El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 17 — Lo que no tiene nombre #6
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CAPÍTULO 17 — Lo que no tiene nombre #6

La última vez que había visto a Conti, Conti le había dicho hablamos el año que viene.

Pietro había esperado. Primero con paciencia, luego con una ansiedad que no se permitía nombrar, luego con esa frialdad de quien ya sabe pero todavía no lo confirman. Y cuando finalmente llegó la confirmación, no cambió nada esencial. Solo añadió un punto final a algo que ya estaba terminado.

Con Greta podía ser igual.

Esa era la condición de estar con alguien que vivía así.

No el miedo difuso a que algo pudiera pasar.

La certeza específica de que algún día algo pasaría, que la naturaleza de lo que hacían lo hacía probable y no solo posible, y que cuando ocurriera él no tendría más instrumentos que el silencio para saberlo.

Podía no seguir.

La lógica era sencilla: menos personas en su vida que vivieran de esta manera era menos puntos de fractura, menos posibilidades de que el dolor tomara esa forma específica que Pietro ya conocía demasiado bien.

Pietro miró a Greta. Ella lo miraba de vuelta, sin apartar los ojos, con esa manera suya de esperar a que el otro terminara de pensar.

—De acuerdo —dijo Pietro.

Greta no preguntó de acuerdo qué. Entendió que era una respuesta a algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta, y que era suficiente.

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Llegó abril y con el, Werner Hess. Médico. La orden de arresto había llegado esa mañana — un contacto de Greta dentro del Ministerio había avisado antes del mediodía. No cuándo llegarían, sino que llegarían. Esa noche o la siguiente. Había que moverlo antes.

—Su barrio está vigilado —dijo Greta—. El coche no puede entrar dos veces en el mismo radio en una semana. Tiene que ser a pie.

—¿Juntos?

—Juntos. Más natural. Dos hombres caminando de noche no llaman la atención. Tú conoces esas calles, los controles habituales, los horarios, las rutas que evitan los puntos calientes. Si hay un control, tú hablas.

—¿Y si piden sus documentos?

—Para eso estás tú —dijo Greta.

Pietro pensó en Lucia. En el margen que desaparece.

—¿Y si no es suficiente?

—Siempre ha sido suficiente —dijo Greta.

—Hasta ahora —dijo Pietro.

—Hasta ahora —admitió Greta.

Pietro la miró.

—De acuerdo —dijo.

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Salió de Savignyplatz a las nueve y cuarenta y cinco.

Werner Hess lo esperaba en la esquina convenida — un hombre de cincuenta y tantos con el abrigo demasiado grande para su cuerpo adelgazado por dieciocho meses de esconderse. Ojos que ya no distinguían el miedo del estado normal.

Caminaron juntos sin hablar. Charlottenburg de noche. Los faroles encendidos, la gente escasa, esa ciudad de las diez que Pietro conocía de cinco años de caminatas. La geografía específica de quien vive en un lugar sin pertenecer del todo a él.

Diez minutos sin incidentes.

Fue en la Giesebrechtstraße donde Pietro vio el control.

Nuevo. No estaba cuando había reconocido el trayecto esa tarde. Dos uniformados bajo un farol.

Hess los vio. Aflojó el paso.

Pietro lo notó. Le puso una mano breve en el brazo — un gesto de dos colegas, nada más — y siguió caminando con la misma cadencia de siempre.

—Buenas noches —dijo, con la voz del diplomático que lleva cinco años en Berlín, sacando el carnet—. Soy Pietro Berardi, segundo de la embajada italiana. Mi colega y yo veníamos de cenar.

El uniformado tomó el carnet. Lo miró. Miró a Hess.

—¿Documentos?

Pietro habló antes de que Hess pudiera responder.

—El Dottore Marco Ferretti —dijo, con la naturalidad del dato administrativo—.

Agregado cultural. Acaba de llegar de Roma esta semana, todavía gestionando su acreditación formal.

Ya sabe cómo son estos trámites. Si necesita verificarlo tendrá que llamar a la embajada, aunque a esta hora no hay nadie.

Puede hacerlo mañana, que es lo que indica el protocolo. —Pausa—. Haga lo que prefiera.

El uniformado lo miró.

Miró la calle.

Devolvió el carnet.

—Sigan.

Pietro asintió con la cortesía del que tiene razón y no necesita subrayarlo.

Caminaron juntos hasta el edificio. La puerta que se abrió. La mano que tomó a Hess del brazo. La puerta cerrándose sin ruido.

Pietro siguió caminando. No paró hasta Savignyplatz.

Se sentó con el abrigo puesto. Las manos que no temblaban pero que habían tardado seis bloques en dejar de estar listas para algo que no había llegado a ocurrir.

Pensó en el segundo exacto en que el uniformado miró a Hess.

En lo cerca.

Y pensó en algo más — en Marco Ferretti, recién llegado de Roma, sin acreditación formal.

En el reporte rutinario donde quedaba ese nombre.

En la inconsistencia pequeña archivada en algún lugar, esperando conectarse con otras inconsistencias pequeñas.

Que si alguien alguna vez verificaba con la embajada italiana y no encontraba ningún Marco Ferretti, habría algo.

Pequeño. Probablemente irrelevante. Pero ahí.

Lo había hecho de todas formas porque no había otra opción.

Así era este trabajo.

Sacó el cuaderno.

Escribió:

¿Hasta dónde puede llegar un hombre antes de convertirse en otra cosa?

Lo leyó.

Lo dejó sin responder.

Apagó la lámpara.