El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 14 — Lo que se propone en voz baja #3
41%

CAPÍTULO 14 — Lo que se propone en voz baja #3

Lo vio por casualidad.

O por lo que en Berlín se llamaba casualidad, que era con frecuencia la convergencia de dos rutinas en el mismo punto del mapa sin que ninguna de las dos hubiera buscado a la otra pero sin que tampoco pudiera decirse que era completamente imprevisto.

Era un jueves de finales de abril. Pietro salía de una reunión en el Ministerio de Exteriores — una de esas reuniones de protocolo que existían para que los diplomáticos de los países aliados se recordaran mutuamente que eran aliados — y caminaba hacia el Adlon donde había quedado con el agregado cultural austriaco, que técnicamente ya no era austriaco sino alemán pero que seguía siendo el hombre con quien Pietro hablaba sobre libros y sobre la imposibilidad de tomar café decente en Berlín.

El restaurante estaba en la Behrenstraße.

Pietro lo vio antes de llegar a la puerta.

A través del cristal, al fondo de la sala, en una de las mesas junto a la ventana que daban a la calle.

Ana con un vestido azul oscuro que Pietro no le había visto pero que reconoció como el tipo de vestido que se lleva a ciertos lugares con cierta persona.

Otto frente a ella, de civil, con una copa de vino en la mano y esa postura suya de hombre que ocupa el espacio que considera suyo porque siempre lo ha considerado suyo.

Pietro se detuvo en la acera.

Un segundo.

Solo un segundo.

Luego entró.

---

El maître lo recibió con la eficiencia discreta de los establecimientos que saben que su función es hacer que las cosas ocurran sin que se noten.

—Una mesa, por favor —dijo Pietro—. Cerca de la entrada, si puede ser.

Le asignaron una mesa a doce metros de donde estaban Ana y Otto.

Suficientemente cerca para existir en la misma sala.

Suficientemente lejos para que nadie tuviera que tomar ninguna decisión todavía.

Pietro pidió vino. Blanco, italiano, de una región del norte que había bebido con su padre en la terraza de la villa sobre la Vía Apia en un verano que parecía pertenecer a otro hombre.

Abrió el menú aunque no tenía intención de comer.

Lo usó como lo que era: un objeto que justificaba estar sentado en ese lugar mirando en esa dirección.

Ana lo vio a los tres minutos.

Pietro lo supo porque vio el momento exacto en que la expresión de ella cambió — no dramáticamente, no con un gesto que Otto pudiera haber leído si hubiera estado mirando, sino con esa mínima reconfiguración de los rasgos que existe cuando alguien ve algo que no esperaba ver y decide en una fracción de segundo cómo va a procesarlo.

Sus miradas se cruzaron.

Un segundo.

Pietro asintió, levemente, con la cortesía exacta de quien saluda a un conocido en un restaurante. Ni más ni menos.

Ana devolvió el gesto con la misma medida.

Luego volvió a mirar a Otto.

Pietro dobló el menú.

Llamó al camarero.

—La botella que tengo —dijo, en voz baja— llévela a esa mesa. —Señaló con un gesto mínimo—. Con mis respetos.

El camarero asintió sin preguntar.

Pietro dejó el dinero en la mesa, se puso el abrigo, y salió del restaurante antes de que la botella llegara a la mesa de Ana.

---

Desde la acera, a través del cristal, lo vio.

El camarero depositando la botella. La etiqueta visible desde donde estaba Pietro: Barolo, Piamonte, un año que Pietro sabía que era bueno porque su padre se lo había dicho una vez con esa solemnidad suya de hombre que toma el vino en serio.

Otto mirando la botella.

Luego al camarero.

—¿De parte de quién?

El camarero señaló la mesa vacía.

Otto miró la mesa. Miró la botella. Y con ese gesto suyo de hombre que no acepta que otros definan los términos de ninguna situación, apartó la botella hacia el borde de la mesa con dos dedos — no con furia, con la frialdad exacta del desprecio que no necesita alzar la voz para comunicarse.

—No quiero esto —dijo.

Suficientemente alto para que el camarero lo escuchara.

Suficientemente alto, quizás, para que Ana lo escuchara también.

Ana miraba la botella.

Luego buscó con la mirada la mesa donde había estado Pietro.

Vacía.

Luego la ventana.

La calle.

Pietro ya no estaba.

Había caminado veinte metros hacia el oeste por la Behrenstraße con las manos en los bolsillos del abrigo y el frío de abril en la cara y algo en el pecho que no era victoria ni derrota sino algo más parecido al cierre — la sensación de una puerta que se cierra no con portazo sino con el clic suave y definitivo del pestillo que encaja en su sitio.

No miró atrás.

No hacía falta.

Ya tenía a donde ir.

---

Los expedientes de mayo fueron dieciséis.

Los de junio, veintidós.

Malaspina seguía rondando. Giulio seguía encontrando ventanas. Lucia seguía siendo el radar y la brújula y la voz que decía cuándo y cuándo no con esa economía suya que no necesitaba más de dos palabras para decir lo que otros habrían necesitado un párrafo.

El verano llegó a Berlín con esa intensidad específica de los veranos del norte que compensan su brevedad con una luz que dura hasta las diez de la noche y convierte la ciudad en algo casi irreal, casi hermoso, casi capaz de hacerte olvidar por un momento lo que está construyendo.

Pietro no lo olvidaba.

Pero sí notaba el cambio en el ambiente.

Las terrazas llenas. Los uniformes más frecuentes en las calles, más joviales, con esa energía de los que esperan algo y sienten que lo que esperan está cerca.

En la radio, los discursos. En los periódicos, los titulares sobre Polonia, sobre Danzig, sobre los derechos históricos del pueblo alemán y la paciencia que tiene sus límites.

La gente escuchaba con atención.

Muchos asentían.

Pietro procesaba expedientes.

---

La última semana de agosto, Lucia entró al despacho con una carpeta y la puso sobre el escritorio de Pietro con ese peso específico de las carpetas que contienen algo que no es rutina.

Pietro la abrió.

Treinta y cuatro nombres.

Treinta y cuatro expedientes pendientes de procesamiento, la mayoría con más de dos meses de espera, la mayoría con algún vínculo con Italia que en circunstancias normales habrían bastado para procesar la solicitud en diez días.

—¿Cuándo los necesitan? —preguntó Pietro.

Lucia lo miró.

—Antes de que empiece —dijo.

No especificó qué.

No hacía falta.

Los dos sabían lo que iba a empezar.

Pietro miró los treinta y cuatro nombres.

Treinta y cuatro personas que esperaban.

Sacó el sello del cajón.

Empezó por el primero.