El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 21 — La carne es débil
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CAPÍTULO 21 — La carne es débil

«Hay fuerzas que no obedecen a la razón ni al miedo. Solo a sí mismas.»

Había días en que Berlín le devolvía algo.

No mucho. No lo suficiente para llamarlo alivio.

Pero a veces, caminando de noche por la Kantstraße con el abrigo subido y las manos en los bolsillos, Pietro sentía que la ciudad y él habían llegado a un acuerdo tácito: él la toleraba, ella lo dejaba existir.

Era lo más parecido a la paz que había encontrado en los últimos meses.

Esa noche de abril caminaba sin prisa desde la embajada.

El trabajo había terminado tarde — una serie de cables del Ministerio de Exteriores italiano que Malaspina quería revisados antes del amanecer y que Pietro había despachado con la competencia automática de quien hace bien algo que ya no le interesa demasiado.

Giulio se había ido a las siete. Lucia a las ocho.

Pietro a las diez, cuando el edificio estaba vacío y los únicos sonidos eran los del sistema de calefacción y el ruido lejano de los coches en la Tiergartenstraße.

Caminaba y pensaba.

O más bien: caminaba y dejaba que los pensamientos circularan sin intentar organizarlos.

Era lo que había aprendido a hacer en los primeros meses posteriores a la muerte de Greta — ese estado entre la vigilia y el cálculo donde las cosas se asentaban sin necesitar ser resueltas.

Los panfletos seguían circulando. Había repartido cuatro más desde octubre, cada uno en barrios diferentes, cada uno con preguntas distintas que apuntaban al mismo lugar.

Giulio había mencionado de pasada, sin darle importancia, que en su barrio la gente llevaba meses hablando de unos papeles anónimos que aparecían en los portales — que ya habían visto en Charlottenburg, en Schöneberg, en Mitte, en otros barrios que él no recordaba.

Que nadie sabía de quién eran. Que algunos los tiraban sin leer y otros los guardaban y no decían que los habían guardado. Pietro había asentido.

—Cosas raras pasan —había dicho, y había cambiado el tema.

Eso era suficiente por ahora.

El apartamento de Savignyplatz estaba a dos manzanas cuando dobló la esquina y la vio.

Estaba de pie junto a la puerta del edificio con un abrigo muy elegante y el brillo de siempre en la mirada — ese brillo que Pietro habría reconocido en cualquier ciudad del mundo porque había caminado a su lado durante dos años y medio y lo había visto aparecer en sus ojos tantas veces que se había convertido en parte del inventario mental de cosas que pertenecían a un tiempo anterior a todo lo que había ocurrido después.

Ana Hartmann.

Pietro se detuvo.

No fue una decisión — fue el cuerpo respondiendo antes que la mente, ese segundo de suspensión donde la realidad tiene que repetirse dos veces antes de que uno la procese del todo.

Tres años y medio desde la noche en casa de los Hartmann.

Desde el escándalo que ninguno de los dos había podido nombrar después sin que doliera.

y un año desde la cena — las dos parejas, el recuerdo del Barolo que Pietro había mandado sin firma, la manera en que Ana lo había mirado desde el otro lado del salón como si los años no hubieran cambiado nada de lo que importaba

Ella lo vio.

No huyó. No fingió no verlo. Ana Hartmann nunca había fingido no ver nada — era uno de los rasgos suyos que Pietro había amado y que en este momento específico no sabía cómo clasificar.

Se miraron desde la distancia de cuatro metros.

Cuatro metros y tres años y medio.

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—¿Qué haces aquí? —dijo Pietro.

No con hostilidad. Con la voz de alguien que genuinamente no entiende qué está viendo.

Ana no respondió de inmediato. Tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo y esa postura suya de mujer que no pide permiso para ocupar el espacio donde está.

—Me enteré —dijo—. Lo de Greta. Quería darte personalmente mis condolencias.

Pietro la miró.

Greta llevaba casi un año muerta. El interrogatorio, Malaspina, el archivo cerrado.

Meses desde que había dejado de despertarse con la imagen de la mano de Greta en el suelo de Mitte que ya no se movía.

O más bien: había dejado de despertarse solo con esa imagen.

Seguía ahí, guardada en el mismo cajón que el reloj de Conti, en el lugar donde vivían las cosas que no podían resolverse pero que tampoco podían soltarse del todo.

—¿Ahora? —dijo—. ¿Meses después?

—Me costó decidirme, al fin conseguí el valor.

—¿A venir a darme el pésame?

—A venir a verte.

Silencio.

Pietro sintió algo que no supo nombrar bien — no era enojo exactamente, era algo más complicado, más mezclado.

La rabia de alguien que lleva meses solo con cosas que pesan y que de pronto tiene delante a la persona que eligió no estar.

Y al mismo tiempo, debajo de esa rabia, algo que llevaba tres años y medio sin nombre y que en ese momento se estaba despertando con una claridad que le resultaba inconveniente.

—¿A ti qué te importa? —dijo—. Después de todo lo que pasó. Después de tres años. Apareces en mi puerta como si nada y...

—Sé que no tengo derecho —dijo Ana.

—No, no lo tienes.

—Lo sé, Pietro.

Otro silencio.

Ana no se movió. No se disculpó de más ni intentó construir un argumento. Se quedó exactamente donde estaba, con esa calma suya que no era indiferencia sino la calma de alguien que ha tomado una decisión y no va a deshacerla aunque cueste.

—Quizá fue un error venir —dijo—. Si quieres que me vaya me voy. Pero quería decirte que lo siento. Lo de Greta. Y lo siento todo lo que está pasando, ahora me doy cuenta.

Pietro la miró durante un momento largo.

Tres años y medio. El café Kranzler. La nieve de diciembre del 38. Kristallnacht y el silencio que vino después y las llamadas que no devolvió y la distancia que se instaló sin que ninguno de los dos la nombrara hasta que fue demasiado tarde para desinstalarla.

—¿Cómo supiste lo de Greta? —dijo.

—Uno se entera de las cosas —dijo Ana—. Berlín es grande pero los círculos son pequeños.

Pietro pensó en Otto. En el Kriminalrat de la Gestapo que ahora era el marido de Ana Hartmann y que tenía acceso a todo lo que ocurría en esa ciudad — incluyendo las muertes que se archivaban sin ruido y las investigaciones que se cerraban sin resolverse.

No dijo nada de eso.

—¿Cómo estás? —dijo Ana.

La pregunta era simple y era exactamente la pregunta que nadie le había hecho en meses con esa voz — la voz de alguien que quiere saber la respuesta real y no la respuesta correcta.

Pietro miró la puerta del edificio. Luego la miró a ella.

—Pasa —dijo.

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El apartamento de Savignyplatz tenía ese orden específico de los lugares donde vive un hombre solo que ha decidido no dejarse vencer por el desorden pero que tampoco tiene ya a nadie para quien mantener las apariencias.

Los libros apilados con cierta lógica. El escritorio con sus expedientes y su lámpara verde.

Las ventanas que daban al patio interior con sus cortinas abiertas porque Pietro había dejado de cerrarlas en algún momento del invierno y no había encontrado razón para volver a hacerlo.

Ana entró y lo reconoció.

No el apartamento — había estado ahí antes, muchas veces, en otra vida. Sino algo más difícil de nombrar: el aire del lugar, la temperatura específica de un espacio donde Pietro Alessandro Berardi existía. Eso no había cambiado. Eso seguía intacto.

Pietro sirvió vino sin preguntar. Era lo que hacía. Era lo que habían hecho siempre.

Se sentaron.

Hubo un momento de silencio que no era incómodo — era el silencio de dos personas que se conocen suficiente para no necesitar llenarlo inmediatamente.

—¿Cómo está Otto? —dijo Pietro, porque era la pregunta que había que hacer.

—Bien —dijo Ana—. Ocupado.

—Imagino.

—Siempre ocupado.

Lo dijo sin énfasis. Sin queja visible. Con esa neutralidad específica de las frases que describen una realidad que se ha aceptado sin necesidad de calificarla. Pietro la escuchó y entendió, en el espacio entre las palabras, más de lo que ella había dicho.

—¿Y tú? —dijo Pietro.

—¿Yo qué?

—¿Estás bien?

Ana giró la copa entre los dedos. Una vez. Dos.

—Estoy aquí —dijo.

No era una respuesta. Era exactamente lo contrario de una respuesta — era la forma más honesta de decir que no iba a responder esa pregunta, al menos no todavía.

Bebieron.

Pietro pensó en aquella tarde en la Behrenstraße — el Barolo que había mandado a su mesa sin decir que era él, Otto apartándolo con dos dedos, Ana buscando con los ojos la mesa vacía y luego la ventana. Tres años y pico antes, cuando todavía había algo entre ellos que podía nombrarse con facilidad.

—El Barolo —dijo.

Ana levantó la vista.

—Supe que fuiste tú —dijo ella, con la media sonrisa de siempre.

—¿Te molestó?

—Me pareció típico de ti. —Una pausa—. Me gustó.

Pietro la miró.

Tres años y medio. Y la media sonrisa era exactamente igual.

El mundo había cambiado de forma varias veces en ese tiempo — Austria, Múnich, Polonia, Francia, la URSS, los bombardeos, los 233, Greta, los panfletos — y la media sonrisa de Ana Hartmann era exactamente igual que siempre.

Eso le resultó, simultáneamente, un consuelo y algo que dolía de una manera específica.

—¿La amaste? —dijo Ana.

Sin preámbulo. Sin construirlo. La pregunta directa de alguien que lleva tiempo con ella y que ha decidido, esta noche, no tener paciencia para los rodeos.

Pietro no respondió de inmediato.

—¿Eres feliz? —dijo.

Ana lo miró.

Dos preguntas que eran la misma pregunta. Dos maneras de decir lo mismo sin tener que decirlo. El silencio que vino después era del tipo que no necesita ser llenado porque ya está lleno — lleno de todo lo que llevaba tres años y medio sin poder decirse.

Fue entonces cuando Ana se levantó.

No para irse. Pietro lo supo antes de que ella se moviera porque la conocía — conocía la diferencia entre el gesto de alguien que va a irse y el gesto de alguien que está buscando algo en el espacio para no tener que quedarse quieto con lo que acaba de decirse.

Caminó hacia la pared del estudio.

Las máscaras.