El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 20 — El primer vuelo #4
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CAPÍTULO 20 — El primer vuelo #4

Cuatro portales más en Charlottenburg. El mismo ritual cada vez: parar, mirar, máscara, papel, máscara fuera, seguir.

Sin prisa. Sin correr. Con movimientos calculados, como quien ha pensado cada paso con anticipación y que sabe que el gesto nervioso llama más la atención que la naturalidad calculada.

Charlottenburg sin incidentes.

Luego Schöneberg.

Schöneberg tenía sus propios ritmos nocturnos — los bares que cerraban tarde, los grupos de hombres que salían de alguna cervecería con la última cerveza todavía en el cuerpo, las parejas que caminaban sin prisa.

Pietro ajustó el paso a ese ritmo, se volvió parte del movimiento de la calle.

Un banco en la Nollendorfplatz donde dejó dos panfletos doblados bajo el listón de madera del asiento, en el hueco donde la gente a veces olvidaba periódicos.

Una cabina de teléfono en la Motzstraße — Pietro se detuvo como quien va a llamar, descolgó el aparato con la mano izquierda mientras con la derecha depositaba un panfleto en el pequeño estante de la cabina donde la guía telefónica había estado antes de que alguien se la llevara.

Fue en la tercera parada de Schöneberg cuando ocurrió.

Pietro se había detenido frente a una tienda cerrada cuya entrada tenía un pequeño vestíbulo techado — el tipo de espacio que en Berlín de noche pertenecía a nadie y a todo el mundo.

Tenía la máscara puesta. Estaba depositando los panfletos en el ángulo entre la pared y la puerta de cristal cuando escuchó los pasos.

Dos hombres.

Uniformes de las SA — lo supo antes de verlos, por el sonido específico de las botas sobre el adoquín, ese compás ligeramente diferente al de los zapatos civiles. Venían por la acera hacia él, hablando entre sí, con la cadencia de hombres que terminan su turno y piensan en otra cosa.

Pietro tenía tres segundos.

No se movió en la dirección que el instinto pedía — hacia atrás, hacia la oscuridad, hacia cualquier lugar que no fuera donde estaba.

Se quedó exactamente donde estaba y se inclinó ligeramente hacia la puerta de cristal, como si leyera algo en el escaparate interior.

La máscara guardada en el bolsillo en un movimiento que cabía en un segundo.

El abrigo negro contra el ángulo oscuro del vestíbulo.

Los dos hombres pasaron a cuatro metros.

Uno dijo algo sobre un evento del partido de la semana siguiente.

El otro rió.

Sus pasos se alejaron sin detenerse.

Pietro esperó hasta que el sonido desapareció en la calle. Luego exhaló despacio, con esa lentitud que el cuerpo necesita después de que el peligro pasa y que no tiene ningún decoro ni ninguna elegancia — simplemente el aire saliendo porque ya puede salir.

Terminó de depositar los panfletos.

Siguió.

El tercer barrio fue Mitte.

No fue casualidad.

Mitte era el barrio donde había muerto Greta. Donde había estado de pie en la acera viendo lo que no podía impedir. Donde había aprendido, con la brutalidad de las cosas que se aprenden demasiado tarde, que ceder cuando no se debe tiene un precio que no se paga solo.

Pietro caminó por las calles de Mitte con la misma economía de movimientos de los barrios anteriores.

Los últimos panfletos en tres lugares diferentes.

Una entrada de metro cerrada a esa hora pero con el espacio del vestíbulo accesible.

Un banco bajo un farol apagado. Y el último — el que Pietro guardó para el final conscientemente, sin decidirlo del todo pero sabiéndolo — en la esquina exacta de la calle donde Greta había estado de pie aquella mañana de mayo.

No había ninguna marca en esa esquina.

Ninguna señal de lo que había ocurrido ahí.

Berlín no guardaba marcas de ese tipo, al menos no aún.

Pietro depositó el último panfleto en el portal del edificio de la esquina, en el mismo ángulo de sombra, y se quedó quieto un momento con la máscara todavía en la cara y el sombrero y el abrigo y el silencio de una calle de Mitte a las doce de la noche.

Una figura oscura con un pico largo.

Nadie a la vista.

Pietro se quitó la máscara.

Y volvió a Savignyplatz.

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Al día siguiente Berlín era exactamente igual que siempre.

La radio con sus partes de victoria. Los periódicos con sus titulares sobre el avance hacia Moscú. Los berlineses en los tranvías leyendo sobre la inminente caída del frente oriental con esa mezcla de orgullo y alivio de quienes llevan meses esperando que les digan que ya casi termina.

Pietro llegó a la embajada a las ocho y media.

Malaspina estaba en su despacho ajustando la agenda de la semana.

Lucia tenía expedientes sobre la mesa con esa atención suya que no necesitaba levantar la vista para saber quién entraba.

Giulio llegó diez minutos tarde con el café y la expresión de quien no ha dormido suficiente pero ha decidido que eso no es relevante para nadie más que para él.

Todo en su sitio.

Pietro trabajó hasta las dos. Revisó correspondencia de protocolo, firmó tres autorizaciones, tradujo un fragmento de comunicado del Ministerio de Exteriores alemán que no tenía nada interesante que decir pero que requería una versión en italiano de todas formas.

A las dos y cuarto, Giulio entró con los telegramas del día.

—Noticias del frente del este —dijo—. El Grupo de Ejércitos Centro está a doscientos kilómetros de Moscú. Los partes hablan de resistencia inesperada pero de avance sostenido. —Dejó la pila sobre el escritorio—. También hay algo sobre el clima. Primeras nevadas tempranas en el frente norte.

Pietro tomó los telegramas. Los leyó.

Nevadas tempranas.

Eso era exactamente lo que Göring había mencionado en la terraza de Carinhall. El invierno ruso. Lo que los ejércitos no preparados para él no sobrevivían igual que los que sí lo estaban.

—¿Algo más? —dijo Pietro.

—Nada relevante.

Pietro dobló los telegramas.

—Gracias, Giulio.

Giulio salió. Pietro se quedó con la pila de papeles delante y Berlín afuera celebrando victorias que todavía eran reales pero que ya tenían las primeras grietas — grietas invisibles desde la calle, invisibles desde las cervecerías y los Volksempfänger, visibles solo para quien sabía leer los detalles que los partes de victoria omitían.

Nevadas tempranas.

Doscientos kilómetros de Moscú.

Esa tarde Pietro bajó de nuevo al sótano y preparó el tipo para un segundo panfleto.

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Esa noche no hizo nada. Apagó la lámpara y se quedó sentado en la oscuridad con el reloj de Conti en la palma de la mano y Berlín afuera con su radio de una sola estación y sus certezas de cartón y sus nevadas tempranas en el frente norte que nadie había conectado todavía con lo que venía.

No era suficiente.

Nunca iba a ser suficiente.

Pero algo se había puesto en movimiento.

Y en esa ciudad donde todo estaba controlado y medido y ordenado con una precisión que no dejaba espacio para el error, algo que no tenía nombre ni cara ni dirección había depositado veinte hojas de papel en veinte lugares distintos con veinte preguntas que nadie iba a poder responder con una consigna.

En algún portal de Charlottenburg, en alguna cabina de Schöneberg, en alguna esquina de Mitte, alguien iba a encontrar ese papel.

Y lo iba a leer.

Y en alguna cocina de Berlín, en voz baja, alguien iba a decir lo que llevaba meses pensando en silencio.

Eso era suficiente.

Por ahora, eso era suficiente.