El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 12 — El año que no tuvo nombre #3
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CAPÍTULO 12 — El año que no tuvo nombre #3

No con el orden de un informe ni con la estructura de alguien que ha ensayado el relato.

Con el desorden de quien lleva días cargando algo y finalmente encuentra el lugar correcto para soltarlo.

Le contó el salón de los Hartmann y Otto de pie con el uniforme frente al padre de Ana.

Le contó lo que dijo y lo que no dijo. La pelea y el disparo y la manera en que Ana lo miró desde junto a la ventana.

Lo que ella dijo. La frase que no podía dejar de escuchar.

Los cuatro hombres de uniforme en la escalera.

El trayecto en el coche. La celda. El frío del suelo.

Göring llegando en la madrugada. El desayuno al amanecer.

La conversación sobre Kristallnacht y sobre Múnich y sobre lo que vendría.

Conti escuchó todo sin interrumpir.

Bebió su cerveza despacio.

Cuando Pietro terminó, hubo un silencio que no era incómodo sino del tipo que existe cuando alguien ha dicho todo lo que tenía que decir y el otro está eligiendo con cuidado lo que va a responder.

—Berlín —dijo Conti finalmente, con un tono que no era exactamente resignación ni exactamente ironía sino algo entre las dos cosas— se come a uno, ¿sabe? No de golpe. Poco a poco. Con una paciencia que da envidia.

Pietro no respondió.

—La señorita Hartmann —continuó Conti, midiendo las palabras con la precisión de siempre— era una mujer notable.

Genuinamente notable. —Una pausa—. Y esto estaba destinado a no funcionar.

No porque ninguno de los dos fuera malo.

Sino porque el mundo en que ella vive y el mundo en que usted vive dejaron de ser el mismo mundo hace ya algún tiempo.

Y eso no se arregla con amor ni con paciencia ni con ninguna de las otras cosas que uno intenta.

Pietro miró las torres de la Gedächtniskirche por la ventana.

—Lo sé —dijo.

—Lo sabe —confirmó Conti—. Eso no lo hace menos difícil.

Bebió.

—Escúcheme, muchacho. —Era la primera vez que Conti lo llamaba así—. Váyase unos días. A Italia. A su villa, a ver a su padre, a caminar por la Vía Apia con sus acueductos y sus pinos. Berlín seguirá aquí cuando vuelva, que es tanto una promesa como una amenaza según cómo se mire.

Pietro sonrió apenas.

—No puedo irme ahora.

—Nadie puede irse nunca —dijo Conti—. Por eso todos se quedan hasta que ya no pueden quedarse.

—Una pausa—. Está bien. Entonces haga esto: esta noche salga.

Emborráchese. Encámese con una italiana, con una alemana, con quien quiera, que para eso sirven las noches de diciembre en una ciudad grande. A veces eso ayuda a no pensar.

—Conti.

—Lo digo en serio. —No lo decía completamente en serio pero tampoco completamente en broma, que era exactamente la manera en que Conti decía las cosas importantes—. ¿Qué va a hacer en noche vieja?

—Quedarme en casa.

Conti lo miró.

—¿Solo?

—Solo.

Conti asintió despacio, con la expresión de quien no está de acuerdo pero ha aprendido que hay decisiones que no le corresponde discutir.

—Yo tengo planes —dijo—. Pero si me lo pide puedo cancelarlos y salimos. De bar en bar. Le prometo que para la tercera cervecería habrá olvidado al menos el cuarenta por ciento de lo que le pesa.

Pietro lo miró.

Había algo en Conti esa tarde que no había visto antes del todo, o que quizás había visto siempre sin nombrarlo: una calidez específica debajo de la ironía, la de alguien que ha aprendido a cuidar a los otros desde la distancia porque la cercanía en ese mundo tenía costes que no siempre podían pagarse.

—No —dijo Pietro—. Ve con tus planes. Estoy bien.

—No está bien —dijo Conti—. Pero lo estará. —Se puso de pie, dejó su parte en la mesa con ese gesto suyo de hombre que no hace teatro de las cosas pequeñas—. Cuenta conmigo si quiere hablar. De lo que sea. A cualquier hora.

Le puso una mano en el hombro un momento.

Breve.

Sin drama.

—Hablamos el año que viene —dijo.

Y se fue.

Pietro se quedó solo en la cervecería.

Miró las torres de la Gedächtniskirche por la ventana. La piedra gris contra el cielo de diciembre. Una protestante, una católica, las dos ahí desde hace décadas, las dos con sus cruces y sus campanas y su manera de existir en la misma ciudad sin necesitar resolver la contradicción.

Luego miró la jarra.

El amarillo profundo e hipnótico de la Weissbier. La espuma que ya se había asentado. La luz de la cervecería atravesándola de una manera que hacía difícil apartar la vista.

Hablamos el año que viene.

Pietro tomó un sorbo largo.

Pagó.

Y salió a la calle con el frío de diciembre en la cara y las torres de la iglesia detrás y algo en el pecho que no sabía todavía cómo llamar pero que sabía que iba a cargar durante mucho tiempo.

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La noche del treinta y uno estaba despejada.

O eso le pareció a Pietro cuando abrió la ventana a las once de la noche y el frío de Berlín entró con esa franqueza suya de siempre, sin disculparse, como un visitante que ha perdido el hábito de la cortesía.

La ciudad estaba encendida.

No con el fuego de noviembre. Con otro tipo de luz: la de las ventanas iluminadas y los restaurantes llenos y los grupos de gente en las calles con botellas de champán y esa electricidad específica de las últimas horas del año que tiene algo de urgencia y algo de melancolía al mismo tiempo.

Pietro miraba desde la ventana.

Pensó en lo que había sido el año.

El Anschluss en marzo. Múnich en septiembre. Kristallnacht en noviembre. El salón de los Hartmann en diciembre. La celda. El amanecer en la Kurfürstendamm con Göring. La Nochebuena solo con los documentos de Sara Moscati y los otros quince.

Pensó en Ana.

En algún lugar de Berlín, Ana estaba celebrando el año nuevo. Tal vez con sus padres. Tal vez con Otto, que seguía vivo aunque cojeara, que seguía siendo lo que era aunque ya no llevara el uniforme de las SS con la misma facilidad de antes. Tal vez pensando en Pietro. Tal vez no.

No lo sabía.

Y no saber era en sí mismo una forma de respuesta.

A medianoche los fuegos artificiales estallaron sobre los tejados de Berlín.

Pietro los miró desde la ventana abierta con el frío en la cara y las costillas que ya casi no dolían y el cuaderno en la mano aunque no había escrito nada todavía.

Berlín celebraba el fin de 1938 y el inicio de 1939 con esa precisión alemana que convertía incluso la alegría en algo organizado, en algo que ocurría exactamente cuando debía ocurrir y durante exactamente el tiempo que se le había asignado.

Pietro pensó: este año que empieza va a traer la guerra.

Lo sabía con la misma certeza con que se saben las cosas que uno ha estado evitando saber durante demasiado tiempo. No como profecía. Como aritmética. Todo lo que había visto y escuchado y traducido en dos años apuntaba en la misma dirección con una consistencia que no admitía otra lectura.

La guerra vendría.

Y antes de que viniera había cosas que podían hacerse.

No grandes cosas. No gestos heroicos que aparecerían en los libros de historia junto al nombre de Pietro Alessandro Berardi.

Cosas pequeñas. Concretas. Un sello a tiempo.

Un certificado que no se perdiera. Un visado procesado con la atención debida.

Una persona que cruzara una frontera antes de que la frontera se cerrara.

Si podía salvar a una persona por el simple hecho de ser muy bueno en su trabajo y dar la milla extra, lo haría.

Eso había escrito en el cuaderno la noche de Kristallnacht.

Ya no era una intención.

Era un programa.

Los fuegos artificiales siguieron durante veinte minutos.

Pietro los vio todos.

Luego cerró la ventana, fue al escritorio, y empezó a revisar la lista de expedientes pendientes para enero.

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En algún barrio de Berlín, en esa misma noche del treinta y uno, en un sótano de Schöneberg que no aparecía en ningún registro oficial y que existía porque ciertas cosas necesitan existir aunque el mundo diga que no deben, Alessandro Conti celebraba el año nuevo.

Con quién y cómo, Pietro no lo supo hasta mucho después.

Lo que supo, días más tarde, era esto: que a las doce y cuarenta de la madrugada del primero de enero de 1939, mientras Berlín todavía olía a pólvora de los fuegos artificiales, veinte hombres de la Gestapo bajaron las escaleras de ese sótano con una lista de nombres y la eficiencia de quien ha hecho esto muchas veces y sabe exactamente cómo se hace.

No había violencia innecesaria.

Eso era lo más perturbador: que no había violencia innecesaria. Solo la violencia necesaria para que nadie se resistiera, que era exactamente la cantidad calculada para que el proceso fuera eficiente.

Conti gritó su nombre.

Gritó que era agregado cultural de la embajada italiana.

Gritó que tenía inmunidad diplomática.

El hombre que lo esposaba no respondió.

No porque no lo escuchara.

Sino porque lo que Conti dijera en ese momento no era información relevante para la tarea que ese hombre tenía asignada esa noche.

Los llevaron a todos.

En coches separados.

En silencio.

Berlín afuera seguía celebrando.

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Pietro no supo nada hasta el dos de enero.

Llegó a la embajada a las ocho y media, que era su hora habitual, con el primer café del día en la mano y los expedientes de enero bajo el brazo.

El edificio tenía esa quietud específica de los primeros días del año: esquelético de personal, con ese silencio de los lugares que aún no han decidido del todo volver a ser lo que son.

Giulio no estaba.

Eso no era raro para el dos de enero.

Lo raro era Lucia.

Lucia siempre estaba. Era parte de la embajada como lo eran las paredes o el reloj del pasillo: presente independientemente de la fecha, independientemente de lo que ocurriera afuera. Pietro no recordaba un día en dos años en que Lucia no hubiera estado antes que él.

Esa mañana no estaba.

Pietro dejó el café y los expedientes sobre su mesa.

Esperó.

A las nueve menos cinco escuchó sus pasos en el pasillo.