El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 22 — El cazador y la máscara #4
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CAPÍTULO 22 — El cazador y la máscara #4

No el silencio incómodo de los matrimonios que han peleado — el silencio habitual de los que ya no tienen mucho que decirse y que han dejado de pretender que eso es un problema temporal que se va a resolver solo.

La sopa. El pan. La radio con sus partes de guerra al fondo.

Otto con los ojos ligeramente distantes de alguien que está en otro lugar aunque esté sentado frente a ti.

Ana recogió los platos.

Otto abrió su maletín. Sacó una carpeta. La abrió sobre la mesa con ese gesto suyo de hombre que no sabe separar el trabajo de nada porque el trabajo es lo único que le queda cuando lo demás no funciona.

Ana se sentó con su taza de té.

Pasaron veinte minutos en silencio.

Luego Otto dijo, sin levantar la vista de los papeles:

—Tenemos un caso interesante.

Ana no respondió. Eso era lo que Otto necesitaba — no una pregunta, sino presencia. Alguien que escuchara mientras pensaba en voz alta.

—Alguien repartiendo panfletos en la ciudad. Lleva meses. Cambia de barrio, cambia el texto, cambia el papel. Muy disciplinado. —Una pausa—. Demasiado disciplinado para ser un amateur.

Ana tomó un sorbo de té.

—¿Qué dicen los panfletos?

—Preguntas. —Otto giró una página—. Preguntas sobre el frente oriental.

Sobre los bombardeos. Sobre Stalingrado.

—Su voz no cambiaba de tono cuando decía esas cosas — era la misma voz con que habría descrito el tiempo—.

El tipo de preguntas que no hacen una declaración pero que se quedan instaladas.

Que hacen que la gente dude aunque no quiera dudar.

—¿Y ya lo atrapaste?

—No todavía. —Otto cerró la carpeta—. Pero la semana pasada un policía de Neukölln lo vio.

—Una pausa—. Abrigo negro. Sombrero de ala ancha.

Y algo en la cara — una máscara con algo que sobresalía hacia adelante como un pico.

—Otra pausa—. Mi asistente dice que podría ser una máscara de médico de la peste.

Las que usaban en el medioevo para acercarse a los enfermos, según él.

—Una pausa más—. En la oscuridad parecía un pájaro.

Ana no se movió.

—¿Una máscara? —dijo, con la voz exactamente igual que siempre.

—Ya lo llaman el Cuervo de Berlín. —Otto lo dijo con la neutralidad de quien cita un dato—. Los testigos, los reportes. Alguien empezó a llamarlo así y el nombre se quedó.

Ana miró su taza.

En la pared del estudio de Savignyplatz, un clavo vacío donde había estado colgada una máscara negra con pico largo.

Me la llevé a la embajada, de decoración.

La voz de Pietro, sin parpadear, sosteniéndole la mirada con esa calma aprendida de años de decir cosas que no eran del todo verdad pero que tampoco eran del todo mentira.

Máscara de médico de la peste, había dicho el asistente de Otto. Las que usaban en la Edad Media para acercarse a los enfermos.

¿Y de dónde eran originarias esas máscaras? Italia. La madre de Pietro era del Véneto, recordó — él se lo había dicho alguna vez, en otra vida.

El clavo vacío.

El pico largo.

El abrigo negro.

Pietro.

Pero no era posible ¿Cómo iba Pietro a ser ese loco?

Y, sin embargo — conociéndolo como lo conocía — sí era posible. Había vacilado demasiado cuando ella le preguntó qué había hecho durante esos años. Demasiadas medias verdades. Demasiada calma donde debería haber habido más.

Ana no dijo nada.

No porque no supiera qué decir. Sino porque lo que sabía — o lo que creía saber, lo que estaba empezando a creer que sabía — no podía decirse en esa mesa, con esa taza de té, frente a ese hombre.

Otto volvió a abrir la carpeta.

—Lo atraparemos —dijo, con la misma voz—. Siempre hay un patrón. Solo hay que encontrarlo.

Ana asintió.

—Claro —dijo.

Y tomó otro sorbo de té con las manos completamente quietas.

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Esa misma noche, en Savignyplatz, Pietro estaba en el escritorio con la lámpara verde encendida y los expedientes de la embajada delante.

No pensaba en los expedientes.

Pensaba en la persecución de Neukölln. En el policía que lo había visto. En el reporte que ese policía habría escrito esa noche con su letra de hombre que escribe reportes — los detalles, la descripción, la máscara con pico.

Pensaba en que el sistema que lo buscaba era el mismo sistema donde trabajaba el marido de la mujer que amaba y con quien se acostaba.

No era una ironía abstracta.

Era una geometría concreta y peligrosa que Pietro había calculado muchas veces y que cada vez que la calculaba llegaba al mismo resultado: que los dos hilos — el del Cuervo y el de Ana — llevaban al mismo nudo, y que si alguien tiraba de cualquiera de los dos con suficiente fuerza, el otro cedía también.

Lo sabía.

Y seguía eligiendo los dos.

Cerró los expedientes.

Apagó la lámpara.

Y en la oscuridad del apartamento, con Berlín afuera avanzando hacia Stalingrado con la misma certeza ciega con que había avanzado hacia Moscú un año antes, Pietro pensó que había cosas que uno elige no porque no vea el riesgo sino porque el riesgo ya es parte de lo que uno es.

Que había llegado demasiado lejos para que el miedo fuera una razón suficiente para detenerse.

Que la única pregunta que importaba ya no era si seguir.

Sino hasta dónde.