CAPÍTULO 13 — Lo que se archiva y lo que no #3
Lo guardó en el bolsillo interior del abrigo.
Y llevó la caja a su despacho.
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La abrió solo.
Había pedido media hora sin interrupciones y Lucia había dicho que sí con esa economía de palabras suya que no preguntaba y no comentaba y simplemente hacía que las cosas fueran como tenían que ser.
La caja contenía poco.
Una cartera de cuero marrón con algo de dinero y los documentos de identidad.
Un pañuelo doblado con las iniciales bordadas en azul, el tipo de pañuelo que regala una madre o una hermana.
El libro que Conti llevaba siempre en el bolsillo del abrigo, un Montaigne de edición pequeña con las tapas gastadas de tanto abrirse, con anotaciones en los márgenes con la letra pequeña y precisa que Pietro conocía de los informes y de las notas que dejaba sobre su mesa.
Y el reloj.
Un Longines de plata, con la tapa trasera grabada: A.C. — Roma, 1921. Un regalo de graduación, había dicho Conti una vez, sin dar más detalles, con ese pudor suyo de hombre que no hace teatro de las cosas importantes.
Pietro lo tomó.
Lo sostuvo en la palma de la mano.
El metal frío. El peso exacto de algo que había estado en el bolsillo de Conti durante dieciocho años. Que había marcado el tiempo de su vida en Roma, en Berlín, en todas las tardes de café y conversación y frases exactas y esa ironía suya que nunca era crueldad.
Que había marcado el tiempo hasta el veintinueve de enero. Y luego había dejado de marcar.
Recordó a Conti sacándolo del bolsillo en la cervecería, no para ver la hora, sino para subrayar una idea, como si el tiempo fuera un argumento más en la conversación.
Pietro lo dejó sobre el escritorio. El frío del metal se le quedó en la piel más tiempo del necesario, como si el cuerpo se negara a soltarlo del todo.
Cerró la caja. Y se quedó quieto durante un tiempo que no midió, en el silencio de su despacho, con el reloj de Conti delante y el formulario en el bolsillo y el peso específico de algo que ya no— Trató de tragar saliva. No pudo.
Dos lágrimas le recorrieron el rostro sin ruido, sin gesto, como si el cuerpo hubiera tomado la decisión por él.
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Malaspina convocó al personal a las cinco de la tarde.
Era inusual. Las convocatorias generales no eran parte del ritmo habitual de esa embajada, que funcionaba por departamentos y jerarquías y la comunicación directa entre secciones que raramente necesitaba reunirse toda junta.
Que Malaspina convocara a todos significaba que lo que tenía que decir requería ser dicho en presencia de todos, lo cual podía ser muchas cosas pero esa tarde solo podía ser una.
Se reunieron en la sala de reuniones del segundo piso.
Eran once personas contando a Malaspina.
Pietro, Lucia, Giulio. El agregado militar y su asistente.
La secretaria de protocolo. Dos funcionarios de visados.
El archivero. Todos de pie o sentados con esa incomodidad específica de los grupos que están juntos pero no saben todavía qué tipo de juntos van a ser en los próximos minutos.
Malaspina entró con una carpeta que no abrió.
Se colocó en la cabecera de la sala.
—Esta mañana hemos recibido comunicación oficial de las autoridades alemanas —dijo.
Su voz era la de siempre: controlada, con ese tono de quien ha ensayado lo que va a decir pero sin que el ensayo se note demasiado—.
El agregado cultural Alessandro Conti falleció el veintinueve de enero durante la detención preventiva en la que se encontraba.
La causa oficial es insuficiencia cardíaca.
—Una pausa—. La embajada presenta sus condolencias a la familia y gestionará el traslado de sus restos a Italia en los próximos días.
Silencio.
El tipo de silencio que existe cuando once personas reciben al mismo tiempo algo que ninguna de ellas sabe del todo cómo procesar, y que cada una procesa de manera diferente pero todas al mismo tiempo, en el mismo cuarto, con el mismo aire entre ellas.
—¿Detención preventiva por qué? —dijo Giulio. Lo dijo en voz baja. Sin agresividad visible. Pero con la precisión de quien hace una pregunta conociendo la respuesta y necesitando que el otro la diga de todas formas.
Malaspina lo miró.
—Actividades contrarias al orden público —dijo—. Los detalles están siendo investigados por los canales correspondientes.
Giulio abrió la boca.
Lucia lo miró.
Solo eso.
Una mirada.
Giulio cerró la boca.
Pietro miraba a Malaspina.
Malaspina no le devolvió la mirada.
Eso también decía algo.
—¿Alguna pregunta más? —dijo Malaspina.
Nadie habló.
—Bien. —Malaspina recogió su carpeta—. Pueden retirarse.
La gente empezó a moverse.
Pietro no se movió.
Esperó a que la sala se vaciara.
Cuando solo quedaban él y Malaspina, se miraron durante un momento que duró más de lo que cualquiera de los dos habría elegido.
—¿Qué le diremos al Duce? —dijo Pietro.
Malaspina lo miró con una expresión que Pietro no le había visto antes: no la vanidad, no la autoridad, no la irritación. Algo más pequeño y más real. El cansancio de un hombre que lleva semanas cargando algo que no eligió cargar y que no sabe todavía si va a poder seguir sosteniéndolo.
Malaspina bajó la vista un instante, apenas un instante, como si necesitara encontrar la frase en algún punto del escritorio.
Lo que Roma necesita escuchar —dijo—. Un funcionario italiano falleció en circunstancias que estamos investigando.
Que el caso está siendo gestionado con la seriedad que merece.
—Pausa—. Que la alianza entre Italia y Alemania se basa en el respeto mutuo y en la transparencia, y que esperamos que esto no se repita.
Pietro escuchó esa versión.
La versión que llegaría a Roma.
La versión que Ribbentrop había negociado sin que nadie lo dijera en voz alta, porque no había hecho falta decirlo, porque los dos sabían lo que el otro necesitaba y habían llegado al único acuerdo posible: enterrar el asunto con la fórmula más limpia disponible y seguir adelante como si el sistema que había matado a Conti fuera un exceso, una anomalía, algo que no volvería a ocurrir.
La versión que nadie en esa embajada iba a contradecir en voz alta.
—Entendido —dijo Pietro.
Salió de la sala.
En el pasillo, Giulio lo esperaba apoyado en la pared con los brazos cruzados y esa expresión de los jóvenes que acaban de entender algo que los mayores llevan tiempo sabiendo y que habrían querido no entender nunca.
—Actividades contrarias al orden público —dijo Giulio, en voz muy baja.
No era una pregunta.
Pietro lo miró.
—Sí —dijo.
—¿Y eso es todo lo que vamos a decir?
Pietro tardó.
—En voz alta —dijo—, sí.
Giulio lo miró durante un momento.
Miró el suelo.
Luego volvió a mirarlo a él.
Asintió.
Despacio.
Con la expresión de alguien que acaba de cruzar algo que no tiene vuelta atrás.
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Esa noche Pietro se quedó en la embajada hasta tarde.
No era inusual. Había noches en que el trabajo se acumulaba o en que el apartamento de Savignyplatz tenía demasiado silencio y la embajada, con su ruido sordo de edificio que nunca está completamente vacío, era preferible. Esa noche era las dos cosas al mismo tiempo.
Lucia se fue a las siete.
Antes de salir se detuvo en el marco de la puerta del despacho de Pietro.
No dijo nada.
No hacía falta.
Pietro levantó la vista.
Se miraron durante un segundo.
Lucia asintió, una vez, y se fue.
Pietro volvió a los papeles.
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A las nueve sacó el reloj de Conti del cajón donde lo había guardado esa mañana.
Lo miró durante un momento.
A.C. — Roma, 1921.
Dieciocho años.
Pensó en la cervecería del Kurfürstendamm. En las dos jarras de Weissbier. En la manera que tenía Conti de escuchar sin interrumpir, de dejar que uno terminara antes de responder, de encontrar la frase exacta donde otros habrían encontrado diez frases inexactas.
Pensó en hablamos el año que viene.
Y pensó en la pregunta que Conti le había hecho esa tarde, sin hacerla, porque Conti raramente hacía las preguntas directamente sino que las dejaba en el aire para que el otro las encontrara solo: ¿qué va a hacer usted, muchacho, con todo lo que sabe y todo lo que ve y todo lo que siente que debería hacerse?
Pietro no había tenido respuesta entonces.
Ahora la tenía.
No porque la hubiera encontrado. Sino porque la situación se la había dado, con la brutalidad específica de las situaciones que no piden permiso: la muerte de Conti, la caja, el formulario con su insuficiencia cardíaca mentirosa, el silencio colectivo de esa tarde en la sala de reuniones, Malaspina con su versión negociada con Ribbentrop, once personas tragándose una mentira juntas porque no había alternativa disponible en ese edificio en ese momento.
Y debajo de todo eso: Sara Moscati. Sus dieciséis expedientes de Nochebuena. La lista de pendientes de enero que seguía sobre su escritorio. Los nombres. Las personas. Cada una esperando que alguien con un sello y una firma decidiera que su caso merecía atención.
Pietro guardó el reloj en el cajón.
No en la caja.
En el cajón de su escritorio, junto al cuaderno.
Donde podía verlo cuando lo necesitara.
Luego abrió la carpeta con los expedientes de enero.
Tomó el primero.
Lo leyó con la atención que merecía.
Y empezó.