El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 26 — El mecanismo #3
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CAPÍTULO 26 — El mecanismo #3

Malaspina estaba más ausente en sus deliberaciones, más irritable ante cualquier pregunta, más empeñado en repetir que Roma conservaba el control cuanto menos parecían decirlo los telegramas.

Los cables de Italia llegaban con frases demasiado amplias, fórmulas de confianza, llamadas a la serenidad, instrucciones que parecían escritas por hombres que preferían no dejar constancia de lo que realmente sabían.

África se había perdido en los mapas antes de perderse oficialmente en los discursos.

Sicilia aparecía cada vez más en conversaciones que nadie empezaba y nadie quería terminar.

Los agregados alemanes, antes tan cuidadosos con las sonrisas, habían comenzado a mirar a los italianos con esa cortesía fría que se reserva a los aliados de los que ya se espera una decepción.

Giulio llevaba días con la expresión de quien calculaba algo que no terminaba de atreverse a calcular.

Lucia conservaba la misma eficiencia de siempre, pero había en sus movimientos una concentración distinta, quien en efecto ya había empezado a preparar una salida antes de saber por cuál puerta tendrá que usarla.

Pietro entendía demasiado bien esa sensación.

Su pasaporte diplomático seguía siendo el mismo.

Su credencial, también. Los sellos seguían estampándose con la misma tinta y autoridad aparente.

Pero había documentos que envejecían antes que el papel.

En mayo del 43, su inmunidad todavía existía; lo que ya no existía era la certeza de que los alemanes seguirían respetándola cuando dejara de convenirles.

El lo sabía desde hace tiempo, solo que ahora se sentía más real.

Había empezado a dejarse crecer la barba.

No fue una decisión dramática. Fue la acumulación de días en los que afeitarse parecía un esfuerzo que no valía la pena, y luego, cuando la barba ya tenía diez días, se convirtió en otra cosa: una medida.

La nueva identidad que todavía no tenía nombre necesitaba una cara diferente.

No radicalmente distinta. Solo lo suficiente para que quien lo mirara viera algo distinto de lo que había visto antes.

La barba crecida, pero cuidada. Bien perfilada. No la de un hombre vencido por el descuido, sino la de alguien que había elegido ese aspecto. Suficiente para que los nuevos documentos, cuando llegaran, tuvieran una cara que coincidiera con lo que necesitaban mostrar.

En la embajada nadie comentó nada.

Berlín del 43 era una ciudad donde la gente había aprendido a no comentar las cosas que no necesitaban comentarse.

Y la barba de un diplomático italiano, por primera vez en siete años, no era una excentricidad.

Era una preparación.

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Fue así durante mayo y junio.

Cada diez días, cuando la ansiedad lo vencía — y Pietro era honesto consigo mismo sobre cuántas veces lo vencía — tomaba el camino largo hacia Charlottenburg.

Siempre con el protocolo. Siempre cambiando la ruta.

A veces el tranvía a Wedding primero. A veces el S-Bahn hasta Friedrichshain y de vuelta.

A veces simplemente callejoneando durante media hora antes de acercarse, entrando a un portal aquí, esperando en una esquina allá, mirando el reflejo de las ventanas para ver si alguien repetía sus pasos.

El Berlín que veía en esos recorridos era el de un organismo que cambiaba de semana en semana con esa lentitud que solo se nota cuando uno tiene la atención de quien va a despedirse de algo.

Los carteles de reclutamiento en las paredes — más insistentes que antes, con un tono que había pasado del orgullo a la urgencia.

Los edificios del este de la ciudad con algunas ventanas tapiadas desde los primeros bombardeos esporádicos que nadie había anunciado como el principio de algo pero que Pietro sabía que lo eran.

Las colas en las tiendas de alimentación más largas que el año anterior.

Y en las cervecerías y los cafés, cuando uno prestaba atención, una proporción diferente de uniformes a civiles — como si la ciudad se estuviera llenando de soldados de paso que no tenían adónde ir o que esperaban algo que todavía no había llegado.

Dos veces Pietro se saltó la mitad del protocolo.

La primera en junio — una tarde donde el calor y la impaciencia y tres semanas sin noticias de Stauffenberg lo empujaron a tomar el camino directo, veinte minutos en línea recta, sin tranvías a Wedding ni callejones de distracción.

Llegó a la calle de Ana en la mitad del tiempo.

Se quedó menos de lo habitual. Y caminó de vuelta a Savignyplatz odiándose con esa precisión puntual de quien sabe exactamente qué error cometió y por qué no debería haberlo cometido.

La segunda vez en julio, pero esa tenía su propia razón.

La tarjeta de Ana llegó en la segunda semana de junio.

Deslizada por debajo de la puerta de Savignyplatz con esa discreción de los mensajes que no pueden existir oficialmente. Letra de Ana — Pietro la habría reconocido entre mil. Tres líneas.

El niño patea. Otto trabaja hasta tarde esta semana. Cuídate mucho, pronto estaremos juntos.

Pietro leyó la tarjeta.

La leyó tres veces.

La guardó en el bolsillo interior del abrigo junto al reloj de Conti.

Y pensó que un hombre que recibe una tarjeta que dice el niño patea desde el otro lado de un abismo que ninguno de los dos puede cruzar todavía tiene razones concretas para seguir calculando y esperando y no volverse loco.

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La segunda vez que rompió el protocolo fue en julio.

Desesperación, esa clase de necesidad que uno solo reconoce cuando ya está obedeciéndola.

Era una tarde de calor berlinés, de ese calor húmedo que hacía que la ciudad oliera a asfalto, río y piedra cansada.

Pietro salió de la embajada poco después de las seis, sin abrigo, con un saco ligero sobre el brazo y la camisa pegándosele apenas a la espalda.

En otra época habría detestado esa falta de compostura.

En Berlín, en 1943, le pareció casi una ventaja: un hombre acalorado, caminando al final de la tarde, era menos memorable que un diplomático impecable.

Tomó el camino directo con plena conciencia de que ese era precisamente el camino que no debía tomar.

No cambió dos veces de tranvía. No dio una vuelta inútil por Charlottenburg.

No fingió mirar escaparates durante veinte minutos para comprobar si alguien lo seguía.

Esa tarde no tuvo paciencia para la coreografía completa de la prudencia.

Caminó como si algo dentro de él hubiera decidido que verla, aunque fuera un segundo, valía el riesgo.

Llegó a la calle de Ana cuando el sol empezaba a bajar.

No se acercó al edificio.

Esa fue la última concesión que le hizo a la sensatez.

Se quedó en la acera de enfrente, donde una papelería cerrada le ofrecía el pretexto perfecto: un escaparate con cuadernos, plumas, sobres, tinta. Cosas inocentes. Cosas que en otro tiempo habrían pertenecido a una vida sin miedo.

Pietro se detuvo frente al cristal como si examinara una libreta de tapas verdes. La postura era correcta: un hombre interesado en comprar algo al día siguiente, no un fugitivo observando una ventana ajena. Pero sus ojos no estaban en el escaparate. Estaban en el reflejo.

Desde ahí podía ver el segundo piso.

Levantó la mirada solo una vez.

El tiempo exacto para ver lo que necesitaba ver y volver a bajar los ojos antes de que el gesto se convirtiera en evidencia.

Ana estaba junto a la ventana.

No de perfil esta vez. De frente, inmóvil, mirando hacia la calle con esa expresión de las personas que miran afuera sin ver nada específico, pero necesitan el horizonte como sustituto de otra clase de horizonte que ya no tienen.

La luz del cuarto caía detrás de ella y le dibujaba la silueta con una claridad dolorosa.

Pietro no vio solo su rostro.

Vio el vientre.

Siete meses. Quizá algo menos, si uno quería seguir mintiéndose. Pero ya no había vestido, sombra ni postura capaz de ocultarlo del todo.

Pietro sintió que algo se le cerraba en el pecho.

No sonrió. No levantó la mano. No hizo ningún gesto que pudiera delatarlo.

Solo miró un segundo más de lo prudente.

Ana no lo vio. O fingió no verlo. En Berlín, a esas alturas, Pietro ya no sabía cuál de las dos cosas dolía más.

Una mujer pasó junto a él con una bolsa de verduras. Un niño arrastró una rueda metálica por la acera. En una ventana del edificio vecino alguien cerró una cortina.

Pietro bajó la mirada al escaparate.

Una pluma estilográfica descansaba sobre terciopelo azul, absurda y perfecta, como si todavía existiera un mundo donde las palabras sirvieran para algo distinto a falsificar nombres, despedirse o pedir ayuda.

Esperó diez segundos.

Luego siguió caminando.

No miró atrás.

Había conseguido lo que había venido a buscar y, al mismo tiempo, había perdido algo más: la posibilidad de seguir diciéndose que aún quedaba tiempo.

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Esa noche no fue a la cervecería.