CAPÍTULO 24 — Nochebuena #3
Eso lo entendieron los dos sin necesitar decirlo — la calle con sus sombras y sus siluetas ambiguas no era un lugar para Pietro esa noche, y la mujer llevaba semanas sin salir por razones que no necesitaban explicación.
Así que se sentaron en el apartamento de Greta, en el frío de diciembre que entraba por la ventana rota, y esperaron juntos que el mundo girara suficiente para que el amanecer de Navidad convirtiera las calles en algo más seguro.
La mujer se llamaba — o eso dijo, con la brevedad de quien ha aprendido que los nombres son información y la información tiene un precio — Hannah. Nada más. Pietro no preguntó el apellido.
Hablaron poco al principio.
El tipo de silencio que existe entre dos personas que no se conocen pero que comparten un espacio y un secreto y la conciencia de que cualquiera de los dos podría ser peligroso para el otro aunque probablemente ninguno lo sea.
En algún momento Pietro encontró una vela en un cajón que la Gestapo no había considerado relevante. La encendió. La luz que produjo era escasa pero suficiente para que el apartamento dejara de ser solo oscuridad y se convirtiera en algo más cercano a un lugar habitado.
Y entonces Pietro pensó en Greta.
No con orden — con esa manera fragmentaria en que se piensa en los muertos cuando el lugar donde estás todavía los contiene.
El olor que seguía ahí. El hueco en la librería donde había estado el Montaigne que Conti le había regalado y que la Gestapo se había llevado como evidencia de algo.
La silla volcada que nadie había enderezado.
Pensó en lo que había dicho Ana esa mañana del sábado — que Greta sabía que Ana era la elegida. Que había algo en la manera en que Pietro hablaba de ella que Greta había leído con esa claridad suya de mujer que no se engañaba sobre nada.
Y pensó en si lo de Ana era una traición.
No en el sentido moral simple — Greta había muerto, Pietro no le debía fidelidad eterna, esas no eran las reglas de lo que habían tenido.
Sino en otro sentido más difícil. Greta había muerto en parte porque Pietro había cedido cuando no debía.
Porque la quería y eso nubló su juicio en el momento exacto en que el juicio era lo único que podía salvarla.
Y ahora Ana. Otra mujer. Otra razón para que el corazón ganara sobre el cálculo en el momento equivocado.
¿Estaba repitiendo el mismo patrón?
La vela parpadeó con una corriente de aire que venía del cartón de la ventana.
Pensó en la última conversación que había tenido con Greta — no la de Mitte, no los segundos antes del disparo, sino la de Savignyplatz, la noche en que los dos habían hablado de verdad por primera vez.
Greta diciendo que había diferentes clases de amor.
Que el que había tenido por su médico de Múnich y lo que tenía por Pietro no eran la misma cosa pero tampoco se excluían.
Que nombrarlos era la manera más rápida de destruirlos.
Greta había perdido a alguien también. Un hombre arrestado en Múnich en el 38 del que nunca supo si había salido.
Eso le daba una lucidez específica sobre los amores que el mundo no permite terminar bien — la lucidez de quien sabe de primera mano lo que significa querer a alguien en un tiempo que no está construido para el amor.
Y esa lucidez, pensó Pietro, era exactamente lo que le habría dicho sobre Ana.
Que siguiera.
No como permiso sentimental. Como aritmética. Que la culpa que lo inmovilizaba era exactamente el tipo de cosa que Greta habría llamado un lujo que no podían permitirse. Que honrar su memoria no era detenerse — era lo contrario.
Pietro miró la vela.
Pensó en los doscientos panfletos. En los cuatro puntos repartidos por la ciudad esperando la mañana. En los hombres del Volga que esta noche se congelaban mientras Berlín cantaba villancicos.
Pensó en que si paraba — si la culpa y el celo y el miedo ganaban — el hombre que quedaría no era un hombre que quisiera ser.
Eso también lo había aprendido de Greta.
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Fue Hannah quien habló primero.
No sobre sí misma — sobre Greta. Lo que había dicho de Pietro. No el nombre al principio, no los detalles, sino la manera en que Greta describía a su amigo italiano. La precisión con que lo hacía. La manera en que pesaba las palabras antes de soltarlas, que era como Greta hacía todo.
—¿Qué hace ahora? —preguntó Hannah—. Además de esconderse en Nochebuena.
Pietro la miró.
—Lo que puedo —dijo.
—¿Qué puede?
Pietro tardó. Y entonces, en ese apartamento de Greta a las tres de la mañana del 25 de diciembre, le contó.
No todo — nunca todo con alguien que conocía desde hacía dos horas.
Pero lo suficiente. Los panfletos. La escala.
La paranoia de esa noche. Lo que Ana le había pedido y lo que él había decidido que no podía cumplir.
Hannah escuchó con la atención de quien evalúa más de lo que parece escuchar.
Cuando Pietro terminó, hubo un silencio.
Hannah no respondió de inmediato.
Lo miró durante un momento — esa evaluación lenta y sin disculpas de quien ha aprendido que la prisa en confiar es la manera más rápida de morir.
—Conozco a personas —dijo Hannah finalmente—. Un grupo. Se reúnen desde hace años. Intelectuales, algunos aristócratas, abogados, algún militar. Personas que llevan tiempo pensando en qué viene después de todo esto. En cómo se reconstruye algo de lo que quedará cuando esto termine.
Pietro la miró.
—¿Filósofos —dijo?
No fue una pregunta. Fue el tono exacto de alguien que ha pasado años en la resistencia concreta — en los callejones, en las fronteras, en los apartamentos vaciados por la Gestapo — y que tiene una opinión específica sobre los que resisten desde la teoría.
Hannah no se ofendió.
—Filósofos —confirmó, con algo que podría haber sido una sonrisa en otras circunstancias—. Con nombres. Con contactos. Con el tipo de red que usted solo nunca va a tener. —Pausa—. Y con un problema.
—¿Cuál?
—Que llevan años debatiendo la Alemania del futuro y todavía no han roto nada concreto del presente.
—Hannah miró la vela—. Son personas que piensan muy bien.
Que entienden la historia. Que saben exactamente qué está mal y por qué está mal y cómo debería ser distinto.
—Pausa—. Pero necesitan a alguien que sepa cómo se hace algo en la práctica.
Alguien que haya estado en la calle. Que haya corrido por callejones.
Que sepa la diferencia entre una idea y una acción.
Pietro la miró.
—¿Y cree que soy esa persona?
—Greta creía que sí —dijo Hannah—. Eso es suficiente para mí.
El nombre de Greta en ese apartamento a esa hora tuvo un peso que ningún argumento habría tenido.
Pietro miró la silla volcada. La librería con sus huecos. El cartón de la ventana que dejaba pasar el frío de Berlín en Navidad.
—¿Qué tipo de personas? —dijo.
—El Conde von Moltke —dijo Hannah—. El Conde von Yorck. Algunos más que prefiero no nombrar hasta que usted decida. —Pausa—. Personas con apellidos que en este país todavía abren ciertas puertas.
—Aristocracia —dijo Pietro.
—Sí. —Hannah no se disculpó por eso—. Lo cual tiene sus ventajas y sus limitaciones. La ventaja es que tienen acceso a cosas que usted no tiene. La limitación es que a veces confunden el debate con el resultado. —Otra pausa—. Por eso mismo le estoy diciendo esto.
Pietro pensó en Greta.
En la manera en que siempre había creído que los panfletos solos no eran suficientes. Que hacía falta algo más articulado. Que las preguntas que él dejaba en los portales de Berlín necesitaban conectarse con algo que tuviera más alcance que un papel doblado encontrado en un banco de Schöneberg.
Pensó en los hombres del Volga.
En Stalingrado que en dos meses iba a caer y que cuando cayera iba a ser el primer momento en que Alemania perdiera de manera indiscutible y que alguien tendría que estar ahí para decir lo que ese momento significaba.
—¿Cuándo? —dijo.
Hannah lo miró.
—¿Cuándo qué?
—¿Cuándo me los presenta?
Afuera, el amanecer del 25 de diciembre empezaba a insinuarse sobre los tejados de Berlín — esa claridad gris e industrial del invierno que no prometía nada pero que llegaba de todas formas, con la puntualidad de las cosas que no necesitan ser bellas para ser reales.
Hannah consideró la pregunta.
—Cuando las aguas estén menos calientes —dijo—. Enero, quizás. O febrero.
Pietro miró la vela.
Pensó en Ana diciéndole que esperara. En Giulio en el coche esa mañana. En los 200 panfletos repartidos por una ciudad que mañana iba a despertar con preguntas en los portales y que pasado mañana iba a seguir funcionando exactamente igual.
Pensó en si este círculo de personas podía cambiar eso.
Probablemente no solos.
—Enero —dijo.
Hannah asintió.
Se levantó. Tomó el abrigo demasiado grande. Miró el apartamento con esa expresión de quien se despide de un lugar que no le pertenece pero que de todas formas ha sido suyo por un tiempo.
—Greta habría querido que te conocieran —dijo, ya en la puerta—. Eso creo.
Pietro no respondió.
Hannah salió primero.
Pietro esperó diez minutos. Luego recogió el reloj de Conti del bolsillo, lo miró un momento en la palma de la mano, y lo guardó de vuelta. Se levantó. Fue hasta la silla volcada y la enderezó — ese gesto mínimo, el único que podía hacer.
Luego salió al amanecer de Berlín.
La ciudad empezaba a despertar con esa lentitud de las mañanas de festivo. Alguna ventana iluminada. Un perro. El olor a nieve que finalmente había llegado durante la noche y que cubría los tejados y las aceras con esa paciencia de las cosas que no piden permiso.
Pietro caminó hacia Savignyplatz.
En algún punto pensó en Ana. En que enero no estaba tan lejos. En que había cosas que podían esperar y cosas que no podían y que la diferencia entre las dos no siempre era obvia hasta que era demasiado tarde.
Y pensó en el Círculo.
En los filósofos con apellidos que abrían puertas.
En si Greta tenía razón.
Probablemente la tenía.
Greta casi siempre tenía razón.