CAPÍTULO 12 — El año que no tuvo nombre
El amanecer del sábado lo encontró caminando.
No había dormido. No había intentado hacerlo tampoco, o al menos no de manera seria, no con la convicción de quien cree que el sueño va a llegar.
Había llegado a Savignyplatz pasadas las seis de la mañana con el abrigo que olía a celda y a café del Kurfürstendamm y con ese estado del cuerpo que ya está más allá del cansancio y que funciona con una claridad extraña, casi quirúrgica, como si el agotamiento extremo quemara todo lo accesorio y dejara solo lo que no puede ignorarse.
Se sentó en la silla del escritorio.
No en la cama.
El apartamento tenía esa quietud específica de los espacios que han estado solos durante horas y que cuando uno entra parecen registrar la presencia sin comentarla. Todo en su sitio. La lámpara de pantalla verde. El cuaderno. La silla donde Ana dejaba los guantes cuando venía.
Ya no los dejaba.
Pietro estuvo así hasta que la luz cambió y Berlín empezó a despertar afuera con su ruido de siempre.
Luego se levantó, hizo café, y calculó el inventario del dolor con la precisión automática con que había aprendido a hacer otras cosas en esa ciudad: las costillas, el ojo, los nudillos.
Y debajo de todo eso, algo que no tenía nombre médico pero que pesaba más que cualquier fractura.
Pensó en Ana.
No como había pensado en ella durante dos años. Sino de otra manera. Con la distancia específica de quien mira algo que ya no le pertenece e intenta entender exactamente cuándo dejó de pertenecerle.
Lo siento, había dicho ella.
Y en esas dos palabras había todo lo que ninguno de los dos había podido decirse.
Pensó en lo que Göring le había dicho en el amanecer: hay amores que requieren una paz que el mundo no les va a dar.
Era una frase que sonaba a consuelo y que no lo era.
Era simplemente una constatación. El tipo de verdad que un hombre inteligente dice cuando quiere que otro entienda que no hay nadie a quien culpar y que eso, paradójicamente, es lo más difícil de aceptar.
No había nadie a quien culpar.
Eso era exactamente el problema.
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El domingo lo pasó caminando.
No con un destino. Con la necesidad de que el cuerpo hiciera algo mientras la cabeza seguía trabajando en lo que no podía resolverse estando quieto.
Berlín en domingo de diciembre tenía una textura distinta: más lenta, más doméstica, con esa calma propia de las ciudades que se permiten un día a la semana de no ser completamente lo que son.
Cruzó el Tiergarten.
Los árboles sin hojas contra el cielo gris. El lago con una capa fina de hielo en los bordes. Algún corredor solitario, algún matrimonio con perro, el banco donde Conti se sentaba a veces a leer cuando el trabajo se volvía demasiado ruidoso por dentro.
Conti.
Pietro pensó en él con esa claridad específica que dan los paseos largos.
Dos años de cafés y frases exactas y esa ironía suya que nunca era crueldad sino más bien la forma que tenía de decir la verdad sin que doliera más de lo necesario.
Que nadie grita, había dicho. En las ciudades donde las cosas verdaderamente se rompen, el momento más peligroso no es cuando hay ruido.
Es cuando todo sigue funcionando exactamente igual que antes.
La ciudad seguía su curso, como si nada hubiera cambiado.
Y eso era lo que no lo dejaba dormir.
Salió del Tiergarten por el lado norte y caminó sin rumbo por los barrios que conocía de memoria: Moabit, con sus edificios de ladrillo y sus calles que siempre olían a algo que no terminaba de identificarse.
Charlottenburg, con sus escaparates y sus cafés y esa burguesía específica de los barrios que han decidido que la elegancia es suficiente respuesta a cualquier pregunta.
En algún momento pasó por la Fasanenstraße.
No lo planeó.
Simplemente sus pies lo llevaron por donde lo llevaron y en algún momento reconoció la calle y supo que no era casualidad, aunque tampoco hubiera sido una decisión consciente.
La consulta de Brenner tenía la persiana bajada.
No cerrada definitivamente. Solo bajada, como en domingo, como cuando el médico no trabaja pero el espacio sigue siendo suyo y volverá el lunes a abrirlo. Pietro se detuvo un momento frente a ella. La persiana verde con la placa pequeña: DR. M. brENNER. MEDICINA INTERNA.
Pensó en el cruce de miradas de enero.
En cómo había mirado hacia otro lado.
En todo lo que se había dicho para justificarlo.
Siguió caminando.
Pero esa noche, de vuelta en Savignyplatz, abrió el cuaderno por primera vez desde Kristallnacht y escribió una sola cosa:
El año que viene no voy a mirar hacia otro lado.
Lo leyó.
No era una promesa heroica. Era simplemente una decisión.
Las decisiones reales no necesitan testigos.
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El lunes llegó Ribbentrop.
No llamó antes. No mandó un asistente con una nota de protocolo. Simplemente apareció a las diez de la mañana con dos hombres de su equipo y la expresión de quien no considera necesario avisar cuando visita una casa que, en su concepción del mundo, es en alguna medida también suya.
Pietro lo supo por Giulio, que entró al despacho con los ojos más abiertos de lo habitual.
—Ribbentrop —dijo, en voz baja, como si el nombre pudiera escucharse desde el pasillo.
Pietro dejó el documento que estaba revisando.
Lucia apareció en el marco de la puerta detrás de Giulio.
—El embajador quiere que usted también esté presente —dijo. Sin énfasis. Como quien comunica un hecho administrativo.
Pietro se puso de pie, se ajustó la corbata, y cruzó el pasillo hacia el despacho de Malaspina.
El ojo todavía no estaba del todo bien. El pómulo con un amarillo incipiente que ningún cuello de camisa podía ocultar del todo. Lo sabía. No había nada que hacer al respecto.
El despacho de Malaspina tenía esa temperatura específica de los espacios donde la tensión se ha acumulado durante horas y ya no cabe más.
Malaspina de pie detrás de su escritorio, con la postura de quien ha decidido que sentarse sería una concesión que no puede permitirse.
Los dos hombres del equipo de Ribbentrop junto a la pared, inmóviles, con esa manera de ocupar el espacio de los que están ahí para que se note que están.
Y Ribbentrop.
Joachim von Ribbentrop era un hombre que había comprado su título nobiliario y que lo llevaba con la inseguridad específica de quien sabe que lo compró.
Ministro de Exteriores del Reich desde hacía menos de un año, nombrado por Hitler contra la opinión de casi todos los demás, con esa seguridad frágil de los que han llegado lejos sin entender del todo cómo y que compensan esa incomprensión con una arrogancia que no les alcanza para ser realmente intimidante pero sí para ser profundamente incómodos.
Miró a Pietro cuando entró.
No con hostilidad exactamente. Con el reconocimiento frío de quien ha leído un expediente y ahora está verificando que el expediente coincide con la realidad.
—Doctor Berardi —dijo, en alemán, sin saludar.
—Herr Reichsminister —respondió Pietro.
Ribbentrop no lo invitó a sentarse. No se sentó él tampoco. Caminó dos pasos hacia el mapa de Europa que seguía en la pared de Malaspina con sus alfileres y lo miró como si la conversación que estaba a punto de tener fuera en realidad con el mapa y no con los dos hombres presentes.
—El incidente del viernes —dijo— es inaceptable.
Nadie respondió.
—Un diplomático italiano dispara a un oficial de las SS en el domicilio de una familia alemana. —Una pausa calculada—. El oficial herido pertenece a una unidad bajo mando directo del Reichsführer Himmler. El Reichsführer está... insatisfecho.
La última palabra cayó sobre el silencio con el peso exacto que Ribbentrop quería que tuviera.
Malaspina abrió la boca.
—Herr Reichsminister, permítame explicar las circunstancias...
—Las circunstancias —dijo Ribbentrop, sin girarse— no son relevantes para el Reichsführer. Lo relevante es el resultado. Y el resultado es que un oficial alemán está hospitalizado por la acción de un diplomático extranjero en territorio del Reich.
Ahora sí se giró.
Miró a Pietro directamente.
—Entiendo que el Reichsmarschall Göring consideró oportuno intervenir en este asunto —dijo, y en su voz había algo que no era exactamente irritación pero que se le parecía—.
El Reichsmarschall tiene sus propios criterios.
—Una pausa—. Sin embargo, la posición del Ministerio de Exteriores es clara: la inmunidad diplomática no es una licencia para la violencia.
Y la paciencia del Reich con los... excesos de sus aliados tiene límites que conviene no explorar.
Pietro lo miró.
Sostuvo esa mirada con todo lo que tenía, que esa mañana, con el ojo amarillo y las costillas que protestaban con cada respiración, era más de lo que Ribbentrop esperaba encontrar.
Ribbentrop fue el primero en apartar la vista.
Lo hizo con naturalidad, como si hubiera decidido que la conversación había terminado y no necesitara el cierre de nadie más para serlo.
—Embajador Malaspina —dijo, ya con el abrigo en la mano, ya en movimiento hacia la puerta—. Espero que esto no vuelva a ocurrir. En ninguna forma.
Salió.
Sus dos hombres detrás.
La puerta se cerró.
Y el despacho de Malaspina quedó con ese silencio específico de los espacios donde acaba de ocurrir algo que nadie sabe todavía cómo procesar.
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—Siéntese —dijo Malaspina.
No era una invitación.
Pietro se sentó.
Malaspina tardó. Caminó hacia la ventana, miró la calle, volvió al escritorio, apoyó las manos sobre la superficie con esa lentitud de quien está eligiendo las palabras con el cuidado de quien sabe que las que salgan primero van a ser las que marquen el tono de todo lo que siga.
—Dos años —dijo finalmente.
No añadió nada más todavía.