CAPÍTULO 18 — Lo que no se nombra en voz alta #3
No la sonrisa de la cervecería de Múnich, no la sonrisa de esa manera suya de los ojos antes que la boca. Una sonrisa diferente — más pequeña, más hacia adentro, la sonrisa de alguien que ha llegado al final de un camino y ha decidido cómo terminarlo.
Llevaba tiempo en la resistencia.
Había perdido personas. Había visto lo que les hacían. Sabía lo que pasaba en los campos — Pietro mismo le había contado lo de Conti, el triángulo rosa, lo que Turner le había descrito en el Friedrichshain con esa voz de quien dice cosas terribles porque merecen ser dichas.
Greta sabía.
La mano derecha se movió hacia el bolsillo del abrigo. El hombre de civil vio el movimiento. —¡Quieta! Greta fue más rápida. El disparo fue seco. Único.
Irene gritó. Como quien se sabe perdida.
No fue un grito de miedo — fue el sonido de alguien a quien el mundo acaba de cambiar de forma irreversible y el cuerpo no tiene otra respuesta.
Un sonido que atravesó la calle y rebotó en las fachadas y llegó a los oídos de todos los que estaban en esa acera y en las aceras de enfrente y en los pisos de arriba con las ventanas entreabiertas.
La gente se volvió.
Berlín en su contradicción de siempre — nadie se mete con la Gestapo pero un disparo de día en una calle tranquila de Mitte hace que las cabezas giren, que los pasos se detengan, que los curiosos se acerquen con esa mezcla de horror y fascinación que la ciudad había aprendido a disfrazar de indiferencia.
Un hombre mayor se asomó desde una portería.
Dos mujeres con bolsas de la compra se detuvieron en la esquina opuesta.
Un chico de uniforme que pasaba en bicicleta frenó sin bajarse, observando.
Los agentes de la Gestapo con Irene. El procedimiento. La calle que se llenaba.
Pietro estaba de pie en la acera.
No recordaba haber caminado hacia la escena. No recordaba haber cruzado los metros que lo separaban de la esquina. Pero estaba ahí, entre la gente que se acercaba, con los pies plantados en el adoquín y los ojos en el punto de la acera donde Greta había estado de pie un momento antes.
El cuerpo de Greta en el suelo.
El abrigo. El pelo. La postura que ya no era una postura sino la ausencia de todas las posturas que había tenido.
Pietro no se movió.
Alguien a su lado dijo algo — una exclamación, una pregunta, el tipo de palabras que la gente dice cuando no sabe qué decir. Pietro no lo registró. Estaba mirando el abrigo. El bolsillo derecho. La mano que ya no se movía.
Un codo lo empujó sin querer — alguien abriéndose paso entre los curiosos.
Y algo en Pietro se activó.
No pensamiento. No decisión. Algo más antiguo y más automático — el instinto de quien lleva cinco años sobreviviendo en una ciudad que premia a los invisibles.
Los pies que empezaban a moverse. El cuerpo que giraba.
La mano derecha temblándole sin parar. Los ojos que dejaban de mirar a Greta y empezaban a leer el espacio — los agentes ocupados con Irene, la gente entre él y ellos, la esquina a ocho metros, el callejón a media cuadra.
Caminó.
No corrió. Caminar era invisible. Correr era una declaración.
Caminó con el paso de quien ha visto algo que no quería ver y se marcha porque no hay nada que pueda hacer — que era la verdad, que era exactamente la verdad, aunque esa verdad tuviera un peso específico que Pietro no estaba seguro de poder cargar.
Dobló la esquina.
El callejón. El coche. La matrícula diplomática brillando en la penumbra.
Se sentó al volante.
No arrancó.
Tenía las manos sobre el cuero y los ojos en el parabrisas y el disparo todavía en los oídos aunque había dejado de existir hacía minutos. El cuerpo procesando con esa lentitud brutal de las cosas que son demasiado grandes para procesarse de golpe.
Greta.
El abrigo en el suelo. La mano que no se movía.
Había cedido.
Lo había sabido en el momento en que cedió. Lo había guardado. No lo había dicho.
Y ahora Greta estaba muerta en una calle de Mitte y él estaba sentado en un callejón con las manos sobre el volante sin saber si arrancar o quedarse, si el coche era una coartada o una condena, si alguien había visto la matrícula, si alguien lo había visto a él entre la gente, si la Gestapo iba a atar el hilo esta tarde o mañana o la semana que viene pero iba a atarlo, eso era seguro, eso era lo único seguro en este momento.
Arrancó.
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Berlín afuera con su normalidad de ciudad que no para.
Pietro condujo sin pensar en el trayecto — las manos que conocían las calles mejor que la cabeza en ese momento. Tiergarten. La Tiergartenstraße. La entrada de servicio de la embajada donde aparcaba siempre el coche cuando volvía de misiones que no necesitaban explicación.
Lucia estaba en el pasillo cuando Pietro entró.
Lo vio y supo.
No lo que había pasado — eso todavía no. Pero sí que algo había pasado. Lucia tenía esa capacidad suya de leer a Pietro como se lee un documento en el idioma que uno lleva años traduciendo — rápido, sin esfuerzo, sin margen para el malentendido.
—¿Dónde ha estado? —dijo, con la voz baja de quien pregunta algo que necesita respuesta antes de que alguien más lo pregunte.
Pietro la miró.
—Fuera —dijo.
—El coche no estaba. Malaspina preguntó por usted hace una hora. —Una pausa—. ¿Qué pasó?
—Un asunto. —La voz de Pietro sonó extraña hasta para él mismo — demasiado plana, demasiado controlada, el tipo de control que es lo contrario de la calma—. No tengo que darte explicaciones, Lucia. No olvides tu lugar.
Silencio.
Lucia no se movió. No cambió la expresión. Solo lo miró durante un segundo con esa manera suya de procesar antes de reaccionar.
—De acuerdo —dijo, en voz baja.
Y se apartó.
Pietro caminó hacia su despacho.
Cerró la puerta.
Se quedó de pie en el centro de la habitación con el abrigo puesto y el sudor frío pegado a la camisa y el despacho con su orden de siempre — los expedientes, el escritorio, la lámpara, el vacío — y todo exactamente igual que esta mañana cuando salió y absolutamente nada igual que esta mañana cuando salió.
Se sentó.
Se levantó.
Se acercó a la ventana y miró la calle sin ver la calle.
Greta.
El abrigo. La mano. La sonrisa más pequeña que le había visto.
Había cedido cuando no debía ceder. Lo había sabido. Y de todas formas —
Llamaron a la puerta.
—No —dijo Pietro.
La puerta se abrió de todas formas.
Lucia entró con una taza de café que Pietro no había pedido y la dejó sobre el escritorio con la precisión de siempre. Luego se quedó de pie sin moverse, sin decir nada, con esa capacidad suya de ocupar un espacio sin invadirlo.
—Sal —dijo Pietro.
—No —dijo Lucia.
Pietro la miró.
En cinco años no le había dicho no o al menos en el trabajo. En cinco años Lucia había sido el radar y la brújula y la voz que decía cuándo y cuándo no, pero siempre dentro de los límites que Pietro establecía, siempre con esa eficiencia suya que respetaba la jerarquía sin servirla ciegamente.
Hoy no.
—Pietro —dijo Lucia, con una voz que Pietro no le había escuchado antes — más baja, sin el tono profesional, la voz de alguien que ha decidido que esta conversación no es de trabajo—. ¿Qué pasó?
Y algo en Pietro se rompió.
No de golpe. Como se rompen las cosas que han estado aguantando demasiado tiempo — con una grieta primero, luego otra, luego el momento en que ya no tiene sentido seguir aguantando.
Se sentó en la silla. Los codos sobre el escritorio. Las manos sobre la cara.
No lloró. O sí lloró — no lo recordaría después con claridad.
Lo que recordaría era el peso de los minutos siguientes, la voz de Lucia diciendo su nombre una vez más, la taza de café que se enfriaba en el escritorio, y las palabras saliendo con la dificultad propia de las cosas que se dicen por primera vez en voz alta.
Greta. La misión. El callejón. El disparo.
No todo. Lo suficiente.
Lucia escuchó sin interrumpir.
Cuando Pietro terminó, el silencio duró lo suficiente para que Pietro entendiera que lo que venía no iba a ser suave.
—¿Cómo te atreviste —dijo Lucia? No como pregunta.
—Lucia —
—No. —Su voz no subió. No necesitaba subir—.
Escúchame. Nos pusiste en peligro a todos.
A mí. A Giulio. Al embajador que no sabe nada de nada y que si se entera de la mitad va a tener que responder ante Roma.
A la embajada entera. Somos aliados del Reich, Pietro, nos guste o no nos guste — y tú sabes mejor que nadie la tensión que hay ahora mismo entre las dos naciones, lo que está en juego, lo que cualquier escándalo puede costarle a Italia en Berlín.
—Ya lo sé —dijo Pietro.
—No, no lo sabes. O lo sabías y te importó una mierda.
—Una pausa—. Y no es solo nosotros. Son las doscientas treinta y tres personas que hemos sacado adelante.
Si la Gestapo tira del hilo — y van a tirar del hilo, Pietro, porque eso es lo que hacen — van a jalar todo.
Una cosa va a llevar a la otra. Los expedientes, los sellos, los canales.
Todo. Doscientas treinta y tres personas que confiaron en que esto era invisible.
Pietro no dijo nada.
—Me lo debiste haber dicho —dijo Lucia.
—No habría cambiado nada.
—No. Probablemente no. —Sus ojos no se movieron de los de él—. Pero me lo debiste haber dicho de todas formas. Por cortesía. Por respeto. Porque llevamos cinco años haciendo esto juntos y me lo merecía.
Pietro bajó la vista.
Lucia se levantó. Abrió el armario, sacó la camisa de repuesto, la dejó sobre la silla frente a Pietro.
—Greta —dijo Pietro, con la voz que sale cuando ya no queda energía para controlarla—. ¿Acaso no te importa lo que paso? ¿Cómo puedes ser tan fría? Yo la amaba. Se acaba de pegar un tiro enfrente de mí la persona que —
—Lo sé —dijo Lucia. Y en su voz había algo que no era frialdad sino lo contrario — la dureza de quien siente demasiado y no puede permitírselo ahora—.
Y lo lamento. De verdad. Pero ella sabía en lo que se metía.
Por eso hizo lo que hizo. Tú también lo sabías.
Son los riesgos de esto, Pietro. Los conoces mejor que nadie.
Silencio.
—Tendrás tiempo para llorarla. —Una pausa—. Ahora no es.
Pietro la miró.