CAPÍTULO 13 — Lo que se archiva y lo que no #2
—¿Qué campos? —dijo Pietro, aunque ya sabía la respuesta, fue una respuesta mecánica de negación.
—Sachsenhausen, principalmente, para los de Berlín.
—Turner se detuvo un momento, miró el estanque helado—.
Hay un sistema dentro del campo, Berardi.
Los presos llevan triángulos de colores para identificar su categoría.
Amarillo para los judíos. Rojo para los políticos.
Verde para los criminales comunes. —Una pausa más larga—. Rosa para los del 175.
Pietro pensó en Conti.
En su ironía precisa. En su manera de poner una mano en el hombro sin drama. En hablamos el año que viene.
—¿Y dentro del campo? —preguntó.
Turner lo miró de perfil.
—El triángulo rosa es el escalón más bajo —dijo—. Por debajo de todos los demás. Los guardias lo saben. Los otros presos también. —Pausa—. Lo que ocurre dentro no siempre llega afuera con nombre y detalles. Pero lo que llega es suficiente para saber cómo funciona.
Silencio.
Los pasos sobre la grava.
El aliento en el aire.
—¿Por qué me cuenta esto? —dijo Pietro.
Turner lo miró.
—Porque usted me lo preguntó —dijo—. Y porque hay cosas que merecen ser sabidas aunque cueste saberlas.
—Una pausa—. Y porque Conti me pareció un hombre decente las pocas veces que lo vi.
— Otro silencio—. Pocos hombres decentes me parecen en esta ciudad, Berardi.
No me puedo permitir perder el registro de los que hay.
Pietro asintió.
No había nada que decir que estuviera a la altura de lo que Turner acababa de decir. Así que no dijo nada.
Caminaron hasta la salida del parque.
En la verja, Turner se detuvo.
—¿Puede hacer algo? —preguntó Pietro.
Turner lo miró con una expresión que no era compasión exactamente sino algo más honesto que la compasión: el reconocimiento de alguien que ya lleva años mirando lo que no puede cambiar y que ha aprendido a distinguir entre lo que está dentro de su alcance y lo que no lo está.
—Lo que puedo hacer ya lo estoy haciendo —dijo—. Documentar. Reportar. Asegurarme de que en Londres haya personas que sepan exactamente lo que ocurre en este país. —Pausa—. No es suficiente. Lo sé. Pero es lo que hay desde donde estoy.
Se miraron.
—Cuídese, Berardi —dijo Turner—. Y cuide a los suyos.
Le estrechó la mano.
Y se fue.
Pietro se quedó en la verja del Friedrichshain con el frío de enero en la cara y el nombre de Sachsenhausen instalado en algún lugar del pecho que no iba a vaciarse pronto.
Pensó en el triángulo rosa.
En Conti llevándolo.
No pudo sostener ese pensamiento más de un segundo.
Caminó de vuelta a la embajada.
El trayecto de regreso lo hizo a pie. Necesitaba el frío y el movimiento y la ciudad alrededor como algo concreto donde apoyarse mientras lo que Turner le había dicho encontraba el lugar donde instalarse.
En un quiosco de la Prenzlauer Allee, el titular del Völkischer Beobachter del treinta y uno de enero seguía en el expositor.
Pietro lo leyó de pasada sin detenerse. No necesitó más.
Las palabras que Hitler había dicho en el Reichstag eran el tipo de palabras que no requieren segunda lectura porque la primera ya dice todo: que lo que venía ya no era amenaza sino programa.
Que las había dicho no en un mitin sino ante el parlamento del Reich, con cámaras, con taquígrafos, con la solemnidad específica de quien anuncia algo que ya decidió hace tiempo y por fin considera oportuno decirlo en voz alta. Fuera máscaras.
El quiosco quedó atrás.
Más adelante, frente a un edificio de la misma calle, una familia sacaba bultos a la calle con esa urgencia específica de quien tiene que terminar antes de cierta hora.
No muchos bultos. Los que caben en lo que uno puede cargar.
Pietro los miró un segundo — el padre con dos maletas, la madre con un niño de la mano y una bolsa bajo el brazo, una hija mayor que subía y bajaba las escaleras con la eficiencia de quien ha aprendido a no mirar a los vecinos mientras hace esto.
Nadie los miraba desde las ventanas. O todos miraban desde las ventanas pero con las cortinas corridas.
Pietro siguió caminando.
Como registraba todo desde hacía dos años.
Con la diferencia de que ahora ya no lo archivaba. Lo guardaba en otro lugar. Uno que todavía no tenía nombre pero que se llenaba con una velocidad que no había tenido antes de esa mañana en el parque.
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La tercera nota formal de protesta salió esa tarde.
Malaspina la firmó con la expresión de alguien que está firmando algo que sabe que no va a funcionar pero que necesita firmar de todas formas, sea por presión, sea por el registro, sea porque en el nivel más básico es lo correcto y Malaspina, debajo de todo, todavía sabía distinguir lo correcto aunque no siempre eligiera hacerlo.
La respuesta llegó cuatro días después.
Una carta del Ministerio de Exteriores alemán, firmada por un subsecretario cuyo nombre Pietro no reconoció, redactada con esa prosa burocrática que tiene el don específico de decir algo y no decir nada al mismo tiempo: el señor Conti se encontraba detenido en el marco de una investigación en curso, las autoridades competentes estaban gestionando el caso según los procedimientos establecidos, se comunicaría cualquier novedad relevante a través de los canales correspondientes.
Ni el nombre del campo.
Ni el cargo exacto.
Ni una fecha.
Pietro leyó la carta dos veces. Luego la dejó sobre el escritorio con la misma precisión con que se deja algo que pesa demasiado para seguir sosteniéndolo.
Lucia entró al despacho.
Leyó la carta sin tocarla, de pie, con los ojos recorriendo las líneas con esa velocidad suya de mujer que procesa el lenguaje burocrático más rápido que la mayoría.
Cuando terminó no dijo nada.
No hacía falta.
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Las semanas siguientes tuvieron esa textura opaca de los períodos en que uno está haciendo algo y al mismo tiempo esperando, y ninguna de las dos actividades avanza con la velocidad que uno necesita.
Pietro seguía empujando por los canales que tenía.
Malaspina empujaba también, con menos convicción pero empujaba, porque la situación lo obligaba y porque en algún rincón de su instinto de supervivencia había entendido que no empujar era peor que empujar mal.
Giulio buscaba por los suyos, con esa mezcla de energía joven y torpeza aprendida de quien no conoce todavía todos los muros pero está dispuesto a encontrarlos uno a uno.
Los muros eran siempre los mismos.
El Ministerio de Exteriores alemán respondía con fórmulas.
Las SS no respondían. Los canales informales que Pietro había construido en dos años de Berlín llegaban hasta cierto punto y no más, porque había una línea donde la cortesía diplomática cedía ante algo más antiguo y más simple: el poder de los que pueden hacer lo que quieren con quien quieren, y la impotencia de los que no.
Un mediodía de la segunda semana de febrero, Pietro volvió del Ministerio de Exteriores con otra carta de fórmulas en la mano y se cruzó en el pasillo de la embajada con Ribbentrop.
No lo esperaba.
Ribbentrop salía del despacho de Malaspina con su paso habitual de hombre que ha terminado lo que vino a hacer y no necesita explicar a nadie qué era.
Llevaba el abrigo puesto, lo cual significaba que no había quitado el abrigo, lo cual significaba que la visita había sido breve y calculada.
Detrás de él, dos hombres de su equipo con la misma cara de siempre.
Los ojos de Ribbentrop pasaron por Pietro un segundo.
Lo reconocieron.
Siguieron de largo.
Pietro se quedó en el pasillo con la carta todavía en la mano y el sonido de los pasos de Ribbentrop bajando las escaleras.
No necesitaba haber escuchado nada.
Ya sabía lo que se había dicho en ese despacho.
O más exactamente: ya sabía lo que se había acordado sin decirse.
En algún momento de esos días, Giulio entró al despacho de Pietro con una expresión que Pietro no le había visto antes.
—He hablado con alguien —dijo, en voz baja, aunque estaban solos—. Alguien que conoce a alguien en la administración de Sachsenhausen.
Pietro lo miró.
—¿Y?
Giulio tardó.
—Dice que Conti está ahí. —Pausa—. Que llegó el dos de enero.
El dos de enero.
El mismo día que Pietro y Lucia habían empezado a buscar.
Pietro asintió.
—¿Algo más?
Giulio bajó la vista un momento.
—Dice que los del triángulo rosa lo tienen difícil —dijo—. Que los guardias... que hay una jerarquía dentro que...
Se detuvo.
Pietro lo miró.
—Está bien, Giulio —dijo, con una voz que salió más tranquila de lo que sentía—. Ya sé lo que significa.
Giulio asintió. Con la expresión de alguien que acaba de cruzar un umbral que no puede cruzarse en sentido contrario.
—¿Qué hacemos? —dijo.
Pietro tardó en responder.
—Seguimos empujando —dijo—. Todo lo que podamos. Por todos los canales que tengamos. —Pausa—. Y esperamos.
Era una respuesta insuficiente.
Los dos lo sabían.
Pero era la única respuesta verdadera que Pietro tenía.
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La caja llegó un martes, a finales de febrero.
Sin aviso. Sin llamada previa. Sin el protocolo que en circunstancias normales habría precedido a algo así.
Simplemente apareció en la recepción de la embajada a primera hora de la mañana, traída por dos hombres uniformados que la dejaron sobre el mostrador con un formulario y se fueron sin esperar respuesta.
Era una caja de madera pequeña, del tipo que usan para los objetos personales, con las iniciales A.C. escritas a lápiz en un lateral con una letra que no era la de Conti.
El formulario decía: Oggetti personali di Alessandro Conti, aggregato culturale, Ambasciata d'Italia. Y debajo, en alemán: Fallecido el 29 de enero de 1939. Causa: insuficiencia cardíaca durante detención preventiva.
Insuficiencia cardíaca.
Conti tenía cuarenta y tres años.
Pietro leyó el formulario de pie, en el pasillo, porque era donde estaba cuando Lucia se lo trajo, y no se movió durante el tiempo que tardó en leerlo, que fue más del necesario porque las palabras no cambiaban aunque uno las leyera más veces pero el cuerpo necesitaba ese tiempo de todas formas.
Luego dobló el formulario.