CAPÍTULO 20 — El primer vuelo #3
En la tarde del 36 cuando Lucia le había cortado el paso antes de que pudiera acercarse a este lugar. Cuatro años. La imprenta había estado aquí cuatro años esperando que alguien bajara y empujara la puerta.
Pensó también en la noche del 25 de agosto del año anterior.
Las sirenas a las doce. Los vecinos de Savignyplatz bajando al sótano del edificio con mantas y caras de quien no termina de creer lo que está ocurriendo.
Pietro entre ellos, escuchando el ruido sordo y lejano de las bombas cayendo en algún lugar de la ciudad — no cerca, no esa noche, pero ahí, inconfundible, real.
Y recordó la frase que Göring había dicho meses antes con toda la arrogancia de un hombre que no concibe que el mundo pueda contradecirlo: que si algún avión enemigo sobrevolaba Berlín alguna vez, que lo llamaran Meyer.
Lo había dicho en público, con su voz de hombre acostumbrado a que las cosas ocurran como las declara.
Y esa noche de agosto, en el sótano, algún vecino lo había susurrado en la oscuridad con una risa que no era risa: Meyer. Ya lo llaman Meyer.
Hizo el cuarto intento.
El papel salió limpio.
Pietro lo sostuvo bajo la linterna y leyó lo que había impreso.
El texto de prueba que había usado — tres líneas de un poema de Schiller que sabía de memoria desde la universidad — aparecía con una claridad que lo sorprendió.
No perfecta. No la claridad de una imprenta industrial.
Pero sí la claridad de algo que existe y que puede leerse y que llegará a los ojos de quien lo encuentre.
Suficiente.
Pasó la siguiente hora aprendiendo a montar el tipo.
Las letras individuales, metálicas, que encajaban en el bastidor como un rompecabezas que requería inversión especular — cada letra al revés para que al imprimirse quedara correcta.
Un trabajo de paciencia y precisión que Pietro hizo en silencio, con las manos que se fueron manchando de tinta hasta los nudillos, con la concentración específica de quien está aprendiendo algo nuevo que no admite error.
Cuando tuvo listo el primer texto real, eran las once de la noche.
Se limpió las manos lo que pudo.
Y leyó lo que había montado antes de imprimir.
---
No era un manifiesto.
Pietro lo había decidido así desde el principio.
Los manifiestos eran para los que tenían tiempo de convencer, para los que hablaban a lectores que ya estaban dispuestos a escuchar.
Lo que él necesitaba era otra cosa: preguntas.
El tipo de preguntas que la gente ya se hacía en privado y que, al verlas impresas, reconocería como suyas y no como la propaganda de un enemigo.
Algo tan viejo como la mayéutica de Socrates.
Preguntas concretas. Ancladas en hechos. Del tipo que no se podía responder con una consigna.
El texto que había montado en el bastidor decía:
PREGUNTAS QUE NADIE RESPONDE
El Reichsmarschall Göring prometió públicamente que ningún avión enemigo sobrevolaría Berlín. Los berlineses lo llaman Meyer desde que cayeron las primeras bombas. ¿Cuántas más promesas se cumplen de la misma manera?
Napoleón abrió dos frentes. Los libros de historia explican cómo terminó. El invierno ruso lleva semanas. Moscú no ha caído. ¿Alguien en Berlín ha leído esos libros?
Estas no son preguntas de un enemigo de Alemania. Son las preguntas de un alemán que quiere que su país sobreviva a sus líderes.
Piensa. Mientras todavía puedes.
Pietro lo leyó una vez en silencio.
Luego lo leyó en voz baja, en alemán, escuchando el peso de cada frase en el aire del sótano.
No era perfecto. La línea de Napoleón era quizás demasiado directa. Pero era verdad. Y en ese Berlín de octubre, la verdad directa era exactamente lo que nadie se atrevía a decir. Ese era el tipo de silencio que necesitaba tener palabras.
Imprimió veinte copias.
Una por una, con la precisión del que ha aprendido a controlar la presión exacta del rodillo y el movimiento exacto de la palanca. Veinte hojas de papel que fueron apilándose sobre la mesa de madera con esa lentitud deliberada de los actos que no tienen vuelta atrás.
Cuando terminó contó las copias.
Veinte.
Las dobló en cuatro y las guardó en el bolsillo interior del abrigo.
Cubrió la imprenta con la lona.
Y subió las escaleras.
---
En el apartamento, las máscaras estaban donde siempre habían estado.
En la pared del estudio, junto a la ventana que daba al patio interior — tres piezas que su madre había enviado desde Venecia cuando supo que lo destinaban a Berlín.
No como adorno sino como lo que eran: objetos de una ciudad que sabía desde el siglo quince que a veces hace falta ser alguien más que uno mismo para sobrevivir al carnaval de otros y como recordatorio de su tierra, su madre era del Veneto.
Una bauta blanca de porcelana. Una colombina con plumas azules y doradas. Y la tercera — la que Pietro había colgado en el centro sin saber por qué la había elegido para ese lugar, la que siempre le había producido algo difícil de nombrar cuando la miraba demasiado tiempo.
La máscara del médico de la peste.
Negra. Con el pico largo que los médicos del quattrocento llenaban de hierbas aromáticas y especias para acercarse a los enfermos sin respirar el mismo aire.
Los ojos ovalados de vidrio oscuro. La expresión que no tenía expresión porque una máscara con pico no puede tenerla — solo presencia, solo la silueta de algo que viene a donde los demás no se atreven a ir.
Desde cierto ángulo, en cierta luz, el pico parecía un ala.
Pietro la miró durante un momento.
Luego la descolgó.
No fue una decisión dramática. No hubo revelación ni música interior ni el tipo de momento que uno recuerda después como el punto exacto donde todo cambió.
Fue un gesto práctico: iba a salir de noche con veinte panfletos por tres barrios de Berlín, y necesitaba que nadie pudiera identificarlo.
Y la solución más obvia era también la más antigua — la que las ciudades europeas habían inventado siglos antes para los que necesitaban moverse entre el mundo y la oscuridad sin dejar rastro de su nombre.
Se puso el abrigo negro.
El sombrero de ala ancha que guardaba en el armario desde hacía años, del tipo que ningún berlinés del 41 usaba ya pero que seguía siendo un sombrero y no un uniforme.
Y luego la máscara.
Se acercó al espejo del pasillo.
El hombre que lo miró desde el cristal no era Pietro Alessandro Berardi, segundo de la embajada italiana en Berlín, ciudadano de un país aliado, diplomático con cinco años en esa ciudad y una historia que nadie en ella conocía del todo.
Era otra cosa.
Una silueta negra con un pico largo en la oscuridad de un corredor.
Una figura que en la calle, de noche, podría ser cualquier cosa o no ser nada — podría ser el tipo de cosa que los testigos describen después con palabras que no terminan de cuadrar entre sí, que nadie recuerda del todo, que el miedo convierte en algo más grande o más pequeño de lo que fue.
Pietro se miró durante unos segundos.
Pensó en Greta.
En Conti.
En el hombre con el cartel de la relojería y sus cuarenta y siete años.
En los doscientos treinta y tres que ya estaban en otro lado.
En Göring brindando por la visión.
Y en los veinte panfletos doblados en el bolsillo interior del abrigo.
Luego salió.
---
Berlín de noche en octubre tenía un silencio que no era paz.
Era contención.
La ciudad que había aprendido a existir en dos registros simultáneos: la superficie donde todo funcionaba con precisión, y el interior donde la gente calculaba constantemente qué podía decirse y qué no, dónde poner los ojos, qué tan fuerte reírse de un chiste que rozaba algo peligroso.
Cinco años en esa ciudad habían convertido esa lectura en instinto para Pietro — el termómetro permanente de la tensión en el aire, la evaluación automática de cada figura de uniforme, cada coche que pasaba, cada ventana iluminada en un piso alto.
Esa noche el termómetro decía que la calle estaba tranquila.
Tranquila con esa calma específica de los martes de otoño cuando la gente ha vuelto de sus cenas y todavía no es medianoche y los únicos que caminan tienen razones para hacerlo.
Pietro salió de Savignyplatz hacia el oeste, hacia Charlottenburg, con el paso de alguien que tiene un destino y que ese destino es perfectamente ordinario.
El miedo estaba ahí.
No lo romantizó. Era un miedo físico, concreto, instalado en el pecho con esa densidad de las cosas que no desaparecen porque uno decida ignorarlas.
El corazón que latía un grado más rápido de lo normal.
Las manos que sabían exactamente dónde estaban los panfletos en el bolsillo y que resistían el impulso de comprobarlo una vez más.
Los ojos que procesaban el espacio con una velocidad que el cuerpo había desarrollado sin que Pietro lo decidiera — en cinco años de Berlín, el sistema nervioso había aprendido a leer la ciudad antes de que la mente interviniera.
Pero seguía caminando.
La máscara bajo el sombrero, guardada en el bolsillo del abrigo. No la llevaría puesta en las calles principales — eso sí llamaría la atención. Solo en los momentos donde pudiera ser visto depositando algo, donde la cara importaba.
El primer barrio fue Charlottenburg.
Los portales de los edificios de la Kantstraße.
Los espacios entre la calle y el interior donde la gente recogía el correo, donde se cruzaban los vecinos, donde un papel podía quedar apoyado contra una pared durante horas antes de que alguien lo notara.
Pietro se detuvo frente al primer portal.
Miró la calle en las dos direcciones. Vacía.
Se puso la máscara con un gesto rápido. Depositó tres panfletos en el suelo del portal, apoyados contra la pared derecha donde la luz de la calle no llegaba pero donde quien entraba los vería. Se quitó la máscara. Siguió caminando.