El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 27 — Lo que cabe en un maletín #4
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CAPÍTULO 27 — Lo que cabe en un maletín #4

Pietro entró, encendió una sola lámpara, y se quedó de pie en el centro de la sala mirando lo que había acumulado en siete años — los libros, los discos, la mesa donde había escrito en el cuaderno, las máscaras venecianas en la pared.

La del médico de la peste con su pico largo mirando desde la pared como había mirado desde la noche que la había puesto, cuando Pietro la había colgado ahí porque le pareció que pertenecía a ese apartamento de ciudad extranjera, sin saber todavía para qué iba a servirle.

Pietro la descolgó.

La sostuvo un momento entre las manos. El cuero envejecido. El pico. Las cuencas vacías. El disfraz que había llevado por los barrios de Berlín durante dos años —Neukölln, Wedding, Prenzlauer Berg, Moabit— dejando preguntas en los portales mientras la ciudad dormía.

El Cuervo de Berlín.

Las preguntas. Los panfletos. Las noches interminables.

Doscientas treinta y tres personas habían cruzado de un lado al otro gracias a aquella red invisible. Ese era el verdadero simbolismo que resguardaba la máscara.

Pensó en Lucía. ¿Dónde estaría? ¿Seguiría con vida?

Pensó en Greta. En la gente que habían movido juntos. En el médico que ella amaba, aquel hombre que salvaba pacientes condenados por el régimen. ¿Seguiría vivo?

Todo parecía haberse quedado atrapado allí dentro: el miedo, la culpa, las preguntas, las vidas salvadas, los nombres que jamás podría pronunciar en voz alta.

Todo estaba contenido en aquella máscara. Y, de pronto, Pietro comprendió que ya no era solo un disfraz. Era el símbolo de todo aquello en lo que se había convertido.

La guardó en el maletín.

Las otras se quedaron en la pared. Mirando hacia la sala vacía con esa expresión de las máscaras que no tienen expresión pero que de todas formas parecen saber algo.

Del cajón de la mesita sacó el cuaderno personal. Lo abrió en la última entrada. Escribió una línea:

Esta ciudad me hizo. No sé todavía si eso fue un regalo o una condena. Quizás las dos cosas. Quizás eso mismo es Berlín.

Cerró el cuaderno. Lo metió en el maletín.

Apagó la lámpara.

Salió sin mirar las máscaras.

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El apartamento de Neukölln estaba en el tercer piso de un edificio de la Weserstraße, en un barrio que Pietro conocía de haberlo caminado dos veces de noche con la máscara puesta.

Esa ironía también.

La llave de Göring abrió sin problemas. Dos habitaciones. Muebles cubiertos con sábanas. Olor a cerrado, a ausencia, a espacio que lleva meses sin ser habitado. Pietro descubrió el sofá, abrió una ventana dos centímetros — lo suficiente para el aire, no para la visibilidad — y se sentó.

Berlín afuera era Berlín de noche. Tranvías, pasos, algún coche, el viento por la Weserstraße. Pero bajo esos sonidos, si uno prestaba atención, había algo diferente. Una tensión nueva. La de un organismo que ha recibido una herida y todavía no sabe si va a matarlo.

Pietro abrió el maletín.

Sacó los documentos y los revisó una vez más — los papeles para él y para Ana, los nombres alemanes, la historia familiar que iban a convertir en real durante un tren hacia el sur. Lo que Stauffenberg había movido. Lo que Oster había arriesgado. Lo que costaba lo que costaba.

Los volvió a guardar.

Sacó el reloj de Conti.

Lo sostuvo en la palma de la mano — no para ver la hora sino por el peso, por la temperatura del metal, por esa manera que tienen los objetos de personas muertas de seguir siendo reales cuando ya nada más lo es.

Conti que había muerto en Sachsenhausen con el triángulo rosa.

El primer nombre en la lista de lo que Berlín le había cobrado.

Guardó el reloj.

Se quedó quieto con las manos sobre la mesa. Ocho meses en agosto significaba septiembre. Esta semana. O ya. O hacía días. No había manera de saberlo.

Ana no sabía dónde estaba él.

Él no sabía cómo estaba ella.

La misma ciudad. Ningún puente entre los dos. Los canales rotos de una noche para otra como todo lo demás.

Pensó en el niño. En si había llegado ya. En si había llegado bien. En si Ana estaba bien. Las mismas tres preguntas girando sin respuesta posible, sin ningún lugar adónde ir a buscarla, sin ningún hilo del que jalar.

Había sentido miedo antes. El miedo de las misiones — concreto, con un objeto, con una salida posible.

Había sentido el vacío de cuando Greta sonrió por última vez en esa calle de Mitte.

Esto era diferente. Esto no tenía nombre todavía porque no había lenguaje para la combinación de no saber y no poder y tener que quedarse quieto cuando todo en uno quiere moverse.

El hoyo en el estómago que no se cerraba.

El frío que no era del apartamento.

Tendría que salir. Tendría que cruzar Berlín con su cara nueva y sus papeles falsos y su identidad prestada, días después del armisticio, con la ciudad todavía procesando lo que significaba tener enemigos donde antes había aliados.

Tendría que ir al barrio de Ana y pararse en una acera y mirar una ventana y esperar ver algo que le dijera que todo seguía en pie.

Era lo más peligroso que había hecho en estos siete años.

Y era lo único que podía hacer.

No durmió.