El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 15 — El arte de fingir
42%

CAPÍTULO 15 — El arte de fingir

«La guerra es la continuación de la política

por otros medios.»

— Carl von Clausewitz

«Nadie lo entendió.»

— Pietro Alessandro Berardi, cuaderno personal, 1939

La guerra empezó un viernes.

Pietro lo supo antes de que llegara el primer despacho oficial, antes de que Malaspina convocara la reunión de urgencia, antes incluso de que Giulio apareciera en el marco de la puerta con esa expresión específica de los que traen noticias que ya todos saben pero que nadie ha dicho todavía en voz alta.

Lo supo porque Berlín tenía un sonido diferente esa mañana del primero de septiembre de 1939 — no más ruidosa, no más silenciosa, sino con una energía en el aire que Pietro había aprendido a leer en tres años de ciudad, la energía de los lugares que han estado esperando algo durante mucho tiempo y que esa mañana sienten que ese algo por fin llegó.

Polonia.

Las tropas alemanas habían cruzado la frontera a las cuatro cuarenta y cinco de la madrugada.

Hitler lo anunció en el Reichstag con ese tono suyo de hombre al que le han hecho una injusticia y que finalmente ha podido responder — no con agresión, con justicia histórica, con la rectificación de lo que Versalles había roto veinte años atrás.

La radio lo transmitió en directo. Las calles de Berlín lo recibieron con una mezcla de alivio y excitación que Pietro observó desde la ventana de su despacho con la misma atención con que había observado todo en esa ciudad: registrando, archivando, tratando de entender qué decía de las personas lo que hacían en los momentos en que creían que la historia los miraba.

Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania el tres de septiembre.

Francia lo hizo el mismo día.

Italia, por decisión de Mussolini, se declaró no beligerante.

Pietro leyó el comunicado oficial dos veces.

No beligerante. No neutral — esa habría sido una declaración más limpia, más honesta sobre la posición real.

No beligerante significaba que Italia seguía siendo aliada del Reich en todo excepto en la guerra activa.

Significaba que Malaspina seguiría teniendo acceso a los despachos de la Wilhelmstraße.

Que los diplomáticos italianos seguirían moviéndose por Berlín con una libertad que los británicos y franceses acababan de perder.

Significaba que la ventana seguía abierta.

Por ahora.

---

La ciudad cambió en días.

No con el drama que Pietro habría esperado — no con el miedo colectivo de una población que sabe lo que es la guerra porque la ha vivido.

Esta generación no la había vivido. Para los berlineses de 1939 la guerra era una abstracción histórica que sus padres recordaban como humillación y derrota, y que el Reich les había prometido que esta vez sería diferente.

Esta vez Alemania no cedería. Esta vez Alemania ganaría lo que le correspondía.

Y por el momento, todo lo indicaba.

Polonia cayó en diecisiete días. El primero de septiembre empezaron.

El diecisiete de septiembre la Unión Soviética atacó por el este según el pacto secreto que Ribbentrop y Molotov habían firmado en agosto.

El veintiocho, Varsovia capituló. Un país de treinta y cinco millones de personas dividido entre dos dictaduras en menos de un mes.

Berlín celebró.

No con los desfiles ostentosos del treinta y seis — eso era la Alemania que quería impresionar al mundo.

Esto era diferente: la satisfacción más profunda y más peligrosa de los que han ganado y sienten que tenían razón en creer que ganarían.

Las cervecerías llenas. Las conversaciones en las mesas con esa energía de los que han visto confirmadas sus certezas.

Los periódicos con sus titulares y sus mapas y sus flechas rojas avanzando sobre territorios que hasta hacía tres semanas eran de otra persona.

Pietro procesaba expedientes.

Nueve en septiembre. Catorce en octubre. Once en noviembre.

Lucia calibraba el ritmo. Giulio encontraba las ventanas.

Malaspina rondaba con su hipervigilancia de siempre, y Pietro seguía siendo el segundo de la embajada italiana en Berlín, competente y visible y sin nada que ocultar, procesando el trabajo rutinario de una embajada que funcionaba en un país aliado que acababa de ganar su primera guerra.

---

Turner lo llamó el cuatro de septiembre.

No a la embajada — a Savignyplatz, al teléfono del apartamento que Pietro raramente usaba para cosas que importaban. Una llamada breve, con esa economía suya de hombre que sabe que los teléfonos en Berlín no son confidenciales y que cada palabra tiene que justificar el riesgo de ser dicha.

—Berardi. Tengo una hora libre mañana por la mañana. Si quiere tomar un café.

Pietro entendió.

—El Kranzler —dijo—. A las diez.

—A las diez —confirmó Turner.

Y colgó.

---

El Café Kranzler era un lugar que Pietro conocía de años, con sus ventanales altos y su luz tibia y el camarero que ya lo reconocía y que esa mañana los sentó en una mesa del fondo sin que nadie lo pidiera.

Turner llegó puntual. Tenía el aspecto de alguien que ha dormido poco no por trabajo sino por el tipo de insomnio que produce la incertidumbre — el que no te deja dormir no porque tu cabeza esté activa sino porque tu cuerpo no termina de creer que el peligro pueda esperar hasta la mañana.

—¿Cuándo? —preguntó Pietro, sin preámbulo.

—No lo sé exactamente. —Turner bebió el café con esa lentitud específica de quien sabe que puede ser el último en mucho tiempo—.

Nos confinan primero aquí. Luego nos trasladan, dicen.

Bad Nauheim, probablemente. Un balneario al norte de Frankfurt donde pueden tenernos controlados sin que parezca un arresto.

—¿Y después?

Turner lo miró.

—Nadie lo sabe. —Una pausa—. El Reich no es previsible en esas cosas.

Pueden canjearnos por sus diplomáticos en Londres.

Pueden tenernos allá un año. Pueden decidir que somos más útiles como rehenes que como intercambio.

—Otra pausa, más larga—. Este es un régimen capaz de todo, Berardi.

Eso es lo que nunca terminamos de entender los que venimos de países donde hay reglas.

Hizo una pausa breve, como si estuviera decidiendo si valía la pena seguir.

—Esto iba a pasar —añadió finalmente—. No ahora necesariamente. Pero iba a pasar.

Pietro no dijo nada.

—Cuando murió Hindenburg —continuó Turner— y Hitler se quedó con todo, ya no había contrapesos. Ninguno. —Alzó la vista—. Y un sistema sin contrapesos no necesita mucho tiempo. Solo necesita la oportunidad correcta.

—¿Y Europa? —dijo Pietro.

Turner esbozó algo parecido a una sonrisa, pero sin humor.

—Miramos hacia otro lado —dijo—. Los franceses, los británicos… todos. —Pausa—. Cada concesión parecía pequeña en su momento. Razonable, incluso. —Se encogió de hombros—. Hasta que dejó de serlo y ahora parece demasiado tarde.

Bebió un sorbo.

—El poder absoluto tiene eso —dijo—. No solo controla. Convence. Seduce. Hace que la gente quiera creer que funciona.

Pietro asintió.

Lo sabía.

Llevaba tres años sabiéndolo.

—¿Hay algo que necesite? —dijo Pietro.

Turner lo miró un momento.

—No —dijo—. Gracias. —Una pausa—. Ya hice lo que tenía que hacer. —No especificó qué. Pietro no preguntó—. Lo que necesito ahora no es algo que usted pueda darme.

Se miraron.

Pietro pensó en el Friedrichshain. En el banco con el hielo deshecho en los bordes. En Turner explicando el §175 con esa voz plana que era la única manera de decir ciertas cosas hasta el final.

—¿Le puedo preguntar algo? —dijo Pietro.

—Puede.

—¿Valió la pena? Estos años aquí. Documentando. Reportando. Asegurándose de que en Londres hubiera personas que supieran lo que ocurre.

Turner consideró la pregunta con la seriedad que merecía.

—Londres sabe —dijo finalmente—. Si eso valió la pena depende de lo que hagan con lo que saben. —Pausa—. Y eso, me temo, ya no está en mis manos.

Bebió el último sorbo.

Se puso de pie.

—Cuídese, Berardi —dijo, extendiendo la mano—. Y siga haciendo lo que está haciendo.

Pietro le estrechó la mano.

—¿Cómo sabe lo que estoy haciendo?

Turner esbozó algo que no era exactamente una sonrisa pero que se le parecía.

—No lo sé —dijo—. Pero lo intuyo. —Pausa—. Y lo que intuyo me parece bien.

Salió del café.

Pietro se quedó con el café frío delante y la certeza de que no volvería a ver a Philip Turner en mucho tiempo. Quizás nunca.

Pagó. Salió a la Unter den Linden.

Berlín seguía celebrando Polonia.

---

Lo que Pietro no había anticipado del todo era lo bien que se le daba.

Fingir.

No en el sentido de la mentira activa — eso lo conocía, era parte del trabajo diplomático desde el primer día.

Sino en el sentido más específico y más perturbador: la capacidad de estar en una mesa con personas cuyas ideas le producían náusea y hacerlas reír.

De brindar con hombres que firmaban órdenes y encontrar el comentario exacto que los hacía sentir que Pietro los entendía, que era de los suyos aunque fuera italiano, que había en él algo que trascendía la nacionalidad y pertenecía al mismo club de los que veían el mundo con claridad.

Era bueno en eso.

Eso era lo que lo perturbaba.

Con los diplomáticos aliados que quedaban en Berlín — los húngaros, los rumanos, los búlgaros, los japoneses — era más fácil.

Eran hombres en situaciones parecidas a la suya: navegando alianzas que no habían elegido del todo, haciendo su trabajo en un mundo que se reordenaba a una velocidad que ningún manual diplomático había contemplado.

Con ellos Pietro podía ser él mismo en la medida en que el contexto lo permitía.

Pero con los funcionarios del partido, con los oficiales de las SS que aparecían en las cenas del Ministerio de Exteriores, con los hombres del aparato que Ribbentrop reunía ocasionalmente para recordarle a la diplomacia que había una jerarquía y que todos sabían cuál era — con ellos era diferente.

Con ellos Pietro tenía que ser otra cosa.

Lo había entendido en diciembre, en el salón de los Hartmann, con Otto Weiss en el suelo y la certeza incómoda de que a partir de ese momento cada gesto iba a ser leído, cada palabra recordada.