El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 18 — Lo que no se nombra en voz alta #2
53%

CAPÍTULO 18 — Lo que no se nombra en voz alta #2

Greta no se movió.

Pietro lo miró.

—¿Cómo está la pierna, Otto? —dijo, con la voz plana del hombre que hace una pregunta administrativa.

El silencio cambió de temperatura.

Otto lo miró. Y en sus ojos había algo que Pietro no le había visto antes — no enojo exactamente. Algo más controlado y más frío. El reconocimiento de alguien que acaba de entender que el terreno no era el que pensaba.

Ana puso una mano en el brazo de su marido.

—Cariño —dijo, con la voz de quien ha practicado esa intervención—. Creo que vi al Gruppenführer Heydrich cerca de la entrada. Deberíamos saludarlo.

Otto tardó un segundo más de lo necesario. Luego asintió.

—Por supuesto.

Antes de girarse, Pietro dijo:

—Ah, y felicitaciones por su aniversario. —Una pausa que duró lo que tenía que durar—. ¿Cuándo piensan en los hijos?

Levantó la copa. Solo eso. El gesto que no necesitaba explicación.

Ana lo miró.

No con enojo. Con algo más difícil — el reconocimiento de alguien que conoce exactamente de dónde viene esa pregunta y que ha decidido no darle el placer de responderla.

—Buenas noches, Doctor Berardi —dijo.

Y se fueron.

---

Greta no dijo nada hasta que estuvieron fuera del radio de cualquier oreja.

Luego, con la voz baja y precisa de quien elige sus palabras:

—Eso fue innecesario.

—Lo sé.

—¿Y aun así?

—Aun así.

Greta lo miró de perfil.

—Era ella —dijo Greta. No como pregunta.

—Sí.

—¿Y él es el que disparó?

Pietro no respondió de inmediato. Pensó en el salón de los Hartmann. En el disparo. En la pierna que todavía cobraba su precio aunque Otto hubiera decidido no dejarlo ver.

—El que recibió el disparo —dijo.

Greta asintió despacio.

—Eso explica la pregunta de la pierna.

—Se la merecía, sí.

—Las dos cosas pueden ser verdad —dijo Greta.

—¿Cómo te sientes?

—Tutto bene —dijo, en italiano.

Greta asintió. Con la expresión de quien ha recibido suficiente información para entender el resto sin necesitar que se lo expliquen.

No dijo más durante el resto de la cena.

---

En Savignyplatz, ya tarde, con el abrigo todavía puesto y el salón del Adlon todavía en el cuerpo como ese tipo de cansancio que no es físico, Greta se sentó en la silla frente al escritorio de Pietro y lo miró durante un momento.

—¿Sigues amándola?

Pietro tardó.

No porque no supiera la respuesta. Sino porque la respuesta tenía más capas de las que una pregunta directa suele anticipar.

—No de la manera en que uno ama a alguien con quien quiere construir algo —dijo—. Pero tampoco de la manera en que uno deja de amar del todo a alguien que fue real.

Greta asintió despacio. Procesando.

—¿Y esta noche?

—Esta noche fui un imbécil —dijo Pietro—. Lo de los hijos fue gratuito. Tenías razón.

—Ya lo sé —dijo Greta—. No te preguntaba eso.

Pietro la miró.

—Esta noche vi a alguien que amé en otro tiempo con un hombre que no merece lo que tiene —dijo—. Y me comporté como si eso todavía fuera mi problema. —Pausa—. No lo es.

Silencio.

El apartamento en su quietud de madrugada. Berlín afuera.

—¿Tú? —dijo Pietro.

—¿Yo qué?

—La persona que perdiste. La que mencionaste en la discusión. ¿Todavía la amas?

Greta lo miró.

Y hubo en su cara algo que Pietro pocas veces le había visto — no la guardia baja exactamente, sino algo más parecido a la rendición de quien ha decidido que esta conversación merece honestidad.

—Era un médico —dijo—. En Múnich. Treinta y ocho. Lo arrestaron en septiembre, antes de que yo me fuera. —Una pausa—. No sé dónde está. Si está.

Pietro no dijo nada.

—¿Eso responde tu pregunta? —dijo Greta.

—Responde una parte —dijo Pietro—. La otra parte es si me amas a mí.

Greta lo miró durante un momento largo.

—Lo que sentí por él y lo que siento por ti no son la misma cosa —dijo—. No porque uno sea más que el otro. Sino porque son diferentes clases de amor. Diferente madurez. Diferente tiempo. —Pausa—. Que lo haya amado a él no significa que no te ame a ti.

Pietro la miró.

—¿Me amas?

—Creo que eso es lo que acabo de decir —dijo Greta, con algo en la voz que en otra persona habría sido una sonrisa.

Pietro asintió.

No agregó nada más.

No hacía falta.

Más tarde, en el silencio del apartamento con Berlín afuera y el peso de la noche todavía en el aire, Pietro pensó que había diferentes maneras de perder a alguien.

Que algunas pérdidas tienen fecha y nombre — el formulario de insuficiencia cardíaca de Conti, el recorte del Berliner Tageblatt con la boda de Ana.

Y que otras pérdidas no anuncian su llegada, no piden permiso, no dejan documento de por medio.

Solo ocurren.

No lo escribió en el cuaderno.

Había cosas que no merecían ser aforismos.

---

La misión llegó diez días después.

Greta la presentó una noche con la economía de siempre — nombre, situación, urgencia.

Una mujer. Treinta años. Con documentos que no aguantarían un control y un piso que ya no era seguro.

Había que moverla al día siguiente — no a Suiza, no lejos, solo a otro barrio de Berlín, a una dirección donde podía quedarse mientras se resolvía algo más permanente y que necesitaban la ayuda de Pietro por las distancias y los controles cada vez más rigurosos.

Pietro escuchó. Procesó.

Y sintió algo que llevaba semanas ignorando y que esa noche no pudo ignorar del todo — una incomodidad concreta, no miedo exactamente, sino la señal que el cuerpo manda cuando algo no cuadra del todo aunque la mente no haya identificado todavía qué.

—No me gusta —dijo.

Greta lo miró.

—¿Qué parte?

—La urgencia. —Pausa—. Las últimas semanas el ambiente ha cambiado. Los controles son diferentes. Más presencia en ciertos barrios. —Otra pausa—. Algo no me cuadra en el timing.

—Es una mujer sola que necesita ser movida varios kilómetros —dijo Greta—. No debería de haber ningún problema.

—Ya lo sé. Pero siento que el momento no es bueno.

—El momento nunca es bueno.

—Greta.

—Pietro. —Su voz subió un grado — no enojo, pero sí algo más cerca de la firmeza que de la paciencia—. Lleva demasiados días en ese piso. Si esperamos más, el riesgo no baja — sube. Y es una mujer sola.

Pietro pensó en Lucia. En el margen.

—Dame unos días más —dijo—. Para reconocer el trayecto con más calma.

—No tenemos unos días.

Silencio.

Greta lo miraba con esa expresión suya de quien ha calculado y ha llegado a una conclusión y está esperando que el otro llegue también.

Y Pietro cometió el error que no debía cometer.

Cedió.

No porque se hubiera convencido. Sino porque la quería.

Porque llevaba semanas siendo la voz que frena y esa noche no quiso serlo.

Porque había algo en el apartamento de Savignyplatz, en esa manera de ella de estar presente sin pedir nada, que Pietro no quería perder a causa de un desacuerdo que quizás era solo nervios e inseguridades suyas y no instinto real.

—De acuerdo —dijo.

Y en el momento en que lo dijo, algo en él supo que estaba cometiendo un error.

Lo guardó. No lo dijo.

---

El callejón olía a piedra húmeda y a basura de la noche anterior.

Pietro apagó el motor y esperó.

El plan era el de siempre — el coche diplomático como escudo, Pietro al volante, la matrícula de la embajada visible en la parte delantera. Greta entraría al edificio, recogería a Irene, y saldrían juntas y lo alcanzarían para empezar el desplazamiento.

El coche de la embajada — matrícula diplomática, asientos de cuero marrón, el escudo italiano discreto en la puerta — era invisible en un callejón de Mitte a las once de la mañana.

Eso era la teoría. La práctica era que Pietro llevaba minutos mirando el reloj en el salpicadero y que Greta e Irene tenían ya que haber aparecido en la boca del callejón.

Cinco minutos más.

Salió del coche.

Se dijo que era para ver qué pasaba. Que no era impaciencia sino protocolo — cuando algo se retrasa hay que reconocer el terreno, identificar el problema, ajustar. Se lo dijo con la voz tranquila con que se decía las cosas cuando el cuerpo ya sabía la verdad y la cabeza todavía no quería aceptarla.

Caminó hacia la calle principal con el paso de quien va a un recado.

Dobló la esquina.

Y lo vio.

Greta estaba en el centro de la acera con dos uniformados a los lados y un hombre de civil frente a ella — el abrigo oscuro, el sombrero, esa postura exacta de quien tiene autoridad y no necesita anunciarlo.

Irene a su lado, inmóvil, con la postura de quien lleva semanas aprendiendo a ocupar el mínimo espacio posible.

Los documentos ya en manos del hombre de civil.

Pietro se detuvo.

El instinto dijo hacia adelante — la matrícula diplomática, la inmunidad, el italiano que se pierde en el barrio equivocado. Podía llegar hasta ellos en doce pasos. Podía interponer el cuerpo y el cargo y el teatro de cinco años e inmunidad entre Greta e Irene y los uniformes.

Dio un paso.

Greta lo vio.

No giró la cabeza del todo. Solo lo suficiente — esa economía suya de movimientos que nunca gastaba más de lo necesario. Sus ojos lo encontraron a través de la distancia con una claridad que no necesitaba proximidad para funcionar.

Y le dijo que no.

Sin palabras. Sin gesto que los demás pudieran leer.

Solo la mirada de alguien que ha calculado en el tiempo que tarda un parpadeo lo que Pietro tardó diez minutos en no terminar de calcular — que si se acercaba la Gestapo tenía un nombre alemán y una matrícula italiana en la misma calle y dos más dos eran cuatro en cualquier idioma.

Pietro no se movió.

—Hoffmann —dijo el hombre de civil, con esa voz plana que en la Gestapo no subía porque no necesitaba subir—. La estábamos buscando.

Greta no respondió.

Pietro vio el momento en que ella tomó su decisión. No fue dramático — fue exactamente lo contrario. Una quietud que se asentó en sus hombros, en su postura, en la manera en que los pies se plantaron en la acera como si hubiera decidido que ese era el lugar exacto donde quería estar.

Lo buscó una vez más con los ojos.

Pietro movió los labios.

Te amo.

Sin sonido. Solo la forma de las palabras.

Greta lo vio. O lo intuyó. O lo sabía de antemano.

Sonrió.