El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 24 — Nochebuena #2
69%

CAPÍTULO 24 — Nochebuena #2

Dobló hacia la Kommandantenstraße y fue entonces cuando lo vio — o creyó verlo.

Una sombra al fondo de la calle que no pertenecía a ningún farol, que se movió un segundo antes de que Pietro pudiera fijarla.

O no se movió. O era simplemente la sombra de un árbol y el cerebro de un hombre con demasiada adrenalina encima haciendo su trabajo de manera excesiva.

Pietro esperó treinta segundos inmóvil.

Nada.

Siguió caminando. Más despacio. Con los oídos haciendo lo que los ojos no podían hacer en esa oscuridad.

Cuatro calles más adelante: pasos.

Regulares. No los pasos de alguien que corre ni los de alguien que persigue — simplemente pasos, a distancia, del tipo que existen en cualquier calle de cualquier ciudad a cualquier hora. Pero que en esa calle a esa hora en esa noche específica tenían una presencia que no les correspondía.

Pietro dobló una esquina.

Esperó pegado a la pared.

Los pasos pasaron de largo por la calle que acababa de dejar. Sin detenerse. Sin cambiar de ritmo. Sin ninguna señal de que quien los producía supiera que Pietro estaba a seis metros detrás de una esquina conteniendo la respiración.

Coincidencia.

Probablemente coincidencia.

Pero la zona sur de Mitte era la misma zona donde hacía semanas habían aumentado las patrullas.

Lo sabía porque lo había leído en los cables de la embajada, porque Lucia lo había notado en los reportes, porque Otto llevaba meses construyendo un perfil y los barrios donde el Cuervo había operado estaban en ese perfil aunque nadie en la Prinz-Albrecht-Straße supiera todavía a quién pertenecía ese perfil.

Pietro se movió hacia el cuarto punto.

Lo hizo tomando el camino más largo, evitando las calles principales, pegándose a las fachadas con ese instinto de los que han aprendido que la invisibilidad no es un don sino una técnica.

Y fue entonces — cruzando un callejón de la Alte Jakobstraße hacia la calle paralela — cuando lo vio por segunda vez.

O lo creyó ver.

La misma sombra. El mismo ángulo de visión que no permite certeza. Una figura en el extremo opuesto de la calle que desapareció antes de que Pietro pudiera decidir si era real o era su propio miedo tomando forma en la oscuridad navideña.

No esperó a averiguarlo.

Caminó. Luego corrió.

No en línea recta — en zigzag, callejón por callejón, con el corazón en la garganta y la conciencia de que correr era una declaración pero que quedarse quieto podía ser algo peor.

Las botas sobre el adoquín húmedo. El aliento convertido en nubes blancas que el frío de diciembre hacía visibles, pequeñas señales de presencia que Pietro habría querido poder apagar.

Un perro que empezó a ladrar desde algún interior oscuro cuando pasó frente a una portería — ese ladrido agudo y sin causa visible que en la noche de una ciudad vacía suena como una alarma.

A lo lejos, un silbato.

Pietro se detuvo en un portal y se pegó a la pared.

El silbato sonó dos veces más y luego nada. Patrulla de rutina, probablemente. En Nochebuena hasta los uniformes tenían alguna parte de sí mismos en otra parte. Pero probablemente no era suficiente para apostar la vida a ello.

Respiró.

Calculó.

El cuarto punto en Neukölln estaba a quince minutos caminando. Seguir esa noche era el tipo de decisión que Pietro habría vetado en cualquier otra persona — demasiada tensión acumulada, demasiadas señales ambiguas, el miedo ya instalado en el cuerpo de una manera que distorsionaba el juicio.

No siguió hacia Neukölln.

Se quedó quieto en el portal intentando ordenar el mapa mental de dónde estaba. Y entonces lo entendió con una claridad que tuvo algo de humor y algo de vértigo al mismo tiempo.

Estaba en Mitte.

A tres calles de donde había vivido Greta.

---

La llave la había guardado sin decidir guardarla.

Después de Mitte, después del coche diplomático y de Lucia y de Malaspina y de todo lo que había ocurrido en las semanas que siguieron a la muerte de Greta, Pietro había encontrado la llave en el bolsillo del abrigo y la había metido en el cajón del escritorio junto al reloj de Conti sin pensarlo demasiado.

Como se guardan las cosas que todavía no saben si hay que tirar.

Ahora la tenía en la mano.

El edificio de la Ackerstraße estaba exactamente como lo recordaba desde afuera — la fachada de ladrillo oscuro, el portal con su arco bajo, los buzones con los nombres de los inquilinos de los que el de Greta había sido retirado en algún momento entre la primavera y el verano.

Alguien había pegado papel marrón sobre el hueco donde había estado su nombre.

Un gesto pequeño y burocrático que decía más sobre cómo funciona el sistema que cualquier discurso.

Pietro empujó la puerta del portal.

El corredor en oscuridad. Las escaleras que conocía de noches que ahora pertenecían a otro tiempo.

El segundo piso. La puerta del apartamento 2B con la cerradura que la Gestapo había forzado y que alguien había vuelto a cerrar después del registro — no con el cerrojo original sino con uno nuevo, provisional, del tipo que pone el casero cuando el inquilino anterior desaparece y hay que asegurarse de que el espacio no se ocupe sin autorización.

La llave de Pietro no abría ese cerrojo.

Pero la puerta cedió con un empuje firme en el marco — la madera hinchada por el invierno, el cerrojo provisional que no tenía la solidez del original. Pietro entró.

Y se quedó inmóvil en el umbral.

La Gestapo había hecho su trabajo con la eficiencia de siempre.

Los cajones abiertos y vaciados. La librería con los huecos de los libros que se habían llevado — no todos, solo los que alguien había considerado relevantes, lo cual decía algo sobre los criterios de quien había hecho el registro.

Una silla volcada que nadie había vuelto a enderezar.

La ventana del fondo con un cristal roto tapado con cartón y cinta — el cartón ya húmedo, la cinta despegándose en las esquinas, el tiempo haciendo su trabajo silencioso sobre lo que los hombres habían dejado a medias.

El olor.

Eso era lo que Pietro no había anticipado — que un apartamento vacío tuviera un olor específico, reconocible, diferente al olor de cualquier otro espacio vacío.

El olor de Greta todavía ahí, mezclado con el polvo y la humedad y los meses, pero todavía identificable para alguien que lo había conocido.

Pietro se apoyó en el marco de la puerta.

La imagen llegó sin que la invocara — la mano en el suelo de Mitte que ya no se movía. El abrigo. La postura que había dejado de ser una postura. Eso era lo que cargaba desde mayo y que en ese apartamento, en ese olor, encontraba finalmente el lugar exacto donde instalarse.

No lloró.

O sí lloró — no lo sabría decir después con certeza.

Lo que sí sabía era que estuvo de pie en ese umbral durante un tiempo que no midió, con el frío de diciembre entrando por la ventana rota y Berlín afuera celebrando su Nochebuena, y que en ese tiempo algo que había estado sosteniendo desde mayo encontró un lugar donde apoyarse.

Luego entró al apartamento.

Y algo lo atacó desde la oscuridad.

---

No fue elegante.

Fue un movimiento brusco desde detrás de la puerta del dormitorio — una figura que salió con algo en la mano levantado para golpear — y Pietro respondió por puro reflejo, sin pensarlo, con ese instinto que los años de esgrima habían convertido en parte del cuerpo.

Giró, bloqueó el golpe con el antebrazo, tomó la muñeca de quien atacaba y en dos movimientos tuvo a la figura inmovilizada contra la pared con la mano extendida y lo que resultó ser un cuchillo de cocina en el suelo.

Jadeos en la oscuridad.

Los dos.

Pietro tenía el antebrazo cruzado sobre el pecho de quien había atacado — una mujer, entendió su cuerpo antes que sus ojos, el peso y la altura y la manera de resistir que era diferente a la de un hombre. No joven. No mayor. Esa edad intermedia que en la oscuridad no tiene número.

—No soy malo —dijo Pietro. En alemán. Con la voz que sale cuando el cuerpo ha gastado toda la adrenalina en los últimos treinta segundos y lo único que queda es la verdad más simple disponible.

La mujer no respondió de inmediato.

Respiraba con esa contención de los que han aprendido que el pánico es un lujo que no pueden permitirse.

—No soy malo —repitió Pietro, aflojando levemente la presión—. No soy de la Gestapo. No soy del partido. Conocía a la persona que vivía aquí.

Un segundo.

Dos.

—Este apartamento debería estar vacío —dijo la mujer. Su voz era baja, precisa, con ese alemán de Berlín que tiene sus propias costuras—. La misma pregunta te la hago yo.

Pietro soltó el brazo.

Se apartó un paso.

La mujer no se movió de la pared pero tampoco buscó el cuchillo. Se quedó donde estaba, evaluando, con esa mirada de quien ha aprendido a leer situaciones rápido porque de esa velocidad ha dependido su vida más de una vez.

Pietro la miró en la penumbra.

Cuarenta y tantos años. El pelo oscuro con hebras grises que no pedían disculpas.

Las manos de alguien que ha trabajado con ellas.

El abrigo demasiado grande — prestado o robado o simplemente el que quedaba disponible cuando todo lo propio había desaparecido.

Y en los ojos con la claridad de los que han perdido mucho y han decidido que lo que queda no pueden darse el lujo de perderlo también.

—Tenía una llave —dijo Pietro, levantando la mano donde la sostenía—. De antes.

La mujer miró la llave.

Luego lo miró a él.

—Italiano —dijo. No como pregunta.

—Sí.

Un silencio.

—¿Segundo de la embajada italiana en Berlín?

Pietro tardó.

—Sí.

La mujer cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió había algo diferente en su expresión — no relajación exactamente, pero sí el aflojamiento mínimo de quien acaba de recibir una confirmación que no esperaba recibir esta noche.

—Greta me habló de su amigo italiano —dijo—. Solo eso. Su amigo. —Una pausa—. Tú sabes cómo era Greta.

—Sí —dijo Pietro—. Sé cómo era Greta.

---

No podía salir hasta el amanecer.