CAPÍTULO 9 — Lo que se firmó y lo que no #4
—¿Qué opina? —dijo. No era una pregunta protocolaria. Mussolini hacía pocas preguntas protocolarias.
Pietro eligió con cuidado.
—Creo que Italia ha ganado posición esta noche.
Mussolini asintió lentamente. No complacido. Evaluando si había algo más detrás.
—¿Y Alemania? —preguntó.
Pietro dudó apenas lo que permitía la prudencia.
—Alemania ha ganado tiempo.
Mussolini lo miró. Más tiempo del habitual. Con esa concentración suya que podía pasar por aprobación o por irritación sin revelar cuál.
—Usted escucha bien —dijo al fin.
Era exactamente lo que Göring había dicho veinte minutos antes.
Pietro pensó que cuando dos hombres tan distintos coinciden en el mismo diagnóstico, conviene preguntarse si uno está siendo evaluado o siendo usado. Y luego pensó que en ese edificio, en ese momento, ambas cosas eran probablemente lo mismo.
Mussolini se acercó un paso. No de manera amenazante. Con la naturalidad de quien va a decir algo que no necesita testigos aunque no haya ninguno.
—¿Sabe lo que más me gustó de esta conferencia, Berardi?
—dijo, con un tono casi reflexivo, casi amable—.
Que la idea no vino de Londres. No vino de París.
—Hizo una pausa—. En Roma ya se hablaba de la necesidad de un foro así antes de que Chamberlain lo propusiera formalmente.
El rey mismo lo mencionó en una de sus audiencias.
—Otra pausa, más breve—. Casi con las mismas palabras que aparecieron después en los despachos oficiales.
No era una pregunta.
No era exactamente una acusación.
Era una observación puesta sobre la mesa con la precisión de un hombre que sabe exactamente lo que pesa y quiere que el otro lo sepa también.
Pietro no necesitó más. La frase de Mussolini cerraba el círculo que llevaba semanas temiendo mirar de frente: su carta había llegado a Roma, su padre había hablado, el rey había repetido la idea, y el Duce —siempre hambriento de escenario— había encontrado en ella una oportunidad para colocarse entre Hitler y Europa.
No cambió nada en su expresión. Había aprendido, en dos años en Berlín, que el momento en que uno cambia la expresión es el momento en que el otro gana la información que necesitaba.
—El rey tiene buenos asesores —dijo.
Mussolini lo miró.
—Sí —dijo—. Eso parece.
Una pausa larga. No incómoda. Quirúrgica.
—Italia necesita hombres que piensen —añadió—. No demasiados. Pero algunos. —Se alejó un paso, recuperando la distancia con la naturalidad de quien nunca la había perdido—. Los que piensan bien saben también cuándo es mejor guardar los pensamientos para el momento correcto.
Se fue sin despedirse.
Pietro esperó hasta que sus pasos desaparecieron por el corredor. Luego exhaló despacio, en silencio, como se exhala cuando el peligro ha pasado sin que quede claro si ha pasado del todo.
Lo inquietante era que no sonaba a amenaza.
Era un aviso envuelto en un reconocimiento. Mussolini le estaba diciendo: sé que hay un canal, sé que ese canal llegó hasta aquí, y por ahora eso me es útil. Pero los canales que no controlo me incomodan.
Pietro salió de la antesala.
Afuera, el Führerbau seguía siendo el mismo edificio de piedra y de silencio.
Él ya no era el mismo hombre que había entrado.
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Salieron a la calle pasadas las dos de la madrugada.
El aire de Múnich era frío y limpio, con ese silencio específico de las ciudades cuando la mayoría duerme y las calles pertenecen a los que no pueden.
Ninguno de los dos habló durante la primera cuadra.
Caminaron uno al lado del otro con esa cercanía específica de las personas que han estado encerradas demasiado tiempo en un espacio cargado y necesitan que el exterior les devuelva la escala correcta de las cosas.
Doblaron una esquina.
Y Pietro se detuvo.
Frente a ellos, al fondo de la Residenzstraße, la Odeonsplatz se abría en su amplitud nocturna. Y en el límite entre la calle y la plaza, la Feldherrnhalle.
No era un monumento imponente en el sentido habitual.
No tenía la brutalidad de los edificios del partido ni la ostentación de la Cancillería.
Era una logia de tres arcos de piedra, de proporciones casi toscanas, que habría podido estar en Florencia o en Roma sin llamar excesivamente la atención.
Las antorchas laterales proyectaban una luz que alargaba las sombras de los dos guardias de honor inmóviles en sus puestos.
El silencio alrededor era del tipo que no es ausencia de sonido sino presencia de algo que no necesita hablar.
Lucia se detuvo junto a él. No dijo nada durante un momento. Lo miraba con esa atención suya de quien espera que el otro termine de ver antes de hablar.
—Aquí fracasó —dijo al fin—. El 23. Dieciséis muertos, Hitler huyendo por una puerta lateral, el movimiento desbaratado en media hora. —Pausa—. Lo arrestaron dos días después en una villa a las afueras. —Otra pausa—. Y ahora es su ciudad.
Pietro no respondió.
—Hay que quitarse el sombrero —añadió Lucia—, aunque sea lo último que uno quiera hacer.
No era ironía. Era la constatación seca de alguien que ha aprendido a nombrar las cosas que no le gustan con la misma precisión con que nombra las que sí.
—¿Ves ese callejón? —dijo, señalando con un gesto mínimo hacia la izquierda—. Es la Viscardigasse. —¿Y qué tiene? —Los muniqueses lo usan para no pasar frente al monumento.
—¿Por qué? —Porque si pasas por aquí tienes que saludar —dijo Lucia—.
Y si no saludas, te pueden detener. Pietro miró el callejón.
Oscuro, estrecho, completamente ordinario.
—Así que doblan. —Doblan —respondió Lucia—.
Sin decir nada. Pietro miró la Feldherrnhalle.
—¿Tú doblarías? Lucia no respondió de inmediato.
—Ya lo he hecho —dijo—. No aquí. En Berlín, con otras cosas.
Muchas veces. Silencio. —Pero estoy empezando a cansarme.
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El Augustinerkeller estaba a tres calles de la Odeonsplatz, en una callejuela que olía a lúpulo viejo y a madera húmeda.
No era la Hofbräuhaus —ese lugar era demasiado visible, demasiado cargado de historia oficial, demasiado frecuentado por el tipo de personas que uno prefería no encontrar en un final de noche como ese.
Era un lugar más pequeño, con mesas de roble oscuro y lámparas de gas que daban una luz baja y amable y ese ruido específico de los establecimientos donde la gente habla en serio porque sabe que el ruido de fondo la protege.
A esa hora solo quedaban tres mesas ocupadas y el camarero llevaba un rato midiendo cuánto faltaba para poder cerrar.
Turner ya estaba ahí.
Lo reconoció desde la puerta: el abrigo mal abotonado, la copa de cerveza a medias, la expresión de hombre que lleva demasiado encima. Se había instalado en una mesa al fondo, de espaldas a la pared, con la vista orientada hacia la entrada. El instinto de los que llevan años en este trabajo.
Se pusieron de pie los dos al mismo tiempo, lo cual era ya en sí un dato.
—Berardi.
—Turner.
Le extendió la mano a Lucia con una inclinación correcta.
—Señorita Carli. Siento que tengamos que conocernos en estas circunstancias.
—En todas las circunstancias se conoce a alguien —dijo Lucia, sentándose.
Pidieron cerveza. El camarero la trajo sin que nadie tuviera que repetirlo, que era la única forma en que debería funcionar un buen establecimiento.
Durante un momento nadie habló.
Afuera, Múnich dormía con esa placidez específica de las ciudades que no necesitan estar despiertas para seguir funcionando.
—Bueno —dijo Turner al fin—. Ya está hecho.
—Ya está hecho —respondió Pietro.
Turner bebió.
—Neville va a bajar del avión mañana con ese papel en la mano —dijo, en inglés, con esa suavidad británica que no excluye el filo—. Va a decir que ha traído paz con honor. —Una pausa—. Y lo va a creer.
—¿Eso te parece lo peor? —preguntó Pietro.
—Que lo crea de verdad. Que no sea actuación.
—Turner dejó la copa sobre la mesa con una suavidad cuidadosa, como quien sabe que hay sentimientos en los objetos—.
Una mentira consciente se puede deshacer.
Una convicción genuina no. Hay que esperar que la realidad la deshaga sola.
Y para cuando la realidad llegue, ya habrá costado demasiado.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Lucia. No a Pietro. A Turner.
Turner la miró. Le hizo la pregunta de alguien que sabe que la respuesta importa.
—Un año. Quizá dos. —Una pausa—. Menos de lo que Neville cree. Más de lo que Hitler quería. —Bebió—. Lo único que se ha ganado esta noche es tiempo. El problema es que los dos lados creen que el tiempo los favorece.
—¿Y favorece a quién? —preguntó Pietro.
Turner lo miró.
—Al que lo use mejor.
Silencio.
Fue entonces cuando la mujer de la mesa de al lado se giró.
Pietro la había notado cuando entraron —la notaba a la manera en que se nota a la gente que se queda quieta en los lugares donde el resto se mueve— pero no le había prestado atención particular.
Tenía el cabello castaño recogido sin artificio, con ese tipo de recogido funcional de quien no tiene tiempo o no le importa, y probablemente ambas cosas.
Las manos sobre la mesa eran las de alguien que trabaja con ellas: no callosas, pero sí marcadas, con esa firmeza específica de los dedos que conocen la presión y el peso y la temperatura de las cosas.
Tenía delante una jarra de cerveza y un libro cerrado —Pietro no alcanzó a ver el título— y la expresión de alguien que ha estado leyendo o fingiendo leer, y que en este momento ha decidido que ya es suficiente fingir.
—Perdonen —dijo, en alemán. El acento era de Múnich, más suave que el berlinés pero no menos preciso—. Llevo un rato escuchando. —Una pausa—. No sin querer del todo.
Turner la miró con la atención de hombre que evalúa antes de decidir si el problema es manejable.
—¿Qué ha escuchado? —dijo, en alemán.
—Suficiente para saber que no son de aquí. Y suficiente para saber que entienden lo que pasó esta noche.