El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 11 — Lo que no pudo decirse #4
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CAPÍTULO 11 — Lo que no pudo decirse #4

Göring giró la taza entre los dedos.

Silencio.

Largo.

Del tipo que dice más que cualquier respuesta.

—Lo que digan o dejen de decir sobre esa noche —dijo finalmente— no cambia lo que ocurrió. —Pausa—. Ni lo que ocurrirá.

—No. Pero dice algo sobre quién decidió.

Göring lo miró.

—Berardi. —El tono era el de Carinhall, el de la conversación real detrás de la conversación oficial—.

Hay decisiones que se toman sobre uno. Que ocurren independientemente de lo que uno piense sobre ellas.

El mundo no funciona de manera distinta por el hecho de que a alguien no le guste cómo funciona.

—No. —Pietro apoyó las manos sobre la mesa—. Pero ese camino, sea de quien sea la idea, no es el correcto. No lo fue entonces y no lo será después. —Pausa—. Eso no es idealismo, Reichsmarschall. Es aritmética.

Göring lo estudió durante un momento.

—Qué mal gusto —dijo Pietro, en voz más baja—. Qué manera tan innecesaria y baja.

Göring no respondió a eso.

Pero algo en su expresión cambió un grado.

Muy poco.

Suficiente.

—Usted —dijo Göring, cambiando el registro con esa habilidad suya de saber cuándo una conversación ha llegado hasta donde puede llegar— tiene un don para decir cosas que nadie más dice en voz alta. Es un don útil en ciertos contextos. —Pausa—. Y peligroso en otros.

—Lo sé.

—Esta noche fue uno de los otros.

—Esta noche fui a hablar con Ana —dijo Pietro—. Lo demás no estaba planeado.

Göring asintió.

—La señorita Hartmann. —Una pausa—. Era una mujer notable, Berardi.

Genuinamente notable. —Otra pausa, más larga—.

Pero esto estaba destinado a no funcionar.

No por lo que son el uno o el otro. Sino por dónde están.

Por el momento. —Miró por la ventana, hacia la calle vacía y el amanecer que seguía avanzando con su discreción gris—.

Hay amores que requieren una paz que el mundo no les va a dar.

Pietro no respondió.

—Debería considerar regresar a Italia —dijo Göring—. A esa villa suya en la Vía Apia. Hay maneras de servir a su país desde ahí que no implican costillas fisuradas y noches en celdas. O al menos no en Alemania.

Pietro lo miró.

—¿Me está pidiendo que me vaya?

—Le estoy sugiriendo —dijo Göring— que hay batallas que se ganan retirándose a tiempo.

—Y hay batallas —dijo Pietro— que se pierden exactamente por eso.

Göring lo estudió.

Luego, lentamente, dejó escapar algo que no era exactamente una sonrisa pero que se le parecía.

—Me lo temía —dijo—. No va a irse.

—No.

Göring asintió.

—Entonces escúcheme. —Su voz cambió a algo más directo, más sin ornamento—.

Tiene inmunidad. Nadie va a poder tocarle por lo de esta noche, me ocuparé de ello personalmente.

—Una pausa breve—. Himmler va a protestar.

Heydrich también, que es el perro más fiel que ese hombre tiene y el más peligroso precisamente por eso.

Pero que protesten. —Göring hizo un gesto mínimo con la mano, como quien aparta algo del camino—.

Hay cosas que están dentro de mi autoridad y hay cosas que están fuera de la de ellos, y esta es ambas cosas al mismo tiempo.

Pietro lo miró.

—¿Y eso no le crea problemas?

Göring dejó la taza sobre el plato.

—No se confunda —dijo—. No lo saqué de esa celda por sentimentalismo.

Si mañana corre el rumor de que unos oficiales de las SS pueden golpear y encerrar al segundo de la embajada italiana sin consecuencias, el problema ya no es usted.

El problema es el Reich. Y, por extensión, todos los que tenemos que mantenerlo funcionando.

Lo miró con una calma casi cordial.

—Usted fue útil en Múnich, Berardi. Y no olvido a los hombres útiles. Que además me caiga bien solo hizo que viniera personalmente.

Göring lo miró con algo que se parecía a la diversión genuina.

—Berardi. —Una pausa—. Llevaré años creándome problemas con Himmler.

Es uno de los pocos placeres que me quedan en este trabajo.

—Bebió su café—. Además, el principio es simple: nadie en este país toca al segundo de la embajada italiana sin mi autorización.

No porque yo lo aprecie especialmente, aunque en su caso hay algo de eso.

Sino porque si lo permito una vez, la siguiente vez tocan a alguien más.

Y entonces el que ha perdido autoridad soy yo.

—Pausa—. Eso Himmler puede entenderlo. Heydrich también, aunque le cueste más.

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Hizo una pausa más larga.

—Pero está en la mira, Berardi. No la mía. La de ellos. Y ellos tienen memoria larga y paciencia de sobra. —Lo miró directamente—. No me refiero a una amenaza inmediata. Me refiero a que ciertos nombres quedan registrados en ciertos lugares y que esos registros no desaparecen solos.

Pietro lo miró.

—Lo entiendo.

—No estoy seguro de que lo entienda del todo —dijo Göring—. Pero lo entenderá.

Una pausa.

El encargado se acercó a rellenar el café sin ser llamado. Se alejó igual de silenciosamente.

—Múnich —dijo Göring, de manera diferente, con algo en la voz que Pietro no le había escuchado antes—.

Lo que pasó en esa sala, lo que se acordó esa noche.

Fue necesario en ese momento. —Pausa—. Pero usted tenía razón en lo que dijo en Carinhall.

Algunos imperios se construyen sobre humo. Y el humo no dura.

Pietro lo miró.

Era la frase más honesta que Hermann Göring le había dicho en dos años. Quizás la más honesta que le diría nunca.

—¿Y aun así? —dijo Pietro.

Göring lo miró.

—Y aun así —respondió. Sin añadir nada más.

Porque no hacía falta.

Porque los dos entendían lo que esas tres palabras contenían: el retrato de un hombre inteligente que ha elegido un bando sabiendo lo que sabe y que no tiene intención de revisarlo porque la alternativa requeriría un tipo de valor que no es el suyo.

No eran iguales.

Nunca lo habían sido.

Pero había entre ellos algo que en otro mundo, en otra historia, podría haber sido amistad.

Se levantaron.

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En la calle, el amanecer ya era definitivo.

No dramático. No el amanecer de los cuadros o de las descripciones que buscan la belleza.

El amanecer real de Berlín en diciembre: una claridad que llegaba de manera casi industrial, sin colores especiales, sin el espectáculo que la luz hace en los cielos del sur.

Una claridad gris que decía simplemente: esto es el día, aquí está, haz lo que tengas que hacer con él.

Los edificios emergían de la oscuridad con sus fachadas de piedra, sus ventanas todavía oscuras, sus tejados con la nieve de la noche. La Kurfürstendamm vacía, los rieles del tranvía brillando con la humedad, algún coche temprano que cruzaba a distancia.

Pietro lo miró todo.

Con el ojo que empezaba a cerrar y las costillas que protestaban con cada respiración y el abrigo que olía a celda y a todo lo que había ocurrido en las últimas horas.

Göring le extendió la mano.

Pietro se la estrechó.

—Cuídese, Berardi —dijo Göring—. Y sea prudente. No por mí. Por usted.

Pietro asintió.

Göring subió al coche.

El coche se alejó.

Y Pietro quedó en la acera, solo, en el amanecer de Berlín.

Pensó en regresar a Savignyplatz.

Pensó en Ana.

Pensó en su trabajo.

En su legado.

En los papeles que pasaban por su mesa.

En lo que podía hacerse con un sello y una firma y la inmunidad diplomática de un país aliado y la voluntad de alguien que ya no tiene nada que perder.

Berlín se despertaba despacio a su alrededor.

Los primeros transeúntes. Los primeros tranvías. Las primeras voces.

Una ciudad que no sabía que esa noche había ocurrido algo en un salón de Charlottenburg y en una celda sin ventanas y en un establecimiento vacío en la Kurfürstendamm donde dos hombres habían tenido la última conversación larga que tendrían.

Una ciudad que no sabía todavía lo que vendría.

Pietro sabía lo suficiente.

Caminó hacia Savignyplatz con las manos en los bolsillos del abrigo y el amanecer gris de Berlín encima, sin prisa, como alguien que ha llegado al final de algo y está eligiendo cómo empezar lo siguiente.

El año terminaría en pocos días.

Y el siguiente traería la guerra.

Pero eso era después.

Por ahora: el frío, el amanecer, y Pietro Alessandro Berardi caminando solo por una ciudad que todavía no sabía lo que era capaz de hacer.