CAPÍTULO 9 — Lo que se firmó y lo que no
«Esto no es el fin. Ni siquiera es el principio del fin. Pero quizá es el fin del principio.»
Pietro no se movió de inmediato. Dejó que Lucia recogiera su carpeta, que el asistente menor se pusiera en pie con esa torpeza suya de quien siempre reacciona un segundo tarde.
Miró por la ventana mientras el andén se iba acercando —los uniformes, las banderas, el orden impecable de los maleteros— y pensó que no había nada casual en ese andén.
Cada hombre estaba donde debía estar. Cada bandera colgaba a la distancia exacta de la siguiente.
Berlín imponía. Múnich recordaba. Y lo que recordaba, lo recordaba sin disculparse.
Bajó con la maleta pequeña y la carpeta que Lucia había preparado con su precisión habitual: intérpretes que estarían presentes, delegaciones confirmadas, protocolo de sala, lista de contactos en el hotel.
Había preparado todo el día anterior, cuando todavía era probable.
Esa mañana lo había revisado una vez más, en silencio, como quien repasa un camino que ya conoce de memoria pero no termina de creerse que sea real.
El aire de Múnich lo recibió de otra manera que el de Berlín.
Berlín tenía el olor de los lugares que están siendo construidos: concreto, acero, voluntad.
Múnich olía a otra cosa. A harina y a lúpulo, sí, pero también a algo más difícil de nombrar: el olor de una ciudad que ha decidido hace mucho tiempo quién es y no tiene intención de revisarlo.
Las fachadas barrocas de la Bahnhofsplatz estaban más limpias de lo que les correspondía.
Los tranvías corrían por sus rieles con esa cadencia exacta de los sistemas que no permiten excepción.
Y sobre todo eso, sobre las cúpulas y las torres y los cables del tranvía, flotaban las banderas.
No como en Berlín, donde ondeaban con una insistencia que parecía nerviosa.
Aquí colgaban tranquilas.
Como si siempre hubieran estado.
—Hauptbahnhof —dijo Lucia, caminando a su lado con la carpeta bajo el brazo.
—Lo sé.
—Llegamos con cuarenta y dos minutos de margen antes del primer protocolo.
—Lo sé, Lucia.
Ella no respondió. Siguió caminando con ese paso suyo de mujer que no pierde tiempo.
El coche que los esperaba era negro, discreto, con una placa de la delegación italiana que nadie necesitaba leer para entender de dónde venían. El conductor los recibió sin hablar. Subieron. El interior olía a cuero y a un ambientador floral que no pertenecía a ese momento.
Mientras el coche avanzaba por la Bayerstraße hacia el centro, Pietro miró la ciudad sin intentar ordenar lo que veía.
Múnich era una ciudad de cervecerías y de iglesias, de plazas anchas y de callejuelas medievales que no terminaban de encajar con la geometría del siglo.
Una ciudad donde el nacional socialismo había nacido, había fracasado, había resucitado, y ahora habitaba como quien lleva demasiado tiempo en una casa como para ser considerado visitante.
Esto fue aquí, pensó Pietro.
No en Berlín. Aquí.
Y ahora aquí venían a firmar algo que el mundo llamaría paz.
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El Regina Palast estaba a tres calles de la Königsplatz.
Lo eligieron, supuso Pietro, por la misma razón que se eligen ciertas cosas en la diplomacia: era lo suficientemente elegante para no parecer austero, lo suficientemente discreto para no parecer ostentoso.
Un hotel que sabía cuál era su función y no pretendía ir más allá.
La fachada de piedra clara tenía ese tipo de solidez que se construye con tiempo y con dinero, no necesariamente en ese orden.
El portero recibió a Pietro con una inclinación correcta.
El conserje le dio la llave de la habitación 214 sin perder un segundo.
Todo funcionaba. Todo encajaba. Pietro notó, mientras subía en el ascensor con Lucia y el asistente menor, que incluso las operarias de limpieza que cruzaban el corredor lo hacían sin hacer ruido.
Como si el hotel entero hubiera aprendido, en los últimos días, que había que ser parte del escenario sin convertirse en protagonista.
La habitación era cómoda. Cama grande, escritorio, ventana que daba a un tramo de la Maximilianstrasse. Pietro dejó la maleta sin abrirla y se acercó a la ventana.
Desde ahí se veía una ciudad normal.
Una ciudad que desayunaba y compraba el periódico y llevaba a los niños al colegio y discutía si llovería por la tarde.
Una ciudad donde los transeúntes caminaban con sus abrigos de otoño y sus bolsas de la compra y ese aire específico de la gente que tiene cosas que hacer y no piensa en el acontecimiento histórico que se está preparando a ocho calles de distancia.
Pietro pensó en esa distancia. Ocho calles.
Luego pensó en otra distancia.
Dachau estaba a dieciséis kilómetros.
Lo había leído en un mapa mientras el tren avanzaba desde Berlín. No sabía por qué lo había medido. No sabía por qué ese número —dieciséis kilómetros— se le había quedado pegado de una manera que no tenía con los otros datos de la carpeta.
Llamaron a la puerta.
Era Lucia, con la carpeta abierta.
—Los cuarenta y dos minutos —dijo.
—¿Para qué es exactamente?
—Recepción protocolar. Las delegaciones se presentan, se cruzan, se miden. —Pausa—. Nada que firmar todavía. Eso es mañana.
—¿Y esta noche?
—Esta noche cada quien en su hotel.
Pietro tomó el abrigo.
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El Führerbau estaba en la Königsplatz con esa arrogancia específica de los edificios diseñados para no pedir permiso.
Dos alas simétricas de piedra calcárea, ventanas alargadas que no buscaban dejar entrar la luz sino enmarcar la oscuridad, una columnata que no rendía homenaje a ninguna arquitectura anterior sino que pretendía, simplemente, ser la anterior de todas las que vinieran después.
Sobre la entrada, el águila. No como adorno. Como anuncio.
Pietro cruzó el umbral detrás de un asistente del Ministerio de Relaciones Exteriores italiano que no dijo su nombre y no hizo falta que lo dijera.
El interior confirmó lo que la fachada prometía: mármol blanco, techos que obligaban a levantar la vista, pasillos donde los pasos se amplificaban con esa precisión acústica de los espacios que no toleran el murmullo.
En el pasillo principal, las delegaciones se cruzaban.
No de manera espontánea.
Con la exactitud de una coreografía que nadie había ensayado en voz alta pero que todos conocían.
Chamberlain apareció primero desde el corredor izquierdo, con dos asistentes y ese paraguas negro bajo el brazo que Pietro reconoció antes de reconocer al hombre.
Era más alto de lo que imaginaba. Delgado, con el bigote fino que los caricaturistas habían convertido en símbolo y que en persona resultaba simplemente lo que era: el bigote de un hombre mayor que había decidido hace décadas cómo quería verse y no había vuelto a pensarlo.
Caminaba con la postura de quien está acostumbrado a que le abran las puertas pero preferiría abrirlas él mismo: erguido, con esa rigidez específica de los británicos de cierta edad que han confundido la columna vertebral con un argumento moral.
Sus ojos eran claros, algo cansados, con esa luminosidad particular de los hombres que han pasado demasiado tiempo leyendo documentos bajo luz artificial.
Miraba hacia adelante. No con la mirada perdida de quien no ve, sino con la de quien ha decidido exactamente qué quiere ver y se ha propuesto no desviarse.
Pietro lo observó durante tres segundos.
Lo que vio no fue a un hombre cobarde.
Fue a un hombre convencido.
Y eso, comprendió casi de inmediato, era infinitamente más inquietante.
Daladier llegó por el corredor derecho, ligeramente posterior, con una delegación más numerosa y esa expresión suya de hombre que ha tomado una decisión que no le gusta y ha decidido cargarla sin quejarse.
Era más robusto que Chamberlain, más terrenal, con los hombros de alguien que sabe que el peso no desaparece si uno lo ignora.
Tenía los labios apretados con una tensión que no era exactamente rabia sino algo más controlado: la tensión de quien ha calculado exactamente cuánto puede perder y ha decidido, de todas formas, seguir adelante.
No saludó a nadie en el pasillo.
Asintió.
Hay una diferencia.
Pietro pensó: si Chamberlain cree en lo que va a firmar, Daladier lo sabe. Y la diferencia entre el que cree y el que sabe y firma de todas formas no tiene un nombre del todo limpio.
Mussolini entró desde una tercera puerta, la del fondo, con su convoy propio y esa manera suya de llenar el espacio antes de ocuparlo.
La mandíbula adelantada, el paso marcial que no era exactamente afectado porque llevaba veinte años ensayándolo hasta volverlo parte de su biología.
Los ojos recorriendo la sala con una velocidad que no pasaba por alto nada pero que tampoco se detenía demasiado en ningún detalle, como si todo fuera parte de un escenario que él ya había visto en alguna versión anterior y cuyo resultado conocía de antemano.
Lo vio a Pietro.
Dio dos pasos en su dirección, que en el lenguaje corporal del Duce equivalían a convocar.
—Berardi. —No preguntó. Nombró.
—Excelencia.
Mussolini lo midió con esa atención suya de hombre que evalúa no lo que uno dice sino lo que uno es. No tomó tiempo para hacerlo. Era un instante, pero era un instante completo.
—Esta sala —dijo, en voz baja, para Pietro solamente, con esa intimidad táctica de los hombres que usan la confidencia como herramienta— va a recordar mi nombre.
—Hizo una pausa que era parte del discurso, no su ausencia—.
Cada palabra que salga de mi boca llega exactamente como la digo.
Sin matices. Sin correcciones. Sin la tentación de mejorar lo que no necesita mejora.
—Entendido, Excelencia.
Mussolini asintió y se giró hacia los otros.
Pietro permaneció donde estaba.
Y entonces llegó Hitler.