CAPÍTULO 17 — Lo que no tiene nombre #5
—Y el doble de riesgo —dijo Pietro.
—El riesgo existe de todas formas. La diferencia es cuánto bien haces con él.
—Eso es fácil de decir.
—No estoy equivocada en esto —dijo Greta, con una voz que subió un grado—.
Llevo dos años en esto. He perdido personas.
Personas que amé — y se detuvo un segundo, pero no lo suficiente — gente que no va a volver, Pietro, amigos, compañeros, alguien que — volvió a cortarse.
He tenido que moverme en una noche de Múnich porque alguien habló.
He visto desaparecer a personas que conocía de toda la vida.
Así que no me digas que me detenga. No me hables de riesgos.
—Pausa, y entonces salió lo que no debía salir—.
Y además, esto no es tu hogar. Tú no puedes entender lo que significa perder esto.
Silencio.
Pietro la miró.
Desencajado. No con enojo — con algo más difícil que el enojo.
—Pensé que lo estaba construyendo contigo —dijo, con una voz que no subió pero que tenía un filo que Greta no le había escuchado antes—.
Un hogar. Aquí. Contigo. —Pausa—. Llevo cinco años en esta ciudad, Greta.
He visto morir a un amigo en ella. He visto a cientos de personas humilladas y despojadas de maneras que no te imaginas.
He arriesgado mi carrera, mi nombre, mi país.
¿Qué crees que hago aquí? ¿Que simplemente existo?
Pietro la miró un momento más. Y entonces arremetió desde el dolor.
—¿Cuántas personas ha movido tu red en dos años?
—dijo, con esa voz que no subía pero que tenía filo—.
¿Veinte? ¿Treinta? —Pausa—. Doscientas treinta y tres.
Eso hice yo. Desde un escritorio con un sello.
En una ciudad que según tú no es mi hogar.
—Otra pausa—. No me llames tibio. Y no me digas que no entiendo.
—Y entonces salió lo que llevaba años guardado—.
Llevo cinco años escuchando eso. Primero de una alemana que amé.
Ahora de ti. Ya es suficiente. No te lo permito.
Silencio.
Greta lo miró durante un momento largo.
—Tienes razón —dijo—. No debí.
—No —dijo Pietro—. No debiste.
Otro silencio. Más largo.
—Pero la pregunta sigue siendo válida —dijo Greta, más suave—. No lo que ya hiciste. Lo que todavía puedes hacer.
Pietro pensó en Lucia. En el Hasenheide. En ¿cuántas personas más crees que podemos ayudar desde una celda?
Había puesto distancia con ella estos últimos meses. Ahora entendía por qué ella había hecho lo que hizo — y lo que le había costado hacerlo.
—Lo sé —dijo—. Pero si cometemos un error lo perdemos todo. Nuestras vidas. Lo nuestro. La posibilidad de seguir aquí para seguir ayudando. —Pausa—. Cuando digo que es suficiente, es suficiente.
—De acuerdo —dijo Greta, no del todo convencida—. Por ahora.
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Rosa Blumenthal. Treinta y cuatro años. Había que moverla de Mitte a Neukölln — de un piso vigilado a un sótano donde una familia la esperaba. Veinte minutos en el Lancia.
Greta había planteado el método esa tarde en el apartamento, con la misma economía con que planteaba todo: Pietro recogía a Rosa en una esquina de Mitte, ella subía al maletero, Greta iba en el asiento del copiloto.
Una pareja que viene de cenar. Nada que llamara la atención de nadie a las diez de la noche en Berlín.
Pietro llegó a la esquina convenida con dos minutos de anticipación.
Rosa apareció desde un portal oscuro con el cuidado específico de quien ha aprendido que cada movimiento puede costar algo.
No habló. Pietro tampoco. Abrió el maletero.
Rosa entró con la eficiencia silenciosa de alguien que ya ha hecho esto antes o que lleva meses preparándose para tener que hacerlo.
Cerró el maletero con suavidad.
Greta subió al copiloto. Pietro arrancó.
Cruzaron Unter den Linden. El Lustgarten a la izquierda, oscuro.
La ciudad nocturna con sus coches escasos y sus faroles y esa sensación de orden que Berlín mantenía incluso cuando lo que sucedía dentro de sus edificios no tenía nada de ordenado.
Una pareja en un Lancia con placas diplomáticas. Nadie los miró.
Pietro pensó en el método.
Durante dos años había procesado doscientas treinta y tres personas desde su escritorio en la embajada.
Las conocía por nombre, por fecha de nacimiento, por el número de documento que les había fabricado o facilitado.
Las conocía como series de datos que había que hacer coherentes — una dirección que cuadrara con un municipio, una edad que no contradijera una fecha de emisión.
Las conocía de la manera en que se conoce a alguien a través del papel que lo representa, que es una manera real pero incompleta.
Rosa Blumenthal no era un expediente.
Era una mujer en el maletero de su coche que respiraba en el oscuro con esa contención de quien ha aprendido a ocupar el mínimo espacio posible.
Que tenía cara. Que tenía manos. Si algo salía mal esa noche Pietro lo sabría de manera inmediata y no abstracta.
No como un número que no cuadra en un registro. Como una persona.
Ese era el precio de este trabajo distinto al otro.
Y también era, de alguna manera que Pietro no sabía todavía cómo articular, lo que lo hacía más real.
Greta miraba la calle desde el copiloto sin decir nada. Eso también era parte del método — dos personas que no hablan en un coche no llaman la atención. Dos personas que hablan demasiado, sí.
Giró hacia el sur. Neukölln. Las calles que había reconocido esa tarde.
Veinte minutos.
En el callejón de Neukölln Pietro abrió el maletero. Rosa salió con los ojos que tardaron un segundo en adaptarse a la oscuridad. Pietro la ayudó a ponerse de pie sin decir nada.
Rosa lo miró.
—¿Es usted italiano?
—Sí —dijo Pietro.
Rosa asintió.
—Su abrigo huele a Italia —dijo—. No sé cómo explicarlo. Pero huele así.
Pietro no supo qué responder a eso.
La puerta del sótano se abrió. Una mano tomó a Rosa del brazo. La puerta se cerró sin ruido.
Pietro condujo de vuelta al garaje de la embajada.
En Savignyplatz, sentado en el escritorio con el abrigo puesto, pensó en el comentario de Rosa.
Su abrigo olía a Italia. Él ya no podía olerlo — llevaba tanto tiempo en Berlín que el olor de Roma, si alguna vez había quedado en la tela, se lo había llevado el tiempo.
Pero que alguien que nunca había estado ahí pudiera reconocerlo le dijo algo sobre la persistencia de las cosas que uno cree perdidas.
No todo desaparece, aunque no puedas verlo.
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Hubo una segunda discusión a finales de marzo, más larga y más honesta que la primera.
Empezó porque Greta llegó de una desaparición de dos semanas y Pietro le preguntó, con más franqueza de la habitual, qué había hecho.
—No puedo decírtelo —dijo Greta.
—Lo sé —dijo Pietro—. Pero me cansa. No saber con quién estás, qué haces, si estás bien o no estás bien. —Pausa—. Me cansa fingir que eso no existe.
Greta lo miró.
—No te pido que finjas —dijo—. Te pido que lo aceptes como parte de lo que esto es.
—¿Y si no puedo?
—Entonces tenemos un problema —dijo Greta, sin dureza pero sin rodeos—. Porque no va a cambiar. Lo que hago requiere que nadie sepa demasiado, incluido tú. No por desconfianza. Por protección.
Pietro pensó en eso.
En la lógica de Lucia. En la misma aritmética que ahora le venía de otra persona en otro contexto.
—¿Ni siquiera si te pasa algo? —dijo—. ¿Ni siquiera sabría dónde buscar?
Greta tardó.
—Si me pasa algo —dijo finalmente— probablemente no habría dónde buscar. Así funciona esto.
Pietro la miró.
Esa frase — así funciona esto — tenía un peso que ninguno de los dos quiso examinar demasiado de cerca en ese momento.
Pero ahí estaba.
Y los dos la escucharon.
Pietro pensó en lo que significaba aceptar eso.
No en abstracto — lo había aceptado en abstracto desde el primer día, en la aritmética del trabajo clandestino que conocía mejor que nadie.
Sino en lo concreto: que si Greta desaparecía una semana y no volvía, él no sabría.
Que si desaparecía dos semanas, tampoco sabría.
Que en algún punto la ausencia se volvería permanente sin que nadie se lo dijera, sin que hubiera un lugar al que ir a buscarla, sin que existiera ningún cauce por el que llegara la información.
Que la diferencia entre Greta de viaje y Greta muerta podría ser, durante días o semanas, exactamente la misma — el mismo silencio, la misma ausencia, el mismo apartamento vacío.
Lo había visto ya. No con ella — con Conti.