El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 25 — Las cartas y el círculo
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CAPÍTULO 25 — Las cartas y el círculo

«Hay verdades que solo pueden decirse cuando el mundo ya no puede hacer nada con ellas.»

No por los eventos — por la ausencia de ellos.

La pausa que él y Ana habían acordado en diciembre se extendía día a día con la calidad de las esperas que uno elige y que de todas formas pesan como si no las hubiera elegido.

Savignyplatz demasiado quieto. El trabajo en la embajada con su rutina de cables y memorándums que Pietro hacía con la mitad de la cabeza mientras la otra mitad calculaba, sin quererlo, cuántos días llevaba sin saber nada de ella.

Encontraba excusas para salir por los barrios donde sabía que Ana vivía. Sin plan concreto. Sin buscarla. Solo con la necesidad difusa de estar en el mismo radio de la ciudad que ella, como si la proximidad geográfica fuera un sustituto de todo lo demás que no podía tener en ese momento.

Berlín en enero procesaba Stalingrado en silencio.

El cerco seguía — el Sexto Ejército atrapado, los partes de guerra cada vez más vagos con ese vocabulario de resistencia heroica que Pietro había aprendido a leer al revés.

Las familias calculando cuándo había llegado la última carta.

La ciudad que sabía algo que no podía decir.

El dos de febrero llegó el cable.

El Feldmarschall Paulus se había rendido en Stalingrado. En los cables la rendición era un hecho administrativo: el Sexto Ejército había cesado la resistencia organizada, el general capturado por los soviéticos. Trescientos mil hombres. De los que saldrían con vida menos de uno de cada diez.

Pietro archivó el cable con la misma calma con que archivaba todo. Pensó en los panfletos de diciembre. En las preguntas sobre el Volga que había dejado en portales en Nochebuena. Ahora tenían respuesta.

Tres días después llegó la señal de Ana.

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Se vieron en un café de la Winterfeldtstraße que ninguno de los dos había usado antes — eso también era parte del método que habían desarrollado sin nombrarlo, la rotación de lugares que nunca volvían a repetirse, la geografía de la prudencia.

Ana llegó con diez minutos de retraso.

Pietro la vio entrar desde la mesa del fondo y supo antes de que ella se sentara que algo había cambiado.

No en la manera visible — el abrigo discreto, el paso que no buscaba llamar la atención.

Sino en algo más difícil de nombrar: una calidad en el movimiento, una manera de ocupar el espacio que era ligeramente diferente a la de antes.

El cuerpo de Pietro lo registró antes de que la cabeza supiera qué estaba registrando.

Ana se sentó frente a él.

No pidió nada. Solo lo miró con esa expresión suya que él había aprendido a leer en siete años — la que mezclaba la determinación de decir algo con la conciencia de que lo que va a decirse no tiene vuelta atrás.

—Estoy embarazada —dijo.

Pietro no dijo nada.

—Dos meses. Quizás algo más. —Una pausa—.

Es tuyo, Pietro. Sé que lo es. —Otra pausa, más larga—.

En diciembre tuve que estar con Otto. Tenía que hacerlo — llevaba semanas actuando rara y él había empezado a notar.

No había otra manera de que no sospechara todavía más.

—Su voz no cambió de tono mientras decía esto, con esa disciplina suya de mujer que ha aprendido a decir las cosas difíciles sin darles más peso del que ya tienen—. Eso me come por dentro. Que lo sepas.

Pietro la miraba.

En ese momento, en ese café de la Winterfeldtstraße con el frío de febrero afuera y Berlín funcionando con su precisión habitual independientemente de lo que ocurriera en las mesas de sus cafés, Pietro sintió varias cosas al mismo tiempo con esa simultaneidad particular de los momentos que importan — alegría, miedo, rabia y algo que no sabía nombrar todavía pero que se parecía mucho a la certeza de que ese instante era el punto donde la historia que había estado viviendo cambiaba de eje.

—Vámonos —dijo.

Ana cerró los ojos un momento.

—No podemos —dijo.

—Ana.

—Escúchame. —Abrió los ojos. Lo miró de frente—.

Estoy embarazada. No puedo viajar así, no ahora, no de esta manera.

El niño tiene que nacer en un lugar donde esté a salvo, no en un tren cruzando controles con documentos falsos.

—Pausa—. Y mis padres están aquí. No puedo irme sin decirles nada, sin...

—Se detuvo—. Y Otto sospecha algo aunque todavía no sepa qué.

Cualquier movimiento brusco en este momento nos destruye a todos.

Pietro apretó la taza de café.

—¿Y quedarse no nos destruye?

—Quedarse nos da tiempo —dijo Ana—. Tiempo para que yo tenga al niño.

Tiempo para que tú consigas papeles, para que planifiques algo que funcione de verdad.

—Su voz tenía esa firmeza suya de mujer que ha pensado en esto durante semanas y ha llegado a conclusiones que no son las que habría elegido pero que son las únicas viables—.

No me pidas que me vaya ahora. No puedo.

Pietro la miró durante un momento largo.

Quería decir muchas cosas.

Que Berlín en el 43 no era un lugar para tener un hijo.

Que Otto con el expediente del Cuervo sobre su escritorio era exactamente el tipo de peligro que no esperaba que se presentara dos veces.

Que él mismo llevaba meses sin escudo diplomático confiable y su propia posición en esa ciudad iba a volverse más frágil con cada mes que pasara — los cables de Roma cada vez más ambiguos, las instrucciones cada vez más vagas, la sensación de que Italia y Alemania se miraban ya con la desconfianza específica de los socios que calculan en silencio cuánto les cuesta la alianza — su posición en esa ciudad iba a volverse insostenible de maneras que todavía no podía calcular del todo.

Dijo una sola cosa:

—El niño es nuestro.

Ana lo miró.

—Sí —dijo, con una voz que tenía todo el peso de lo que eso significaba.

—Entonces voy a conseguir lo que necesitamos para salir. Papeles, dinero, una ruta. Todo. —Pausa—. Pero tú tienes que prometerme que cuando esté listo, te vas. Sin importar lo demás.

Ana tardó.

—Te lo prometo —dijo finalmente.

Salieron del café con diez minutos de diferencia.

Pietro caminó de vuelta hacia Savignyplatz con el frío en la cara y algo nuevo instalado en el pecho — no exactamente miedo, no exactamente alegría, sino la combinación específica de las dos cosas que existe cuando uno entiende que ya no está jugando solo.

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Hannah lo citó tres días después, no sabía ni cómo había sabido dónde buscarlo, pero lo contactó.

No en el apartamento de Greta — ese lugar había cumplido su función y los dos lo sabían.

En una librería de la Knesebeckstraße que a esa hora de la tarde tenía esa penumbra necesaria de los locales donde nadie entra a comprar sino a permanecer, con el olor a papel viejo y a calefacción que no alcanza del todo.

Hannah entre las estanterías del fondo con un libro en la mano que probablemente no estaba leyendo.

—Esta noche —dijo, sin levantar la vista—. ¿Está listo?

Pietro tomó un libro de la estantería más cercana.

—Sí —dijo.

—Dahlem. La dirección está en el libro que tiene en la mano. Página cuarenta y tres. Memorícela.

Pietro abrió el libro. Leyó. Lo cerró.

—¿A qué hora?

—Las nueve. Solo.

—¿Y usted cree que soy la persona adecuada para estas reuniones?

Hannah lo miró por primera vez desde que entró.

—Creo que es usted quien tiene que decidir si lo es —dijo.

Esa noche Pietro tomó el tranvía hasta Dahlem.

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La casa era de esas que en Berlín tienen la discreción como parte de la arquitectura — no pequeña, no modesta, sino deliberadamente sin énfasis, con esa manera de existir en la calle sin llamar la atención que solo logran los lugares que han decidido que la invisibilidad es más útil que el prestigio visible.

Dentro, ocho o diez personas distribuidas en dos salones con las puertas abiertas entre ellos.

No uniforme de partido, no insignias, no nada que en una fotografía pudiera identificarse como peligroso.

Hombres y mujeres de entre treinta y cincuenta años con la apariencia específica de los intelectuales alemanes de cierta clase — la que ha estudiado en las universidades correctas, que conoce a las personas correctas, que en otro tiempo habría sido exactamente el tipo de ciudadano que el Reich orgullosamente habría exhibido como prueba de su capital cultural.

Von Moltke lo recibió primero.

Helmuth James von Moltke. Cuarenta años, abogado, con ese apellido que en Alemania abría puertas antes de que uno pronunciara ninguna otra palabra.

Ojos que evaluaban con una rapidez que desmentía la cortesía de sus modales.

Le estrechó la mano con la firmeza de quien no necesita demostrar nada con el apretón pero tampoco va a ser el primero en soltar.

—Doctor Berardi —dijo—. Hannah nos habló de usted.

—Hannah me comentó algo de este círculo —dijo Pietro—. Greta nunca lo hizo. Eso me dice algo o no, estoy por averiguar qué hago aquí.

Von Moltke asintió. No con sorpresa — con el reconocimiento de alguien que esperaba que Pietro dijera exactamente eso.

—Siéntese —dijo—. Hay personas que quieren hacerle preguntas.

Las preguntas llegaron con la cortesía precisa de los que han aprendido que la hostilidad directa es menos eficaz que la incomodidad educada.

Un hombre al que Pietro no conocía — Von Yorck, supo después, Peter Yorck von Wartenburg — preguntó con una suavidad que no ocultaba el filo: ¿qué hacía un diplomático italiano en ese salón?

Pietro lo miró.

—Lo mismo que cualquiera de ustedes —dijo—. Intentar que lo que está ocurriendo en esta ciudad y en este país no ocurra en silencio.

—Eso es muy amplio —dijo Von Yorck.

—Entonces sea más específico en su pregunta —dijo Pietro.

Un silencio breve. Luego algo que en Von Yorck podría haber sido el principio de una sonrisa.

—¿Cuánto tiempo lleva en Berlín?

—Desde el 36.

—¿Y qué ha hecho en ese tiempo?