El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 15 — El arte de fingir #3
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CAPÍTULO 15 — El arte de fingir #3

Las calles con gente que no había salido a celebrar de manera espontánea desde hacía años, porque el Reich prefería las celebraciones organizadas a las espontáneas.

Pero esto era diferente — esto era demasiado grande para que ningún aparato de propaganda lo contuviera en los canales habituales.

La gente salió. Cantó. Bebió. Se abrazó con desconocidos.

Las cervecerías hasta la madrugada. Los periódicos con titulares que ocupaban toda la portada.

El resultado justificaba los métodos. Eso era lo que se respiraba en todas partes.

No como filosofía política — como observación cotidiana.

Mira lo que conseguimos. Mira la velocidad.

Mira cómo el mundo que nos habían arrebatado vuelve a ser nuestro.

¿Quién va a discutir los métodos cuando los resultados son estos?

Pietro los escuchaba.

En las cenas, en las cervecerías, en los pasillos de la embajada donde incluso Malaspina había bajado la guardia lo suficiente para decir algo sobre la genialidad estratégica que Pietro procesó con la misma cara de siempre.

Y esa misma semana, Pietro le mandó un telegrama a Göring.

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Lo redactó con cuidado.

Tres líneas. Las felicitaciones por la victoria de Francia — formales, protocolarias, del tipo que un diplomático italiano enviaba a un alto oficial alemán en un momento de triunfo nacional. Nada que no pudiera leerse en voz alta en cualquier mesa.

Pero con esas tres líneas iba una botella.

Barolo. Piamonte. Un año que Pietro sabía que era bueno.

Y una nota manuscrita de dos frases que decía: Con el respeto de quien recuerda una madrugada en la Kurfürstendamm. Berardi.

No más.

Suficiente.

Pietro lo mandó y no pensó más en ello ese día.

Pensó en lo que pensaba Goethe sobre tragarse el orgullo cuando la alternativa era peor — aunque no era Goethe exactamente, era una paráfrasis de algo que había leído en algún momento y que en ese contexto específico tenía la precisión de las citas que uno inventa porque las que existen no dicen exactamente lo que uno necesita.

Göring le había salvado la vida una noche de diciembre del treinta y ocho.

Eso no se borraba porque el hombre fuera lo que era.

Y en el mundo que se estaba construyendo, un hombre como Göring podía volver a ser necesario de maneras que Pietro todavía no podía prever pero que sería una estupidez no considerar.

Había aprendido eso también en Berlín: que la política es el arte de mantener abiertas las puertas que uno quisiera cerrar.

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Fue una tarde de mayo — Churchill acababa de llegar al poder en Londres, Chamberlain había renunciado tras el desastre de Noruega — cuando Lucia entró al despacho de Pietro al final del día y cerró la puerta sin que nadie se lo pidiera.

Pietro la miró.

Ella se sentó — que también era inusual, Lucia raramente se sentaba en su despacho sin que la invitaran — y lo miró con esa atención suya de mujer que ha decidido que lo que va a decir merece el contexto correcto.

—¿Ha leído lo de Churchill? —dijo.

—Sí.

—¿Qué piensa?

Pietro tardó.

—Que llegó tarde —dijo—. Y que es exactamente lo que Hitler no quería.

Lucia asintió.

—Chamberlain creía que podía comprarlo con papel —dijo, con una voz que no era exactamente amarga sino algo más templado que la amargura, la voz de alguien que ha tenido tiempo de procesar la decepción y ha llegado al otro lado—.

Y los franceses creían que la Maginot era suficiente.

—Pausa—. Dos años perdidos. Dos años en que alguien tendría que haber dicho basta y nadie lo dijo.

—Múnich —dijo Pietro.

—Múnich —confirmó Lucia—. Y antes de Múnich la Renania. Y antes de la Renania los Sudetes. Cada vez que alguien cedió, Hitler aprendió que podía seguir pidiendo. —Una pausa larga—. La historia no va a ser amable con ellos.

Pietro la miró.

Era raro — no que Lucia tuviera opiniones sobre el mundo, que las tenía, sino que las dijera en voz alta. Lucia era la mujer de los hechos, de los expedientes, de las decisiones prácticas. La reflexión política no era su registro habitual.

—¿Por qué me dice esto? —preguntó Pietro.

Lucia lo miró.

—Porque llevamos meses trabajando juntos en algo que importa —dijo—.

Y hay días en que me pregunto si lo que hacemos es suficiente.

—Pausa—. Y la respuesta honesta es que no lo es.

Nunca va a serlo. Pero la alternativa es lo que hicieron Chamberlain y Daladier — ceder, mirar hacia otro lado, decirse que alguien más lo resolverá.

—Miró sus manos—. Y ya vimos adónde lleva eso.

Pietro asintió.

Silencio.

El edificio con su ruido sordo de final de día — puertas cerrándose, pasos en los pasillos, el reloj del corredor marcando las siete.

—Gracias, Lucia —dijo Pietro.

Ella se levantó.

—No me dé las gracias —dijo—. Y no se confunda: lo que le dije no significa que vaya a dejar de frenarle cuando haya que frenarle. —Pausa con algo que en Lucia era lo más cercano a una sonrisa—. Pero sí significa que entiendo por qué seguimos.

Salió del despacho.

Pietro se quedó con esa conversación instalada en el pecho — no como consuelo exactamente, sino como algo más útil que el consuelo: la certeza de que no estaba solo en esto, y que la persona menos dada a los gestos sentimentales de toda la embajada había elegido esa tarde para decírselo.

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La boda salió en el Berliner Tageblatt un sábado de febrero del cuarenta.

Giulio se la mencionó un lunes, con esa manera suya de decir las cosas difíciles con tono de cosa menor que Pietro había aprendido a reconocer como una forma de cuidado.

—Vi algo en el periódico del fin de semana —dijo, dejando una carpeta sobre la mesa de Pietro sin mirarlo directamente—. Por si no lo había visto.

Pietro abrió la carpeta.

Dentro, recortado con precisión, el anuncio social.

Ana Hartmann y Otto Weiss. Casados el sábado quince de febrero de 1940 en una ceremonia privada en Charlottenburg. Los padrinos. Las familias. Dos líneas sobre la recepción posterior.

Pietro leyó el recorte.

Lo dobló.

Lo guardó en el cajón — no junto al reloj de Conti, sino en el otro cajón, el de los documentos que se archivan porque algún día pueden ser relevantes aunque no lo sean hoy.

—Gracias, Giulio —dijo.

Giulio asintió y salió sin añadir nada más.

Que era exactamente lo correcto.

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Esa noche Pietro fue a cenar con Giulio.

No lo planeó como tal — fue Giulio quien propuso salir, con esa intuición suya de joven que entiende cuándo alguien necesita compañía aunque no lo pida, y Pietro aceptó con la misma naturalidad con que había aprendido a aceptar las cosas que le hacían bien sin necesitar entender del todo por qué.

Caminaron hacia el Spree.

Giulio conocía una cervecería en la Kirchstraße, cerca del puente sobre el río, con las mesas de madera oscura y el techo bajo y esa luz específica de los locales que llevan décadas siendo lo que son y no tienen ninguna intención de cambiar.

En la esquina exterior, dos osos de piedra flanqueaban la entrada — el símbolo de Berlín, la ciudad que había elegido un animal que podía ser manso y podía ser feroz dependiendo de lo que el mundo le pusiera enfrente.

Pidieron cerveza. Luego otra. Pidieron algo de comer que ninguno de los dos comió con verdadera atención.

Hablaron de trabajo, de Malaspina, de un expediente complicado que Lucia había resuelto con una elegancia que los dos admiraban aunque Lucia nunca lo sabría porque no era el tipo de persona que necesitaba que le dijeran las cosas para saberlas.

En algún momento Giulio dijo, sin mirar a Pietro:

—Ya se casaron, entonces.

—Ya se casaron.

Silencio.

La cerveza. El ruido suave del local. Alguien al fondo tocando algo en un piano que nadie había pedido pero que tampoco molestaba.

—¿Está bien? —dijo Giulio.

Pietro consideró la pregunta con la honestidad que merecía.

—Sí —dijo—. No de manera sencilla. Pero sí.

Giulio asintió.

No añadió nada más sobre Ana. Que era también lo correcto.

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Salieron pasadas las once.

El aire de febrero en Berlín era del tipo que no pide permiso — entraba por el cuello del abrigo y por los puños y se instalaba en los huesos con esa paciencia de las cosas que saben que van a ganar.

El Spree al final de la calle con su reflejo de las farolas en el agua oscura.

El puente de piedra con sus arcos y su silencio.

Caminaron hacia el río sin decidirlo.

Pietro se apoyó en el parapeto del puente y miró el agua.

Giulio se quedó a su lado, con las manos en los bolsillos, en ese silencio específico de dos personas que han compartido suficiente para no necesitar llenarlo.

Berlín desde el puente era una ciudad que todavía podía parecer bella si uno la miraba de cierta manera — las luces en el agua, las fachadas de piedra al otro lado del río, la oscuridad entre los edificios que a esa hora tenía algo de misterio en lugar de algo de amenaza.

La ciudad que había fascinado a Pietro en el verano del treinta y seis, con sus Juegos Olímpicos y sus banderas y su pretensión de ser el centro del mundo nuevo.

Cuatro años.

Cuatro años en ese lugar.

Pensó en el verano del treinta y seis.

En la primera vez que vio Berlín desde el tren — las agujas de las iglesias contra el cielo de julio, la ciudad que se abría como una promesa que todavía no sabía si iba a cumplirse.

En los Juegos Olímpicos y las banderas y esa sensación específica de haber llegado al centro de algo, de estar en el lugar donde ocurría la historia.

En Ana.

En la primera tarde — el pañuelo, el nombre dicho entre los dos como una palabra que se aprende rápido.

Los jueves en el Kranzler que ninguno nombraba porque nombrarlos habría significado admitir que los necesitaban.

La habitación de Charlottenburg. Las conversaciones que terminaban tarde.

Esa manera suya de ver las cosas que a Pietro le había parecido durante dos años que era lo más cercano a su propia manera de ver las cosas que había encontrado en otro ser humano.

Todo eso había sido real.