El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 20 — El primer vuelo #2
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CAPÍTULO 20 — El primer vuelo #2

Lo dijo sin énfasis. Sin ironía visible. Con la neutralidad exacta de la frase que uno dice cuando ya no puede decir la verdad pero tampoco puede decir la mentira completa.

Los dos la escucharon en el aire.

Los dos sabían lo que significaba.

—Claro —dijo Pietro.

Göring levantó su copa.

—Por la visión —dijo.

—Por la visión —respondió Pietro.

Bebieron. Y en ese brindis había todo lo que ninguno de los dos iba a decir en voz alta pero que ambos habían escuchado perfectamente: que el hombre más poderoso de Alemania después de Hitler acababa de admitirle, a través de una frase que era su exacto contrario, que esto podía terminar muy mal.

Tal vez por eso lo citó esa tarde el Reichsmarshall, para comentarle a alguien de confianza una preocupación que no podía externar.

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El coñac siguió circulando.

En algún punto de la tarde — el sol ya bajo entre los árboles, los ciervos más cerca de la terraza — Göring se levantó a buscar otra botella.

Pietro lo observó caminar y notó lo que había estado notando desde que llegó pero que no había nombrado todavía: el movimiento de las manos.

Un temblor mínimo, apenas perceptible, que no existe cuando uno está ocupado con gestos deliberados pero que aparece en los momentos de quietud.

Y algo en los ojos — no la turbidez del alcohol sino algo más específico, más farmacológico, la quietud artificial de quien ha necesitado algo para sostenerse.

Göring volvió con la botella y dos cigarros.

Pietro tomó el cigarro. Esperó a que Göring se sentara. Luego dijo, con la misma voz de siempre:

—¿Cómo está su salud, Reichsmarschall?

Göring lo miró.

—Perfectamente.

—Me alegra —dijo Pietro. Una pausa—. Cada quien enfrenta sus demonios como puede. Yo no diría nada al respecto. A nadie.

El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores.

Göring lo miró durante un momento largo. No con hostilidad sino con algo más complejo y más vulnerable: el reconocimiento de alguien que acaba de ser visto de una manera que no esperaba y que no sabe todavía si eso es una amenaza o un acto de confianza genuina.

Era un acto de confianza.

Y Göring, que llevaba décadas distinguiendo los dos, lo supo.

—Las heridas del 23 —dijo finalmente, en voz más baja—. Morfina para el dolor. Un dolor que nunca terminó del todo. —Una pausa—. Ya no es fácil dejarlo.

—Lo imagino —dijo Pietro.

Göring asintió. Encendió el cigarro con un gesto que era también una manera de cambiar el tema sin borrarlo.

—Usted es un hombre peculiar, Berardi —dijo—. En todos los años que llevo en este trabajo he aprendido a distinguir a los que me halagan de los que me respetan. No son los mismos. —Una pausa—. Usted no me halaga.

—No.

—Me gusta eso.

Se miraron. Y en esa mirada había algo que no era amistad exactamente sino el reconocimiento de dos hombres que se habían visto de verdad en varios momentos a lo largo de años y que habían decidido, cada uno por sus propias razones, que eso valía algo independientemente de en qué lado de la historia terminara cada quien.

—Las mujeres lo van a matar, Berardi —dijo Göring entonces, con un tono que mezcló la advertencia y algo parecido a la ternura de un hombre mayor que ha visto demasiado—.

Ana Hartmann primero, con todo ese escándalo en casa de sus padres.

Y luego la enfermera. Las dos. —Hizo una pausa—.

Los hombres como usted siempre terminan muriendo por amor.

Es un defecto de carácter. Muy italiano.

Pietro no respondió de inmediato.

—¿Tan informado sigue estando? —dijo al fin.

—Hay ciertas personas que aún me deben lealtad. —Göring exhaló el humo despacio—. Su lealtad es conmigo, no con el falso soldado de Himmler ni con el sádico de Heydrich. —Otra pausa—. Y yo, por mi parte, tengo ciertos... intereses en que usted siga cometiendo sus errores sentimentales en libertad.

—¿Por qué?

Göring lo miró con algo que en un hombre menos complicado habría sido simplemente afecto.

—Porque me divierte su conversación —dijo—. Y porque los hombres que dicen la verdad aunque no deban son escasos en este país. —Pausa—. Cuídese, Berardi. Y sea prudente.

Pietro pensó en responder.

Luego pensó que no había nada que añadir a eso.

—Hasta la próxima, Reichsmarschall.

—Hasta la próxima, querido amigo.

Göring levantó su copa una última vez.

Pietro la levantó también.

Y en ese último brindis sin palabras había toda la distancia del mundo entre dos hombres que se apreciaban y que nunca estarían del mismo lado de nada que importara.

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Condujo de regreso a Berlín con la tarde cerrándose detrás de los árboles.

El brindis por la visión.

El Führer tiene una visión que los demás no alcanzamos a ver.

Dicho con esa voz. Con esa neutralidad que era lo contrario de la neutralidad.

Pietro lo repasó mientras las luces de Berlín aparecían en el horizonte.

Göring era el segundo hombre más poderoso del Reich.

Había construido la Luftwaffe desde cero, había diseñado la Gestapo antes de cederla a Himmler, había piloteado en la guerra anterior y había sobrevivido a todo — al putsch fallido, a la adicción, a las purgas, a los errores.

Era un hombre que conocía el poder desde adentro con una profundidad que pocos en Europa podían igualar.

Y ese hombre acababa de decirle, con la elegancia de los que no pueden decir la verdad directamente, que había dudas.

Que el gigante soviético no se había derrumbado en ocho semanas como prometían.

Que el invierno estaba llegando. Que dos frentes eran dos frentes independientemente de cuántas victorias se acumularan.

Y si había dudas en Carinhall, en la terraza de un hombre que bebía coñac rodeado de ciervos mientras la guerra seguía sin él, ¿qué había en las cocinas de Berlín?

¿En los trenes del amanecer llenos de hombres que iban hacia el este sin saber si volverían?

¿En las familias que recibían cartas que decían que todo iba bien pero que cada semana llegaban un poco menos seguido?

La duda existía.

Silenciosa, sin nombre, sin nadie que se atreviera a darle forma.

Pietro entró al garaje de la embajada y apagó el motor.

Se quedó quieto un momento en el silencio del coche.

Luego subió a su despacho, terminó los expedientes pendientes del día, saludó a Malaspina que preguntó por el fin de semana con esa despreocupación calculada de quien quiere saber pero no quiere parecer que quiere saber, y a las siete caminó hacia Savignyplatz.

Esa noche no abrió su cuaderno.

Esa noche pensó.

Los días que siguieron tampoco lo abrió.

Necesitaba que las cosas se asentaran antes de ponerles nombre.

Julio terminó. Agosto llegó con su calor pesado y sus partes de guerra que seguían siendo victorias pero que cada semana sonaban un grado menos contundentes.

Septiembre con las primeras hojas caídas y los titulares que ya no prometían fechas sino avances sostenidos.

Y octubre con el frío instalándose sobre Berlín y Moscú todavía sin caer y el plazo de agosto convertido en un silencio que nadie nombraba pero que todos habían calculado

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Bajó al sótano una noche de octubre, cuando ya no había más excusas para seguir esperando.

No con un plan. Con la certeza acumulada de años de saber que la imprenta estaba ahí y que en algún momento iba a bajar y que ese momento había llegado.

La escalera con su olor a piedra húmeda y a años.

El corredor del sótano con las cajas de archivo y los muebles sin uso.

La puerta de madera al fondo que la humedad había hinchado y que Pietro tuvo que empujar con el hombro para abrir.

El olor llegó antes que cualquier otra cosa.

Tinta.

No la tinta de las plumas ni la de los sellos de caucho. Algo más profundo y más antiguo: tinta mezclada con el aceite de la maquinaria y el papel y los años, el olor de las palabras antes de existir en papel, el olor de todo lo que se ha impreso y de todo lo que podría imprimirse todavía.

Pietro levantó la linterna.

La lona gris cubría la imprenta como siempre. La levantó por una esquina y el polvo de mucho tiempo se movió en el haz de luz con la lentitud de los lugares que han estado dormidos.

Debajo: hierro. Rodillos. El bastidor para el tipo móvil. La palanca de presión. Una imprenta de barrio — del tipo que en otra vida habría impreso menús y programas de teatro y anuncios de comercios. Sin electricidad. Manual. Del tipo que requiere fuerza y paciencia y aprendizaje.

Pietro la estudió durante diez minutos sin tocar nada.

Luego empezó.

El primer intento fue un desastre.

Demasiada tinta en el rodillo — una mancha oscura que convirtió el papel en algo ilegible, una superficie negra donde las letras se ahogaban sin dejar rastro.

Pietro limpió el rodillo con un trapo que encontró colgado de un clavo en la pared, gastado y rígido de años sin uso pero todavía funcional. Volvió a cargar. Menos tinta esta vez.

El segundo intento produjo letras pero el papel se había movido durante la presión y el resultado era un texto en diagonal, las palabras deslizándose hacia la esquina inferior derecha como si intentaran escapar de la hoja.

Pietro maldijo en italiano, en voz baja, y ajustó las guías de papel. Volvió a intentarlo.

El tercero empezó a parecerse a algo.

Las letras estaban ahí. Irregulares, con presión desigual — algunas más oscuras, otras casi transparentes — pero legibles.

El tipo móvil que alguien había dejado montado en el bastidor era antiguo pero funcional, la misma fuente sobria y sin adornos que Pietro había visto en los panfletos que circulaban en la clandestinidad europea durante los años treinta.

Alguien había usado esta máquina antes.

No recientemente. Pero sí. El tipo montado lo decía. El trapo con restos de tinta endurecida lo decía. La posición exacta de los rodillos, ajustada para un papel de un tamaño específico, lo decía.

Pietro pensó en Conti.