CAPÍTULO 18 — Lo que no se nombra en voz alta
«El amor no es un estado del alma. Es una decisión que se renueva cada día hasta que un día ya no se puede renovar.»
El seis de abril Berlín amaneció con noticias.
Pietro las escuchó en la radio de la embajada a las ocho de la mañana, con el café todavía caliente en la mano y Lucia de pie junto al aparato con esa expresión suya de quien procesa antes de reaccionar.
Las tropas alemanas habían cruzado las fronteras de Yugoslavia y Grecia simultáneamente.
Operación coordinada, eficiente, con la precisión que el Reich aplicaba a todo lo que decidía que valía la pena hacer bien.
Giulio fue el primero en hablar.
—Otro país —dijo, en voz baja.
Lucia no respondió. Apuntó algo en su libreta.
Pietro dejó el café sobre el escritorio.
En el mapa de Europa que Malaspina seguía teniendo en la pared con sus alfileres de colores, Yugoslavia y Grecia eran dos manchas al sureste.
Dos manchas que esa mañana habían dejado de ser países soberanos para convertirse en otra cosa.
El alfiler rojo llegaría antes del mediodía — Malaspina tenía esa costumbre de actualizar el mapa con la puntualidad de quien confunde la cartografía con la comprensión.
Pietro pensó en algo que Conti le había dicho años atrás, en el pasillo de la embajada, con el café amargo en la mano: cuando todo sigue funcionando exactamente igual que antes, eso es exactamente el problema.
Berlín siguió funcionando exactamente igual que antes.
Eso era exactamente el problema.
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La celebración llegó con la rapidez de las cosas que estaban preparadas de antemano.
No tardó tres días. En cuarenta y ocho horas, Berlín tenía banderas nuevas, titulares nuevos, la voz de los locutores de radio con ese tono específico de los triunfos que se esperaban y por eso eran más dulces.
En las cervecerías del centro, en los cafés de la Kurfürstendamm, en los vestíbulos de los edificios de oficinas — la misma conversación, el mismo orgullo, la misma certeza de un pueblo que ha decidido que el mundo le debe algo y que por fin está cobrando.
Pietro caminaba por esa ciudad con la atención de quien lleva años aprendiendo a leer sus humores.
Y lo que leía no lo tranquilizaba.
No era la euforia en sí — eso lo había visto antes, después del Anschluss, después de Múnich, después de Polonia.
Era algo debajo de la euforia. Una tensión nueva, más alta, como cuando se ajusta demasiado una cuerda y el sonido que produce ya no es música sino advertencia.
Los controles en las calles más frecuentes.
Los uniformes más presentes. La Gestapo con esa manera suya de aparecer en lugares donde antes no aparecía, discreta pero visible, como quien quiere que lo vean sin parecer que quiere que lo vean.
El margen se estaba cerrando.
No de golpe. Gradualmente. Con la misma precisión con que Berlín hacía todo.
Pietro lo registró. Lo guardó en el lugar donde guardaba las cosas que todavía no tenían nombre pero que el cuerpo ya había procesado.
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Fue Malaspina quien lo informó de la recepción.
No con entusiasmo — Malaspina nunca mostraba entusiasmo, o al menos no con él.
Lo que mostraba era conveniencia, y esa mañana su conveniencia tenía la forma de una invitación del Ministerio de Relaciones Exteriores alemán para una cena de gala en el Adlon, el jueves siguiente, en celebración de las victorias en el sureste europeo.
—Asistencia obligatoria para todo el personal diplomático de primer nivel —dijo, con el tono de quien recita—.
Protocolo estricto. Representación del Eje, aliados y neutrales.
—Una pausa—. Berardi, usted traducirá durante la cena.
Y le recomiendo que lleve acompañante. Estas cenas funcionan mejor cuando los italianos parecemos... establecidos.
Pietro no dijo nada de inmediato.
Establecidos. La palabra tenía una elegancia particular viniendo de Malaspina en ese momento.
Hacía seis meses, Italia había invadido Grecia por iniciativa propia — sin consultar a Berlín, con la confianza de quien cree que las guerras se ganan por voluntad.
Los griegos los habían empujado de vuelta hacia Albania en semanas.
Luego había venido el desastre en Cirenaica, los británicos barriendo divisiones enteras en el norte de África.
Hitler había tenido que mandar a Rommel para salvar lo que quedaba.
Y ahora era Alemania la que estaba terminando en Yugoslavia y Grecia lo que Italia había empezado y no había podido sostener.
Las victorias que celebrarían esa noche en el Adlon eran, en parte, el precio de los fracasos italianos.
Malaspina lo sabía. Pietro lo sabía. Probablemente todos en esa embajada lo sabían.
Nadie lo diría en voz alta.
—Entendido —dijo Pietro.
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Greta recibió la noticia con la misma expresión con que recibía todo — evaluando primero, respondiendo después.
—Una cena en el Adlon —dijo.
—Con el personal diplomático del Eje y sus allegados. Malaspina quiere que parezcamos establecidos.
—¿Y tú quieres que sirvamos de coartada?
—Las dos cosas no se excluyen.
Greta lo miró un momento.
—¿Quién más va a estar?
Pietro tardó.
—No lo sé con certeza —dijo. Lo dijo con la neutralidad de quien dice algo verdadero pero incompleto.
Greta lo miró de esa manera suya — la que no preguntaba pero que hacía que las respuestas incompletas se sintieran más pesadas de lo que eran.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Iré.
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El Adlon en abril de 1941 tenía el brillo particular de los lugares que saben que están en el momento correcto de la historia — o que alguien ha decidido que lo están, que en ese Berlín venía a ser lo mismo.
Las lámparas, el mármol, los camareros con su precisión de relojería.
Los uniformes mezclados con los trajes oscuros, las condecoraciones recientes sobre los pechos, esa satisfacción de los que ganan y saben que ganan y no ven razón para disimularlo.
Pietro llegó con Greta del brazo.
Ella llevaba un vestido verde oscuro que Pietro no le había visto antes — no elegante en el sentido de las cenas diplomáticas, sino elegante en el sentido de alguien que sabe lo que le queda bien y no necesita más que eso.
Se movía en el salón con la misma economía con que hacía todo — sin esfuerzo visible, sin la incomodidad de quien no pertenece a ese tipo de espacios pero tampoco con la entrega de quien los habita de manera natural.
Pietro le presentó a dos agregados italianos, saludó al embajador húngaro, tradujo un fragmento de conversación entre un general alemán y un subsecretario rumano que no tenía nada interesante que decirse. El trabajo de siempre. El teatro de siempre.
Fue Pietro quien los vio primero. Lo supo Greta por la manera en que él se tensó — un milímetro en el brazo, apenas nada, pero el tipo de cambio que no es casual en alguien que lleva meses aprendiendo a leerlo.
Ana y Otto.
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Habían cambiado y no habían cambiado.
Ana llevaba el cabello diferente — más corto, más alejado de la Ana de los treintas con sus mechones sueltos bajo el sol del estadio.
Más esposa que muchacha. Más instalada en el mundo que habitaba, con esa manera propia de los que han tomado sus decisiones y han decidido dejar de cuestionarlas.
Seguía siendo la mujer más elegante del salón sin intentarlo, que también era algo que no había cambiado.
Otto estaba a su lado con el uniforme de Kriminalrat — había ascendido, Pietro lo sabía por los canales de la embajada.
La Gestapo. Ya no el oficial de las SS en la casa de los padres de Ana, sino algo más preciso y más peligroso.
El bastón había desaparecido — o lo había dejado en casa con la decisión de quien no va a permitir que algo así lo defina.
Pero Pietro conocía esa pierna. Sabía el precio que todavía cobraba aunque Otto hubiera decidido no dejarlo ver.
Se miraron.
Los cuatro, casi simultáneamente, como si alguien hubiera dado una señal.
Ana primero. Sus ojos encontraron los de Pietro con esa velocidad que tienen las miradas que llevan tiempo sin verse pero que no han olvidado la distancia exacta.
Algo cruzó su cara — no sonrisa, no tristeza, algo más neutro y más honesto que cualquiera de las dos.
El reconocimiento de alguien que te conoció de verdad en otro tiempo y que ya no sabe del todo qué hacer con eso.
Otto después. Con la evaluación de siempre — rápida, profesional, el hombre que lee situaciones como parte de su trabajo.
Greta con una atención casi intriga que Pietro sintió en el brazo antes de verla en su cara.
Se acercaron. Era inevitable — el salón era lo suficientemente pequeño y lo suficientemente lleno de gente que los obligaba a ser corteses.
—Doctor Berardi —dijo Otto, con esa cortesía suya que nunca era solo cortesía.
—Kriminalrat Weiss —dijo Pietro, con la misma temperatura exacta—. Señora Weiss.
Ana inclinó la cabeza.
—Pietro. —Su voz igual que siempre. Ese alemán de Berlín que Pietro había aprendido a querer sin darse cuenta.
—Ana. —Un segundo de más. Solo uno.
Greta extendió la mano.
—Greta Hoffmann —dijo, con una naturalidad que Pietro reconoció como la misma que usaba en los controles fronterizos — la voz de quien no tiene nada que ocultar porque ha decidido no tenerlo.
—Encantada —dijo Ana, y lo decía de verdad o era muy buena actriz, que en ella a veces era lo mismo.
Hubo un momento de conversación obligatoria — las victorias en Yugoslavia, el tiempo en Berlín, alguna referencia al Adlon que todos conocían.
Pietro respondía con el piloto automático de cinco años de Berlín — las frases correctas, el tono correcto, la sonrisa en el momento exacto — mientras la parte de su cerebro que importaba estaba ocupada en otra cosa.
Fue entonces cuando Otto dijo, con la casualidad estudiada de quien ha estado esperando el momento:
—Es admirable, Berardi, la manera en que Italia celebra estas victorias. —Una pausa calculada—. Aunque supongo que cuando uno lleva meses siendo rescatado, aprender a aplaudir bien es lo mínimo que puede hacer.
Un silencio de dos segundos.