón de ladrillos; otra, por una fila de camiones de bomberos; otra, por una patrulla que pedía documentos a todos los hombres que pasaban.

Pietro cruzó por calles secundarias, atravesó patios interiores cuando pudo, esperó detrás de una fila de mujeres frente a una panadería para dejar pasar a dos soldados, y luego siguió hacia el oeste.

A veces reconocía los lugares.

Eso era lo peor.

Una esquina donde había dejado panfletos con la máscara del médico de la peste ahora tenía una fachada abierta y un piano cubierto de polvo en el segundo piso.

Un portal en Schöneberg, donde hace tiempo había deslizado una hoja doblada bajo una puerta, ya no tenía puerta.

La entrada era un hueco negro con vigas partidas.

Una calle por la que había caminado una noche con Greta estaba cortada por una montaña de escombros.

No se detuvo. No estaba allí para hacer inventario.

Pero el cuerpo recordaba aunque la voluntad no quisiera.

Cada barrio era una capa de su vida en Berlín, y la ciudad se las devolvía desfiguradas: el diplomático, el amante, el Cuervo, el fugitivo. Todas sus versiones caminaban con él por la mañana helada, y ninguna servía ya para lo que venía.

Pietro siguió.

A las ocho y media llegó a Charlottenburg.

El barrio de Ana había perdido parte de la elegancia que años antes parecía natural en sus fachadas.

Seguía siendo Charlottenburg — las proporciones, los portales amplios, ciertas ventanas todavía cuidadas con una obstinación casi ridícula —, pero la guerra había entrado también ahí y había dejado su mano visible.

Vidrios reemplazados con cartón. Persianas torcidas.

Un edificio en la esquina con la fachada ennegrecida hasta el tercer piso.

Un árbol partido por la mitad en la acera, como si alguien hubiera decidido que incluso la vegetación debía aprender disciplina.

Pietro no se detuvo frente al edificio.

Pasó de largo.

Miró el portal desde el reflejo de un escaparate roto. Sin personal en la entrada. Sin movimiento visible. La casa parecía suspendida en una de esas pausas que dejaban los bombardeos: no silencio, exactamente, sino agotamiento.

Dobló la esquina. Entró por el callejón lateral. La puerta de servicio estaba cerrada, pero no con llave.

Eso le produjo más miedo que alivio.

Subió por las escaleras traseras.

Cada peldaño tenía el crujido de las casas que han escuchado demasiadas cosas. En el primer rellano olía a sopa vieja. En el segundo, a humo frío. En el tercero, el silencio era tan completo que Pietro escuchó su propia respiración y la odió por parecer demasiado alta.

Llamó dos veces.

Despacio.

La puerta tardó en abrirse.

Cuando Ana apareció, Pietro supo antes de que ella dijera nada.

La leyó en la cara.

No era miedo solamente. El miedo lo conocía. No era agotamiento solamente. Eso también. Era otra cosa: la rigidez de quien ha tenido que seguir viva después de que algo se rompiera por completo y todavía no ha encontrado dónde poner los restos.

—¿Estás bien? —dijo Pietro.

Ana no respondió de inmediato.

—¿Alexander? —preguntó él.

—Está bien.

La respuesta le entró al cuerpo como aire.

Solo entonces vio el resto.

El cabello de Ana recogido sin cuidado. La piel más pálida de lo habitual.

Los ojos abiertos de más, no por sorpresa, sino por falta de sueño.

Llevaba un vestido oscuro y encima un chal que no parecía suyo.

Una prenda demasiado vieja, demasiado materna.

La mano derecha apretaba el borde de la puerta con tanta fuerza que los nudillos se habían puesto blancos.

—¿Qué pasó? —dijo Pietro.

Ana tragó saliva.

—Mis padres.

Pietro no dijo nada.

No dijo lo siento.

No porque no lo sintiera. Porque entendió que la frase era demasiado pequeña para entrar en esa habitación. La dejó ahí, de pie, con la puerta medio abierta y el dolor completo entre los dos.

Ana bajó la mirada.

—La casa de mi madre recibió una bomba el 18. Ambos murieron esa noche.

Pietro cerró los ojos un instante.

Vio al padre de Ana como lo recordaba: rígido, orgulloso, un hombre hecho de apellido y juicio.

Vio a la madre, la distancia, los salones, el mundo que los había despreciado a él y protegido a Otto.

Y aun así, lo que sintió no fue satisfacción ni justicia.

Fue solo cansancio. Un cansancio antiguo.

Otra pieza caída en una ciudad donde todo caía demasiado tarde para servir de lección.

—Ana…

Ella negó con la cabeza.

No podía recibir consuelo. Todavía no.

—Entra —dijo.

Pietro entró.

El apartamento estaba distinto.

No por los muebles. Muchos seguían ahí. Las cortinas claras.

La mesa. La canastilla junto al sofá. Pero el aire había cambiado.

Una casa puede conservar sus objetos y perder su centro.

Esa casa lo había perdido. Había una maleta pequeña abierta junto a una silla, ropa de niño doblada a medias, una manta sobre el respaldo del sofá, una taza fría en una mesa lateral.

En el cuarto de al lado se escuchó un sonido leve.

Alexander.

Pietro giró apenas la cabeza.

Ana lo vio.

—Está dormido.

Pietro no respondió.

Luego dejó el maletín sobre la mesa.

Lo abrió.

Sacó los boletos.

Los puso frente a ella sin ceremonia.

Ana los miró.

No preguntó qué eran. No hacía falta.

—Es ahora o nunca —dijo Pietro—. Nos vamos hoy.

El silencio que siguió no fue discusión.

Eso fue lo primero que Pietro entendió.

Estos meses, cada vez que él había dicho vámonos, Ana había tenido una razón.

El embarazo. Sus padres. El niño demasiado pequeño.

Otto. La ciudad. La ruta. El miedo. Algunas razones eran ciertas.

Otras eran formas elegantes de no mirar de frente lo inevitable.

Pero ahora las razones habían empezado a morir una por una.

Sus padres estaban muertos.

Berlín ardía.

Otto seguía cazando disidentes, buscando conspiraciones, oliendo traiciones en cada esquina, como si la ciudad no estuviera cayéndose sino desviándose de un expediente.

El niño respiraba en una ciudad donde el aire mismo se había vuelto una apuesta.

Ana miró los boletos durante varios segundos.

Luego levantó la vista hacia Pietro.

No dijo sí.

Fue hacia el dormitorio.

Y empezó a hacer la maleta.

Pietro se quedó inmóvil un momento.

Había imaginado ese instante muchas veces.

Con discusión, con lágrimas, con Ana quebrándose, con él teniendo que convencerla, suplicarle, sacudirla, arrastrarla si hacía falta.

No había imaginado eso: el silencio de una mujer que, al quedarse sin excusas, descubre que la decisión ya estaba tomada desde antes.