CAPÍTULO 25 — Las cartas y el círculo #5
Lucia entró primero. Giulio detrás, cerrando la puerta con esa delicadeza específica de quien sabe que lo que va a encontrar al otro lado requiere cuidado.
Pietro abrió con el abrigo todavía puesto — lo había llevado los últimos días con la lógica difusa de los que están en un estado intermedio entre la acción y el colapso.
El costado vendado con lo que había encontrado en el botiquín.
El ojo izquierdo con un hematoma que había pasado del morado al amarillo verdoso.
Tres días de barba y de no dormir del todo bien.
Lucia lo miró durante un segundo.
No dijo nada. Fue a la cocina, puso agua a calentar, y volvió con esa eficiencia suya de mujer que convierte el cuidado en acción antes de convertirlo en palabras.
Giulio se sentó.
—¿Qué tan mal está? —dijo.
—Dos costillas —dijo Pietro—. No rotas. Creo.
—¿Un médico?
—No.
Giulio asintió. No insistió. Lucia volvió con el té y lo puso sobre la mesa con ese gesto de quien pone algo entre dos personas como excusa para que la conversación ocurra.
Pietro miró a los dos.
Llevaba años trabajando con ellos. Años de cables y memorándums y cenas diplomáticas y la embajada con sus ritmos y sus silencios.
Años en los que los tres habían desarrollado, sin nombrarlo, el tipo de entendimiento que existe entre personas que comparten un espacio durante suficiente tiempo para conocerse sin necesitar decirlo.
Habían movido doscientas treinta y tres personas juntos.
Eso también estaba ahí, aunque nunca lo dijeran.
—Saben lo que he estado haciendo —dijo Pietro. No fue una pregunta.
Lucia y Giulio se miraron un segundo.
—Creemos imaginarlo, pero, por favor, dinos —dijo Lucia—.
—Desde Nochebuena se lo comenté —dijo Giulio, con esa honestidad suya que no pedía disculpas—. Sé que anda metido en algo. Las bolsas en el coche. Los callejones. —Pausa—. Sus ojeras, ausencias, quedarse tan tarde en la embajada.
Pietro asintió.
—Soy el Cuervo de Berlín —dijo. Las mismas palabras que le había dicho a Ana meses antes, con el mismo peso específico de las cosas que se dicen en voz alta por primera vez—. Los panfletos. Los agentes del Spree. Todo eso soy yo.
Silencio.
Lucia miró su taza. Luego a Pietro.
—¿Y ahora? —dijo.
—Ahora tengo que parar —dijo Pietro—. Ya no puedo pensar solamente en mí.
—Pausa—. Tenemos que irnos de Alemania. Esto es la crónica de una muerte anunciada.
Alemania e Italia no acabarán bien. Lo intuyo por la información que tenemos, por lo poco que me ha comentado mi padre.
Este lugar pronto no será seguro ni siquiera para nosotros, los italianos. Tenemos que salir cuanto antes.
—repitió—, los cinco, cuanto antes. Ustedes también tienen que empezar a moverse.
Giulio frunció el ceño.
—¿Los cinco?
—Hay más —dijo Pietro. Lo dijo sin dramatismo, con la voz de quien ha guardado algo durante meses y que ahora simplemente lo suelta porque ya no hay razón para seguir guardándolo—.
Hay una mujer. Está embarazada. Es mío. —Pausa—.
Y tengo que sacarla de aquí también. Pero tenemos que irnos de aquí todos,
Otro silencio. Diferente al anterior.
Lucia lo miró con esa expresión suya que mezclaba la evaluación y algo que en otro contexto habría sido ternura.
—¿Quién es? —dijo.
Pietro tardó.
—La esposa de Otto Weiss.
El silencio que siguió fue el más largo de la tarde.
Giulio fue el primero en hablar.
—Dios mío —dijo, en voz baja.
—Sí —dijo Pietro.
—El hombre encargado de cazar al Cuervo, miembro de la Gestapo, el mismo que estuvo a punto de matarte en casa de los Hartmann—dijo Lucia, recapitulando con esa precisión suya de mujer que organizaba la información antes de reaccionar a ella.
—El mismo.
Lucia cerró los ojos un momento. Cuando los abrió había tomado alguna decisión interna que Pietro reconoció porque era la misma expresión que tenía cuando reorganizaba los archivos de la embajada a las tres de la mañana — la de alguien que ha calculado el problema y ha decidido que el problema tiene solución aunque la solución sea difícil.
—Los papeles —dijo—. ¿Cómo los vas a conseguir? Porque nosotros no seremos un problema si actuamos a tiempo.
—No sé todavía —dijo Pietro—. Pensé en la embajada, en hacerla pasar por ciudadana italiana, pero con el estado en que está Roma ahora mismo...
—Imposible —dijo Lucia—. Roma no tiene tiempo para eso y tú lo sabes.
—Lo sé.
—¿Y ella se quiere ir? —dijo Giulio.
—Sus padres están aquí. Y tiene miedo de moverse embarazada. —Pausa—. Tiene razón en tenerlo. Pero tiene que irse antes de que el embarazo sea visible. Después es más complicado.
Lucia lo miró.
—Apúrate entonces —dijo, con esa sequedad suya que era la forma más alta de urgencia que Lucia se permitía—. Hasta con cuatro o cinco meses embarazada todavía la podrás mover. Con siete ya no.
Pietro asintió.
—Sé que tengo que apurarme. El problema son los papeles.
Giulio y Lucia se miraron.
Fue Giulio quien lo dijo — con esa manera suya de soltar las cosas directas que a veces Pietro había encontrado incómoda y que en ese momento le pareció exactamente lo que necesitaba:
—El Reichsmarschall —dijo—. Usted se lleva bien con él. ¿No?
Pietro miró su taza.
Lo había estado pensando durante días. Lo volvió a pensar cuando estaba debajo del puente, con el costado ardiendo y el agua del Spree al fondo.
Göring como último recurso — tal vez no el directamente, sino por el contacto que podía conseguírselos.
Göring siempre tenía alguien que podía hacer lo que necesitabas hacer, y ese alguien era la diferencia entre una identidad nueva convincente y un papel que no pasaría el primer control.
El problema era el momento.
—Stalingrado le costó mucho —dijo Pietro—. El puente aéreo que prometió y no pudo cumplir. Su posición con Hitler está en el peor momento desde que los conozco. Pedirle un favor ahora es...
—¿Arriesgado? —dijo Lucia.
—Para los dos.
—Pero es lo que tienes —dijo Lucia.
Pietro lo miró.
—Sí —dijo—. Es lo que tengo.
Lucia se levantó. Recogió las tazas con ese gesto de quien cierra una conversación no porque haya terminado sino porque lo que hay que decidir ya está decidido aunque todavía no se haya dicho en voz alta.
—Entonces llámalo —dijo desde la cocina—. Y hazlo pronto. Antes de que su posición empeore todavía más, porque créeme, va a empeorar.
Pietro miró a Giulio.
Giulio asintió con esa expresión de hombre que está de acuerdo con algo que no le gusta pero que entiende que no hay alternativa.
—Cuídese —dijo Giulio, levantándose también—. Lo que pasó en el Spree... —Se detuvo—. Ya sabe lo que pasó en el Spree.
—Lo sé —dijo Pietro.
—Entonces ya sabe que tiene que parar.
Pietro no respondió.
Giulio y Lucia se fueron.
Pietro se quedó solo en el apartamento con el silencio y el té frío y la nota de Ana en el bolsillo del abrigo.
Para. Por favor. Por nuestro hijo.
Sí.
Tenía que parar.
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La finca estaba en el Grunewald.
No en Dahlem esta vez — más lejos, más adentro del bosque, con ese kilómetro de camino de tierra entre la carretera principal y la casa que en la oscuridad de abril tenía la cualidad de los lugares diseñados para que quien llega no pueda ser seguido sin ser visto.
Pietro tomó el tren urbano hasta Halensee y el resto a pie, con el abrigo oscuro y esa manera de caminar que aún conservaba algo del diplomático impecable que había sido antes de la guerra.
Dentro, más gente que en las reuniones anteriores.
No solo el Círculo — caras nuevas con ese porte riguroso de los militares que no llevan uniforme pero que el cuerpo delata de todas formas.
Oficiales de la Wehrmacht. Algunos del Abwehr — el servicio de inteligencia militar que llevaba años en una guerra fría con la Gestapo por el control de la información.
Personas que en el lenguaje de esa sala representaban la diferencia entre un círculo intelectual y algo que tenía más dientes.
Von Moltke lo saludó brevemente.
—Esta noche es diferente —dijo, en voz baja.
—Lo veo —dijo Pietro.
La reunión empezó como siempre — la Alemania del futuro, los valores, la constitución. Pietro escuchó con la mitad de la atención. Hasta que Von Yorck lo interrumpió.
—Doctor Berardi —dijo, con esa suavidad suya que nunca ocultaba del todo el filo—. Toda Berlín habla de lo del Spree. Dos agentes de la Gestapo muertos. Los panfletos. —Pausa—. ¿Fue usted?
Un silencio.
—Von Yorck —dijo Von Moltke.
—No, déjame —dijo Von Yorck—. Estamos aquí para hablar de cosas reales, ¿o no, señor Berardi? Eso es lo que usted dijo cuando fue introducido a este círculo: hablar de cosas reales, de ejecutar. ¿Fue usted?
Pietro lo miró con desdén.
—Sí —dijo lacónicamente.
Otro silencio. Diferente. Asombro en la habitación.
Alguien desde el fondo dijo:
—El último panfleto fue extraordinario. El del Sportpalast.
—Sí —dijo otro—. Pero de nada sirve si no hacemos nada con ello.
Pietro dejó la taza sobre la mesa.
—Tienen razón —dijo. Con esa voz que no pedía permiso—.
De nada sirve. —Pausa—. Llevamos meses en esta sala construyendo la Alemania del futuro.
Y está bien. Alguien tiene que hacerlo. —Otra pausa—.
Pero el futuro necesita un presente desde el que llegar.
Y el presente es una ciudad que sigue funcionando con su precisión habitual mientras todo se derrumba.
Ya se los dije la primera vez que estuve aquí — las conciencias sin acción son solo culpa organizada. Y la culpa no derroca a nadie.
Silencio.
No el silencio de la ofensa — el de los que han escuchado algo que necesitaban escuchar de nuevo.
Fue entonces cuando Pietro notó al hombre que había estado callado toda la reunión pero que parecía haber hecho eco en el sus palabras.
No era difícil notarlo aunque no buscara llamar la atención — había algo en la manera de estar, una densidad específica de quien ha tomado una decisión y ya no la está debatiendo.
El parche en el ojo derecho. La manga derecha vacía, doblada con una precisión que decía que había encontrado la manera de convertir el límite en dignidad.