CAPÍTULO 26 — El mecanismo #4
Se quedó en el apartamento de Savignyplatz con el cuaderno abierto y la pluma en la mano y no escribió nada. Solo el silencio y el calor de julio y el peso de todo lo que no podía hacer todavía.
Pensó en el niño.
En que iba a nacer en esa ciudad. En que iba a respirar ese aire.
En que si Pietro no conseguía lo que necesitaba — los papeles, la ruta, el momento correcto — ese niño iba a crecer en una Berlín que en el mejor de los casos iba a perder una guerra y en el peor iba a destruirse a sí misma antes de perderla.
Pensó en Stauffenberg que no llamaba.
Y en que cada día que pasaba sin respuesta era un día más cerca del momento en que los cables de Roma dejaran de ser ambiguos y se volvieran definitivos.
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El veintiséis de julio llegó el cable muy temprano.
Pietro lo leyó en el despacho de la embajada con esa concentración de quien lee algo que ya intuía y que necesitaba ver escrito para que fuera real.
El Gran Consejo Fascista había votado contra Mussolini la noche anterior.
Diecinueve votos contra ocho. El rey Víctor Manuel III lo había mandado arrestar al salir de la reunión.
Pietro Badoglio asumía el gobierno con un comunicado oficial de que la guerra continuaba.
La guerra no iba a continuar mucho tiempo más. No para Italia.
Ese día la embajada fue un organismo que perdió su centro de gravedad sin terminar de caer todavía.
Malaspina convocó una reunión que no llegó a ninguna conclusión útil.
Giulio llegó con los telegramas de Roma y los dejó sobre el escritorio de Pietro con esa expresión de quien entrega algo que no sabe cómo manejar.
Lucia trabajó en silencio durante todo el día con la eficiencia de siempre.
Pietro archivó los cables. Respondió dos llamadas de otros diplomáticos en Berlín que querían saber qué estaba pasando y a quienes dijo lo mismo que les habría dicho, aunque no supiera nada — que esperaran instrucciones de Roma. Redactó tres memorándums que nadie iba a leer.
Pensó en Ana. En que cuando llegara la rendición de Italia — y llegaría, los cables lo decían aunque ningún periódico alemán pudiera imprimirlo todavía — Otto iba a investigar a todos los italianos en Berlín como potenciales enemigos.
Y que si en esa investigación alguien conectaba al segundo de la embajada italiana con el Cuervo de Berlín — o con la esposa de un Kriminalrat — el resultado no necesitaba calcularse. Era evidente.
A las seis de la tarde tomó el teléfono.
—Necesito verte —dijo cuando Stauffenberg contestó—. Pronto. Las cosas cambiaron.
Una pausa.
—Lo sé —dijo Stauffenberg—. Te veo el domingo. Te mando los detalles esta noche.
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Esa misma tarde llegó la carta del padre, coincidentemente.
No era la primera en meses — aunque desde Munich se habían comunicado con regularidad pero de manera más discreta sabiendo que cada palabra puede ser leída por ojos equivocados.
Cartas que hablaban de la villa, del jardín, de los vecinos.
Cartas que en su superficie eran exactamente lo que parecían y que debajo decían otras cosas para quien supiera leerlas.
Esta carta hablaba de Cicerón.
He vuelto a las cartas de Cicerón a Ático.
Me interesa cada vez menos el orador y cada vez más el hombre que sabía escribir cuando Roma cambiaba de manos sin decir todavía que estaba cambiando.
Hay en esas cartas una virtud que los jóvenes suelen despreciar: no la valentía de quedarse en una sala hasta que caiga el techo, sino la inteligencia de saber desde qué puerta conviene mirar la tormenta.
Tu madre ha ordenado abrir las ventanas del cuarto del fondo. Dice que el aire de verano conserva mejor las casas que permanecen vivas. Los limoneros dieron fruto este año, aunque hubo que recoger algunos antes de tiempo. La villa sigue tranquila. Demasiado tranquila, quizá, para esta época.
Pietro leyó el párrafo dos veces.
Luego una tercera.
Cicerón a Ático.
Ahí estaba.
No en una orden. No en una advertencia. No en una frase que pudiera condenar a nadie si la carta terminaba sobre el escritorio equivocado. Solo en esa manera antigua que tenía su padre de esconder una urgencia dentro de una observación literaria.
Roma cambiaba de manos sin decir todavía que estaba cambiando.
Italia.
Desde qué puerta conviene mirar la tormenta.
No desde Berlín.
El cuarto del fondo.
Hay lugar.
Los limoneros dieron fruto.
Hay recursos.
Hubo que recoger algunos antes de tiempo.
Hay que moverse antes de lo previsto.
La villa sigue tranquila.
La casa está segura.
Pietro dobló la carta con cuidado.
Su padre no le había pedido que huyera. No lo habría hecho jamás en una hoja que podía pasar por manos alemanas.
Pero el mensaje estaba ahí, entero, oculto bajo la voz de un hombre que sabía escribir sobre Cicerón cuando hablaba de fronteras.
Roma estaba cambiando de manos.
Y cuando Roma cambiara del todo, Alemania cerraría las puertas.
Pietro dobló la carta.
La guardó en el bolsillo interior del abrigo junto al reloj de Conti y la tarjeta de Ana.
Tres cosas en el bolsillo interior del abrigo.
Tres razones para no rendirse todavía.
Esperó que amaneciera para ir a ver a Stauffenberg.