El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 27 — Lo que cabe en un maletín #2
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CAPÍTULO 27 — Lo que cabe en un maletín #2

Su hijo iba a nacer en esa casa. Iba a respirar por primera vez en un apartamento donde el apellido que le iban a poner no era Berardi.

Iba a tener una canastilla de mimbre y una manta doblada y un padre oficial que era el hombre equivocado.

Y Pietro no iba a estar ahí. No iba a escuchar el primer llanto.

No iba a saber el nombre hasta que llegara un mensaje de cuatro palabras por algún canal indirecto a un apartamento ajeno.

Iba a ser padre en ausencia. Como había hecho casi todo en Berlín — desde el otro lado del cristal, desde las escaleras de atrás, desde la acera de enfrente mirando reflejos en escaparates.

—En octubre —dijo Ana—. Dame hasta finales de octubre.

Pietro pensó en los cables de Roma. En la rendición inminente de Italia. En el expediente del Cuervo sobre el escritorio de Otto. En cuánto tiempo tenían realmente y cuánto de ese tiempo era real y cuánto era la necesidad de Ana de no admitir todavía que Berlín ya no era salvable.

—Octubre —dijo.

En ese momento escucharon la puerta del servicio.

Ana se puso de pie con una rapidez que contradecía el peso que cargaba.

—La cocinera. Vete. Por las escaleras de atrás.

Pietro tomó el maletín.

Se detuvieron un segundo frente a frente en el pasillo estrecho — con el sonido de pasos en la planta baja y Berlín afuera y el niño entre los dos sin nombre todavía.

Pietro puso la mano sobre el vientre de Ana. Un segundo. Solo eso. El movimiento de un hombre que no puede quedarse y que no sabe cuándo va a volver a estar tan cerca de algo que es suyo.

Luego salió por las escaleras de atrás.

Caminó de vuelta a Savignyplatz por el camino más largo. No por el protocolo. Sino porque necesitaba el tiempo. Porque algo en él se había movido en ese apartamento y necesitaba que Berlín lo recibiera antes de tener que volver a funcionar.

La canastilla de mimbre.

La manta doblada.

Un lugar ya preparado para un niño que iba a llegar al mundo sin que su padre pudiera estar ahí.

Pietro caminó hasta que Berlín dejó de doler tanto. Que fue más lejos de lo que esperaba.

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El lunes dieciséis de agosto la silla de Lucia estaba vacía.

No había nota en el escritorio. No había mensaje con Giulio. Nada que indicara que la ausencia era voluntaria excepto el hecho de que Lucia no había faltado un solo día en todos estos años, y que una mujer que no ha faltado un solo día en años no deja de aparecer sin haberlo decidido.

Pietro esperó hasta el mediodía.

Luego bajó al sótano.

Los archivos de los últimos cuatro años — los registros de contactos, las listas de nombres en clave, los recibos de papel y tinta que habían pasado por esas manos sin dejar rastro oficial — habían desaparecido.

No revueltos, no destruidos de manera visible.

Simplemente no estaban. Como si nunca hubieran existido.

Como si el sótano hubiera sido siempre exactamente lo que parecía: un archivo diplomático ordinario con documentos ordinarios sobre asuntos ordinarios.

Sobre la mesa de Pietro, doblada en cuatro, había una hoja.

Letra de Lucia. Cinco palabras:

Los archivos están en orden.

Pietro la leyó una vez. La leyó dos veces.

No era una despedida. Era un reporte. Lucia no se había ido porque su trabajo en la embajada hubiera terminado — se había ido porque tenía trabajo más urgente afuera.

El armisticio venía, los dos lo sabían, y cuando la embajada dejara de ser territorio seguro los doscientos treinta y tres iban a necesitar a alguien que ya estuviera en posición, que ya hubiera movido lo que había que mover y blindado lo que había que blindar.

Un mes, tal vez menos. Eso era lo que Lucia había calculado que le quedaba antes de que todo cambiara. Y los había usado para salir a tiempo.

Yo me encargo de lo mío. Tú encárgate de lo tuyo.

Eso era lo que decían esas cinco palabras para quien supiera leerlas.

Pietro dobló la hoja y la guardó en el bolsillo interior del abrigo junto al reloj de Conti y la carta del padre.

Cuatro cosas ahora en el bolsillo interior del abrigo.

No buscó a Lucia. No hizo preguntas. En siete años había aprendido que hay personas que desaparecen exactamente cuando deben desaparecer — no para cerrar algo sino para terminar lo que importa. Buscarlas es no entender lo que han hecho por uno.

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Esa noche se quedó hasta tarde en la embajada y bajó al sótano con una linterna.

La lona gris cubría la imprenta como siempre. Pietro la levantó por una esquina. El olor de tinta, aceite y años — el mismo de la primera vez, el treinta y seis y en octubre del cuarenta y uno, cuando había bajado sin saber todavía exactamente su impacto.

Le quitó el rodillo de entintado y el bastidor del tipo móvil. Las dos piezas sin las cuales la máquina era solo fierro viejo. Las envolvió en trapos, las metió en el fondo de una caja de archivo entre papeles de los años treinta que nadie había tocado desde antes de que Pietro llegara a Berlín.

Volvió a cubrir la imprenta con la lona.

Quien entrara después vería lo que siempre había sido — un trasto viejo en el sótano de una embajada, en desuso, sin interés para nadie.

Subió las escaleras.

Se lavó las manos en el baño del segundo piso mirándose en el espejo con esa expresión que no era orgullo ni alivio sino reconocimiento — la mirada de un hombre que acaba de cerrar algo que no va a volver a abrir.

El Cuervo no iba a imprimir más panfletos desde ese sótano.

Ya era suficiente.

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Göring vivía en el Palacio de Carinhall con la ostentación de quien ha construido un mundo propio porque el mundo real ya no le pertenece del todo.

Pietro llamó a finales de agosto.

—Venga el jueves —dijo Göring—. Por la tarde. Sin protocolo.

Sin protocolo significaba sin uniforme, sin séquito, sin la escenografía que Göring había construido durante años para recordarle al mundo quién era.

Significaba Emmy en el jardín con Edda. Significaba café, no champán.

Significaba una conversación entre dos hombres que ya no necesitaban fingir que eran más de lo que eran.

Edda tenía cinco años y la confianza específica de los niños criados en casas grandes. Corrió hacia Pietro cuando lo vio llegar por el camino del jardín y le preguntó si sabía montar a caballo antes de que él hubiera dicho buenas tardes.

—Algo —dijo Pietro.

—Papá dice que los italianos montan bien —dijo Edda, con la gravedad de quien repite una verdad establecida.

—Tu papá es generoso.

Emmy Göring lo saludó con esa calidez de actriz que ha convertido la hospitalidad en algo genuino porque lleva suficientes años practicándola.

Tenía esa manera de hacer sentir bienvenida a la gente que no dependía del rango — un don que Pietro había observado en ella desde la primera vez que se conocieron y que en ese momento, en ese jardín, con la guerra afuera y el marido adentro esperando, tenía una calidad casi dolorosa.

—Está en la biblioteca —dijo Emmy—. Sabe que está aquí.

La biblioteca de Carinhall era el inventario de un hombre que había querido ser muchas cosas.

Cuadros que Pietro reconoció y prefirió no examinar demasiado.

Estantes de libros con ese orden de quien los ha comprado por sistema y no siempre por gusto.

Y en el centro, Göring en un sillón ancho con una taza de café y el aspecto de alguien que ha engordado no por exceso sino por rendición.

Se puso de pie cuando entró Pietro. El gesto tenía algo de esfuerzo que antes no estaba.

—Berardi —dijo—. Siéntese.

Estuvieron un momento sin hablar, con el café entre los dos y el sonido lejano de Edda en el jardín y la tarde de agosto entrando por las ventanas altas.

—¿Cómo está Italia? —dijo Göring finalmente.

—Cayéndose —dijo Pietro.

Göring asintió, sin sorpresa.

—Todo se cae —dijo—. Es la tendencia del momento.

Una pausa.

—¿Y usted? —dijo Pietro.

Göring lo miró con esa expresión suya que era difícil de leer — no porque ocultara sino porque contenía demasiado al mismo tiempo.

—Yo estoy aquí —dijo—. Que no es poco, considerando. —Tomó la taza—. La Luftwaffe perdió Inglaterra. Eso no se olvida. No en este régimen, no con este hombre. —No dijo el nombre. No hacía falta—. Me toleran porque todavía tengo usos y porque eliminarme costaría más de lo que vale. Por ahora.

Era la cosa más honesta que Pietro le había escuchado decir en siete años.

—¿Se arrepiente? —dijo Pietro.

Göring lo miró durante un momento largo.

—Me arrepiento de las batallas que perdí —dijo—. Las otras son más complicadas. —Dejó la taza—. ¿Usted se arrepiente de algo, Berardi?

—De no haberme ido antes —dijo Pietro.

—¿Y por qué no se fue?

Pietro pensó en Ana. En Greta y las personas que movieron. En el sótano, la imprenta, los panfletos y los doscientos treinta y tres nombres que habían pasado por sus manos.

—Porque había cosas que hacer —dijo.

Göring asintió despacio. Como si esa respuesta le dijera algo específico que Pietro no había dicho en voz alta.

—Siempre supe que usted era alguien especial, Berardi —dijo—. Desde aquella noche en el Adlon en el treinta y seis. Hay personas que están en un lugar por las razones que dicen estar. Y hay personas que están por otras razones. —Una pausa—. Nunca le pregunté cuáles eran las suyas.

—No —dijo Pietro.

—No —repitió Göring. Y en ese no había algo que cerraba un círculo sin nombrarlo—. Berlín se está llenando de gente que ya no cree en lo que dice creer. —Lo miró—. Eso siempre es peligroso. Para ellos. Y para quienes los conocen.

Pietro sostuvo la mirada.

—Lo tendré en cuenta —dijo.

—Hágalo, amigo. Sería lamentable que le sucediera algo —dijo, con una calma extraña, como si no supiera si aquello era una advertencia, un consejo o una amenaza.

Pietro dejó la taza, dubitativo.

—Reichsmarschall, disculpe que lo moleste. Sé que estamos en guerra y que su tiempo vale más que el mío. Pero acudí a usted porque es la única persona que puede ayudarme.

Göring lo miró durante unos segundos. Luego algo se movió en su expresión: no sorpresa, sino reconocimiento. Como si acabara de ver confirmarse una sospecha antigua.