CAPÍTULO 25 — Las cartas y el círculo #6
Claus Schenk Graf von Stauffenberg. Coronel de la Wehrmacht.
Conde de una familia que había dado soldados a Prusia durante generaciones.
Un hombre de la vieja Alemania — no del partido, no del régimen, sino de algo anterior y más profundo que el Reich nunca había podido reclamar del todo como suyo.
Alguien que había vuelto del frente con menos de lo que se fue y con algo más que ninguna batalla podía dar.
Habló sin levantarse.
—Stalingrado fue el punto de inflexión —dijo.
Sin preámbulo, sin cortesía introductoria—.
Antes de Stalingrado podíamos creer que el régimen corregiría su curso.
Después de Stalingrado esa posibilidad no existe.
El Führer no va a corregir nada. Va a llevar a Alemania hasta el final aunque ese final sea la destrucción total.
Nadie interrumpió.
—Vi en África lo que pasa cuando un gran general hace todo bien y pierde de todas formas.
Rommel pedía suministros, pedía refuerzos, pedía que lo escucharan.
Berlín no escuchaba. El Afrika Korps fue sacrificado no porque alguien cometiera errores en el campo — sino porque quien decide desde lejos no quiere escuchar lo que no le conviene escuchar.
—Miró la manga vacía un segundo, sin dramatismo—.
Y volví convencido de una sola cosa: que alguien tiene que hacer algo antes de que lleguemos al final.
Los filósofos y los aristócratas escuchaban con esa atención de quien reconoce que lo que se dice ya no es teoría. Los militares de cara nueva escuchaban de otra manera — con la expresión de los que ya saben lo que va a decirse y están calibrando si este es el momento de decirlo en voz alta.
—¿Qué propone? —dijo alguien con sorna.
Stauffenberg lo miró con la mirada que el solo podía dar.
—Lo que todos sabemos que hay que proponer —dijo—. Y que nadie ha dicho todavía en esta sala porque decirlo en voz alta lo vuelve real.
El silencio fue absoluto.
Von Moltke habló.
—Si lo que está proponiendo requiere lo que creo que requiere —dijo, con esa precisión suya de abogado—, entonces lo que estamos discutiendo ya no es filosofía constitucional.
—No —dijo Stauffenberg—. Ya no lo es.
Y entonces alguien — Pietro nunca supo quién, la voz venía del otro salón — dijo lo que nadie había dicho todavía:
—¿Está hablando de matar a Hitler?
Stauffenberg no parpadeó.
—Sí —dijo.
La sala procesó eso durante cinco segundos que parecieron mucho más largos.
Von Moltke asintió — no con entusiasmo, sino con la resignación de quien ha llegado a una conclusión que no habría elegido pero que no puede refutar.
Pietro miró sus manos sobre la rodilla.
Pensó en los panfletos. En Conti. En Greta.
En los doscientos treinta y tres. En el hombre en el Spree.
En Ana con el niño que crecía en su vientre.
En todo lo que había hecho en siete años en esa ciudad y en si había servido para algo y en si esto — este momento en esta finca en el Grunewald — era el lugar donde todo eso desembocaba.
Probablemente sí.
Probablemente no.
Las dos cosas al mismo tiempo, como casi todo lo que importaba.
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Hablaron después, afuera.
El bosque a esa hora tenía una oscuridad diferente a la de la ciudad — más densa, sin los destellos de los faros y las ventanas iluminadas, solo los árboles y el viento.
Pietro y Stauffenberg caminaron por el sendero de tierra junto con Von Moltke y otro hombre del Círculo cuyo nombre Pietro no retuvo del todo pero cuya presencia era la de alguien que ya había cruzado el mismo umbral que Stauffenberg.
—Lo del Spree —dijo Von Moltke —. Cuéntenos.
Pietro lo contó. Sin dramatismo. El muelle, la trampa, la daga, el agua. Lo que no sabía si había sido un error o una consecuencia inevitable de llevar demasiado tiempo haciendo lo que hacía.
Nadie lo juzgó.
—Lo que me pregunto —dijo el hombre cuyo nombre Pietro no había retenido— es si sirve de algo. Los panfletos. Todo esto. Si la gente realmente escucha.
Pietro pensó en la tarde de Tempelhof.
—Saben lo que vi esa tarde —dijo—. Antes de que todo saliera mal en el Spree, estaba en Tempelhof.
Un soldado alemán de uniforme recogió uno de mis panfletos de una banca.
No lo tiró. No lo reportó. Lo dobló y se lo metió en el bolsillo del uniforme y siguió sentado mirando la iglesia.
—Pausa—. Hay más gente de la que creen que ya está lista.
No para actuar — para eso necesitan que alguien actúe primero.
Pero cuando caigan no van a encontrar a nadie dispuesto a defenderlos.
Silencio en el bosque.
Stauffenberg lo miró.
—¿Lo vio usted mismo?
—En Tempelhof. Esa misma tarde.
Stauffenberg asintió despacio.
—Entonces la pregunta ya no es si hay que hacerlo —dijo—. La pregunta es cómo.
—Exacto —dijo Von Moltke —. Está rodeado en todo momento.
Su círculo más cercano es impenetrable y cada vez más cerrado.
El fanatismo entre sus seguidores sigue siendo real — no podemos subestimarlo.
Y él mismo se ha vuelto más paranoico con cada derrota.
Cualquier acercamiento requiere meses de preparación y una oportunidad que difícilmente se presenta dos veces.
El margen de error es prácticamente inexistente.
—Y qué pasa después —dijo el otro—. Si lo eliminamos sin un plan de gobierno listo, el caos puede ser peor que lo que tenemos.
—Por eso estamos aquí —dijo Von York, que había salido en silencio detrás de ellos—. Por eso llevamos años construyendo la respuesta a ese después.
—Entonces tenemos la mitad —dijo Stauffenberg—.
Sabemos qué viene después. Lo que nos falta es el cómo llegar ahí.
—Una pausa larga—. Eso me lo llevo yo. Buscar el acceso.
La oportunidad. El mecanismo. —Miró a los demás—.
Pero necesito que esto deje de ser una conversación y se convierta en un plan.
Nadie respondió de inmediato.
Luego Von Moltke dijo:
—De acuerdo.
Y los demás asintieron uno por uno en la oscuridad del bosque.
Pietro escuchó todo sin hablar.
Pensó en que había llegado a esa finca sin saber muy bien para qué.
Y que se iba con la certeza de que algo había cambiado — no por lo que él había dicho sino por lo que había confirmado.
Que el terreno estaba listo. Que la gente estaba lista.
Que lo único que faltaba era el hombre que tuviera el acceso y la voluntad de usarlo.
Ese hombre estaba de pie a dos metros de él en el bosque del Grunewald con una manga vacía y una decisión ya tomada.
Pietro no dijo nada más.
Volvieron hacia la finca en silencio.
El bosque. El frío de abril. Berlín al fondo como una mancha de luz en el horizonte.
Pietro pensó en Ana. En la nota en el bolsillo del abrigo. En Lucia diciéndole apúrate. En Göring como recurso que no quería usar pero que iba a tener que usar.
Pensó en que había cosas que ya no dependían de él.
Lo que dependía de él era otra cosa.
Lo que dependía de él era sacar a Ana y al niño de Berlín antes de que todo esto terminara de derrumbarse.
Eso era lo que quedaba.
Eso era suficiente.