CAPÍTULO 17 — Lo que no tiene nombre #4
El hombre en el maletero se llamaba David Katz. Cincuenta y dos años. Físico teórico de la Universidad de Berlín hasta el treinta y tres. Dieciocho meses escondido en Prenzlauer Berg con dos mantas y una botella de agua.
Greta en el asiento del copiloto. Pietro manejando con la concentración precisa de quien sabe que cualquier gesto fuera de lo ordinario puede costar más de lo que vale.
Seiscientos kilómetros de Alemania. Las autopistas anchas, los carteles, los pueblos con sus iglesias y sus banderas y esa normalidad de los lugares que han decidido que lo que ocurre fuera de ellos no les incumbe.
Pasado Stuttgart, Greta dijo:
—Cuéntame algo de Italia.
—¿Por qué?
—Porque necesito pensar en algo que no sea el maletero.
Pietro le habló de Roma. De la villa sobre la Vía Apia. De los pinos y los acueductos y su padre que ponía libros en su mesa sin decir léelo. De la nostalgia específica de quien ama un lugar exactamente porque está lejos de él. De la pasta y la comida que tanto extrañaba.
Greta escuchó con los ojos en la carretera.
—¿Lo extrañas?
—A veces. Cuando Berlín pesa demasiado.
—¿Y ahora?
—Ahora no —dijo Pietro—. Ahora estoy exactamente donde tengo que estar.
Greta lo miró de perfil un segundo. No dijo nada.
Pero algo en ella se asentó — ese milímetro de cambio que Pietro había aprendido a leer, su manera de recibir las cosas que le importaban sin mostrar que le importaban.
---
El control fronterizo en Bargen tenía tres funcionarios esa mañana.
Pietro lo notó cuando el coche se detuvo. Tres en lugar de los dos habituales. Información que había que leer.
Sintió a Greta ajustar la postura. Solo un milímetro.
El funcionario principal se acercó.
—Buenos días. Documentos, por favor.
Pietro entregó el pasaporte diplomático y el carnet con la eficiencia de quien ha hecho esto muchas veces.
El funcionario los revisó. Miró a Pietro. Miró a Greta. Miró el coche.
—¿La señorita?
—Mi prometida —dijo Pietro—. Margarethe Fischer. Pasamos el fin de semana en Zurich.
El funcionario revisó los documentos de Greta más tiempo del habitual.
Pietro sintió el silencio del maletero detrás como algo físico.
—¿Llevan algo en el maletero? —dijo el funcionario.
Pietro no parpadeó.
—Dos maletas y una caja de vino para el cónsul —dijo, sacando el carnet y sosteniéndolo con la tranquilidad del que tiene autoridad y lo sabe—.
Si necesita revisarlo, con gusto. Aunque imagino que querrá consultar con su superior antes de inspeccionar un vehículo diplomático italiano.
El protocolo en estos casos suele requerir autorización formal.
Lo dijo sin amenaza. Con la voz plana del hombre que conoce las reglas mejor que el hombre al que se las está diciendo.
El funcionario miró el carnet. Miró la cola de coches que empezaba a formarse.
Le devolvió los documentos.
—Que tengan buen viaje.
La barrera subió.
Pietro cruzó a cuarenta kilómetros por hora, como quien no debe nada y no huye.
Cuando el control quedó a un kilómetro, Greta soltó el aire despacio.
—El protocolo suele requerir autorización formal —repitió con algo en la voz que no era humor pero se le acercaba.
—Funciona el noventa por ciento de las veces.
—¿Y el diez restante?
—Para eso sirve el vino del cónsul.
Greta lo miró.
Y se rió. No una sonrisa — una risa real, breve, que cambió algo en el aire del coche de una manera que Pietro registró con una precisión que no había anticipado.
Siguieron hacia Schaffhausen con el sol de invierno en el parabrisas y Suiza abriéndose alrededor como un mundo que no sabía que existía a cuarenta kilómetros de todo lo demás.
---
David Katz salió del maletero en un callejón de Schaffhausen con las piernas entumecidas y los ojos que tardaron en adaptarse.
Pietro lo ayudó a ponerse de pie. El físico lo miró con esa expresión de los que han esperado tanto tiempo que la llegada del momento produce no euforia sino incredulidad quieta.
—¿Cuánto falta para Zurich? —dijo.
—Cuarenta minutos en tren. La estación está a tres cuadras.
Katz sacó un sobre doblado del abrigo.
—Para usted. No lo abra ahora.
Pietro lo tomó sin decir que no era necesario. Katz ya lo sabía y lo hacía de todas formas.
Se dieron la mano. Y el físico caminó hacia la estación con sus ecuaciones en la cabeza y la vida que empezaba en Zurich, y Pietro nunca sabría cómo terminaba esa vida — que era también parte del trabajo: hacer lo que podías y aprender a no necesitar el final.
---
Pasaron la noche en Schaffhausen.
La razón práctica era sólida. La otra razón era que los dos lo sabían y ninguno lo dijo.
El hotel era pequeño, cerca del Rheinfall. El ruido del río llegando por las ventanas. Esa quietud irreal de las ciudades neutrales — demasiado iluminadas, demasiado normales, demasiado ajenas a lo que ocurría a cuarenta kilómetros.
Cenaron. Hablaron de cosas que no eran la misión.
En algún momento Greta dijo, mirando su copa:
—Cuando hablé en Múnich de la burocracia al revés — no pensé que nadie lo fuera a usar. No así.
—Yo tampoco lo pensé —dijo Pietro—. Tardé meses en entender qué habías dicho esa noche.
—¿Y qué había dicho?
—Que había otra manera. Que no todo tenía que ser el gesto grande o nada. Que había un espacio entre los dos donde cabía algo real.
Greta lo miró.
—Doscientas treinta y tres personas —dijo.
—Doscientas treinta y tres —confirmó Pietro.
Silencio. El río. La ciudad neutral. Alemania a cuarenta kilómetros existiendo de la misma manera en que existía siempre.
—¿Tienes miedo? —dijo Greta.
—Siempre —dijo Pietro—. ¿Tú?
—Siempre —dijo Greta.
Y en esa palabra compartida había algo que ninguno habría sabido explicar en otras circunstancias pero que en ese hotel resultaba perfectamente comprensible: que el miedo compartido entre personas que hacen lo mismo en el mismo mundo tiene una cualidad que no se parece a ninguna otra cosa.
Más tarde, en la oscuridad de la habitación con el Rheinfall llegando por la ventana, estuvieron juntos de la manera en que dos personas que han pasado un día así pueden estarlo — sin necesidad de palabras, sin necesidad de definiciones, con la urgencia específica de los que saben que el mundo afuera no se detiene y que por eso mismo los momentos dentro de él merecen ser vividos completamente.
Pietro pensó, en algún punto de esa noche, que hacía mucho tiempo que no se sentía tan presente en su propio cuerpo.
Que los últimos años habían sido cabeza y expedientes y cuadernos y sellos, y que había algo en esa habitación de Schaffhausen — en esa mujer que no pedía explicaciones ni prometía nada — que le recordaba que también era carne y hueso y que eso también contaba.
No era amor en el sentido en que había amado a Ana. Era otra cosa. Más adulta. Más honesta sobre sus propios límites. Y en ese momento era exactamente lo que necesitaba.
---
Más tarde, en la madrugada, Pietro se levantó al baño.
Al pasar junto a la silla donde había dejado el abrigo, recordó el sobre.
Lo sacó. Lo abrió junto a la ventana con el Rheinfall llegando de fondo — ese ruido constante del agua que en Schaffhausen existe de día y de noche sin pedir permiso.
Un documento bancario. Una nota de tres líneas en letra apretada:
Por si algún día necesita cruzar usted también.
Lo dobló. Lo guardó en el bolsillo interior del abrigo. Y estuvo un momento mirando la calle antes de volver a la cama.
Greta dormía.
Berlín estaba a setecientos kilómetros.
---
El regreso fue el domingo por la mañana.
El mismo control. Dos funcionarios esta vez. La barrera subiendo.
En la autopista, Greta dijo:
—Hay otra persona que va a necesitar ayuda. En unas semanas. En Berlín.
—Condiciones —dijo Pietro.
—Dígalas.
—Que me des tiempo para pensar el método. Que si digo que es demasiado riesgo, lo es. —Pausa—. Y que operemos solos tú y yo. Nadie más en las misiones — cualquier persona extra despierta suspicacias que no necesitamos.
Greta lo miró.
—¿Y eso es todo?
Pietro sonrió apenas.
—Tendremos que salir más. Hacer vida social. Que nos vean juntos en Berlín con naturalidad. —Pausa—. Un diplomático italiano y su acompañante alemana paseando en el Lancia no llama la atención de nadie. —Otra pausa—. Dos pájaros de un tiro.
—Que conveniente —dijo Greta, en tono burlón—. No me gusta.—
Lo sé. Pero es lo que hay. —dijo Pietro.
Llegaron a Berlín al anochecer. Todo en su sitio. Un fin de semana en Suiza. Nada más.
---
Lo que vino después fue la acumulación que da forma sin que uno lo decida.
Greta se quedó en Berlín más de lo que había dicho.
Con las desapariciones de siempre reducidas un poco más, como si quisiera protegerse, proteger lo que tenían.
Con una rutina que ninguno de los dos habría llamado rutina porque esa palabra implicaba una permanencia que ninguno de los dos estaba dispuesto a reclamar.
Una tarde Greta vio el cajón entornado del escritorio de Pietro.
—¿Qué hay ahí? —dijo.
Pietro lo abrió. El reloj. El cuaderno.
—¿De quién es el reloj?
—De un amigo.
—¿Murió?
—Sí.
—¿Cómo se llamaba?
—Alessandro —dijo Pietro—. Como yo. Alessandro Conti.
Greta leyó la inscripción sin tocarlo.
—A.C. — Roma, 1921. —Pausa—. ¿Lo mataron ellos?
—Sí. Aunque en el formulario decía insuficiencia cardíaca. Cuarenta y tres años. La última vez que lo vi me invitó a salir en noche vieja, que fue el día en que lo agarraron. Yo decliné. —Pausa—. A veces pienso que si hubiera dicho que sí, estaría vivo.
Greta cerró el cajón con suavidad. Como quien cierra una puerta que no le pertenece pero que respeta.
No dijo nada más sobre Conti. Y ese gesto — tan pequeño, tan sin drama — le dijo a Pietro más sobre Greta que cualquier cosa que hubiera dicho en voz alta.
---
Las discusiones empezaron en febrero y no terminaron en febrero.
Greta quería más. Cada misión exitosa le parecía una responsabilidad nueva. Pietro frenaba. Usaba ahora el mismo criterio que Lucia había usado con él— el margen, el riesgo, la utilidad futura de seguir estando ahí.
—¿Cuánto tiempo más vas a contener? —dijo Greta una noche—. Tienes el coche, la inmunidad, el alemán perfecto. Podrías hacer el doble de lo que haces.