CAPÍTULO 14 — Lo que se propone en voz baja
«El coraje no es la ausencia del miedo.
Es decidir que hay algo más importante que el miedo.»
— Atribuido a varios. Ninguno de ellos vivía en Berlín.
La carta la escribió un martes de marzo.
No de golpe. La había empezado tres veces antes, en tres martes distintos, y las tres veces había llegado hasta cierto punto y se había detenido con la pluma en el aire y la sensación de que lo que estaba escribiendo no era lo que quería decir sino la versión corregida de lo que quería decir, y que entre las dos había una distancia que no podía cerrarse sin admitir cosas que no sabía si tenía derecho a admitir.
El cuarto martes escribió la versión sin corregir.
No era larga. Cuatro párrafos. Le decía que pensaba en ella.
Que los últimos meses habían sido difíciles de maneras que no había podido compartir con nadie y que eso, de alguna forma que no sabía explicar del todo, lo hacía pensar en ella más, no menos.
Que no le pedía nada. Que solo quería saber que estaba bien.
Lo leyó una vez.
Lo dobló.
Y al día siguiente, de camino a la embajada, se desvió por la Wilhelmstraße y dejó el sobre en la recepción del organismo cultural donde Ana trabajaba. Una mujer mayor lo recibió con una sonrisa profesional y lo puso en una bandeja sin mirar el nombre del destinatario.
Pietro salió a la calle.
El aire de marzo tenía esa temperatura intermedia que en Berlín nunca duraba, ese punto exacto entre el frío que por fin cede y el calor que todavía no llega.
Las flores de los castaños en las aceras.
La ciudad que hacía lo que la ciudad hacía independientemente de lo que ocurriera dentro de los edificios.
Esperó diez días.
No hubo respuesta.
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Lo intentó una segunda vez.
No con otra carta. Con presencia. Una tarde de finales de marzo se plantó en la acera de enfrente del organismo cultural a las seis menos cuarto, que era cuando calculaba que salía la mayoría del personal, con el cuello del abrigo subido y los pies fríos y la conciencia de que lo que estaba haciendo tenía un nombre que no le gustaba pero que no podía llamarse de otra manera.
Esperó veinte minutos.
La puerta se abrió varias veces. Funcionarios con maletines. Una mujer con un niño de la mano que no era del edificio sino del edificio de al lado. Dos hombres jóvenes con uniformes del partido que reían de algo que Pietro no escuchó.
Luego Ana.
Salió con el abrigo ya puesto, el bolso bajo el brazo, esa manera suya de caminar que Pietro conocía desde que llegó a Berlín — directa, sin perder tiempo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante como alguien que siempre tiene un destino claro.
Pietro la vio y algo en él se detuvo con la misma quietud involuntaria con que se detiene el cuerpo cuando reconoce algo que lleva tiempo buscando sin admitirlo.
Entonces vio el coche.
Negro. Discreto. Aparcado frente al edificio con el motor encendido. Y a Otto de pie junto a la puerta trasera, de paisano, sin uniforme — aunque Pietro sabía que el uniforme era solo una de sus pieles y que sin él seguía siendo exactamente lo mismo.
Había algo diferente en él. Pietro tardó un segundo en identificarlo.
Luego lo vio: la pierna derecha. El apoyo ligeramente desigual, el peso repartido de una manera que no era natural, el bastón que sostenía con la mano izquierda con esa manera específica de los hombres que necesitan el bastón pero han decidido que no van a dejarlo verlos necesitarlo.
La bala del salón de los Hartmann. Tres meses después y la pierna todavía cobraba su precio.
Pietro sintió algo que no era exactamente satisfacción — era demasiado pequeño y demasiado triste para ser satisfacción. Era simplemente el registro físico de una consecuencia. De que los actos tienen peso y ese peso a veces se ve.
Ana lo vio. No sonrió exactamente. Pero algo en su postura cambió — un relajamiento mínimo, casi imperceptible, del tipo que existe cuando aparece alguien con quien no hay que estar en guardia.
Otto guardó el bastón bajo el brazo con un gesto rápido y un poco torpe, tomó el abrigo por los hombros, comprobando que estuviera bien abrochado.
Un gesto doméstico.
Cotidiano.
El gesto de alguien que lleva tiempo haciendo ese gesto.
Pietro lo miró durante un segundo desde la acera de enfrente.
Luego se giró y caminó en dirección contraria.
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No fue directamente a Savignyplatz.
Caminó durante una hora por barrios que no tenían ninguna razón particular para ser los que eligió, que eran simplemente los que aparecieron delante de sus pies mientras la cabeza hacía lo que tenía que hacer con lo que acababa de ver.
No era sorpresa. Eso era lo más honesto que podía admitirse: no era sorpresa.
Lo había sabido desde el salón de los Hartmann en diciembre, desde el reloj de Conti en el cajón, desde cada semana que había pasado sin que el teléfono sonara con la voz de Ana al otro lado.
Lo había sabido y había escrito la carta de todas formas porque hay cosas que uno necesita intentar para poder dejar de intentarlas.
Ahora podía dejar de intentarlo.
Lo que no esperaba era la claridad.
No el alivio — eso sería demasiado limpio para lo que sentía.
Sino algo más útil que el alivio: la claridad de quien ha visto lo que tenía que ver y ya no necesita seguir mirando.
El gesto de Otto con el abrigo. La postura de Ana al relajarse.
Casi tres años de Berlín resumidos en diez segundos en una acera.
Siguió caminando.
En algún momento pasó por la Fasanenstraße y vio la persiana del consultorio de Brenner — DR. M.
brENNER. MEDICINA INTERNA — con ese verde desgastado de siempre.
Pensó en el cruce de miradas de enero del 38.
En cómo había mirado hacia otro lado. En todo lo que había mirado hacia otro lado desde entonces.
Pensó en Silbermann y su cartel. En Conti y su reloj. En la casera de Mitte diciendo que el periódico del treinta y uno sigue en la puerta, no me parece bien entrar.
Pensó en los dieciséis expedientes de Nochebuena.
Y pensó en lo que llevaba semanas tomando forma en el escritorio de Savignyplatz con los expedientes de enero y los de febrero y los que seguirían llegando, y en que había algo en ese trabajo que no tenía que ver con Ana ni con Conti ni con el despecho ni con ninguna de las cosas que uno podía decirse para explicar por qué hace lo que hace.
Tenía que ver con Brenner bajando la persiana.
Con la casera que no entraba.
Con los once funcionarios de la embajada tragándose una mentira juntos.
Con el sistema que funcionaba exactamente como estaba diseñado para funcionar.
Llegó a Savignyplatz pasadas las nueve.
Se sentó en la silla del escritorio.
Abrió el cajón.
Miró el reloj de Conti un momento.
Luego sacó una hoja en blanco y empezó a escribir.
No una carta.
Un plan.
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El Volkspark Hasenheide tenía en abril esa condición ambigua de los parques que no fueron diseñados para la elegancia sino para el uso — senderos irregulares entre tilos y olmos, bancos de madera con la pintura descascarada, un estanque con patos que no tenían ninguna pretensión de ser ornamentales.
Un parque de barrio. El tipo de lugar donde nadie mira a nadie porque todos tienen razones propias para estar ahí y ninguna requiere explicación.
Pietro llegó primero.
Eligió un banco alejado del sendero principal, con visibilidad en tres direcciones y la espalda cubierta por un seto alto que el invierno había dejado sin hojas pero que seguía siendo suficiente. Dos años y medio en Berlín habían cambiado la manera en que Pietro elegía dónde sentarse.
Lucia llegó a los cinco minutos. Puntual como siempre, con la carpeta bajo el brazo aunque no hubiera ninguna razón oficial para llevar una carpeta en un parque un sábado por la mañana.
La carpeta era su manera de estar en el mundo — una extensión de ella misma que le daba a cualquier situación un propósito visible, un pretexto de normalidad.
Se sentó a su lado sin saludar de manera especial.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Giulio llegó a los diez minutos con dos cafés en vasos de papel y la expresión de alguien que no ha dormido suficiente pero que ha decidido que eso no es relevante para lo que viene. Entregó un café a Pietro, otro a Lucia, se quedó de pie frente a ellos con las manos en los bolsillos.
—¿Nos sentamos? —dijo Pietro.
—Prefiero estar de pie —dijo Giulio—. Para ver mejor.
Pietro lo miró.
Asintió.
Era la respuesta correcta.
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Fue entonces cuando los vio.
Venían por el sendero principal con esa cadencia propia que tienen los grupos cuando marchan aunque no estén marchando: el paso sincronizado sin que nadie lo haya ordenado, la postura erguida de quien ha aprendido que el cuerpo también obedece.
Doce, quince muchachos. El más pequeño no tendría más de diez años.
El más grande quizás catorce. Uniformes pardos con el brazalete.
Un joven adulto al frente con el paso de quien ha sido investido de una autoridad que todavía no sabe del todo cómo llevar pero que lleva de todas formas con la energía específica de quien la acaba de recibir.
Pasaron a veinte metros del banco.
Cantando.
Una canción que Pietro no conocía pero cuyos acordes tenían esa cadencia de las canciones que no buscan ser bellas sino ser recordadas, que están construidas para instalarse en la memoria antes de que uno decida si quiere que estén ahí.
Los tres los miraron en silencio hasta que el grupo dobló por un sendero lateral y la canción se fue diluyendo entre los árboles.
—Diez años —dijo Giulio, en voz baja.
No añadió nada más.
No hacía falta.
Lucia miraba el punto donde había desaparecido el grupo con esa atención suya que no era contemplación sino análisis — la mirada de alguien que registra lo que ve y lo archiva en el lugar donde se archivan las cosas que importan.
—Cuando esos niños tengan veinte años —dijo, sin girarse— no van a recordar haber aprendido esto. Lo van a recordar como algo que siempre supieron.
Pietro pensó en eso.