CAPÍTULO 12 — El año que no tuvo nombre #2
—Dos años le he dicho lo mismo. Ser útiles.
No causar problemas. —Su voz no subía. Era peor que si subiera: era la voz de alguien que ha decidido que la frialdad es más eficaz que la furia—.
Dos años en que he tenido que gestionar sus...
iniciativas. Sus conversaciones con Göring que nadie me informó.
Sus opiniones en cenas diplomáticas que llegaron a mis oídos por terceros.
Su manera de moverse en esta ciudad como si fuera su ciudad y no una ciudad donde usted está como representante de Italia y por extensión mía.
—Y, sin embargo… —añadió tras una pausa mínima— hay trayectorias que parecen no necesitar el mismo tiempo que otras. Otra pausa.
—Hay apellidos que abren puertas antes de que uno tenga que llamar.
Pietro no respondió.
—Y ahora esto. —Malaspina señaló vagamente hacia la puerta por donde había salido Ribbentrop—. El Ministerio de Exteriores alemán en mi despacho. Sin aviso. Como si esta embajada fuera una sucursal de la Wilhelmstraße.
—No fui yo quien los invitó —dijo Pietro.
—No. —Malaspina lo miró—. Pero fue usted quien les dio la razón para venir.
Una pausa.
—¿Sabe lo que me duele más, Berardi? —dijo, y en su voz había algo que Pietro no le había escuchado antes: no la vanidad herida habitual sino algo más real, más incómodo—.
Que Göring llamara a esta embajada el sábado por la mañana.
No para pedir disculpas. Para informarme de que había intervenido.
Para asegurarse de que yo entendiera que él considera que usted merece protección.
Pietro lo miró.
—Un hombre como Göring —continuó Malaspina— no llama directamente a un embajador para hablar de su segundo a menos que considere que ese segundo es más importante que el embajador. —Una pausa larga—. ¿Entiende lo que eso significa para mi posición en esta ciudad?
Pietro lo entendía.
No lo dijo.
—Quiero que quede claro —dijo Malaspina, recuperando algo del tono habitual, el de la autoridad que se reafirma cuando siente que la está perdiendo—.
Lo que ocurrió el viernes no se repetirá.
No habrá más incidentes. No habrá más situaciones que yo tenga que gestionar sin haber sido informado.
—Una pausa—. Y a partir de ahora quiero saber dónde está, con quién habla y qué hace fuera de estas paredes.
Pietro asintió.
No porque estuviera de acuerdo.
Porque había aprendido, en dos años en esa embajada, que el asentimiento y el acuerdo no eran la misma cosa y que confundirlos era un error que solo cometía quien no entendía cómo funcionaba el poder en los espacios cerrados.
—¿Algo más, Excelencia? —dijo.
Malaspina lo miró durante un momento.
—Sí —dijo—. Una cosa más. —Una pausa—. Lo de la señorita Hartmann. Entiendo que la situación personal es difícil. Pero esta embajada no puede permitirse que las dificultades personales de sus funcionarios se conviertan en incidentes diplomáticos.
Pietro no respondió.
No dijo nada.
Salió del despacho con la misma calma con que había entrado y con algo más que se había instalado en algún lugar del pecho mientras Malaspina hablaba: la certeza de que a partir de ese momento la embajada era también un campo minado.
Que lo que planeaba hacer iba a tener que hacerse con una capa adicional de cuidado.
Que Malaspina, asustado y humillado y en modo supervivencia, era más peligroso que Malaspina simplemente vanidoso.
En el pasillo, Lucia lo esperaba.
Con una carpeta.
Y sin decir nada.
Que era exactamente lo que Pietro necesitaba en ese momento.
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Los días que siguieron transcurrieron con esa calma tensa de los períodos que parecen quietos porque todo el mundo ha decidido que cualquier movimiento puede romper algo.
Malaspina cumplió su amenaza. Estaba más presente de lo habitual: en los pasillos, en las reuniones, en esas apariciones casuales que no eran casuales junto a la mesa de Pietro cuando este revisaba documentos.
No preguntaba directamente. Observaba. Con esa manera suya de hombre que ha decidido que la vigilancia es su única forma de recuperar el control que siente que perdió.
Pietro lo notó.
Y ajustó.
No con torpeza ni con gestos evidentes. Con la misma economía con que había aprendido a moverse en Berlín: visible pero no presente, activo pero no ostentoso.
Los papeles que revisaba cuando Malaspina pasaba eran siempre los correctos.
Las conversaciones que tenía con Lucia eran siempre sobre lo que debían ser sobre.
El cuaderno, que antes dejaba sobre el escritorio, ahora vivía en el cajón con llave.
Giulio, que registraba todo sin entender todo, le preguntó una tarde con esa manera suya de hacer preguntas importantes con tono de pregunta menor:
—¿Está bien, doctor Berardi?
Pietro lo miró.
—Sí, Giulio.
—Es que... el embajador está muy...
—Lo sé.
—Y usted parece...
—Estoy bien, Giulio.
Giulio asintió con la expresión de quien acepta una respuesta sin creerla del todo pero decide que esta no es su batalla.
Era la respuesta correcta.
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La Nochebuena pasó sin que Pietro la celebrara.
No activamente, no como decisión. Simplemente no hubo nadie con quien celebrarla y no había manera de fingir que eso no era lo que era.
La embajada cerró a mediodía del veinticuatro.
Giulio se fue con unos amigos italianos que vivían en Charlottenburg.
Lucia se fue sin decir adónde, que era lo habitual en Lucia, cuya vida fuera de la embajada era un territorio que nadie conocía del todo.
Malaspina tenía una cena en la residencia del agregado militar, de la que Pietro había recibido una invitación formal que declinó con una excusa que nadie creyó y nadie cuestionó.
Pietro pasó la Nochebuena en Savignyplatz con una botella de Barolo que había guardado desde hacía meses para alguna ocasión y que esa noche decidió que era la ocasión aunque no fuera la que había imaginado.
Berlín afuera con sus guirnaldas y sus villancicos y esa alegría específica de la ciudad que se permite ser humana una semana al año.
Pietro adentro con su vino y su cuaderno y los documentos que había traído de la embajada.
Documentos ordinarios. Listas de residentes italianos con visados próximos a vencer.
Solicitudes de certificados de ciudadanía.
Permisos de trabajo. Autorizaciones de residencia.
El trabajo rutinario de una embajada en diciembre, el tipo de papeleo que nadie revisaba con atención porque era demasiado banal para merecer atención.
Pietro los revisó.
Con una atención que no era la habitual.
Pensó en lo que Greta había dicho en la cervecería de Múnich: certificados que se pierden, diagnósticos que se retrasan, nombres que no aparecen en los registros donde deberían aparecer. Burocracia al revés.
Pensó en la inmunidad diplomática. En lo que nadie podía inspeccionar sin crear un incidente que nadie quería.
Pensó en Silbermann y en su cartel. En cuarenta y siete años.
Pensó en Brenner con la persiana bajada.
Bebió un sorbo de Barolo.
Tomó el primero de los documentos.
Una solicitud de certificado de ciudadanía italiana para una mujer llamada Sara Moscati, cuarenta y dos años, nacida en Trieste, residente en Berlín desde 1921. La solicitud llevaba seis semanas en el sistema sin respuesta. El protocolo decía que debería haberse procesado en diez días.
Pietro miró la fecha.
Miró el nombre.
Luego miró el sello que necesitaba para que el documento avanzara.
Lo tenía.
Lo había tenido desde hacía seis semanas.
Estampó el sello.
Firmó.
Puso el documento en la carpeta de salida.
Tomó el siguiente.
Esa noche procesó dieciséis documentos que llevaban semanas esperando. No todos tenían el mismo peso. No todos eran lo mismo. Pero cada uno era alguien. Cada nombre en cada papel era una persona que esperaba que alguien con un sello y una firma decidiera que su caso merecía atención.
Pietro decidió.
Terminó pasada la medianoche. La botella de Barolo estaba por la mitad. Berlín afuera seguía con sus villancicos.
No era heroísmo.
Era su trabajo.
Hecho con una atención que antes no había tenido.
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El 30 salieron juntos de la embajada poco antes de las seis.
Fue idea de Conti, que era como decir que no fue idea de nadie porque Conti tenía esa manera de proponer las cosas como si ya hubieran ocurrido y solo faltara que el otro se diera cuenta.
—Usted necesita una cerveza —dijo, apareciendo en el marco de la puerta con el abrigo puesto y esa expresión suya de hombre que ha tomado una decisión administrativa—. Yo también. Resulta que tenemos algo en común.
Caminaron hacia el Kurfürstendamm con el frío de diciembre encima y la ciudad en ese estado específico del último viernes del año: la gente con prisa de quien tiene cosas que terminar antes de que el calendario lo obligue a detenerse.
Las guirnaldas navideñas sobre las avenidas. Los escaparates con sus luces.
La cervecería estaba a dos calles de la Gedächtniskirche.
Un local de madera oscura y techo bajo, con el olor específico de los lugares que llevan décadas siendo lo que son y no tienen intención de cambiar.
Las dos torres de la iglesia se veían desde la ventana, una protestante, una católica, las dos levantadas en piedra gris contra el cielo de diciembre.
Pietro las miró un momento antes de sentarse.
Pidieron dos Weissbier.
Las jarras llegaron con ese amarillo profundo casi hipnótico que tiene la cerveza de trigo cuando la luz la atraviesa de cierta manera. Conti levantó la suya con la economía de siempre.
—Por un año más —dijo.
—Por un año más —respondió Pietro.
Bebieron.
Conti lo observó durante un momento con esa atención suya que nunca era invasiva pero que tampoco fingía no ver.
—Cuénteme —dijo.
Y Pietro le contó.