El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 12 — El año que no tuvo nombre #4
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CAPÍTULO 12 — El año que no tuvo nombre #4

Los conocía de memoria. Secos y precisos como un sello sobre papel oficial. Pero esa mañana tenían algo diferente. No más rápidos ni más lentos. Solo... diferentes. Como cuando alguien camina de la misma manera de siempre pero cargando algo que no carga normalmente.

Lucia apareció en el marco de la puerta.

Sin carpeta.

Pietro no recordaba haberla visto nunca sin carpeta.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con Conti? —dijo.

No lo saludó. No preguntó si podía pasar. Solo eso.

Pietro la miró.

—El 30 en la tarde noche —dijo—. Fuimos por unas cervezas. ¿Por qué?

Lucia entró al despacho. Cerró la puerta detrás de ella. Se acercó a la silla frente al escritorio de Pietro y se sentó, que era algo que Lucia raramente hacía sin que nadie se lo pidiera.

—No apareció en su casa el uno de enero —dijo—. Su casera llamó a la embajada esta mañana temprano. Dice que lleva dos días sin verlo y que tiene el periódico del treinta y uno todavía en la puerta.

Pietro no respondió de inmediato.

Dejó que la información se asentara con el cuidado con que hay que dejar que ciertas cosas se asienten: sin apresurarse a concluir, sin el impulso de llenar el silencio con interpretaciones que todavía no tienen suficiente base.

—¿Ha llamado a los hospitales? —preguntó.

—Sí. No está en ninguno.

Silencio.

Lucia lo miró.

Y Pietro vio en sus ojos algo que no había visto antes con esa claridad. No pánico. Lucia no hacía pánico. Sino algo más controlado y más frío: el reconocimiento de alguien que ya sabe lo que probablemente ocurrió y está en el proceso de decidir cómo vivir con ese conocimiento.

—¿Dónde cree que está? —preguntó Pietro, en voz baja.

Lucia no respondió de inmediato.

Miró sus propias manos sobre las rodillas.

—Conti llevaba años en Berlín —dijo finalmente, con una voz que Pietro no le había escuchado antes.

No la voz de la secretaria eficiente. La de alguien diciendo algo que ha guardado durante mucho tiempo y que ya no puede guardarse—.

Conocía esta ciudad. Sus costuras. Los lugares que existen aunque no deban existir.

Una pausa.

—La noche de fin de año —continuó— es la noche en que la gente baja la guardia. En que ciertas personas se permiten ser quienes son porque parece que una noche al año el mundo mira hacia otro lado.

Pietro la miró.

Lucia sostuvo esa mirada.

Y en ese silencio entre los dos, en esa habitación cerrada en la embajada italiana de Berlín el dos de enero de 1939, todo lo que nunca se había dicho en voz alta sobre Alessandro Conti fue dicho de todas formas.

Sin palabras.

Que era la única manera en que podía decirse en ese lugar en ese momento.

—¿Lo sabías? —preguntó Pietro.

Lucia no respondió de inmediato.

—Llevamos años trabajando en el mismo edificio —dijo al fin. Era la respuesta más precisa que podía dar. Era también la única respuesta posible.

Pietro asintió.

Entendió.

—¿Qué hacemos? —dijo.

Lucia levantó la vista.

Y algo cambió en su expresión. El reconocimiento de que esa pregunta, formulada así, significaba que Pietro ya sabía lo que probablemente había pasado y que a pesar de eso preguntaba qué hacemos en lugar de qué hacemos nosotros con esto, que habría sido la pregunta de alguien pensando en cobertura, en protección, en cómo no verse implicado.

Qué hacemos.

Plural.

—Empezamos a buscar —dijo Lucia.

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Giulio llegó a las diez.

Venía todavía con el aire de las fiestas encima, ese estado específico de los primeros días del año en que el cuerpo todavía no ha decidido del todo volver a la rutina. Lo perdió en el momento en que entró al despacho y vio las caras de Pietro y de Lucia.

—¿Qué pasó? —dijo.

Pietro le explicó lo que sabían.

Que era poco.

Que Conti no había aparecido. Que los hospitales no lo tenían. Que su casera llevaba dos días sin verlo.

Giulio escuchó en silencio.

Y Pietro vio en él algo que no había visto antes: el momento exacto en que alguien deja de ser joven de cierta manera.

No la juventud del cuerpo. La otra. La que consiste en creer que las cosas malas son excepciones, que los sistemas tienen límites, que hay reglas que se respetan aunque todo lo demás falle.

—¿Creen que lo detuvieron? —preguntó Giulio. Lo preguntó en voz baja, como si bajar la voz pudiera cambiar la respuesta.

—Es posible —dijo Pietro.

—¿Por qué? Conti no hizo nada. Conti es el más...

Se detuvo.

Como si hubiera llegado al borde de algo y no supiera si quería seguir.

Pietro lo miró.

Lucia también.

Giulio bajó la vista.

—En este país —dijo Lucia, con la voz que reservaba para las verdades que no admitían ornamento— no siempre hace falta haber hecho algo.

Giulio no respondió.

Asintió.

Despacio.

Con la expresión de alguien que acaba de entender algo que cambia la manera en que se ve a uno mismo y al mundo que lo rodea.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó.

—Buscar —dijo Pietro—. Con discreción. Por los canales que tengamos.

Giulio asintió otra vez.

Ya no era el mismo que había entrado diez minutos antes.

Berlín tenía esa manera de cambiar a la gente: no con un golpe sino con una acumulación de momentos como ese, cada uno quitando un poco de la capa de ingenuidad que protege a los jóvenes hasta que un día se dan cuenta de que ya no queda nada que quitar.

Pietro pensó en sí mismo llegando a Berlín en el verano del 36.

En los Juegos Olímpicos.

En la ciudad pulida y perfecta que lo había recibido.

En el hombre que era entonces.

Y en el hombre que era ahora, en ese despacho, el dos de enero de 1939, con las costillas casi curadas y el ojo completamente abierto y algo en el pecho que ya no era exactamente dolor sino algo más parecido a la determinación fría de quien ha perdido suficiente como para saber exactamente qué es lo que no puede permitirse perder también.

—Empecemos —dijo.