El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 15 — El arte de fingir #4
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CAPÍTULO 15 — El arte de fingir #4

Eso era lo que nadie podía quitarle — no Otto, no el Reich, no la página dieciséis del Völkischer Beobachter ni el recorte del Berliner Tageblatt que vivía en el cajón equivocado.

Había sido real. Y ahora era historia, con toda la frialdad que esa palabra tiene cuando se aplica a algo que uno vivió.

Un año.

Habían esperado un año para casarse. Un año desde que todo se rompió en el salón de los Hartmann.

Pietro pensó que eso decía algo — sobre Otto, sobre Ana, sobre la velocidad con que las personas reconstruyen sus vidas cuando tienen claro qué quieren — y que lo que decía no era bonito aunque tampoco era injusto.

El mundo no esperaba. El mundo nunca había esperado.

¿Adónde iban todos esos jueves? ¿Adónde iban las tardes del Tiergarten y las conversaciones que terminaban tarde y los dos años de algo que ninguno de los dos había sabido nombrar del todo?

Pietro no lo sabía. Probablemente a ningún lado — probablemente se quedaban simplemente en el pasado, que es el único lugar donde caben las cosas que terminaron y que uno no sabe todavía del todo cómo cargar.

Miró el río.

El último año había sido trabajo. Expedientes, sellos, ventanas que Lucia abría y Giulio encontraba.

Cenas con hombres que le producían náusea a los que hacía reír.

Savignyplatz en silencio. El reloj de Conti en el cajón.

Una rutina construida sobre una ausencia que Pietro había aprendido a no mirar directamente porque miraba demasiado.

Esta conversación — esta cerveza, este puente, este río oscuro de febrero — era lo más genuino que había tenido en meses.

Quizás en el año entero. Desde la última tarde con Conti en la cervecería del Kurfürstendamm, desde el desayuno al amanecer con Göring, nadie le había hablado así. Y él no le había hablado así a nadie.

Había aprendido a contener. Como todos en ese edificio. Como Lucia con su carpeta y su silencio. Como Giulio con su tono de pregunta menor para las cosas que no lo eran. Cada uno cargando lo suyo sin nombrarlo, porque nombrar las cosas en Berlín en 1940 tenía costes que no siempre podían pagarse.

Pero el vacío estaba ahí.

Pietro lo sabía. Lo había sabido desde octubre, desde las dos líneas en la página dieciséis.

Y lo que llenaba ese vacío — los expedientes, los nombres, Jakob Weisberg y Sara Moscati y los otros ciento veinte — no era Ana ni podía serlo.

Era otra cosa. Su propia cosa. La única que había encontrado en cuatro años de Berlín que le decía con suficiente claridad para qué estaba ahí.

No era suficiente para no sentir el vacío.

Pero era suficiente para seguir.

—A veces pienso —dijo Pietro, sin apartar los ojos del agua— que debería haberme ido cuando Göring me lo sugirió.

Giulio lo miró.

—¿En el treinta y ocho?

—Sí. —Pausa—. Me dijo que había batallas que se ganaban retirándose a tiempo. —Otra pausa—. Y yo le respondí que había batallas que se perdían exactamente por eso.

—¿Y ahora?

Pietro pensó en ello de verdad.

—Ahora no lo sé —dijo—. A veces pienso que tenía razón él.

Que podría estar en Roma, en la villa, caminando por la Vía Apia con los pinos y los acueductos.

Que todo esto —todo— no es asunto mío. —Pausa larga—.

Soy italiano, Giulio. No tengo por qué estar aquí arriesgando lo que estoy arriesgando por personas que no me conocen en una ciudad que no es la mía.

Giulio no respondió de inmediato.

Esperó.

Porque había aprendido, en meses de trabajo junto a Pietro, que las frases que empezaban así raramente terminaban donde empezaban.

—Y luego pienso en Conti —dijo Pietro—. En su reloj.

En los cuarenta y tres años que tenía y los dieciocho que llevaba ese reloj en su bolsillo.

En hablamos el año que viene. —Pausa—. Y pienso en Jakob Weisberg y en Sara Moscati y en los otros cuyos nombres me sé de memoria aunque no los conozca. —Otra pausa—. Y se me pasa.

Giulio asintió.

—Hemos sacado a más de ciento veinte personas —dijo, en voz baja—. Expedientes procesados, fronteras cruzadas, personas que están en otro lado porque usted tenía un sello y la voluntad de usarlo.

Pietro lo miró.

—Ciento veinte en un Berlín que tiene millones —dijo.

—Sí —dijo Giulio—. Y mañana serán ciento veintiuno. Y pasado ciento veintidós. —Pausa—. No sé si eso es suficiente. Probablemente no lo es. Pero es lo que hay desde donde estamos. —Otra pausa—. Y Conti lo sabría.

Pietro miró el río.

El agua oscura moviéndose con su lentitud de febrero.

—Conti lo sabría —repitió, en voz baja.

Estuvieron así un momento más.

Luego Giulio dijo, con su tono de siempre:

—¿Otra cerveza?

Pietro se apartó del parapeto.

—Otra cerveza —dijo.

Volvieron a la Kirchstraße.

Y más tarde, ya en Savignyplatz, Pietro miró por la ventana hacia la calle que a esa hora estaba vacía y oscura y en silencio, y pensó en Ana.

En el vestido azul oscuro. En el Tiergarten en diciembre con la nieve pequeña.

En los jueves que ninguno de los dos nombraba porque nombrarlos habría significado admitir que los necesitaban.

La pensó por última vez.

O eso se dijo.

Aunque sabía, con la honestidad incómoda de los que no se mienten bien a sí mismos, que las últimas veces raramente lo son.

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El diez de junio de 1940, a las seis de la tarde, Benito Mussolini se asomó al balcón de la Piazza Venezia en Roma y declaró que Italia entraba en guerra junto al Reich alemán contra Francia y Gran Bretaña.

Pietro lo escuchó en la radio del despacho.

Malaspina también lo escuchó, desde su propio despacho, y Pietro pudo oír a través de la pared algo que podría haber sido satisfacción o podría haber sido alivio — la expresión sonora de un hombre que llevaba meses esperando que su país tomara una decisión y que ahora que la tomó puede dejar de esperar aunque la decisión sea lo que es.

Lucia entró al despacho de Pietro sin llamar.

Le dejó una carpeta sobre el escritorio.

Pietro la abrió.

Cuarenta y ocho expedientes pendientes de procesamiento.

Cuarenta y ocho nombres. Expedientes pendientes, algunos con semanas de espera, algunos con meses.

Personas que necesitaban ese papel antes de que la ventana se cerrara del todo.

Dos meses, había calculado Lucia. Veinticuatro por mes — el doble del ritmo habitual, el límite de lo que podían hacer sin que Malaspina lo notara.

48 seres humanos iban a necesitar ese papel con más urgencia de la que habían necesitado nunca, porque a partir de ese día Italia ya no era un país neutral ni no beligerante.

Era un país en guerra. Y las reglas del juego — las que ya eran frágiles, las que Pietro había estado usando con el cuidado de quien camina sobre hielo que sabe que no aguanta — iban a cambiar.

—¿Es posible? —preguntó Pietro.

Lucia lo miró.

—No lo sé —dijo—.  Tenemos semanas. Quizás menos. Lo intentaremos.

Pietro miró los cuarenta y ocho nombres.

Pensó en lo que le había dicho a Lucia y Giulio en el Treptower en diciembre: hay que apurarse mientras la ventana sigue abierta.

La ventana seguía abierta.

Por ahora.

—Empecemos —dijo.

Lucia asintió.

Y esa tarde, con Italia en guerra y Berlín celebrando otra victoria y el mundo reordenándose a una velocidad que ningún mapa podía seguir, Pietro Alessandro Berardi estampó el primer sello de los cuarenta y ocho.

Uno por uno.

Con la atención que merecían.