El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 20 — El primer vuelo
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CAPÍTULO 20 — El primer vuelo

«En los tiempos de mayor certeza del poder es cuando la duda es más peligrosa. Y por eso más necesaria.»

Berlín celebraba.

No con la euforia contenida y algo nerviosa de los primeros días de Polonia, cuando todavía había incertidumbre sobre si Inglaterra y Francia reaccionarían.

No con el orgullo calculado del armisticio francés en el vagón de Compiègne, donde la historia era grande pero solemne.

Esto era diferente. Esto era la confirmación de algo que el Reich llevaba años prometiendo: que Alemania era invencible cuando se lo proponía, que los hombres correctos al mando y la voluntad suficiente bastaban para doblar incluso al gigante soviético que todos los estrategas del mundo habían considerado indomable.

Las cervecerías a rebosar. Los Volksempfänger transmitiendo partes de victoria a todas horas.

Los mapas en los escaparates de las papelerías con alfileres que la gente movía hacia el este cada semana como si fuera un juego colectivo, una fiesta compartida.

Madres que recibían cartas del frente con frases como «esto va a terminar antes de Navidad» y que las leían en voz alta a las vecinas con los ojos brillantes.

Hombres de mediana edad en los bares que hablaban con la autoridad de los que nunca han ido a la guerra pero que en ese momento específico sentían que la entendían perfectamente.

Hitler en su cuartel general de Rastenburg, según lo que Pietro escuchaba en los despachos que pasaban por la embajada, decía que la Unión Soviética era un coloso con los pies de barro y que el golpe correcto lo había derrumbado.

Que en ocho semanas más estaría todo resuelto.

Que el invierno llegaría con Moscú tomada y el frente oriental cerrado.

Ocho semanas.

Pietro leyó ese cálculo en un cable del 14 de julio y lo guardó en el lugar donde guardaba las cosas que necesitaba recordar.

Porque llevaba cinco años en esa ciudad.

Había visto Berlín pulida para los Juegos del 36, había visto Berlín celebrar el Anschluss, había visto Berlín celebrar Múnich y Polonia y Francia.

Y lo que había aprendido en cinco años de leer esa ciudad era que Berlín en euforia era la versión más peligrosa de sí misma — no porque fuera malvada, aunque también lo era, sino porque en euforia no escuchaba.

En euforia, la ciudad entera se convertía en un solo oído que solo percibía las frecuencias que confirmaban lo que ya quería creer.

Y en ese Berlín eufórico, en ese otoño donde todo parecía ir exactamente como estaba previsto, nadie prestaba atención a lo que no encajaba.

Eso, pensó Pietro, era exactamente el momento.

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La llamada llegó un miércoles de julio.

No a través de Vogel, que era el canal habitual — Vogel con su traje gris y su libretita negra y esa cortesía de inventario que anunciaba las visitas del Reichsmarschall como si fueran trámites administrativos.

Esta vez fue directa: un número del Ministerio del Aire, una voz que dijo simplemente que el Reichsmarschall estaría en Carinhall el próximo fin de semana y que apreciaba la compañía.

No era una invitación.

Era lo que siempre era con Göring: una declaración de lo que ya había decidido que ocurriría.

Pietro fue.

Condujo hacia el norte por las autopistas que Alemania construía con la convicción de los que planifican para un futuro que no han terminado de ganar.

El Lancia entre camiones militares y convoyes que iban hacia el este — hacia la frontera, hacia Polonia, hacia el frente que devoraba distancias con una velocidad que los partes de guerra describían como histórica y que desde el interior de un coche en una autopista alemana se parecía, simplemente, a mucho tráfico en una dirección.

El bosque de Schorfheide comenzó a cerrarse alrededor de la carretera.

Pietro pensó en lo que llevaba semanas pensando: que en ese otoño de victorias aplastantes, en esa Alemania que creía que había ganado ya, no había nadie dentro del sistema dispuesto a hacer la pregunta que ningún general, ningún ministro, ningún funcionario del partido se atrevía a formular en voz alta.

Que si todo iba tan bien, ¿por qué seguía habiendo guerra?

¿Por qué Inglaterra no había cedido? ¿Por qué dos frentes cuando el primero no estaba cerrado?

Nadie lo preguntaba.

Nadie excepto, quizás, un hombre que piloteó aviones en la guerra anterior y que sabía lo que hacían las líneas largas de suministro con los ejércitos en invierno.

Carinhall en julio era diferente al Carinhall de otoño que Pietro había conocido cuatro años antes.

Más verde. Más abierto. El bosque alrededor con esa exuberancia del verano del norte que convertía hasta los lugares construidos para intimidar en algo casi natural.

Los ciervos que Göring criaba en los terrenos aparecían entre los árboles con la calma de los animales que han aprendido que el hombre del lugar no los caza por necesidad sino por ceremonia.

Göring lo recibió en la terraza.

No con el aparato de las recepciones formales — solo él, una mesa con dos sillas y una botella de coñac ya abierta.

El traje de verano, sin condecoraciones, con esa manera suya de ocupar el espacio que no dependía de los uniformes sino de algo más antiguo y más difícil de quitar.

El segundo hombre más poderoso del Reich descansando en su terraza como si la guerra fuera una molestia administrativa que otros estaban gestionando.

—Berardi —dijo, sin levantarse, con la media sonrisa de siempre—. Pensé que a lo mejor no vendría.

—¿Por qué no habría de venir?

—Porque los hombres con malas conciencias evitan las conversaciones largas.

Pietro tomó asiento.

—Entonces no debería tener problema.

Göring sirvió dos copas. Bebieron en silencio un momento. El bosque alrededor. Los ciervos a lo lejos. La guerra en algún lugar del este que desde esa terraza era simplemente una abstracción con banderas.

—He oído cosas —dijo Göring finalmente, con esa voz suya de hombre que tiene información y elige cuánto mostrar—. Sobre Greta Hoffmann.

El nombre cayó sobre la mesa con el peso exacto con que Göring sabía poner las cosas.

Pietro no cambió nada en su expresión.

—¿Qué tipo de cosas?

—El tipo que llega a los oídos de alguien que tiene ciertos contactos en la Prinz-Albrecht-Straße.

—Una pausa—. Personas que todavía me deben lealtad, aunque oficialmente la Gestapo ya no sea de mi competencia.

—Otro silencio, más calculado—. Heydrich es un asesino sádico, Berardi.

No lo digo como crítica política. Lo digo como constatación médica.

Y Himmler es un falso soldado que nunca pisó un campo de batalla y que cree que la guerra solo es un tablero de ajedrez — con la diferencia de que las piezas que mueve sangran.

—Entiendo —dijo Pietro.

—Me alegra. —Göring bebió—. Entonces entiende también que lo que esas personas me cuentan no llega a otras mesas. Al menos mientras yo pueda evitarlo.

Pietro lo miró.

Göring no apartó la vista.

—Querido amigo —dijo Pietro, con la calma que había tardado años en construir—.

Ya sabe usted que no comparto muchas de las decisiones que se toman en este país.

Lo sabe desde aquí en Carinhall, desde aquella primera cena.

Mi postura y convicciones no han cambiado.

Lo que sí ha cambiado es que aprendí cuándo hablar y cuándo no.

—Una pausa—. Ocupo un lugar en la embajada.

Represento a Italia. No haría nada que dejara mal parado a mi país ante su mayor aliado.

Aprendí esa lección. Usted mismo me ayudó a aprenderla.

Göring lo estudió durante un momento.

—¿En realidad aprendió la lección? —dijo, con esa voz suya que no preguntaba sino que medía—. Usted no se me hace de los que se quedan callados.

—En este caso sí, querido amigo.

El silencio que siguió fue del tipo que existe entre dos hombres que se conocen suficiente para saber que el otro no ha dicho todo, y que han decidido, por razones distintas y quizás igualmente convenientes, no insistir.

Göring sirvió más coñac.

—Bien —dijo—. Entonces hablemos de otra cosa.

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Fue Göring quien lo puso sobre la mesa.

No con solemnidad — con la naturalidad de alguien que lleva semanas pensando en algo y que finalmente encuentra el contexto correcto para decirlo en voz alta.

—Barbarroja —dijo, mirando el bosque.

Pietro esperó.

—Llevan seis semanas. Avanzan. —Göring giró la copa—.

Kiev va a caer antes del otoño. Leningrado está cercada.

Moscú es cuestión de meses, dicen. —Una pausa—.

El Führer cree que el asunto está resuelto.

Que los rusos van a colapsar como los franceses.

Que es cuestión de empujar con suficiente fuerza.

—¿Y usted? —dijo Pietro.

Göring no respondió de inmediato. Tomó la copa. Bebió despacio, con esa lentitud de los que necesitan el tiempo que dura un trago para elegir lo que van a decir a continuación.

—Yo volé en la guerra anterior —dijo—. Sé lo que son las líneas largas de suministro. Sé lo que puede hacer el invierno ruso con un ejército que no este preparado para él. —Pausa—. Y sé lo que significa abrir dos frentes cuando el primero todavía no está cerrado.

—Inglaterra —dijo Pietro.

—Inglaterra. —Göring asintió, apenas—. Churchill no va a ceder.

Lo conozco por su reputación y por lo que me dicen los que lo conocen de verdad.

No es Chamberlain. No va a venir a ningún Múnich a firmar nada.

—Una pausa más larga—. Y mientras Inglaterra siga en pie, ese flanco occidental es un problema.

Y ahora tenemos el oriental también. Napoleón abrió dos frentes. Ya sabemos cómo terminó.

Pietro lo miró con atención.

—¿Se lo ha dicho al Führer?

Göring soltó algo que no era exactamente una risa — más bien el sonido de alguien que ha llegado al punto donde ciertas preguntas ya no tienen respuesta útil.

—El Führer —dijo, con una voz que bajó medio tono— tiene una visión que los demás no alcanzamos a ver.