El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 16 — El límite #2
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CAPÍTULO 16 — El límite #2

—Hay personas que van a necesitar que nosotros sigamos aquí —dijo Lucia—. Y si seguimos empujando ahora, después de lo que acaba de pasar, no vamos a seguir aquí.

Silencio.

—¿Cuántas personas más crees que podemos ayudar desde una celda? —dijo Lucia.

Era la pregunta correcta.

Pietro lo sabía.

Y aun así la rabia estaba ahí — no contra Lucia, no exactamente, sino contra la situación, contra el sistema, contra el hecho de que hubiera un límite y que ese límite existiera independientemente de cuánto uno quisiera que no existiera.

Se giró.

—Doscientos treinta y tres —dijo.

Lucia asintió.

— Doscientos treinta y tres —repitió.

—No es suficiente.

—No —dijo Lucia—. No lo es. Nunca lo va a ser. Ese no es el criterio. —Una pausa—. El criterio es si podemos seguir. Y ahora mismo no podemos.

Pietro la miró.

Lucia sostuvo esa mirada con esa serenidad suya que no era frialdad sino algo más difícil — la serenidad de quien ha tomado una decisión que le cuesta y que la mantiene de todas formas porque sabe que es la correcta.

—Y lo otro —dijo Lucia.

Pietro esperó.

—Lo que me preguntó Giulio en el Hasenheide —dijo Lucia— se lo tengo que preguntar yo también. —Una pausa—. ¿Por qué quieres seguir? La respuesta honesta.

Pietro abrió la boca.

Lucia levantó la mano mínima que usaba cuando quería decir no la respuesta preparada.

Pietro la cerró.

Pensó de verdad.

En Conti y su reloj. En Ana y la página dieciséis. En los Doscientos treinta y tres. En Miriam Adler y su carta de Génova. En las cenas con los hombres que lo hacían reír y que le producían náusea. En el año entero de trabajo y silencio y contención.

—Porque si paro —dijo al final, con una voz que no había usado antes con Lucia, más baja, más sin ornamento— no sé qué soy en esta ciudad.

—Pausa—. Llevo cuatro años aquí. He visto todo lo que he visto.

He perdido todo lo que he perdido. He hecho todo lo que he hecho.

—Otra pausa—. Y si paro, ¿qué queda? ¿Un diplomático italiano que procesó expedientes y asistió a cenas y miró hacia otro lado mientras el mundo se rompía?

Lucia lo miró.

—No —dijo—. Queda un hombre que sacó a doscientos treinta y tres personas de aquí cuando nadie más lo hacía. —Pausa—. Eso no desaparece porque paremos.

Pietro no respondió.

—Pero sí desaparece —continuó Lucia— si nos descubren. Porque entonces no somos nada. Ni los doscientos treinta y tres ni lo que venga después.

Lo que venga después.

Pietro la miró.

—¿Después? —dijo.

Lucia sostuvo su mirada.

—Siempre hay un después —dijo—. La pregunta es si vamos a estar aquí para verlo.

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Giulio lo supo sin que nadie se lo dijera.

Llegó al día siguiente con su café de siempre y su cara de siempre y dejó los expedientes sobre la mesa de Pietro con ese silencio específico de quien entiende que las cosas han cambiado y que su trabajo en ese momento es no añadir peso.

—¿Cuánto tiempo? —dijo, finalmente, cuando estuvieron solos.

—No lo sé —dijo Pietro—. Hasta que las aguas se calmen. Hasta que Malaspina deje de mirar. —Pausa—. Lucia lo sabrá.

Giulio asintió.

—¿Y los que quedan? —dijo, en voz baja—. Los que estaban en la lista.

Pietro tardó.

Era la pregunta que no quería hacerse.

—No podemos hacer nada por ellos ahora —dijo.

Giulio bajó la vista.

Asintió.

Despacio.

Con esa expresión que Pietro había visto en él antes — el momento exacto en que alguien entiende que el mundo no siempre tiene solución y que esa ausencia de solución no es un fracaso sino simplemente la forma que tiene el mundo de ser lo que es.

Era una expresión que a Pietro le costaba ver en Giulio.

Porque significaba que Berlín lo había cambiado también.

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En las semanas que siguieron llegaron cuatro personas a la embajada.

Cuatro en tres semanas, que era un número normal, que era exactamente el tipo de tráfico que no llamaba la atención de nadie.

Pero Pietro conocía ya la diferencia entre quien llega con una solicitud de trámite rutinario y quien llega con esa expresión inconfundible de los que no tienen otra opción.

La postura. Los ojos. La manera en que sostienen los documentos — con demasiado cuidado, como quien sabe que esos papeles son lo único que le queda.

El primero era un hombre mayor que había vivido dos años en Florencia en los años veinte y que tenía una fotografía de la Piazza della Signoria en la cartera que le mostró a Pietro sin que nadie se lo pidiera, como si la fotografía fuera también un documento, como si la memoria de un lugar pudiera ser prueba de pertenencia.

Pietro le explicó que los procedimientos estaban bajo revisión administrativa. Que no podía procesar solicitudes en este momento. Que volviera en unas semanas.

El hombre lo miró.

No con reproche. Con algo peor que el reproche: la comprensión. La comprensión de alguien que ha escuchado demasiadas veces versiones de la misma frase y que ha aprendido a reconocer lo que significa aunque las palabras cambien.

—Entiendo —dijo.

Y se fue.

Pietro se quedó en su despacho durante diez minutos sin tocar nada.

Luego abrió los expedientes de protocolo que tenía pendientes y siguió trabajando.

Porque eso era lo que quedaba.

Seguir trabajando.

Y esperar a que hubiera un después.

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El después llegó en forma de bodega.

No fue una decisión. Fue un martes por la noche en que Pietro se quedó en la embajada hasta tarde — que era habitual — y en que el edificio estaba más vacío de lo usual porque Malaspina había salido a una cena en la residencia del agregado militar y Giulio tenía algo que hacer que no era la embajada y Lucia se había ido a las siete como siempre.

Pietro estaba en su despacho con los expedientes de protocolo y el silencio del edificio y esa sensación específica de las noches en que el trabajo se acaba pero uno no está listo para irse porque irse significaría llegar a Savignyplatz y estar solo con todo lo que no puede nombrarse.

En algún momento bajó.

No con un plan. Con el tipo de impulso que no tiene nombre porque no ha pasado por la cabeza antes de que los pies ya estén moviéndose.

La escalera al sótano era estrecha y olía a piedra húmeda y a años acumulados de una ciudad que había sido muchas cosas antes de ser esto.

El corredor del sótano con sus cajas de archivos y sus muebles sin uso y esa oscuridad específica de los espacios que no necesitan la luz porque nadie va a ellos.

Pietro encendió la linterna que llevaba desde hacía meses en el cajón del escritorio sin saber exactamente para qué.

Caminó hasta el fondo.

La puerta era de madera oscura con una cerradura que no había sido abierta en mucho tiempo — la madera hinchada por la humedad, el metal con la pátina específica del abandono. Pietro tuvo que empujar con el hombro.

La puerta cedió.

Y el olor llegó antes que cualquier otra cosa.

Tinta.

El olor específico e inconfundible de la tinta de imprenta — no la tinta de las plumas ni la de los sellos sino algo más profundo y más viejo, el olor de la tinta mezclada con el aceite de la maquinaria y el papel y los años, el olor de las palabras antes de que sean palabras.

Pietro levantó la linterna.

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La imprenta estaba cubierta con una lona que el tiempo había vuelto gris.

No era grande — del tipo que usaban las imprentas de barrio, los periódicos menores, las publicaciones que no necesitaban las máquinas industriales sino algo más modesto y más manejable. Pietro levantó una esquina de la lona.

Hierro. Rodillos. El mecanismo que había visto una vez, de niño, en la imprenta del periódico local de su ciudad, cuando su padre lo había llevado a ver cómo se hacían las palabras antes de llegar al papel.

Pensó en Conti.

En la tarde del treinta y seis, cuando Lucia le había cortado el paso antes de que pudiera acercarse a este lugar. En el olor que había llegado hasta él de todas formas, brevemente, antes de que la puerta se cerrara.

Cuatro años.

La imprenta había estado aquí cuatro años, cubierta con su lona gris, esperando que alguien bajara las escaleras y empujara la puerta de madera hinchada.

Pietro la miró durante un tiempo que no midió.

Pensó en los cuatro que habían venido recientemente y a los que había dicho vuelva más adelante. Pensó en los veinte que estaban en la lista y a los que no había podido llegar. Pensó en el hombre con la fotografía de la Piazza della Signoria.

Pensó en Greta en la cervecería de Múnich diciendo: burocracia al revés. Certificados que se pierden. Diagnósticos que se retrasan. Nombres que no aparecen donde deberían. Fechas que no cuadran.

Y pensó en algo diferente.

No papeles. No sellos. No la maquinaria del sistema usada contra sí misma.

Palabras.

Las palabras que nadie decía en voz alta pero que todo el mundo pensaba.

Las preguntas que existían en las cocinas y en los susurros y en las miradas entre personas que se conocen suficiente para no necesitar decir lo que piensan.

Las preguntas que el sistema prefería que no existieran porque su existencia era en sí misma una forma de resistencia.

¿Cuántos alemanes han muerto en el frente? ¿Por qué los periódicos no tienen listas de bajas? ¿Sabías que el Reichsmarschall prometió que ningún avión enemigo sobrevolaría Berlín?

No manifiestos. No proclamas heroicas que pedían a la gente que se levantara contra el Reich. Solo preguntas. El tipo de preguntas que una persona razonable en una ciudad razonable tendría derecho a hacerse sobre la guerra que su país estaba peleando con su dinero y con sus hijos.

Pietro bajó la lona.

Se quedó en la oscuridad del sótano con el olor a tinta y a piedra húmeda y con algo que no era todavía un plan pero que se parecía a la dirección en que los planes empiezan.

No esa noche.

Esa noche solo miró.

Pero al subir las escaleras de vuelta a su despacho, Pietro Alessandro Berardi supo con la misma certeza con que se saben las cosas que ya no pueden desaberse que esa bodega no iba a quedarse vacía mucho más tiempo.