CAPÍTULO 18 — Lo que no se nombra en voz alta #4
—Cámbiate la camisa —dijo Lucia—. Estás sudado.
Malaspina lleva una hora buscándote y tiene visita que no es del Ministerio de Exteriores.
Recompónte. Entra a esa oficina como el segundo de la embajada italiana en Berlín que no sabe nada de nada.
—Una pausa final—. Después tú y yo tendremos que hablar.
Se dirigió hacia la puerta.
—Lucia —dijo Pietro.
Ella se detuvo pero no se giró.
—Lo lamento —dijo Pietro.
Un momento.
—Sí —dijo Lucia. Y salió.
---
Malaspina estaba de pie junto a la ventana cuando Pietro entró. No se giró de inmediato.
—Berardi. Llevo una hora buscándolo.
—Lo lamento, Excelencia. Un asunto personal.
No debí ausentarme sin avisar. Luego, con la confusión calculada del hombre que se sabe en desventaja—.
Excelencia, esta mañana intenté comunicarme con Greta.
Mi acompañante. No respondió. Ni al teléfono ni en su piso.
Llevo horas sin saber nada de ella. Fui a buscarla pero no tuve suerte.
Malaspina se giró entonces. Y Pietro vio en su cara algo que no era solo irritación por la espera — era otra cosa, más tensa, más difícil de clasificar.
—Esta mañana llamó la Wilhelmstraße —dijo.
Pietro no dijo nada.
—El Ministerio de Asuntos Exteriores alemán —continuó Malaspina, con la voz de quien pronuncia cada palabra para que su peso quede claro—.
Llamaron a esta embajada. A mí. Para notificarme que la Gestapo solicita una entrevista con usted en el contexto de una investigación en curso.
—Una pausa—. ¿Sabe lo que significa que la Wilhelmstraße llame aquí por uno de mis funcionarios?
—Excelencia, yo —
—No. —La voz de Malaspina no subió. Fue peor — se volvió más quieta, más fría, con esa temperatura específica de la furia que ha encontrado su forma exacta—. Usted me va a escuchar.
Pietro esperó.
—¿En qué lío se ha metido? —dijo Malaspina—.
¿No le basta lo que está pasando en el mundo?
¿La tensión entre Roma y Berlín, la presión que tiene esta embajada encima, todo lo que hay sobre la mesa en este momento con Yugoslavia, con Grecia, con el avance alemán hacia el este que Roma sigue mirando sin saber exactamente qué decir?
¿Y usted aquí, causando problemas, haciendo que el Ministerio de Exteriores alemán llame a esta embajada por su nombre?
—Una pausa—. A usted esta embajada no le importa, Berardi.
Italia no le importa. Lo único que le importa es usted.
Pietro dejó que terminara.
Había verdad en eso. No toda la verdad, pero suficiente como para que doliera en el lugar exacto donde tenía que doler.
—Excelencia —dijo, con una calma que le costó más de lo que Malaspina podría imaginar—.
No sé de qué investigación se trata. Pero si la Gestapo quiere hablar conmigo, no puedo presentarme solo.
No como ciudadano privado — como segundo de esta embajada.
Eso es un asunto diplomático y tiene que tratarse como tal.
—Una pausa—. Cuando me citen, necesito que usted esté presente.
Malaspina lo miró durante un momento largo.
El cálculo de siempre — el escándalo posible contra la conveniencia de proteger a su segundo, su propio nombre contra el instinto de distancia. Malaspina siempre había sido un hombre de conveniencias. Y la conveniencia en este caso era que si Pietro caía solo, la embajada caía con él.
—Cuando llamen —dijo finalmente, con el tono de quien concede algo que le cuesta—, me avisa.
—Gracias, Excelencia.
Pietro salió.
El pasillo. El despacho. La puerta cerrada.
Se sentó.
La Wilhelmstraße había llamado esta mañana. Lo que significaba que alguien había atado el hilo antes del mediodía. Lo que significaba que habían visto el coche, o habían visto a Pietro entre la gente, o simplemente habían seguido el rastro de Greta hasta Savignyplatz y de Savignyplatz hasta aquí.
O las tres cosas.
Esperó en la luz de la tarde que entraba por la ventana, con Berlín afuera y mañana en algún despacho de la Gestapo y todo lo que había construido en cinco años colgando de un hilo que alguien iba a tirar con la misma precisión con que el Reich hacía todo lo que decidía que valía la pena hacer bien.
---
Llegó a Savignyplatz pasada la medianoche.
Se sentó en el escritorio con el abrigo puesto. No encendió la lámpara. Abrió el cajón donde estaba el reloj de Conti — A.C. Roma, 1921 — y lo sostuvo en la palma de la mano en la oscuridad.
Dos pérdidas. El mismo cajón. El mismo metal frío. La misma temperatura de algo que ha dejado de moverse.
Y entonces el cuerpo hizo lo que había estado conteniendo desde la esquina de Mitte — desde el disparo, desde la gente acercándose, desde el pasillo de la embajada y el despacho de Malaspina y la camisa sudada y la actuación y todo lo que había tenido que sostener durante horas sin que se viera.
Se quebró.
No con elegancia. Sin aforismo posible. Con ese llanto que no pide permiso y que no tiene forma reconocible — los hombros, el pecho, el sonido que sale cuando ya no queda nada que proteger.
Por Greta. Por él. Por lo que vendría mañana.
Las palabras de Malaspina seguían ahí. A usted esta embajada no le importa. Italia no le importa. Lo único que le importa es usted. Las de Lucía también. ¿Cómo te atreviste… nos pusiste en peligro a todos?
¿Eran verdad?
No lo sabía. O sí lo sabía y no quería saberlo.
Había una diferencia entre hacer el bien y necesitar hacerlo — entre resistir porque el mundo lo exigía y resistir porque Pietro Alessandro Berardi necesitaba ser alguien que resistía.
No sabía dónde estaba esa línea. No sabía si alguna vez la había sabido.
Pensó en Greta y en aquel movimiento hacia el bolsillo del abrigo.
Pensó que sería más sencillo.
Que habría un mundo donde ese peso no existía, o donde Greta estaba, o donde simplemente no había que seguir cargando con nada de esto.
Se insultó en voz baja, en italiano, con las palabras que se reservan para cuando uno se ha decepcionado a sí mismo de una manera que no tiene nombre más preciso. Se levantó. Buscó el vino — la botella que quedaba en la alacena, sin copa, directamente. Abrió la ventana.
El frío de Berlín en mayo. El aire que olía a piedra y a noche y a una ciudad que dormía sobre sus propias contradicciones.
Lo dejó entrar.
Pensó en Greta. En sus ojos, en su mirada profunda.
En la manera en que evaluaba antes de responder, en cómo se había despedido, en su sonrisa final.
En lo que había dicho esa noche en Savignyplatz — hay diferentes clases de amor — y en cómo él no había entendido del todo hasta ahora lo que significaba perder una de esas clases.
Alguien había hablado. O la Gestapo había sido eficiente. O las dos cosas — que en ese Berlín no se excluían.
¿Quién más en la resistencia sabía de él? Pietro no conocía a nadie. Eso había sido siempre la lógica — compartimentos estancos, nombres que no se decían, caras que no se recordaban. Pero Greta había sido el puente. Y Greta ya no estaba. Fue un error de juicio.
Los pensamientos oscuros volvieron.
Los dejó estar un momento — no con resignación sino con la honestidad de quien sabe que negarlos no los hace desaparecer.
Luego los empujó hacia atrás. No con fuerza.
Solo con la imagen de los ojos de Greta en la calle de Mitte, la sonrisa pequeña, la decisión que había tomado con más claridad de la que Pietro había tomado ninguna en su vida.
Ella no había terminado con todo.
Había decidido cómo terminaba esto.
Había una diferencia.
Pensó en Ana. En Conti. En el reloj frío en el cajón y en cómo el mundo había llegado a este punto — un tirano recorriendo Europa con su maquinaria de precisión, la gente en las calles celebrando victorias que no entendían del todo, los Volksempfänger en cada casa con su única estación y su única verdad repetida hasta que dejaba de parecer mentira.
Se sintió diminuto.
Luego pensó en los doscientos treinta y tres.
Y volvió a los ojos de Greta.
Cerró la ventana.
Se sentó.
Y esperó en la oscuridad hasta que amaneció.