El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 24 — Nochebuena
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CAPÍTULO 24 — Nochebuena

«Hay noches en que quedarse quieto es la única cosa que no puedes hacer.»

Llevaba días sin saber nada de Ana.

Eso era lo acordado. La pausa. Enero. Ser prudentes. Pietro lo entendía con la parte de él que entendía las cosas — la parte que había sobrevivido seis años en Berlín aprendiendo que la prudencia no era cobardía sino aritmética. Esa parte lo entendía perfectamente.

La otra parte no lo llevaba igual de bien.

No lo admitía con esas palabras, ni siquiera en el cuaderno donde escribía las cosas que no podía decirle a nadie.

Pero estaba ahí — el celo sordo de saber que Ana estaba con Otto en este momento, en alguna cena de los Hartmann o en el apartamento de Charlottenburg que Pietro conocía de años y en el que nunca fue bien recibido, pasando la Navidad como si la conversación de ese sábado no hubiera ocurrido, como si Pietro no existiera en ningún lugar de esa vida.

La prudencia que ella misma le había pedido convertida en una puerta cerrada con el cerrojo de la normalidad conyugal.

Savignyplatz en silencio.

La ciudad afuera con sus guirnaldas y sus villancicos y esa alegría muy particular de los diciembres de guerra que es más desesperada que alegre — la gente celebrando con más fuerza precisamente porque sabe que hay razones para no hacerlo.

Berlín fingiendo que Stalingrado no existía.

Que los hombres en el Volga no estaban ahí.

Que el puente aéreo de Göring no era una mentira con alas que se caían de frío.

Pietro abrió el cuaderno.

Lo cerró sin escribir nada.

Se puso el abrigo.

Y a las once de la noche del 23 de diciembre salió hacia la embajada.

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El sótano a esa hora tenía el silencio de los lugares que existen entre la medianoche y el amanecer — un silencio diferente al del día, más honesto, sin la obligación de parecer algo que no es.

Pietro trabajó durante tres horas.

No con la prisa de quien tiene poco tiempo sino con la concentración específica de quien ha decidido que lo que está haciendo es lo único real que le queda en este momento. El bastidor. La tinta. El papel que se va llenando de preguntas que nadie en esta ciudad se permite hacer en voz alta.

El panfleto de Stalingrado tardó más que los anteriores.

No porque el texto fuera difícil — las palabras llegaron solas, con la rabia limpia y fría de quien ha estado leyendo los cables de la embajada durante meses y sabe exactamente la distancia entre lo que dicen los periódicos y lo que dicen los despachos privados.

Sino porque Pietro quería que cada pregunta tuviera el peso exacto. Ni más ni menos.

Imprimió doscientas copias.

Las dobló. Las dividió en cuatro grupos de cincuenta. Las metió en cuatro bolsas de papel del tipo que usan las panaderías, anónimas, sin marca. Las guardó en el maletero del Lancia con la misma calma con que habría guardado botellas de vino para una cena.

Luego subió al despacho y se quedó sentado en la oscuridad hasta que amaneció el 24.

Pensando en Ana.

Pensando en Stalingrado.

Pensando en que las dos cosas, por razones distintas, lo mantenían despierto con la misma intensidad.

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PREGUNTAS QUE NADIE RESPONDE

Esta noche hay hombres alemanes congelándose en el Volga. Muriendo congelados.  Alemanes. Los hijos de alguien. Los hermanos de alguien. Los vecinos de alguien.

¿Cuántos han muerto ya? ¿Por qué los partes de guerra no tienen números?

¿Sabe el Führer que sus hombres se mueren de frío mientras él decide desde Berlín que no pueden rendirse? ¿O sí lo sabe y no le importa?

¿Cuántos más tienen que morir para que alguien en esta ciudad haga la pregunta correcta en voz alta?

Piensa. Mientras todavía puedes.

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Giulio llegó a las nueve con el entusiasmo específico de los que van a pasar las fiestas en tierra extraña y han decidido que el entusiasmo es la única respuesta posible a esa condición.

—Doctor Berardi. —Se asomó al despacho con la bufanda todavía puesta—. Malaspina cerró a mediodía. ¿Hace compras antes?

Pietro lo miró.

Había calculado ir solo. El Lancia con sus cuatro paradas, entrar y salir de callejones, depositar las bolsas en los puntos que había identificado la semana anterior. Solo era más limpio. Solo era más controlable.

Pero decirle que no a Giulio en Nochebuena requería una explicación que no tenía.

—Sí —dijo—. Ven.

Salieron a las diez y media con el Lancia y la coartada perfecta — un diplomático italiano y su asistente haciendo las últimas compras del año, que era exactamente lo que Berlín en 24 de diciembre esperaba ver en un coche con placas diplomáticas circulando por los barrios del centro.

Compraron vino en una tienda de la Fasanenstraße.

Queso en un mercado de Charlottenburg. Algunas conservas.

Giulio insistió en unos turrones que había encontrado en una tienda italiana de la Kantstraße y Pietro lo dejó insistir porque el tiempo que tardaba en negociar el precio era tiempo durante el cual Pietro podía bajar del coche con una bolsa de panadería bajo el brazo y desaparecer tres minutos en un callejón.

La primera parada fue en Schöneberg.

—Espérame —dijo Pietro, bajando—. Tengo que dejar algo.

Giulio lo miró desde el asiento del copiloto.

—¿Qué cosa?

—Algo para gente que lo necesita. —Pietro sostuvo su mirada—. No hagas preguntas, Giulio.

Giulio abrió la boca. La cerró. Y miró hacia adelante con esa expresión de hombre que ha decidido que esta conversación puede esperar.

Pietro tardó cuatro minutos. La bolsa quedó detrás de un contenedor en el callejón de la Grunewaldstraße, encajada entre la pared y el metal, invisible desde la calle. Cincuenta panfletos que esa noche esperarían ahí hasta que Pietro volviera a buscarlos.

Lo mismo en Kreuzberg. Lo mismo en Mitte. Lo mismo en Neukölln.

Cuatro paradas en dos horas. El Lancia moviéndose por Berlín con su matrícula diplomática y sus dos ocupantes y las bolsas de compras en el asiento trasero como prueba de que todo era perfectamente ordinario.

Fue en el trayecto de vuelta, cruzando el Tiergarten, cuando Giulio habló.

No miró a Pietro. Miraba la calle, con las manos sobre los muslos y esa postura de quien ha estado preparando una frase durante un buen rato y finalmente ha decidido que es mejor decirla que seguir cargándola.

—Doctor Berardi.

—Dime.

—Sé que anda en algo y es algo peligroso.

Pietro no respondió.

—No sé exactamente qué. —Giulio seguía mirando hacia adelante—.

No quiero saber exactamente qué. Pero llevo meses notando cosas.

Usted ya no es el mismo. Las salidas. El quedarse hasta tarde.

Ahora las bolsas. La manera en que Lucia y usted se miran cuando entro a un despacho.

—Una pausa—. No soy tan ingenuo como parezco.

—Nunca pensé que lo fueras —dijo Pietro.

—Entonces ya sabe lo que le voy a decir.

Pietro lo miró de perfil.

Giulio tenía veintiocho años. Había llegado a Berlín con el entusiasmo de quien llega a una ciudad que todavía puede ser otra cosa, y Berlín le había ido quitando capas con la paciencia implacable que tenía para esas operaciones.

Ya no era el Giulio del 36, con sus preguntas entusiastas y su admiración por los desfiles.

Era otra cosa — alguien que había aprendido a ver sin necesitar que le explicaran lo que veía.

—No voy a decir nada —dijo Giulio, con la voz baja de las cosas que se dicen una sola vez y no necesitan repetirse—. Ni a Lucia, que probablemente ya lo sabe o se lo imagina. Ni a Malaspina, que no quiere saber. Ni a nadie. —Pausa—. Pero cuídese mucho, doctor Berardi. Por favor. Cuídese mucho.

Pietro miró la calle.

—Lo haré.

Giulio asintió.

Y no volvieron a hablar del tema.

El Lancia entró al garaje de la embajada a las doce y media.

Malaspina ya había cerrado. El edificio en ese silencio específico de las festividades que es mitad paz y mitad abandono.

Pietro dejó las compras en su despacho, guardó el reloj de Conti en el bolsillo — un gesto que había empezado a hacer sin decidirlo, como un talismán —, y esperó a que oscureciera.

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Salió a las once y cuarto de la noche.

Berlín en Nochebuena tenía una calidad que no tenía ninguna otra noche del año.

Las calles casi vacías — no el vacío de las madrugadas normales sino algo diferente, más deliberado, como si la ciudad entera hubiera acordado retirarse al interior y dejar la calle para los que no tenían interior al que retirarse.

Las guirnaldas encendidas sobre las avenidas principales.

Alguna ventana iluminada con un árbol. El olor a carbón y a nieve que todavía no había llegado pero que el frío prometía para antes del amanecer.

Pietro caminó hacia Schöneberg.

El primer punto sin incidentes. La bolsa detrás del contenedor exactamente donde la había dejado.

Cincuenta panfletos distribuidos en veinte minutos — los portales, las bancas, los marcos de las puertas, los lugares donde la gente los encontraría por la mañana cuando saliera a buscar el periódico o a caminar con el perro.

Berlín despertaría el 25 de diciembre y en algunos barrios encontraría preguntas que nadie había pedido pero que, una vez leídas, no podían deslerse.

El segundo punto en Kreuzberg igual de limpio.

Fue en Mitte, en el tercer punto, cuando Pietro sintió por primera vez algo que no supo nombrar del todo.

No un sonido específico. No una figura visible. Algo más difuso — esa alteración mínima del ambiente que el cuerpo de un hombre entrenado registra antes de que la cabeza sepa por qué. El tipo de señal que en cinco años de Berlín Pietro había aprendido a no ignorar.

Se detuvo.

Escuchó.

La calle en silencio. Un gato en algún tejado. El viento entre los árboles de la Oranienstraße. Nada.

Siguió.