CAPÍTULO 22 — El cazador y la máscara #3
Y eso, descubrió Pietro, era exactamente lo que hacía todo más difícil. No el deseo — el deseo tenía nombre y tenía límites y cuando terminaba terminaba. Esto no tenía límites. Esto se quedaba.
Cuando el vino se acabó y Ana tuvo que irse, se quedaron quietos un momento en el suelo con las copas vacías y Berlín afuera con su ruido de ciudad en verano.
—Esto —dijo Ana, sin terminar la frase.
Pietro esperó. Pero Ana no la terminó.
—Esto —dijo él.
Ana se fue. Pietro recogió las copas, lavó la tabla.
Y pensó que había algo en esa tarde — la mortadela, el cuchillo equivocado, la risa, el suelo — que era más peligroso que cualquier otra cosa que hubieran hecho juntos.
No porque fuera más arriesgado de ser descubierto.
Sino porque era más difícil de abandonar.
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Los otros encuentros eran diferentes.
Había tardes donde Ana llegaba al apartamento de Prenzlauer Berg con esa tensión acumulada de días de reuniones del partido y cenas correctas y el silencio metódico de su matrimonio, y Pietro la recibía con la misma tensión acumulada de noches de sótano y panfletos y la ciudad que lo buscaba sin saber que lo buscaba.
Y lo que ocurría entonces no necesitaba romantizarse ni explicarse — era dos personas usando al otro como válvula, como aire, como la única manera de seguir siendo humanos en una ciudad que hacía todo lo posible por deshumanizarlos.
No le ponían nombre.
Habían aprendido que nombrarlo era la manera más rápida de destruirlo.
Ana contaba los intervalos — las reuniones de Otto los martes, las cenas de trabajo que lo retenían hasta las diez, los viajes cortos que a veces duraban dos días.
Pietro tenía siempre la llave del apartamento.
Ana la suya. Llegaban por separado, con minutos de diferencia, sin taxi hasta la puerta, sin nada que conectara dos nombres en una dirección.
Pietro sabía lo que significaba que Otto descubriera.
El hombre que investigaba al Cuervo era el mismo hombre cuya esposa tenía una llave en el bolsillo del abrigo discreto de siempre. Si Otto llegaba a Ana, llegaba a Pietro. Y si llegaba a Pietro por esa vía, había otras vías que podían abrirse.
Ana sabía lo que significaba que Otto descubriera a Pietro con ella.
Primero su destrucción — la suya y la de su familia.
El escándalo de la esposa de un oficial de la Gestapo con un diplomático extranjero no era algo que se archivara en silencio.
Era exactamente el tipo de cosa que Otto usaría con la eficiencia fría de siempre, sin importarle nada más que el resultado.
La vergüenza de sus padres. El nombre de la familia Hartmann en boca de todos.
Y luego Pietro — su puesto en la embajada no sobreviviría ese escándalo, y sin el puesto no había escudo, y sin escudo había otras cosas que podían salir a la luz.
Ana no sabía exactamente cuáles.
Pero sabía suficiente para saber que Otto, con sus expedientes y sus conexiones y esa manera suya de destruir personas sin que nadie pudiera señalarlo directamente, no necesitaría mucho más.
Los dos cargaban ese peso por separado.
Y los dos seguían eligiendo.
Los dos sabían lo que estaban arriesgando.
Eso era, precisamente, lo que no los detenía.
— que los dos habían calculado el riesgo y habían decidido, cada uno por separado y sin decírselo al otro, que lo que tenían valía más que lo que podrían perder.
Era una decisión egoísta. Los dos lo sabían.
Y ninguno de los dos encontraba en ese egoísmo suficiente razón para deshacerla.
Una tarde de agosto, con Berlín afuera aplastada por el calor húmedo del verano y las ventanas abiertas porque el calor no pedía permiso, Ana preguntó:
—¿Qué hiciste estos cuatro años?
Pietro la miró.
—Trabajar —dijo.
—Eso ya lo sé. —Ana tenía la cabeza apoyada en su hombro, los ojos en el techo, con esa voz suya de las preguntas que no son agresivas sino que simplemente quieren saber—. Quiero decir lo otro. Lo que no es la embajada.
Pietro tardó.
—Entender la ciudad —dijo—. Aprender a leerla. —Una pausa—. Decidir qué hacer con lo que leía.
Ana asintió despacio. No insistió. Esa era una de las cosas que Pietro había descubierto en estos meses — que Ana preguntaba hasta donde él dejaba que preguntara, y cuando encontraba el límite lo respetaba sin hacer de él un problema.
No porque no quisiera saber más. Sino porque había aprendido, en años de matrimonio con un hombre que no explicaba nada, a distinguir entre el secreto que protege y el secreto que excluye.
Con Pietro era el primero.
Ella lo sabía aunque no supiera el contenido.
—¿Y tú? —dijo Pietro—. Estos cuatro años.
Ana exhaló despacio.
—Ser lo que se supone que hay que ser —dijo—.
Esposa. Alemana. Parte del esfuerzo. —Una pausa—.
Sonreír en las cenas correctas. Hablar con las mujeres correctas.
Llevar el abrigo correcto. —Otra pausa más larga—.
Intentar tener un hijo que no llegaba y que cada mes que no llegaba era una conversación que no quería tener.
Pietro no dijo nada.
—Otto no es un monstruo —dijo Ana, con esa honestidad suya que no buscaba absolución sino precisión—.
Es un hombre frío. Distante. Cada vez más metido en su trabajo.
Nos respetamos. Tenemos cariño, supongo.
Pero nunca fue lo que debía ser. —Una pausa—.
Nunca fui lo que él esperaba. Y él nunca fue lo que yo necesitaba.
Y los dos llevamos años viviendo dentro de eso sin poder decirlo en voz alta.
Pietro la miró.
—¿Por qué no te fuiste?
Ana lo miró con esa expresión suya que mezcla la ternura y la impaciencia de quien explica algo que el otro debería entender sin necesitar explicación.
—¿Adónde? —dijo—. ¿En este país? ¿En este momento?
Una mujer que deja a su marido en la Alemania del 42 no se va a ningún lado, Pietro.
Se queda sola con la vergüenza de sus padres y la mirada de sus vecinas y sin ninguno de los recursos que le permiten existir.
—Una pausa—. Y Otto no es nadie ordinario.
Otto tiene expedientes. Otto tiene acceso.
Otto sabe cómo hacer que las cosas sean difíciles sin que nadie pueda señalarlo directamente.
Pietro entendió.
No solo lo que ella decía. También lo que no decía — que estar con Pietro era la única forma de libertad que Ana podía permitirse en ese momento.
No la libertad de irse. La libertad de existir, aunque fuera en secreto, aunque fuera en intervalos medidos, aunque fuera con la culpa y el riesgo instalados permanentemente en el fondo de todo.
—¿Y esto? —dijo Pietro—. ¿Cómo lo llamas?
Ana tardó.
—No lo llamo —dijo—. Si le pongo nombre se vuelve algo que tiene que caber en alguna categoría. Y no quiero que quepa.
Pietro asintió.
Era exactamente lo que él habría dicho si hubiera encontrado las palabras primero.
Lo que tenían era esto: dos personas que solo eran completamente ellas mismas cuando estaban juntas.
Que estaban destinadas a estar juntas y nunca debieron separarse.
Que se contaban cosas que no podían contarle a nadie más — no todo, nunca todo, pero más que a cualquier otra persona en sus vidas.
Que se reían de cosas que en otra boca no habrían tenido gracia.
Que callaban de la misma manera cuando el silencio era lo correcto.
No lo llamaban amor porque amor era una palabra que implicaba futuro, y el futuro era la cosa que menos podían permitirse en ese momento.
Lo llamaban — sin decirlo — necesario.
Y eso era suficiente para seguir eligiéndolo.
La vida era como era y ellos tomaban lo que había, después de todo lo pasado.
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La noche del miércoles era de las que Otto llegaba antes de las diez.
Ana lo había aprendido a leer — los martes con reuniones largas, los jueves impredecibles, los miércoles donde el horario era más regular.
Lo había aprendido sin proponérselo, con la atención involuntaria de quien comparte un espacio con alguien durante suficiente tiempo para conocer sus ritmos aunque ya no le interese conocer nada más de él.
Cenaron en silencio.