CAPÍTULO 27 — Lo que cabe en un maletín #3
A Göring siempre le había gustado sentirse indispensable.
Y en aquellos días, cuando su mundo se estrechaba entre paredes, sospechas y derrotas que nadie se atrevía a nombrar, el hecho de que Pietro acudiera a él tenía un efecto casi medicinal.
No lo redimía. No lo ablandaba. Pero acariciaba, aunque fuera por un instante, la parte más hambrienta de su vanidad.
—Sé por qué está aquí —dijo—. Es usted un hombre astuto. Lo imaginé desde que pidió verme. Usted mismo lo ha dicho: Italia está por caer.
Observó su barba, el cabello más largo, el cansancio mal oculto.
—Por eso el cambio de apariencia, supongo. Pronto Berlín dejará de ser una ciudad segura para usted.
Pausó apenas.
—De mí no tiene que preocuparse, señor Berardi.
—Göring se puso de pie. Caminó hasta el escritorio y abrió uno de los cajones .
—Tengo un apartamento en Neukölln. —Hizo una pausa casi imperceptible, como si el simple nombre del barrio exigiera un pequeño esfuerzo de tolerancia—. No es precisamente donde yo elegiría vivir. Pero siempre resulta útil tener algo en un lugar donde nadie piensa buscarte.
Sacó una llave y la dejó sobre el escritorio.
—Tercer piso. Dos habitaciones. Lleva tiempo vacío. Si lo necesita, allí estará seguro.
Pietro tomó la llave.
Göring abrió otro cajón. Sacó una Walther PPK y la dejó junto a la llave sin comentario.
—Para los perros callejeros —dijo—. Berlín tiene cada vez más.
Pietro guardó las dos cosas en el bolsillo del abrigo.
Salieron juntos al jardín. Edda corría entre los árboles. Emmy los miró llegar desde una silla de hierro con esa expresión serena de mujer que ha aprendido a no hacer preguntas sobre ciertas conversaciones.
Se quedaron diez minutos más en el jardín, hablando de nada — del verano, de un libro que Göring había intentado leer y abandonado, de si Edda iba a aprender a montar ese otoño.
Cosas que en otro momento habrían sido relleno y que en ese momento, sabiendo los dos que era la última vez, tenían una calidad diferente.
Pietro se despidió de Emmy con un beso en la mano.
Se despidió de Edda con una reverencia que la hizo reír.
Se despidió de Göring con un apretón de manos que duró un segundo más de lo usual.
—Cuídese —dijo Göring.
—Usted también —dijo Pietro.
Ninguno de los dos dijo más. No hacía falta.
Pietro caminó por el camino del jardín hacia la salida sin mirar atrás.
Detrás de él, Carinhall con sus cuadros y su biblioteca y su niña de cinco años preguntando sobre caballos italianos.
Un mundo construido con las manos equivocadas que de todas formas contenía cosas reales — una mujer que sabía hacer sentir bienvenida a la gente, una niña que no tenía culpa de nada, un hombre que, por un instante, había dejado caer la pose sin que eso bastara para salvarlo de lo que era.
No era suficiente. Nunca lo sería.
Pero era lo que había.
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Giulio lo buscó el martes cuatro de septiembre.
No en el despacho — en el pasillo, con esa manera suya de aparecer cuando necesitaba hablar de algo que no podía decirse sentado frente a un escritorio.
—¿Esta noche? —dijo Giulio, en voz baja.
—Esta noche —dijo Pietro.
Fueron a una cervecería de la Kantstraße que habían frecuentado en el treinta y siete, en los primeros años, cuando Berlín todavía era un lugar donde dos diplomáticos italianos podían tomar una cerveza sin calcular cada palabra.
La cervecería había cambiado — menos gente, más uniformes, el menú más corto — pero la mesa del fondo seguía siendo la misma.
Pidieron dos cervezas.
Estuvieron un momento sin hablar.
—¿Tú qué vas a hacer? —dijo Pietro.
Giulio miró la cerveza.
—Quedarme, supongo. Malaspina va a necesitar gente. Y alguien tiene que hacer los trámites cuando esto explote. —Una pausa—. No tengo tu talento ni tus medios para desaparecer.
Pietro no dijo nada.
—Siete años —dijo Giulio.
—Siete años.
—¿Te acuerdas del treinta y seis? La fiesta en la embajada cuando llegaste. Malaspina con ese discurso. —Sonrió un poco—. Parecías el hombre más aburrido de la sala.
—Lo era.
—No —dijo Giulio—. Lo parecías. Que no es lo mismo.
Pietro lo miró. En siete años Giulio había sido el hombre más confiable de la embajada sin nunca haber sabido exactamente para qué. Había cubierto ausencias sin preguntar, manejado papeles sin leer, estado ahí con esa lealtad específica de los hombres que son buenos por carácter y no por cálculo.
—Gracias —dijo Pietro.
Giulio lo miró.
—¿Por qué?
—Por todo este tiempo, por ser tú.
Giulio asintió. No preguntó qué significaba eso exactamente. Había aprendido que Pietro decía lo que quería decir y que las preguntas adicionales raramente añadían algo.
Terminaron las cervezas.
En la calle se dieron la mano. Un apretón firme, sin palabras adicionales. El tipo de despedida que existe entre hombres que no van a volver a verse y que lo saben y que han decidido que eso no necesita más que lo que ya se dijo.
Pietro caminó hacia el oeste.
Giulio caminó hacia el este.
Berlín entre los dos como siempre.
Los primeros días de septiembre llegaron sin noticias de Ana.
Pietro contó los días con una precisión inútil: ocho meses en agosto significaban septiembre; septiembre significaba el niño; y el niño significaba una vida ocurriendo al otro lado de una ciudad que, de pronto, parecía no tener puentes.
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La noticia llegó por radio a las siete y media de la tarde.
Pietro estaba en su despacho — llevaba semanas quedándose hasta tarde, como casi todo el personal de la embajada, esperando exactamente esto.
Cuando Malaspina irrumpió con esa expresión única de los hombres a quienes les acaban de cambiar el mundo y todavía no han procesado exactamente cómo, Pietro ya supo antes de que abriera la boca.
—El armisticio —dijo Malaspina—. Badoglio lo firmó. Acaban de anunciarlo.
Pietro apagó la lámpara del escritorio.
No porque fuera necesario. Sino porque fue el primer movimiento que tuvo sentido en ese momento — apagar algo, reducir la presencia, empezar a volverse menos visible.
La embajada tardó veinte minutos en convertirse en otro organismo.
Los teléfonos sin parar. Dos secretarias llorando en el pasillo.
Un agregado cultural preguntando qué debía hacer con los archivos.
Giulio moviéndose de despacho en despacho con una carpeta bajo el brazo y esa eficiencia suya que funcionaba mejor en el caos que en la calma.
Malaspina convocó al personal en la sala de reuniones.
Pietro fue el último en entrar.
Malaspina estaba de pie ante la mesa con esa postura que Pietro le había visto pocas veces — no la del embajador ceremonioso ni la del diplomático de carrera que mide cada gesto, sino la de un hombre que ha decidido que en ese momento la dignidad importa más que el protocolo.
—Nadie sale del edificio esta noche —dijo Malaspina—.
Hasta que yo tenga instrucciones claras de Roma, somos personal diplomático italiano en funciones y tenemos protección consular.
Voy a comunicarme con las autoridades alemanas inmediatamente.
—Una pausa—. Nadie entra en pánico. Nadie hace nada que pueda interpretarse como hostilidad.
Representamos a Italia, y eso no ha cambiado.
Hubo murmullos. Malaspina los cortó con un gesto.
—Los alemanes no van a irrumpir aquí esta noche. Necesitan tiempo para decidir qué hacen con nosotros, y mientras deciden, somos intocables. Voy a asegurarme de que lo sigan siendo el mayor tiempo posible. —Miró a cada persona en la sala—. Les doy mi palabra.
No era el hombre más inteligente que Pietro había conocido en Berlín. No era el más valiente. Pero en ese momento, ante ese grupo de personas asustadas que dependían de él, Malaspina fue exactamente lo que necesitaba ser.
Pietro salió de la reunión antes de que terminara.
Fue a su despacho. Abrió el cajón inferior. Sacó el maletín con los papeles, el dinero, los documentos italianos reales. Tomó el abrigo del perchero.
Miró el despacho una vez.
Siete años de cables y memorándums y doble vida — reducidos a una habitación con una lámpara apagada y una silla vacía.
Salió por la puerta de servicio sin ser visto.
Berlín afuera era Berlín — el mismo aire, la misma piedra, las mismas calles que había aprendido en siete años de caminarlas de noche.
Pero algo había cambiado en la relación entre él y la ciudad.
Algo que no era visible pero que Pietro sentía con esa precisión de los cambios que no tienen imagen sino solo peso.
Ya no era un diplomático italiano en Berlín.
Era un hombre solo en una ciudad que en cualquier momento iba a decidir que era su enemigo.
Caminó hacia Savignyplatz.
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El apartamento olía a él.