El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 23 — Las cartas sobre la mesa #3
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CAPÍTULO 23 — Las cartas sobre la mesa #3

La manera en que pronunció el nombre no tuvo romanticismo fácil. Tuvo cansancio. Y culpa. Y algo que Ana no quiso nombrar.

—La encontré por casualidad en Berlín. O quise creer que era casualidad. Al principio fue solo hablar. Cervezas. Caminatas. Alguien con quien no tenía que actuar todo el tiempo. Ella entendía el cansancio de los tiempos que estábamos viviendo sin pedirme que se lo explicara.

Ana escuchaba sin interrumpir.

—Luego supe que estaba metida en algo. Una especie de red.

No una gran resistencia de novela, o eso creo.

Nunca supe bien. Personas moviendo gente.

Direcciones. Rutas. Información. Gente que no tenía papeles, o que tenía papeles que no resistían un control serio.

—Pausa—. Y entonces mi puesto diplomático y mis recursos volvieron a servir para algo.

—Mover personas.

—Sí. En Berlín. A veces fuera. Mi cargo, la matrícula, mi alemán, el teatro de pareja normal con una mujer alemana al lado. Todo eso servía. Y yo sabía usarlo.

Pietro bajó la mirada.

—Al principio puse reglas. Lo hice con Greta como Lucia lo había hecho conmigo. Si digo que es demasiado riesgo, paramos. Si algo no cuadra, no se hace. Sin heroísmo. Sin estupideces.

Una sonrisa amarga cruzó su rostro.

—Qué fácil es decir esas cosas cuando todavía crees que vas a obedecerte.

Ana no dijo nada.

—Greta quería más. Siempre más. Y a veces tenía razón.

El riesgo no desaparece por esperar. Hay personas que, si no se mueven esa noche, desaparecen a la mañana siguiente.

Ella lo sabía. Lo había vivido más que yo.

Pero también había algo en ella… algo que empujaba siempre hacia adelante.

Como si quedarse quieta fuera otra forma de muerte.

—Y tú la seguiste.

—A veces. Otras la frené. Eso nos trajo grandes discusiones.

—Pausa—. Una vez me dijo que Berlín no era mi hogar y yo casi la despedacé con palabras, viejos recuerdos afloraron.

Le dije lo de los doscientos treinta y tres.

Que no me llamara tibio. Que llevaba años escuchando que no entendía Alemania, primero de una alemana que amé y luego de ella.

Ana recibió la frase sin defenderse.

—Tenías razón en sentirlo.

—Quizá. Pero no en decirlo así.

Pietro se quedó mirando el suelo.

—En la misión en la que murió, yo sabía que algo no estaba bien. Los controles habían cambiado. Había demasiada presencia en ciertos barrios. El momento no cuadraba. Le pedí unos días más. Ella dijo que no teníamos unos días.

Ana ya sabía hacia dónde iba aquello.

—Y cediste.

Pietro asintió.

—Cedí.

La palabra no necesitó adornos.

—No porque me hubiera convencido. Cedí porque la quería.

Porque estaba cansado de ser prudente. Porque llevaba años perdiendo cosas y no quería perder también aquello por discusiones sobre quién tenía la razón.

Porque una parte de mí necesitaba creer que todavía podíamos ganarle al sistema una vez más.

La voz se le quebró apenas, pero no lloró.

—La vi morir en una calle de Mitte. Desde la esquina. La vi sonreírme y caer. Vi la mano que ya no se movía. Y luego hice lo único que podía hacer.

Ana casi no respiraba.

—Me fui.

Silencio.

—Caminé. No corrí. Correr era una declaración. Caminé como si fuera un curioso más que había visto algo horrible y se marchaba porque no había nada que hacer. Llegué al coche, me senté al volante y no arranqué durante no sé cuánto tiempo.

Pietro cerró los ojos.

—Ahí entendí que ya no sabía volver atrás.

La habitación quedó inmóvil.

—Después de Greta apareció el Cuervo.

Ana lo miró.

—No como una decisión. No como una gran frase en un cuaderno.

Apareció porque ya no quedaba otra forma de seguir moviéndome dentro de Berlín.

La imprenta estaba ahí. La máscara estaba ahí.

La rabia estaba ahí. La culpa también. Y la necesidad de hacer algo, aunque fuera inútil, aunque fuera ridículo, aunque fueran solo preguntas en papel dejadas en portales y calles.

Pietro la miró directamente.

—El Cuervo no nació de una virtud. Nació de una acumulación. De Conti. De ti. De Lucia. De Greta. De los doscientos treinta y tres. De no poder salvar a todos. De no haber sabido detenerme. De no haber sabido detenerla. De esta guerra que está matando a millones.

Ana se acercó lentamente y se sentó frente a él.

Durante un momento no dijo nada.

Solo lo miró.

No como se mira a un héroe.

No como se mira a un culpable.

Como se mira a alguien que ha llegado demasiado lejos y aun así sigue siendo la persona que uno amó.

—Te admiro —dijo finalmente.

Pietro soltó una pequeña risa incrédula.

—No deberías.

—Sí debería.

—No fue tan limpio como crees.

—Nada lo es ya.

Esa frase pareció quedarse entre los dos con la misma fuerza que la nieve contra el vidrio.

Stalingrado apareció sin necesidad de nombrarlo.

El frío.

Los hombres atrapados.

Las cartas que dejaban de llegar.

El puente aéreo prometido por Göring y convertido en otra mentira con uniforme.

Berlín fingiendo Navidad mientras el mundo empezaba a resquebrajarse.

Ana tomó aire lentamente.

—Otto no va a detenerse, Pietro.

Él sostuvo su mirada.

—No me va a atrapar.

Ana sonrió apenas.

Una sonrisa triste.

—Eso espero.

Y entonces el miedo apareció desnudo entre los dos.

—Porque lo conozco mejor que nadie. Es meticuloso.

Es paciente. Cree en esto con todo lo que tiene.

Odia a los traidores, y para él no hay nada peor que un traidor que se esconde detrás de una cara decente.

Si ya empezó a acercarse, si de verdad tiene algo entre manos, no va a descansar hasta encontrarte.

Pietro guardó silencio.

—Por eso tenemos que parar un tiempo —continuó ella—. Nosotros. Esto.

Hizo un gesto pequeño entre ambos.

—Estamos siendo imprudentes.

Él quiso responder, pero Ana negó suavemente con la cabeza.

—Escúchame. No te estoy dejando.

Pausa.

—Estoy contigo. Después de todo lo que acabas de contarme, más que nunca. Pero precisamente por eso necesito que sobrevivamos.

Pietro bajó la mirada.

Ana le tomó el rostro entre las manos.

—Es diciembre del cuarenta y dos. Stalingrado se está derrumbando. Italia y Alemania apenas se toleran ya detrás de los discursos. Todo esto va a explotar tarde o temprano. —Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y lucidez—. Lo único que tienes que hacer es llegar vivo a ese momento.

Pietro la observó en silencio.

Y comprendió algo terrible.

Ana por fin veía el mundo como él.

Justo cuando quizá ya era demasiado tarde para ambos.

Ella se inclinó y apoyó la frente contra la suya.

—Cuídate mucho.

—Lo haré.

—No, Pietro. En serio. —La voz se le quebró apenas—. Cuídate por el amor que te tengo. Y por todo lo que está en juego.

Él cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, Ana ya se estaba levantando para vestirse.

La observó en silencio mientras la nieve seguía cayendo detrás de la ventana. La vio ponerse las medias, ajustar el vestido, recoger el abrigo del respaldo de la silla. Gestos pequeños, domésticos, casi insoportables por lo normales que parecían después de todo lo que acababa de decirse.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó él finalmente.

Ana terminó de colocarse el vestido antes de responder.

—Esperar enero. Yo te contactaré.

Pietro soltó una sonrisa pequeña, amarga.

—Odio enero.

Eso hizo que ella sonriera también por primera vez en toda la mañana.

Una sonrisa breve.

Triste.

Viva.

Luego caminó hasta la puerta.

Antes de salir, volvió a mirarlo.

—No estás solo en esto, Pietro. No voy a dejar de pensar en ti estas semanas, como no lo he hecho todos estos años.

Él sostuvo su mirada.

Ana asintió apenas.

Y se fue.

La puerta se cerró con suavidad.

Pietro permaneció inmóvil en la cama mientras la nieve seguía cayendo sobre Berlín.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio no le pareció un refugio.

Le pareció una cuenta regresiva.