El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 15 — El arte de fingir #2
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CAPÍTULO 15 — El arte de fingir #2

Y lo era.

Con una fluidez que lo sorprendía cada vez.

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Había una cena en noviembre del treinta y nueve que Pietro recordaría con una precisión específica — no por lo que ocurrió en ella sino por lo que ocurrió en él mientras ocurría.

El anfitrión era un subsecretario del Ministerio de Propaganda cuyo nombre Pietro había olvidado deliberadamente — uno de esos hombres de mediana edad que habían encontrado en el partido la elevación social que sin él nunca habrían alcanzado y que compensaban la conciencia de eso con una lealtad que no era convicción sino deuda.

La cena era en su villa en Dahlem, con doce comensales, vino del Rin que era bueno aunque nadie lo sabría apreciar, y esa conversación específica de las mesas del Reich donde tarde o temprano llegaba el tema de los judíos con la naturalidad con que en otras mesas se hablaba del tiempo.

Pietro había escuchado versiones de esa conversación docenas de veces.

Esa noche la escuchó diferente.

No porque el contenido fuera nuevo — era siempre el mismo argumento circular de los que han decidido que su prejuicio es ciencia y que solo necesitan el vocabulario técnico para hacerlo parecer razonamiento.

Sino porque el hombre sentado frente a Pietro — un oficial de las SA de unos cincuenta años, con la cara roja del que bebe demasiado desde hace años y la seguridad del que nunca ha necesitado justificarse ante nadie — dijo algo que hizo que la mesa entera asintiera con esa unanimidad específica de los grupos que han dejado de pensar individualmente.

Y Pietro asintió también.

Con la misma naturalidad que los demás.

Con la misma cara de hombre que está de acuerdo.

Y el oficial de las SA lo miró con aprobación y dijo algo sobre los italianos que eran casi alemanes cuando querían serlo, y la mesa rió, y Pietro rió con la mesa, y en algún lugar muy por debajo de esa risa había algo que Pietro reconoció como el precio íntimo de lo que estaba haciendo.

No culpa exactamente.

Algo más frío que la culpa.

El reconocimiento de que era capaz de esto.

De que el hombre que había intervenido en Kristallnacht por Silbermann y el hombre que reía en esa mesa eran el mismo hombre.

Y que eso no lo hacía hipócrita — o quizás sí lo hacía, pero de una manera que era necesaria — sino que decía algo sobre la naturaleza del trabajo que había elegido hacer y el coste que ese trabajo tenía sobre la persona que lo hacía.

Llegó a Savignyplatz pasada la medianoche.

Se lavó las manos con más cuidado del necesario.

Luego sacó los expedientes.

Y trabajó hasta las tres.

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El compromiso lo leyó un martes de octubre.

No en el Berliner Tageblatt — en el Völkischer Beobachter, que era donde las familias del partido publicaban sus anuncios sociales cuando querían que todo el mundo lo supiera.

Una columna en la página dieciséis, entre el anuncio de nacimiento de un niño llamado Siegfried y el obituario de un general retirado.

Dos líneas. Los nombres. La fecha prevista de la boda.

Ana Hartmann y Otto Weiss.

Pietro leyó las dos líneas.

Las leyó una vez más.

Dobló el periódico con el cuidado innecesario de quien necesita hacer algo con las manos mientras la cabeza procesa lo que acaba de leer.

Lo dejó sobre la mesa.

Sacó el expediente siguiente de la carpeta.

Y siguió trabajando.

Esa noche abrió la botella de Barolo que guardaba desde agosto para una ocasión que no había llegado todavía. Se sentó en la silla del escritorio con la copa en la mano y el apartamento en silencio y Berlín afuera con su ruido sordo de ciudad que no para.

Bebió despacio.

Pensó en Ana con la precisión dolorosa de quien sabe que pensar en ello no sirve de nada y lo hace de todas formas porque hay cosas que el cuerpo necesita procesar aunque la mente preferiría no hacerlo.

El vestido azul oscuro en el restaurante.

La mirada buscando la mesa vacía. Los años anteriores — el Tiergarten, el Kranzler, la habitación de Charlottenburg, las conversaciones que terminaban tarde porque ninguno de los dos quería que terminaran.

Todo eso ahora con dos líneas en la página dieciséis del Völkischer Beobachter.

Terminó la copa.

Se sirvió otra.

Y en algún momento de esa noche, sin decidirlo exactamente, dejó de pensar en Ana y empezó a pensar en los treinta y cuatro expedientes de agosto.

En los nueve de septiembre. En los catorce de octubre.

En los nombres — Jakob Weisberg, Sara Moscati, los otros cuyos apellidos se habían instalado en su memoria sin que nadie se lo pidiera porque así funciona la memoria cuando uno hace algo que importa.

Eso siguió siendo real.

Aunque todo lo demás se moviera.

Cerró la botella.

Apagó la lámpara.

Y se fue a dormir.

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El invierno del treinta y nueve al cuarenta fue el más frío en décadas.

Berlín lo llevó con esa estoicidad específica de las ciudades del norte que han aprendido que el invierno no es una interrupción de la vida sino parte de ella — las calles con su capa de hielo que los barrenderos luchaban contra en vano, los tranvías que llegaban tarde con el vapor de los pasajeros apretujados empañando los cristales, los cafés más llenos de lo habitual porque el frío hacía que cualquier interior caliente pareciera un refugio.

Pietro trabajaba.

El ritmo que Lucia marcaba era de diez a quince expedientes por mes — suficiente para que el volumen no llamara la atención de nadie que mirara los números globales, no suficiente para la urgencia que Pietro sentía crecer con cada semana.

Porque la urgencia crecía. No de manera irracional — con la lógica precisa de quien entiende lo que significa la no beligerancia italiana y sus límites.

Italia no estaba en guerra. Eso era un hecho.

Pero Mussolini no era un hombre que se quedara fuera de la historia cuando la historia estaba ganando.

Y lo que Pietro leía en los despachos que pasaban por su mesa, en las conversaciones de las cenas, en los comentarios de Malaspina cuando creía que nadie lo escuchaba con atención, decía con suficiente claridad que la no beligerancia era una posición temporal.

Que en algún momento — quizás en meses, quizás en semanas si las cosas seguían como seguían — el Duce decidiría que era hora de entrar.

Y cuando eso ocurriera, todo cambiaría.

La inmunidad diplomática italiana en Berlín no desaparecería — los aliados seguían siendo aliados. Pero el margen de maniobra se reduciría. La vigilancia aumentaría. La embajada se volvería un lugar donde hacer lo que estaban haciendo sería exponencialmente más peligroso.

Pietro lo sabía.

Lucia también lo sabía.

Y era exactamente esa diferencia de lectura — Pietro queriendo acelerar antes de que la ventana se cerrara, Lucia queriendo mantener el ritmo que había funcionado — la que empezaba a crear una tensión entre ellos que todavía no había encontrado las palabras para nombrarse.

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En diciembre, Pietro forzó la primera conversación al respecto.

No con Lucia — con los dos. Los convocó un sábado por la mañana, no en el Hasenheide esta vez sino en el Treptower, el parque al sur de la ciudad junto al Spree donde los berlineses iban a caminar los domingos con sus perros y sus niños y esa manera específica de los habitantes de las ciudades del norte de tratar el aire frío del invierno como si fuera un privilegio en lugar de un inconveniente.

—Italia va a entrar en la guerra —dijo Pietro, sin preámbulo, con la misma voz con que habría dicho que el tranvía llegaba tarde—. No sé cuándo exactamente. Pero va a entrar.

Giulio y Lucia lo miraron.

—Cuando eso ocurra —continuó— nuestra posición cambia. No desaparece, pero cambia. El margen que tenemos ahora no lo vamos a tener después. —Pausa—. Necesito que los dos entiendan eso. Y necesito saber si estamos de acuerdo en aprovecharlo mientras dure.

—¿Aprovecharlo cómo? —dijo Lucia. No con recelo. Con la precisión de quien necesita que las palabras signifiquen lo mismo para todos antes de seguir.

—Acelerando —dijo Pietro—. No de manera irresponsable. Pero sí más de lo que estamos haciendo.

Lucia no respondió de inmediato.

Caminaron un tramo en silencio.

El Spree a su derecha, con el hielo en los bordes y el agua oscura en el centro moviéndose con esa lentitud de los ríos en invierno que parece pereza y es simplemente el frío.

—¿Cuánto más? —dijo Lucia finalmente.

—El doble de lo que estamos procesando. Con el mismo cuidado. Pero el doble.

Otra pausa.

—Puedo intentarlo —dijo Lucia—. No te prometo que funcione sin problemas. Pero puedo intentarlo.

Giulio asintió.

Pietro también.

Y los tres siguieron caminando junto al Spree con el frío de diciembre encima y la ciudad al fondo y la certeza compartida de que el tiempo que tenían era finito y que había que usarlo bien.

La primavera del cuarenta llegó con noticias que Berlín recibió como confirmación de lo que ya sabía.

Dinamarca ocupada en un día. Noruega en dos meses. Los Países Bajos en cinco días. Bélgica en dieciocho. Y luego Francia.

Francia.

El país que había impuesto Versalles. El país que había humillado a Alemania en 1918. El país que supuestamente tenía la línea Maginot y el ejército más preparado de Europa occidental y todos los argumentos históricos para ser inexpugnable.

Francia cayó en cuarenta y seis días.

El veintiuno de junio de 1940, en el claro del bosque de Compiègne, en el mismo vagón de tren donde Alemania había firmado el armisticio de 1918, Francia firmó su rendición.

Hitler había insistido en ese vagón específicamente — lo habían sacado del museo donde estaba exhibido y lo habían llevado al mismo claro del bosque.

El mensaje era tan explícito que no necesitaba traducción: la humillación de Versalles devuelta, con intereses, en el mismo escenario.

Berlín enloqueció.

No había otra palabra.