CAPÍTULO 13 — Lo que se archiva y lo que no
«El silencio también es una forma de mentira»
El dos de enero la embajada funcionó como siempre.
Eso era lo primero que Pietro notó al llegar: que el edificio no sabía lo que había pasado.
Los pasillos con su olor habitual de papel y calefacción.
El reloj del corredor marcando las ocho y media con su puntualidad indiferente.
La luz de enero entrando por las ventanas altas con esa palidez propia del invierno berlinés que no prometía nada.
Todo en su sitio.
Todo exactamente como debía estar.
Excepto el despacho de Conti, cuya puerta estaba cerrada con la misma naturalidad con que estaba cerrada cualquier domingo, cualquier día festivo, cualquier mañana en que Conti llegaba tarde porque había estado leyendo hasta las tres y el sueño lo había traicionado.
Pietro pasó frente a esa puerta y no se detuvo.
No porque no quisiera. Sino porque detenerse habría requerido una explicación que todavía no tenía.
Lucia ya estaba.
Como siempre. Como si la noche del treinta y uno no hubiera ocurrido, o como si hubiera ocurrido pero el cuerpo de Lucia hubiera decidido que la única respuesta posible era continuar con la misma precisión de siempre, que era su manera de procesar las cosas que no podían procesarse de otra manera.
Lo miró cuando entró.
Solo un segundo.
Luego volvió a sus papeles.
Eso era todo lo que necesitaban.
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La primera llamada la hizo Pietro a las nueve de la mañana.
Al departamento de Conti, en Mitte. Descolgó al cuarto tono una voz de mujer mayor que Pietro reconoció como la casera, la misma que había llamado a la embajada esa mañana.
—No ha vuelto —dijo ella, sin preámbulo, como si supiera quién llamaba y para qué—. El periódico del treinta y uno sigue en la puerta. No he entrado. No me parece bien entrar.
Pietro le agradeció y colgó.
La segunda llamada fue al hospital Charité. No estaba registrado. La tercera al hospital de la Policlínica. Tampoco. La cuarta al Virchow. Nada.
Lucia entró al despacho mientras Pietro marcaba el quinto número.
—Ya llamé a los hospitales esta mañana temprano —dijo.
Pietro dejó el teléfono.
—¿Todos?
—Los que tienen registro público. —Una pausa breve—. No está en ninguno.
Se miraron.
El silencio entre ellos duró exactamente lo que necesitaba durar.
—Voy a hablar con Malaspina —dijo Pietro.
Lucia no respondió.
Pero en la manera en que volvió a sus papeles había algo que Pietro supo leer: no desacuerdo, no advertencia, sino el reconocimiento de alguien que sabe que ciertas conversaciones tienen que ocurrir aunque no vayan a terminar bien.
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Malaspina lo recibió de pie.
Eso ya decía algo. Malaspina recibía a Pietro sentado, con el escritorio entre los dos como herramienta de autoridad, con esa distancia administrada de los hombres que necesitan el mobiliario para sentirse seguros en su posición.
De pie, con las manos en los bolsillos y la postura ligeramente contraída, era otro Malaspina: el que existía detrás del cargo cuando el cargo no alcanzaba para cubrir todo.
—Conti —dijo Pietro, sin preámbulo.
Malaspina no preguntó qué pasaba con Conti. Ese no era el gesto de alguien que no sabe. Era el gesto de alguien que lleva días sabiendo y que ha estado esperando que el problema entrara por su puerta con nombre y apellido.
—Siéntese, Berardi.
—Prefiero estar de pie.
Malaspina lo miró durante un momento. Luego asintió, una vez, con esa lentitud de quien acepta que la conversación va a ocurrir en los términos del otro porque resistirse costaría más de lo que vale.
—Lo detuvieron la noche del treinta y uno —dijo.
—Lo sé. ¿Dónde está?
—En este momento no lo sé con precisión.
—¿Qué cargo?
Malaspina se giró ligeramente hacia la ventana. Un gesto mínimo que no era evasión exactamente sino la necesidad de un segundo antes de decir algo que no quería decir.
—Actividades contrarias a la moral pública —dijo.
Pietro lo miró.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Significa —dijo Malaspina, con una voz que había bajado medio tono— que hay ciertas cosas que en este país tienen consecuencias que en el nuestro no tendrían. —Pausa—. Y que Conti fue imprudente.
La palabra imprudente cayó sobre el silencio con un peso que ninguno de los dos quiso examinar demasiado de cerca.
—¿Lo ha reportado a Roma? —preguntó Pietro.
La pausa que siguió duró demasiado.
—Estoy evaluando cómo proceder —dijo Malaspina.
Pietro lo miró durante un momento largo.
—¿Cuánto tiempo lleva evaluando?
Malaspina no respondió.
Y en ese silencio Pietro entendió lo que necesitaba entender: que Malaspina sabía desde antes del dos de enero.
Que había sabido, quizás no el treinta y uno por la noche, pero sí el primero, o la madrugada del dos, y que había elegido no decir nada porque decir algo implicaba admitir que había dos problemas que no había reportado al mismo tiempo, y que esos dos problemas juntos eran demasiado grandes para el hombre que estaba de pie frente a él con las manos en los bolsillos.
—Necesitamos presentar una nota formal de protesta —dijo Pietro—. Reclamando el paradero de un funcionario italiano con inmunidad diplomática. Hoy.
—Berardi, hay que ser cuidadosos con cómo...
—Hoy, Excelencia.
Malaspina lo miró.
Y algo en su expresión cambió. No la autoridad — esa nunca desaparecía del todo, era demasiado parte de él para eso. Sino algo debajo de la autoridad: el reconocimiento de un hombre que ha calculado sus opciones y ha entendido que ya no le quedan suficientes para seguir eligiendo la inacción.
—La nota saldrá esta tarde —dijo.
Pietro asintió.
Salió del despacho sin añadir nada más.
En el pasillo, Lucia lo esperaba con una carpeta. Sin preguntar. Sin comentar. Con esa manera suya de estar exactamente donde hacía falta sin que nadie se lo pidiera.
Pietro tomó la carpeta.
Y los dos volvieron al trabajo.
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Turner respondió a finales de enero.
No con una llamada. Con una nota breve entregada por mensajero a la embajada italiana, dirigida a Pietro con una letra que reconoció del café en Múnich: contenida, precisa, sin adornos.
Decía simplemente que estaría en el Volkspark Friedrichshain el jueves a las once si Pietro necesitaba tomar el aire.
Pietro había contactado a Turner la primera semana.
No había recibido respuesta. Lo intentó de nuevo.
Tampoco. No lo tomó como negativa — lo tomó como lo que probablemente era: un hombre que mide con cuidado a qué se expone y cuándo.
Cuando llegó la nota, tres semanas después, Pietro entendió que Turner había esperado a tener algo concreto que decir.
Pietro fue.
El trayecto en tranvía desde la embajada hasta el Friedrichshain cruzaba barrios que Pietro conocía de memoria y que en las últimas semanas habían adquirido una textura diferente.
No dramáticamente. No de manera que uno pudiera señalar y decir aquí cambió todo.
Sino con esa gradualidad específica de las cosas que se transforman mientras uno las está mirando sin que el ojo registre el momento exacto del cambio.
En la Oranienburger Straße, la fachada de la sinagoga seguía con las marcas de noviembre.
Alguien había intentado limpiar el hollín de la piedra y no había terminado, o había terminado y el hollín era más profundo de lo que parecía, y el resultado era una mancha gris que el invierno hacía más visible en lugar de menos.
Frente a ella, la gente pasaba sin mirar.
No con hostilidad, sino con la indiferencia aprendida de quien ha decidido que ciertas cosas no existen si uno no las mira.
El Friedrichshain en enero era un parque distinto al Tiergarten.
Más pequeño, más popular, sin la geometría aristocrática de los jardines diseñados para el poder.
Los senderos entre los tilos sin hojas, el estanque con su capa de hielo fino, algún jubilado con perro en la distancia.
Un lugar donde dos hombres podían caminar sin ser nadie en particular.
Turner lo esperaba en el banco más alejado de la entrada, con el abrigo mal abotonado de siempre y los ojos de quien ha dormido poco o ha pensado demasiado, que en su caso solía ser lo mismo.
—Berardi. —Se puso de pie, le estrechó la mano—. Tiene usted mal aspecto.
—Tengo un colega desaparecido.
—Lo sé. —Turner señaló el sendero—. Caminemos.
Caminaron.
Durante los primeros minutos ninguno habló. Los pasos sobre la grava helada. El aliento visible en el aire frío. Berlín al fondo con su ruido sordo de ciudad que no para aunque uno quisiera que parara.
—¿Qué sabe? —dijo Pietro finalmente.
—Suficiente —dijo Turner—. Y usted, ¿qué sabe?
—Sé que lo detuvieron la noche del treinta y uno en Schöneberg. Sé que el cargo es actividades contrarias a la moral pública. —Pausa—. No sé qué significa eso exactamente en términos legales aquí.
Turner caminó dos pasos en silencio.
—En términos legales —dijo— significa el Párrafo 175 del Código Penal alemán. —Una pausa—. ¿Lo conoce?
—No.
Turner asintió. Como si esa respuesta confirmara algo que había supuesto.
—Existe desde 1871 —dijo—. Criminalizaba ciertos actos entre hombres.
El Reich lo reformó en el 35. —Su voz no subía ni bajaba.
Era la voz de un hombre que ha aprendido a decir cosas terribles con el mismo tono con que diría el parte meteorológico, no por frialdad sino porque es la única manera de decirlas hasta el final—.
Lo ampliaron. Antes requería prueba de acto consumado.
Ahora basta la intención. La mirada equivocada.
Estar en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Pietro no respondió.
Siguieron caminando.
—¿Cuántos? —preguntó Pietro.
Turner tardó.
—Desde el 33, más de cincuenta mil procesados. —Pausa—. Muchos más sin procesar. Detenidos, interrogados, forzados a firmar cosas, perdiendo sus trabajos, sus casas, su familia. —Otra pausa—. Los que llegan a juicio, si tienen suerte, cárcel. Si no la tienen, los campos.
La palabra campos entró en el aire frío del parque y se quedó ahí, flotando entre los dos con el peso particular de las palabras que ya no necesitan explicación.