El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 28 — La ciudad que muere despacio #6
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CAPÍTULO 28 — La ciudad que muere despacio #6

Pietro permaneció unos segundos en Hermannplatz con el maletín en la mano, mirando hacia el oeste como si pudiera ver a través del humo.

No veía nada. Solo resplandor, fachadas rotas, siluetas moviéndose entre cables caídos y agua negra.

Charlottenburg estaba en esa dirección, sí.

Pero entre Charlottenburg y él había una ciudad abierta en canal.

Primero tenía que volver a la Weserstraße.

Tenía que limpiarse. Cambiarse. Revisar los documentos.

Comprobar la pistola. Sacarse de encima el polvo del bunker, el olor de miles de cuerpos encerrados, la cara del hombre que había gritado que no podía respirar, la imagen de la mujer que se había desmayado sin caer porque no había espacio para caer.

Tenía que volver a parecer un hombre capaz de cruzar Berlín.

Eso también era supervivencia.

Caminó hacia la Weserstraße.

No corrió. Ya no se podía correr. La ciudad no lo permitía.

Cada calle tenía su propia interrupción: cristales, mangueras, grupos de vecinos formando cadenas torpes para sacar cubos de agua, hombres de la Luftschutz gritando órdenes que nadie terminaba de obedecer, ancianos envueltos en mantas de pie frente a edificios que ya no tenían escaleras.

A cada manzana, Berlín cambiaba de estado.

Una seguía casi intacta, con las ventanas cerradas y las cortinas quietas, como si la guerra hubiera pasado de largo por educación.

La siguiente estaba abierta. La siguiente ardía.

La siguiente tenía gente cavando con las manos en un montón de ladrillos mientras alguien repetía un nombre hacia el interior de los escombros.

Pietro pasó junto a una mujer sentada en la banqueta con una jaula vacía sobre las rodillas. No lloraba. Miraba la puerta abierta de la jaula con una concentración absurda, como si lo verdaderamente incomprensible de la noche fuera que el pájaro hubiera escapado y ella no.

Más adelante, un hombre en camisa sostenía un espejo roto bajo el brazo.

Nada más.

Un espejo.

Lo llevaba con la solemnidad de quien había rescatado una reliquia, o quizá con la confusión de quien entró a su casa destruida y tomó lo primero que sus manos reconocieron.

Pietro siguió caminando.

La Weserstraße apareció poco a poco, no como regreso sino como veredicto.

Dos edificios habían perdido fachadas enteras.

Los interiores quedaban abiertos hacia la calle como casas de muñecas: una mesa puesta, una lámpara todavía colgando del techo, una cama con la colcha doblada, una repisa con platos que no se habían roto aunque la pared ya no existía.

Más al sur, donde esa tarde había habido un edificio, ahora había un montón de ladrillos humeantes del que salía una columna blanca.

El edificio de Pietro seguía en pie.

Sintió alivio.

Y casi al mismo tiempo, vergüenza por sentirlo.

Porque dos puertas más allá alguien ya no tenía escaleras que subir, ni cama, ni mesa, ni cajón donde guardar documentos, ni cocina donde sentarse a fingir que todavía existía una noche después de la noche.

Entró.

La escalera estaba cubierta de polvo, pero entera.

En el primer rellano, una grieta nueva cruzaba la pared desde el techo hasta el marco de una puerta.

En el segundo, una ventana rota dejaba entrar humo frío.

Alguien había dejado una manta tirada en los escalones. Alguien más había perdido un zapato.

Subió al tercer piso con el maletín apretado contra el cuerpo.

La llave entró en la cerradura.

El apartamento estaba intacto.

Casi.

Un vaso se había caído de la mesa y estaba hecho pedazos en el suelo.

Una estantería se había inclinado unos centímetros.

Había polvo sobre la cubierta de la cocina, sobre la silla, sobre el marco de la ventana.

Pero el techo seguía arriba. Las paredes seguían cerradas.

La cama seguía siendo cama. La mesa seguía siendo mesa.

Pietro dejó el maletín sobre la mesa.

Se quedó de pie en medio del apartamento.

No era gratitud lo que sentía. La gratitud habría exigido una limpieza que no tenía. Era otra cosa: el desconcierto de haber sido perdonado por una noche que no perdonó a otros.

Fue al baño.

Se lavó la cara primero. El agua salió turbia durante unos segundos, luego clara. Se miró en el espejo: polvo en el cabello, una línea negra en la mejilla, los ojos enrojecidos por el humo y por algo que no era humo.

Se quitó la ropa.

La camisa estaba pegada al cuerpo por el sudor del bunker. El abrigo olía a humo, a humedad y a gente encerrada. Se bañó rápido, con agua apenas tibia, y el simple hecho de tener agua le pareció un privilegio obsceno en una ciudad que ardía a pocas manzanas.

Al salir, se cambió.

No por comodidad.

Por necesidad de volver a parecer alguien capaz de actuar.

Guardó los documentos en el maletín. Revisó el dinero. La pistola. La llave. El reloj de Conti. Todo seguía ahí. Todo lo que cabía en un maletín seguía existiendo.

Eso debía significar algo.

Aunque Pietro no supiera exactamente qué.

Luego se sentó en la silla de la cocina.

Y pensó en Ana.

No como recuerdo. No como deseo. No como culpa.

Como urgencia.

Charlottenburg.

Alexander.

¿Habrían bajado a tiempo? ¿Habrían encontrado sitio en algún refugio?

¿Habría llorado el niño durante el bombardeo?

¿Habría podido respirar? ¿Lo habría sostenido Ana contra el pecho en medio de un sótano lleno, intentando proteger con los brazos algo que ninguna madre podía proteger del todo contra el fuego que caía del cielo?

La angustia le cerró la garganta.

No fue una idea.

Fue una mano.

Se levantó.

Volvió a sentarse.

Se levantó otra vez.

Caminó tres pasos hasta la ventana, miró la calle, volvió a la mesa, abrió el maletín sin necesidad, lo cerró, se llevó una mano a la boca, respiró hondo y descubrió que respirar hondo no servía de nada.

Tenía que ir a verlos. No había espacio para la prudencia.

No en días.

No cuando amaneciera.

No cuando Berlín recuperara una forma más segura.

Hoy.

Ahora.

Se puso el abrigo. Tomó el maletín. Guardó la pistola en el bolsillo interior. Apagó la lámpara.

Bajó las escaleras.

Afuera, Berlín olía a noviembre, a humo y a guerra.

Pero debajo de eso había algo más, algo que Pietro reconoció sin querer reconocerlo: el olor específico de las ciudades que están perdiendo.

No el olor de la derrota, que tiene algo definitivo, casi limpio.

Esto era peor. Era el olor de algo que todavía se cree en pie mientras ya ha empezado a caer.

Caminó hacia el U-Bahn.

No llegó lejos.

A tres manzanas de la Weserstraße, la calle estaba cortada por un cordón de auxiliares de defensa civil.

Detrás de ellos ardía un edificio entero.

Las llamas salían por las ventanas superiores con una paciencia terrible, como si el fuego no tuviera ninguna prisa porque supiera que nadie podía detenerlo todavía.

Una manguera cruzaba la avenida como una serpiente negra.

Dos hombres cargaban una puerta arrancada de sus bisagras con algo encima cubierto por una manta.

—No se puede pasar —dijo uno de los auxiliares.

—Tengo que ir al oeste.

—Nadie va al oeste esta noche.

Pietro lo miró.

El hombre tenía la cara negra de humo y los ojos rojos. No parecía interesado en discutir con nadie. Ni siquiera en tener razón. Solo estaba de pie porque alguien tenía que estar de pie en ese punto de la ciudad diciendo no.

—Mi familia está en Charlottenburg —dijo Pietro.

El auxiliar lo miró apenas un segundo más.

No con indiferencia. Con cansancio.

—La mitad de Berlín tiene a alguien en alguna parte esta noche.

La frase no fue cruel.

Eso la volvió peor.

Pietro pensó en mostrar documentos. Pensó en mentir.

Pensó en decir que era diplomático, que tenía autorización, que debía cruzar por razones oficiales.

Pensó incluso en la pistola, no para usarla, sino como una posibilidad absurda que el miedo puso un instante sobre la mesa y que la razón retiró de inmediato.

No hizo nada.

Miró más allá del cordón.

Charlottenburg estaba detrás de todo eso. Detrás del fuego, del humo, de las calles rotas, de las patrullas, de los muertos que todavía no habían sido contados. Detrás de una ciudad que esa noche ya no obedecía a los mapas.

Esa noche no iba a llegar.

La certeza le dio náusea.

—Al amanecer quizá abran algunas vías —dijo el auxiliar—. Ahora vuelva a su casa, si todavía tiene una.

Pietro no respondió.

Volvió al apartamento caminando despacio, con el maletín en la mano y una rabia tan grande que no encontró objeto.

No podía odiar al auxiliar. No podía odiar la calle.

No podía odiar el fuego. No podía odiar siquiera a Berlín de una manera simple, porque Berlín esa noche era verdugo y víctima al mismo tiempo.

Subió al tercer piso.

No se quitó el abrigo.

Se sentó en la silla de la cocina con el maletín a sus pies.

No durmió.

Durante el resto de la noche, Berlín siguió haciendo ruido, aunque las bombas ya no cayeran.

Camiones. Voces. Cristales bajo las botas.

Sirenas lejanas. Algún derrumbe tardío que sonaba distinto a una explosión porque no venía del cielo, sino de algo que arriba había aguantado demasiado y finalmente decidía rendirse.

Pietro miró el reloj de Conti.

Luego la ventana.

Luego el maletín.

Luego otra vez el reloj.

A ratos se levantaba y caminaba hasta la puerta.

A ratos apoyaba la frente contra la pared junto a la ventana.

A ratos abría el maletín y comprobaba los documentos, aunque no hubiera nada nuevo que comprobar.

Ana seguía en Charlottenburg. Alexander seguía en Charlottenburg.

O no. Esa era la parte que volvía insoportable la espera: que cada minuto podía pertenecer todavía a la vida o haber llegado ya demasiado tarde.

Esperó el amanecer como se espera una sentencia.